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¿Y si el papa Francisco se equivoca?

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Juan Carlos Claret

Vocero, Organización de Laicos y Laicas de Osorno

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Federico García Larraín

Bachiller en Filosofía Medieval, Universidad de Nueva York. Licenciado en Filosofía, Universidad de los Andes. Profesor, Universidad Católica de la Santísima Concepción

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Carta de Juan Carlos Claret

09 noviembre 2015

Estimado Federico García:

Lo quiero invitar a un intercambio epistolar a raíz de su reciente columna de opinión denominada “¿Y si el Papa Francisco tuviera razón?”.

Me veo motivado a hacerlo porque soy vocero de la Organización de Laicos y Laicas de Osorno, los que ya por diez meses hemos manifestado nuestro desacuerdo hacia el obispo Juan Barros y usted, en su columna de opinión, da luces de creer que todo este proceso doloroso, pero también eclesial, ha sido una orquestación de los “zurdos”.

En un contexto en el que, lamentablemente, hablar de políticos es mal visto, es fácil vincularnos con ellos para desprestigiarnos. Un ad hominem. Por eso es que los dichos del Papa llaman mucho la atención, porque ante información tan categórica (y fácilmente refutable) no medió una duda razonable. Y de su parte, disfraza esa afirmación con la pregunta de su título.

Si de verdad fuésemos un movimiento político, el Papa tendría razón porque seríamos “tontos”, pues ¿qué movimiento político realizaría acciones que le quiten votos? Por formular preguntas, organizarnos y manifestarnos habríamos perdido muchos votos si ese hubiese sido nuestro objetivo. No operamos con las lógicas políticas, sino con la lógica cristiana.

Somos gente con trayectoria pastoral. Hay fundadores de comunidades, ministros de comunión, catequistas, etc. De hecho, la mayoría son personas que trabajaron estrechamente con los obispos Valdés, Caviedes y Goic, por lo que saben de primera fuente lo que es ser un buen pastor, fama que Barros no tiene desde antes de que asumiera en Osorno.

Y, en ese sentido, considero importante señalar que lo que está ocurriendo en Osorno no es un acto de puritanismo al estilo “él es pecador y nosotros no”, sino que es una expresión de un camino eclesial que este año celebra su 60° aniversario y del cual el obispo Barros, en sus otras diócesis, viene a contradecir, más allá de su implicancia en el caso Karadima. Y es que el 5 de abril de 2012 el Arzobispado de Santiago, por recomendación de la Congregación para la Doctrina de la Fe, tras la visita canónica de monseñor Collazi a la Pía Unión Sacerdotal, decidió suprimir esta unión por los dudosos procesos formativos de sus sacerdotes y obispos, y por no ir en comunión con la Iglesia. Juan Barros no ha abjurado de esta Unión, por ende, no considera que haya una chispa de verdad en preguntarse ¿por qué una persona que la misma Iglesia declara no en comunión con ella es la máxima autoridad de la Iglesia en Osorno? Aquí está en juego la eclesiología de El Bosque, de Karadima, que contradice el magisterio oficial de la Iglesia, en particular, el Concilio Vaticano II. Y esto no es nada nuevo, pues lo venimos señalando desde febrero de este año.

Ahora bien, a las actividades públicas y masivas no llegamos porque fue lo primero que se nos ocurrió. Llegamos después de un mes y medio golpeando puertas, formulando preguntas, pidiendo pistas para entender mejor lo que estábamos comenzando a vivir. Sin embargo, recibimos portazos, a nuestras preguntas casi nadie le dio respuestas y, en vez de pistas, recibimos un “cállense” de parte del obispo de San Bernardo, dado que, para una determinada eclesiología, los laicos ni siquiera podemos preguntar. O sea, vivimos un proceso en el que agotamos todas las instancias internas para comprender y evitar un tremendo error como lo fue la designación de Barros en Osorno, y de eso tengo el respaldo de las cartas y correos. Es más, sabida la designación de Barros, el primer día se le preguntó a Barros su relación con Karadima y no tuvimos respuesta hasta dos meses después, días antes de que asumiera. ¿Por qué demoró tanto?

Por eso duelen los dichos del Papa y que haya quienes sostengan lo mismo, porque es expresión de no querer ver o de no estar lo suficientemente informado. En el caso de Francisco, espero que esté defendiendo a Barros en libertad, pues sino ¿cómo obedecer una decisión administrativa del Papa cuando está siendo engañado? Ahora. la pregunta es ¿qué piensa usted, Federico?

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Carta de Federico García Larraín

10 noviembre 2015

Estimado señor Claret:

Agradezco su carta en respuesta a mi columna “¿Y si el papa Francisco tuviera razón?”. No sé bien cómo responder, pero tomaré como punto de partida su pregunta final: qué pienso. En primer lugar, no pienso mucho sobre estas cosas, hay muchos otros temas que me ocupan antes que los nombramientos de obispos. Iré al grano: entre una declaración del Papa y una suya, me quedo con la del Papa. Creo que eso es lo natural para cualquier católico.

Ahora, y con esto podemos entrar en algunos detalles, es posible que el Papa se equivoque en sus juicios sobre personas y al nombrar un obispo. Usted piensa que el nombramiento de monseñor Barros es uno de esos casos, pero el Papa ha recibido los reclamos (por algo se refiere a ellos) y ha respondido con su manera directa habitual. Tenemos un problema: ¿Quién tiene razón? Mis razones para creerle al Papa son que el Papa es un hombre mayor, que ha ocupado cargos de responsabilidad en su orden, tuvo que tratar con un Gobierno difícil en un momento complicado de la historia de su país, ha vivido dos cónclaves, en otras palabras, a pesar de que sus colaboradores a veces le jueguen en contra, el papa Francisco no es un hombre ingenuo. Como católico, creo también que el Papa goza de una asistencia especial de Dios en su tarea. Por otra parte, las manifestaciones en contra de monseñor Barros no respetaron el templo ni la misa, eso les resta credibilidad, y han llegado hasta el insulto personal. No digo que usted ni su grupo sean parte de esto, pero el día en que escribí la columna, monseñor Barros declaraba que seguían insultándolo en la calle e increpándole en la catedral.

Entiendo que le duelan las declaraciones del Papa. A nadie le gusta que lo llamen “zurdo” o “tonto”. Sin embargo, en cosas de este tipo, uno puede juzgar, pero también estar abierto a ser juzgado. Personalmente, no creo que el Papa haya tenido en mente a su grupo en particular, sino que se refería al ambiente en general que se ha formado. Si usted no fue de los que gritaron dentro de la catedral el día de la toma de posesión, es casi seguro que el Papa no se refería a usted. En todo caso, las categorías políticas pueden trasladarse a otros ámbitos. Creo que “zurdo”, en este caso, alude a una cierta concepción inmanente de la Iglesia (“Dime lo que piensas de la Humanae vitae y te diré quién eres” clamaba un poeta en los años 70, por ejemplo).

Para ir cerrando, me referiré brevemente al tema más importante que usted toca: la eclesiología. No soy experto y las referencias que hace son demasiado vagas. Usted cree que monseñor Barros no acepta o no vive el magisterio de la Iglesia sobre este tema según lo formuló el Concilio Vaticano II. En una futura ocasión debiera citar el texto correspondiente del magisterio y referirse a acciones concretas de monseñor Barros, eso le daría peso a su juicio. En cuanto a la disuelta Pía Unión de Sacerdotes del Bosque, no creo que haya llegado a desarrollar una eclesiología propiamente tal. Quizás, su comprensión del Concilio sea distinta de la del Papa, pero en ese caso me quedo con la del Papa: él es el pastor universal de la Iglesia. Respecto de lo que es ser un buen o mal pastor, puede haber distintas opiniones, el Papa, que hasta hace poco era considerado como un buen pastor por muchos de los que hoy lo critican, ha dado la suya: ha pedido que Osorno abra su corazón.

Pienso también que si hay malos pastores (y malos fieles), no hay ninguno que dure cien años. Una oposición continuada y persistente al pastor universal de la Iglesia no parece ser una buena señal. Si monseñor Barros no es un hombre de Dios, en su momento dejará su cargo y será olvidado. Sería bueno recordar la advertencia de Gamaliel al Sanedrín. Para terminar, creo que el lugar de los laicos está en el mundo (universidades, medios de comunicación, industria, comercio, etc.), en impregnarlo de sentido cristiano, y no en andar metidos en intrigas de sacristía.

Se despide muy atentamente,

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Carta de Juan Carlos Claret

13 noviembre 2015

Estimado Federico García:

Para los griegos, existían dos formas de entender el tiempo: como una mera sucesión de horas, al que denominaron Kronos; o como una coyuntura revestida de virtualidad que, a quién logre agarrarla, le permite ser mejor. A este lo llamaron Kairós. Para la escatología católica, credo que ambos compartimos, la figura de Kairós es significativa, pues es lo que nos diferencia, por ejemplo, de la predestinación, y es lo que nos impulsa a tener una injerencia real en el devenir de la humanidad. Por ende, al concluir su carta, usted hace bien en señalar que los laicos debemos estar inmersos en el mundo; pero no hace bien al desconocer que Kairós también se presenta en el devenir de la Iglesia, expresando ideas tales como que lo que está sucediendo en Osorno es una intriga de sacristía o algo que no reviste mayor importancia. Y si lo fuera, por lo menos estamos ambos en estas “intrigas”.

Lo que está viviendo nuestra diócesis es una tremenda coyuntura revestida de virtualidad. En estos días en que varios arzobispos desfilan en tribunales demostrando poder, sonriendo en una situación para nada graciosa, da la sensación de que dentro de la Iglesia coexisten dos almas: una, que se basa en la idea de revestir de religión la mera voluntad de poder y de ascenso; la otra, jugándosela por los que están en las periferias existenciales, los postergados, como en este caso particular lo son las víctimas y sobrevivientes de abusos por parte del clero. Por un lado, está la Iglesia que lleva el Derecho Canónico en la mano; por la otra, la que lleva el Evangelio. Hay un alma que en vez de generar el escándalo de la buena noticia, hace escándalo por los abusos. Y, en este contexto, si no podemos asir a Kairós, este último escándalo será mayor.

Como puede apreciar, hay más en juego que si Barros se va o no, porque hay una institucionalidad eclesial que permite abusos de poder, económicos y manipulación de conciencias; y un contexto violento es preámbulo de situaciones aún mayores. Que Osorno sea uno de los que evidencie este problema, es demostración de una trayectoria eclesial, a lo menos, interesante.

Es por esto que la eclesiología de El Bosque, de la cual provienen cuatro obispos y un tercio del clero de Santiago, es medular. Lástima que desistiera de darle más desarrollo a aquello a lo que usted reconoció como tema principal. Sobre los documentos que me pide, lo invito a revisar las páginas www.iglesia.cl y del Arzobispado de Santiago, pues son públicos. La preocupación por esta asociación clerical no es mía, sino que de la Congregación para la Doctrina de la Fe, por lo que le recomiendo revisar el considerando 17 del fallo canónico que declaró culpable a Karadima.

Para ir cerrando esta segunda carta de un diálogo que invito a continuar, pongo sobre la mesa la contraparte a la victimización del obispo que hizo eco en usted: intervenir eucaristías con Fuerzas Especiales de Carabineros, hostigamiento a los sacerdotes, rechazo a reunirse con el clero como colegialidad, imposición de la obediencia por sobre las conciencias, entre otros, han hecho que la comunidad responda. Es fácil violentar cuando se tiene poder, y después, cuando los que no lo tienen responden, convertirlos en victimarios. Como puede apreciar, hay más elementos que el mero hecho de haber sólo una decisión canónica de naturaleza administrativa mal tomada. Asir a Kairós es evidenciar aquello.

Por eso me llama la atención que un académico se escude, sin mediar un razonamiento, en la mera afirmación de que hay que asumir toda decisión emanada de la autoridad porque es así, más cuando la historia nos ha demostrado los horrores que muchos papas han cometido. Y más curioso son sus dichos, porque precisamente ha sido la teología católica la que ha enseñado que antes de seguir una ley humana hay que seguir la ley de Dios. Pero, claro, cuando se pide medir con la misma vara a la jerarquía, como se señala en una famosa película, “todos pierden la cabeza”.

Cordialmente,

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Carta de Federico García Larraín

19 noviembre 2015

Estimado señor Claret:

Lamento que mi respuesta a su carta no lo haya dejado satisfecho. Le agradezco, en todo caso, su buena disposición para conversar. En esta segunda respuesta trataré de ser más claro, sin alargarme mucho.

En primer lugar, quizás sería bueno tomar las cosas con un poco de perspectiva. Es verdad que existen momentos “revestidos de virtualidad”, como dice usted, para la Iglesia. Que lo que pasa hoy en Osorno sea uno de esos momentos es su opinión personal, compartida por otros, pero opinión al fin. Quizás lo sea, no lo sé, pero es complicado declararlo así no más y a título personal. Por otra parte, podría ser una oportunidad histórica, pero distinta a la que usted piensa. Dejo esto aquí.

En segundo lugar, si lo que pasa en Osorno es una intriga de sacristía, no fue mi intención meterme en ella, más que de manera muy indirecta. Sólo quise defender al Papa de quienes hace poco tiempo se deshacían en sus alabanzas, pero hoy lo atacan. Nunca he manifestado públicamente mi opinión respecto del nombramiento de ningún obispo, párroco, capellán, etc. Los temas que me ocupan la cabeza son otros.

Lo medular, como usted dice, va más allá del nombramiento de monseñor Barros, es una concepción de la Iglesia, pero ese es un tema demasiado largo y fuera de mi área de estudio. En todo caso, es aquí donde yo le pediría a usted que fuese más explícito: ¿Qué es lo que de verdad quiere para la Iglesia? ¿Basta con que un par de obispos renuncien, o hay algo más? Sólo así se puede tener un debate honesto. El debate inicial, en todo caso, fue sobre los dichos del papa Francisco. Usted habla de dos Iglesias. Eso ya se decía hace cuarenta años. No es novedad. Por mi parte, rechazo las contraposiciones que hace entre derecho canónico y Evangelio, jerarquía y pueblo: uno está al servicio del otro, aunque no siempre funcionen bien las cosas (por otra parte, parece acogerse al derecho canónico y a las estructuras sin problema en el caso de la condena de Fernando Karadima).

En cuanto a citar documentos, quizás debí expresarme de manera más clara: le pedía que tomara una cita concreta del magisterio (Catecismo, documento del Concilio Vaticano II u otro concilio) y la contrastara directamente con algo dicho o hecho por monseñor Barros, de manera que quedara patente su incapacidad para ser obispo. Respecto a la “victimización” de Barros, parece que tampoco me expliqué bien: mi punto era que no puede cometerse un sacrilegio para, supuestamente, promover el bien de la Iglesia.

En penúltimo lugar, no acepto la autoridad sólo porque es así. Al imputarme esa postura, usted está siendo injusto conmigo. Di mis razones para acogerme la autoridad del Papa. Las reiteraré brevemente. Es cierto que ha habido Papas que han cometido horrores, habría que ver si es probable que este Papa los cometa. Es cierto, además, que un Papa puede equivocarse en una decisión administrativa, eso lo dije anteriormente, pero tengo razones para aceptar las decisiones de Francisco, esas razones son tanto humanas como religiosas. Humanamente, este Papa tiene larga experiencia de vida y trabajo y, por otra parte, como es el Papa, creo que tiene una asistencia especial de Dios. En todo caso, la autoridad en la Iglesia es distinta de la autoridad en asuntos humanos (tiene poder, dado por Cristo y explícita en el Evangelio, para atar y desatar en la Tierra y en el Cielo). Pretender que en la Iglesia la autoridad final resida en el individuo sería cometer el error de Lutero. El problema con la autoridad, en todo caso, se remonta al Jardín del Edén, y un poco antes también.

Para terminar: usted se refiere con frecuencia a la comunidad. Puede ser que monseñor Barros no tenga especial sensibilidad en este tema, no lo sé, no lo conozco personalmente; pero sería más preciso que usted reconozca que una parte de la comunidad no se opone a monseñor Barros, por lo que su organización no puede arrogarse el derecho de hablar por todos los fieles de Osorno. Si el obispo ha recibido su mandato del Papa, y el Papa es el sucesor de san Pedro y vicario de Cristo en la Tierra, ¿de quién han recibido su autoridad algunos laicos de Osorno?

Espero que esta breve respuesta le sea de utilidad.

5 Comentarios

  1. El Papa no es infalible en ninguna cosa, porque, primero, es simplemente un ser humano sujeto a errores como todos los hombres y, segundo, porque en ningún lugar de la Bibla siquiera se menciona la figura de un “Papa”, ni menos su infalibilidad. Más aún, la Biblia dice muy claro que “maldito el hombre que confía en el hombre” y no pone sus ojos exclusivamente en Jesús, el autor y consumador de la fe.

  2. Creo que en la última carta, Juan Carlos Claret generaliza algo que no me parece generalizable. Federico García hablaba específicamente de la autoridad del Papa, que los católicos creemos por el Concilio Vaticano I que es infalible en materias de fe y moral. Si bien éste no es un caso de moral o fe, el Papa, por la responsabilidad que tiene, debería recibir gracias especiales para llevar a cabo de mejor manera su ministerio como vicario de Cristo. El problema es que Claret generaliza el seguir a la autoridad de la Iglesia, fundada por Jesús, a “asumir toda decisión emanada de la aurtoridad”, incluso política.

  3. Ya que Federico García valida el argumento de autoridad, me remito a la primera autoridad que todo católico debe seguir: la de Jesucristo. Dígame, don Federico, ¿qué cree usted que haría nuestro Señor frente a una calamidad como lo son los abusos de poder y sexuales dentro de su Iglesia?

  4. Estimado Juan Carlos Claret, reciba usted y toda su comunidad mis respeto. Mis oraciones están con ustedes para que el Dios de la Justicia alivie esta dura prueba. Respecto al Sr. García, nada que hacer, cuando la burbuja en la que vive se rompa, podremos esperar que entienda de qué estamos hablando. Lamentablemente, no creo que lo primero pase, por lo que lo segundo no sucederá jamás.

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