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Vientos de tempestad chilena

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Paula Baldwin

Profesora asociada, Instituto de Literatura, Universidad de los Andes

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Carola Oyarzún

Crítica de teatro. Profesora titular, Facultad de Letras, Universidad Católica

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Carta de Paula Baldwin

10 junio 2015

Estimada Carola:

El 14 de mayo se estrenó en nuestro país La tempestad de William Shakespeare en la versión del connotado dramaturgo nacional Juan Radrigán. Compuesta hace más de 400 años, esta obra sigue sorprendiendo por su historia mágica y triste, donde la traición y el perdón se dan al mismo tiempo. A través de la acción de pocos personajes, Shakespeare nos presenta un abanico de relaciones —filiación, servidumbre, matrimonio, autoridad— y de sentimientos y estados humanos: amor, rencor, búsqueda de libertad, inocencia, ambición y culpa, entre otros. Hoy quisiera compartir contigo algunas de mis observaciones e interpretaciones de la puesta en escena chilena de esta obra.

El montaje de Rodrigo Pérez para el GAM (Centro Cultural Gabriela Mistral), con la participación de Claudia di Girólamo como actriz principal en el papel de Próspero, el mago, y padre de Miranda, muy bien interpretada por Mariana di Girolamo. Después de ver a Calibán, el monstruo de la isla (Francisco Ossa), encadenado y encerrado en una caja de vidrio iluminada en contraste con un escenario oscuro, se desata la tempestad que, al igual que en la trama de Shakespeare, Próspero ha provocado con la ayuda de su sirviente, Ariel (Moisés Angulo), un espíritu del aire que ejecuta los mandatos del mago con la esperanza de recobrar su libertad. Como telón de fondo se ve, o más bien no se ve, el cuadro de Gericault, “La balsa de la Medusa”. No queda claro el objetivo de este elemento escenográfico: ¿intertextualidad con la historia del naufragio de la fragata francesa Méduse para recuperar la colonia de Senegal de manos de los ingleses en 1816?, ¿un guiño al colonialismo desde el que no pocas veces se interpreta esta obra?, ¿asociaciones con uno de los íconos de la pintura francesa romántica? Si bien en la penumbra, me parece que ni estas ni otras posibilidades funcionan como claves de lectura, me gustaría saber qué piensas al respecto.

Nada más calmarse la tempestad, nos damos cuenta de que en ésta soplan otros vientos y que las intenciones del Próspero de Radrigán difieren del protagonista shakesperiano. El Próspero chileno lleva sobre su espalda la carga de la memoria dolorosa de un pasado de traiciones, dolor e injusticia (quizá el cuerpo encorvado de Claudia di Girólamo sea coherente con este peso de los recuerdos). Orquesta la tempestad no sólo para conseguir un novio a su hija y para vengar a su hermano, como en el guion original, sino, y sobre todo, para que reine la justicia y paguen los que la acallaron. De hecho, Próspero/Claudia alza la voz para desplegar su plan con un tono amplificado que retumba en toda la sala: la justicia abandona el silencio. Así, cada una de las acciones que se suceden apuntan al mismo fin: hacer justicia, que paguen los culpables. Cada gesto está teñido de guiños sociales, si se quiere, ideológicos, como la sala iluminada donde se interroga a Calibán y que parece más bien un lugar de tortura.
En una isla donde sus habitantes quieren recuperar la libertad y exigir que se ejerza la autoridad con justicia, no cabe el amor primerizo de Miranda y Ferdinand (Jaime Leiva). Radrigán más bien ridiculiza el cliché del amor a primera vista y la supuesta inocencia de los jóvenes en la figura del príncipe noble, pero vanidoso y superficial que, en realidad, no se entera de lo que ocurre en el lugar.

La puesta en escena de Rodrigo Pérez es interesante, a ratos brechtiana; es decir, una especie de montaje épico acorde con un tema socio-político, en un escenario saturado de objetos que permanecen en escena y con la introducción de maquinaria teatral en el escenario con la que Ariel produce los sonidos de la tempestad, como queriendo decir: “Señoras y señores, aquí no hay magia, ni ilusión teatral”. Pero, ¿dónde queda la magia tan característica de esta pieza de Shakespeare? ¿Qué lee y estudia este Próspero en una especie de oficina de inteligencia donde se refugia por horas?

La gran diferencia entre la obra de Shakespeare y la versión de Radrigán, me parece (y me interesaría conocer tu postura), radica en una cuestión de fondo que nada tiene que ver con reproducir o no el texto original del dramaturgo isabelino (Radrigán ha hecho un excelente trabajo con las palabras), ni con la coherente puesta en escena de Pérez, sino más bien con haber optado por la justicia en vez del perdón. Los vientos de la tempestad de Radrigán no logran remover la memoria del pasado doloroso que habita en la mente y en el corazón de los personajes; en consecuencia, perdonar no parece tener sentido, pues no borra la ofensa ni el recuerdo de la misma. El Próspero de Shakespeare es impulsado por otros vientos: los del arrepentimiento, la reconciliación y el perdón que libera, como dice en la línea final del prólogo que cierra la obra: “Que sea su indulgencia quien me libere”.

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Carta de Carola Oyarzún

12 junio 2015

Estimada Paula:

Asistí también al esperado estreno del GAM de La tempestad de Shakespeare en la versión de Juan Radrigán que, sin lugar a dudas, viene a producir revuelo, ya que son muchos los factores en juego. Se trata de una obra donde la magia y la fantasía del gran Shakespeare alcanzan los niveles más espectaculares de su producción, junto a la reescritura de Radrigán, autor incomparable de nuestro teatro chileno y la dirección de Rodrigo Pérez, con su sello propio, elaborado y contenido que reconocemos en su trabajo. A ello, agregamos el elenco, en su mayor parte, de reconocido bagaje teatral.

Entonces, son muchos los elementos que aquí se conjugan y que nos invitan a destacar por sus aciertos y también otros, como discutibles. No obstante, es preciso señalar que estamos ante un montaje de envergadura textual y escénica: Radrigán conservó la estructura medular de La tempestad, la base de la historia de usurpación, venganza y perdón, para detenerse en las condicionantes del perdón y su referente histórico chileno. La puesta de Rodrigo Pérez es una construcción visual poderosa en tonalidades, ritmos y disposición escénica.

Interesa en tu carta la mención que haces a la presencia del cuadro “La balsa de la Medusa” de Gericault, como telón de fondo, y su posible significado. Sabemos que el pintor hizo este cuadro para representar un hecho histórico, y por lo tanto, es una representación que resalta la escena de horror de la balsa con los pocos sobrevivientes de lo que fue el hundimiento de la fragata francesa Méduse (1816). Las enormes proporciones del cuadro, sus figuras angustiosas y la oscuridad en que se mantiene dentro del espacio escénico, ciertamente intrigan al espectador, sin embargo, a mi juicio esta pintura satura la composición total, ya que las tonalidades del vestuario (Pablo Núñez) y la iluminación (Catalina Devia) mantienen una sensación de sombras durante toda la obra. Por otra parte, la seriedad de la acción planteada, tanto por Radrigán como por Rodrigo Pérez, está plenamente justificada por el texto y el estilo de actuación y movimiento, y por ende, el peso del contenido del cuadro de Gericault no era necesario.

También te refieres a los elementos brechtianos usados en esta versión de La tempestad como son la maquinaria para reproducir los signos de la tormenta expuestos ante el espectador. Desde mi perspectiva, más que efectos distanciadores, estos dispositivos son un guiño a la parafernalia del teatro propiamente tal. Una vez más, resulta atractivo mostrar que la escena es una construcción, que cada objeto, cada movimiento, color, sonido o figura, está recreado. El teatro es capaz también de representar sus propios e íntimos artificios.

Coincido contigo en la fuerza que Radrigán ha dado al tema de la justicia y el perdón, como si Shakespeare no lo hubiera convencido del todo a la hora de los desenlaces de La tempestad. Pienso que aquí radica un punto fundamental de esta versión y que ameritaría darle más vueltas, ya que, en una primera impresión, hay elementos textuales que parecen forzados.

Otro tema que me parece interesante de conversar es el despojo de la espectacularidad de La tempestad de Shakespeare que Radrigán realiza como propuesta consciente e intencionada. ¿Cuál fue tu apreciación pensando en el género del romance y sus factores mágicos y fantásticos?

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Carta de Paula Baldwin

18 junio 2015

Estimada Carola:

Agradezco tu respuesta a mi carta acerca del estreno de La tempestad de Radrigán, en el GAM, y respondo a algunas de tus preguntas y comentarios.

Coincido contigo en que la puesta en escena de Rodrigo Pérez es muy interesante y, como decía en mi carta, coherente con el giro hacia la justicia que Radrigán ha dado a su versión. De hecho, creo que tu impresión de que en ocasiones hay elementos textuales que parecen forzados, quizá tenga relación con el tema y leitmotiv de esta tempestad. Si lo que realmente mueve al Próspero chileno es la ejecución de la justicia, de algún modo todo lo que se dice se encamina a ese fin; por ejemplo, cuando Ariel dice a Próspero: “Solo existo para acatar órdenes, en mi memoria no hay tiempos sin amos, tiempos de vida propia”. Más fuerte aún son las palabras del propio Próspero, donde nos enteramos de los agravios que ha sufrido y que parecen justificar su venganza: “¡Cayeron sobre mí como plaga de escorpiones, devoraron mis bienes, avasallaron mi pueblo, me desterraron como a perra con lepra, no habrá compasión para nadie!”. Quizá la insistencia de los parlamentos en el mismo tema se desprende de ese único fin: que se haga justicia. ¿Cómo lo ves tú?

Respecto de mi apreciación brechtiana de la puesta en escena, justamente el distanciamiento que se produce pone de manifiesto la ilusión del teatro. Y es que esta obra de Shakespeare juega de manera particular con la ilusión de la representación teatral; es teatro puro, una ilusión de realidad en un aquí y un ahora fugaz y efímero. De ahí la centralidad de la magia, propia de este género dramático. El Próspero shakesperiano es un mago que se ha forjado luego del arduo estudio y de la lectura de infinitos volúmenes. En la versión de Radrigán, tal como tú dices, la obra se despoja de la espectacularidad del texto original. Nuevamente, me atrevo a decir que Radrigán es coherente, pues la verdadera justicia no se consigue por arte de magia, sino dando a cada uno lo que le corresponde. Pienso, sin embargo, que en Shakespeare el elemento más mágico —más aún que los poderes de Próspero para desatar una tempestad— es precisamente el acto de perdonar. Ese perdón revierte la injusticia y devuelve todo a su armonía y orden natural. Me gustaría saber qué opinas de esto.

Nuestro dramaturgo también ha eliminado casi por completo el humor, al menos al estilo shakesperiano. En la obra isabelina abundan los chistes de doble sentido y la tríada de Estéfano, Trínculo y Calibán es, sin lugar a dudas, un aporte a la comicidad y a la distensión dramática. Radrigán pone el énfasis en lo satírico y en lo ridículo a través del personaje de Ferdinand, pero me parece que más que humor, lo suyo es, en realidad, una velada y aguda crítica a los “señoritos” acomodados que no saben de justicias o injusticias sociales. Algo de humor hay en los coloridos personajes mitológicos de la mascarada que bailan al son de la música… ¿Te parece que se justifica su presencia en esta versión?

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Carta de Carola Oyarzún

25 junio 2015

Estimada Paula:

Una primera cosa que quisiera expresar a través de este medio es la posibilidad de escribir estas cartas. Desde distintos puntos de vista, hemos podido comentar uno de los montajes de teatro más importantes —me atrevo a adelantar— de este año; creo que así se abre un espacio donde caben opiniones que vitalizan nuestra vida artística y cultural.

De tu primera interrogante pienso que más allá de la legítima preocupación de Radrigán por la justicia y el cuestionamiento del perdón de Próspero, es el abandono del tono poético que prima en la primera parte del texto y que el espectador resiente a la hora de escuchar las razones y reflexiones del protagonista hacia el final de la obra, en un lenguaje demasiado local y reconocible.

En esta misma línea, no deja de sorprender el uso del garabato en boca de Ferdinand. ¿Por qué? Es notoria la ridiculización, como tú señalas, de este personaje. Evidentemente, despertó la antipatía de Radrigán, quien no pudo aceptar el amor “ciego” de Miranda hacia este joven que no tiene otro mérito que el de ser el heredero del ducado y un “señorito”, según tu definición. Sin embargo, no debemos olvidar que esta obra de Shakespeare —catalogada como romance— tiene muchos de los elementos de la comedia, como es el acentuar la representación del amor como un misterio que se desata en un abrir y cerrar de ojos, sin mediar la razón.

De la magia, puedo comentar que una de las escenas más plásticas de esta producción de La tempestad es el momento de Próspero en su estudio y en medio de sus libros. La composición de este cuadro a un costado del escenario y enmarcado por la iluminación produce una suerte de suspensión de la acción, para percibir la dimensión de la magia en el personaje. Creo que por su impacto sobre la esencia de Próspero esta escena pudo haber tenido más proyección aún.

En mi carta anterior opinaba que Radrigán hizo de La tempestad una obra seria, sin concesiones al humor. Despojó la obra de Shakespeare de todos aquellos asuntos que podían llevar a lo cómico. Un efecto inevitable de esta operación es la monotonía, lo que no deja de ser un alto precio a pagar en la versión chilena.

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