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Tratado Transpacífico (TPP): El fin de la soberanía económica nacional

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Tomás Hirsch

Vicepresidente, Partido Humanista

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José Miguel Ahumada

Doctor en Filosofía, Estudios de Desarrollo, Universidad de Cambridge

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Carta de Tomás Hirsch

10 marzo 2016

 

Estimado José Miguel:

Como sabrás, han terminado las negociaciones para la creación del Tratado Estratégico Transpacífico (TPP), en el cual doce países de la cuenca del Pacífico establecen un acuerdo comercial conjunto. Sólo falta la ratificación de los respectivos Congresos para que dicho tratado sea una realidad que afecte a casi mil millones de habitantes de los países involucrados.

Todas las negociaciones fueron secretas y jamás debatidas por la opinión pública. O casi secretas: una vez más, los únicos que siempre estuvieron informados, y más aún, consultados y escuchados, fueron los representantes de las grandes corporaciones multinacionales, las que siempre tuvieron lobbistas y asesores involucrados en la redacción de las más de 6 mil páginas del tratado y sus numerosos anexos.

No debería extrañar a nadie, entonces, que el resultado de estas largas negociaciones beneficie justamente a estas megacorporaciones financieras, farmacéuticas, agroindustriales y otras de alcance global y que se reduzcan significativamente los derechos de amplias poblaciones y de las pequeñas y medianas empresas nacionales.

Como muy bien expone el economista José Gabriel Palma, el acuerdo TPP debe ser entendido como parte de una tendencia. Hay que imaginarlo en un contexto parecido a lo que en Chile hemos conocido como las leyes de amarre de la Constitución de 1980. Así como esa Constitución dictatorial se decía “democrática”, el TPP es cualquier cosa menos un tratado comercial. Lo que se busca, y lamentablemente se está logrando, amparándose en el secreto y la imposición, es avanzar en el amarre para que no se produzcan cambios en términos de distribución del ingreso, royalty a la minería, fuga de capitales, entre otros aspectos. Lo fundamental para los ideólogos de esta operación es crear obstáculos para evitar que las cosas cambien.

Palma, doctor en Economía de la Universidad de Oxford y de Ciencias Políticas de la Universidad de Sussex, ha demostrado que, en el caso de Chile, el TPP no genera absolutamente ningún beneficio. Así de tajante. Al preguntar a los defensores del mismo sobre las ventajas o ganancias para nuestro país, se ven en dificultades para hacer un mínimo listado que los avale. Incluso lo que ellos podrían obtener del TPP, lo han logrado ya con los múltiples tratados bilaterales con todos los países involucrados. Es decir, de los cinco o seis productos que tienen beneficios en el TPP, ninguno forma parte de nuestras exportaciones, por lo que no hay allí ventaja alguna. En este sentido, lo fundamental son los candados y trampas que incorpora, para que sea imposible modificar el modelo económico neoliberal implementado en dictadura y profundizado en estos veinticinco años de débil democracia.

Y esos candados no son teóricos, sino reales. Veamos algunas situaciones concretas que se podrían generar.

Si Chile decide aumentar el salario mínimo, las multinacionales podrán demandar al Estado y deberán ser compensadas por las pérdidas que les generará ese aumento de salario. ¿Suena absurdo? Esto ya pasó en Egipto, cuando durante el breve gobierno democrático posterior a la Primavera árabe se aumentó el salario mínimo y las multinacionales francesas demandaron al Gobierno por compensación.

Asimismo, si Chile decide tener una AFP estatal con mejores tarifas y condiciones, los capitales extranjeros podrán demandar por sentirse afectadas. Si se instaura un royalty de verdad, que permita recaudar los tan necesarios recursos para educación y salud, BHP Billiton u otras multinacionales del cobre también podrán demandar al Estado chileno. Si el Gobierno decide masificar la experiencia de las farmacias populares, podrá ser demandado por las multinacionales farmacéuticas o las cadenas internacionales de farmacias.

Si una evaluación de impacto ambiental rechaza un determinado proyecto, la multinacional afectada podrá reclamar que se le compense con todo lo que hubiese ganado de haberse aprobado ese proyecto, ya que se considera que hubo interferencia del Estado. Si Chile decide desarrollar únicamente la agricultura orgánica, porque se descubre que es un excelente negocio, Monsanto podrá demandarnos porque se la está perjudicando.

Parece increíble. Se dirá que exagero. Sin embargo, todo lo anterior es posible porque el TPP castiga a los Estados que afecten las “expectativas razonables” de los inversionistas extranjeros. Por cierto que en el TPP no se definen esas “expectativas razonables”, que por sabemos que son muy poco razonables, por lo que el Estado chileno estará expuesto a ser demandado ante cualquier cambio de política. Y ya sabemos el resultado de esas demandas cuando se realizan ante tribunales títeres, como el que se crea justamente al alero de este tratado, con jueces vinculados a las empresas y sin posibilidad de apelación ante organismos internacionales independientes.

En definitiva, perderemos progresivamente nuestra soberanía con la implementación del TPP. Estamos cediendo soberanía por secretaría y se dejará al país inmovilizado y anclado a la forma en que se hacen las cosas hoy día. Esta es una camisa de fuerza para los que quieren hacer las cosas de otra manera. Y sucederá en política económica, en salud, en medios de comunicación, en políticas medioambientales y en un largo etcétera.

¿Por qué, entonces, este Gobierno, que era crítico al TPP, hoy está dispuesto a firmarlo? Es claro que no hay ningún beneficio para Chile. Se lo firma única y exclusivamente porque hay sectores muy poderosos que quieren asegurar que el sistema se mantenga igual, que no cambie a futuro. Alguien dirá que podemos retirarnos si no funciona o nos desfavorece; pero no. Si un país entra al TPP y después se sale, tiene fuertes castigos, por lo que desistirse es virtualmente imposible, mientras que el costo de no entrar es casi cero. Eso es lo que han decidido Colombia y Uruguay: no entrar y mirar desde afuera cómo funciona para, luego, tomar una decisión. En cambio, en Chile este tema se lo está tratando como política chica, de pasillo. La idea es que pase piola.

Insólitamente, a estas alturas la única esperanza que va quedando es que los demócratas de Estados Unidos no lo aprueben. La otra posibilidad es que los diputados y senadores de este país se despabilen, se pongan a estudiar en serio los nefastos efectos de este tratado y responsablemente lo rechacen. Después de todos los escándalos en que han estado involucrados, creo que sería el mejor aporte que le pueden hacer a nuestro país.

Espero, José Miguel, que puedas compartir conmigo tu visión sobre este tema.

Recibe un cordial saludo,

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Carta de José Miguel Ahumada

11 marzo 2016

Estimado Tomás:

Me gustaría responderte comentando la que creo es la lógica general del TPP para luego poder, en las siguientes cartas, ir enfocándonos en los temas específicos (tanto jurídicos, como de impactos concretos).

Como bien dices, el TPP es un entramado institucional internacional que restringe el espacio de los gobiernos para tomar decisiones que no sean las de asegurar el libre flujo de capitales (mercancías, productivos o financieros). En ese sentido, ¿cómo categorizar ese tipo de acuerdos?, ¿qué lógica yace detrás de dicho proceso? Digámoslo directamente: el TPP representa el ideario clásico del liberalismo económico, es el más claro sueño de F. A. Hayek en lo relativo a la institucionalidad internacional. En su artículo publicado en 1939, “The economic conditions of interstate federalism”, Hayek sostenía que una comunidad internacional pacífica únicamente podía sostenerse en base a un régimen económico compartido: el del libre flujo de capitales. Sin embargo, el libre comercio entre naciones no es un dato de la naturaleza y Hayek era muy agudo en reconocer que aquello debía ser “construido” política e institucionalmente (he ahí su crítica al liberalismo decimonónico y la retórica del laissez-faire). ¿Qué orden institucional podría llevar en sus hombros las fuerza del libre comercio entre naciones y hacerlo sostenible en el largo plazo? Hayek pensaba que era un régimen federado el que mejor podría velar porque ninguna de sus partes optara por políticas que pusieran grilletes o restricciones al libre flujo del capital, y que pudieran, de esa forma, abrir las puertas al proteccionismo y al conflicto entre países.

Para eso, la solución hayekiana era sacar los temas económicos y sociales del espacio democrático nacional y dejarlos en manos de una tecnocracia liberal supracional. En materia monetaria, los bancos centrales nacionales debían dar paso a un sistema de reserva federal (curiosamente similar al Banco Central Europeo) que tomara el control de la emisión de dinero, mientras que las políticas sociales e impositivas quedarían virtualmente eliminadas por las propias fuerzas del mercado que la federación se encargaría de imponer a los países miembros. Tal como Hayek sentenció en una frase brillante por su honestidad (y por su carácter distópico): “hasta legislaciones como la restricción al trabajo infantil o de jornadas laborales serán muy difíciles de implementar por parte de un Estado individual” (pág. 260).

De esta forma, para Hayek, el precio a pagar por el libre comercio entre naciones es la restricción radical de la soberanía nacional. En efecto, según el autor, “de manera de impedir las evasiones a las disposiciones fundamentales que resguardan al libre movimiento de hombres, mercancías y capitales, las restricciones que serían deseables imponer sobre la libertad de los Estados individuales para la constitución de la federación, tendrán que ser aún más grandes de la que hemos asumido hasta hoy y su poder independiente de acción tendrá que ser limitado aún más” (pág. 261).

El resultado, finalmente, es una democracia nacional donde la esfera económica y las políticas que pudieran intervenir dicha esfera, bajo criterios que no sean los de la competencia capitalista, quedan formalmente prohibidas y entregadas a un cuerpo supranacional liberal y ademocrático. Una democracia moldeada al ritmo del mercado y nunca al revés. Hayek nos llama a no perder la calma y pensar con calculadora en mano que “si el precio que tenemos que pagar para un gobierno democrático internacional es la restricción del poder y alcance del gobierno, es ciertamente un precio no muy alto”.

La Unión Europea y el BCE, la OMC, la ola de TLC de Estados Unidos y el TPP siguen disciplinadamente la utopía hayekiana. Los tres últimos han excluido exitosamente a la democracia chilena de áreas esenciales para todo modelo de desarrollo: controles de capitales, regulación de las inversiones, propiedad intelectual y aranceles. Todas aquellas áreas se han visto supeditadas a directrices y normativas cada vez más detalladas, cada vez más “judicializadas”, cada vez más ensambladas en regímenes internacionales con dudosa credencial democrática (no digamos que la OMC o el TPP se caracterizan precisamente por su componente republicano). No sólo eso, sino que bajo ambigüedades legales quirúrgicamente establecidas (como la “expropiación indirecta”), la frontera entre qué es política soberana y qué es materia de control judicial internacional es cada vez más nebulosa. Se abre la puerta para lo que dices, Tomás: que una amplia gama de políticas sociales o tributarias puedan ser, potencialmente, materia de alegato internacional, violación de reglas supranacionales, materias de juicios en tribunales extranjeros. Es Hayek otra vez: la democracia sujeta a estrictas reglas generales (rule of law) que restringen su “arbitrariedad”.

Y estos regímenes, a su vez, construyen su propia burocracia que aplica la ley, cual policía liberal. Neoliberalismo, policía y burocracia no son contrarios, sino hermanos. El capítulo 27 consolida una “comisión”, grupo burocrático transnacional del TPP que vela por el cumplimiento del acuerdo en los espacios nacionales, con capacidad de solicitar a los gobiernos modificar reglamentos. La soberanía comienza a emigrar. Parafraseando a Saskia Sassen, el Estado se desnacionaliza y se constituyen regímenes internacionales soberanos (cuyas provincias serían los Estados) que no responden más que a las reglas estipuladas de antemano. Bienvenido a la burocracia neoliberal global.

De esta forma, la lucha contra el TPP, como bien indicas Tomás, no es una batalla contra un acuerdo únicamente, es mucho más. Debemos poner el asunto en perspectiva: es una batalla entre la soberanía democrática y los requerimientos antidemocráticos del libre comercio vía sus reglamentos internacionales impuestos por Estados Unidos (¿te has dado cuenta que la izquierda dejó de hablar de “imperialismo” justo cuando Estados Unidos está invadiendo cada vez más áreas de la soberanía nacional?).

Aquella es una batalla que comenzó en los 90 con la celebración de la OMC, de la mano de sus rígidas imposiciones a los países, y la respuesta social que tuvo en Seattle; continuó con el NAFTA, con su imposición de reglas económicas a México (como prohibir el uso de controles de capitales que bien hubieran sido útiles para impedir el efecto Tequila), y la consiguiente resistencia zapatista; siguió con la exitosa lucha de los países de América Latina contra el AMI y el ALCA, impidiendo su implementación; continuó con la réplica de Estados Unidos, con su ciclo de TLC y sus invasiones a soberanías financieras y de propiedad intelectual, y hoy avanza con el TPP. Este tira y afloje entre soberanía y mercado ha sido la batalla secular desde los 90. El TPP es un nuevo intento, un nuevo movimiento de tropas.

Así visto, luchar contra el TPP no debe ser únicamente en base a cuánto limita las políticas industriales (como yo mismo he sostenido en artículos anteriores), o cómo restringe el uso de genéricos o impacta negativamente sobre precios de medicamentos. Esas críticas son esenciales, qué duda cabe, pero deben enmarcarse en una batalla anterior y de más larga data: la batalla por defender nuestro soberano derecho de poder decidir democráticamente qué tipo de sociedad queremos.

Esa creo que es la problemática general y la lógica del TPP, quedan muchos temas que conversar, desde los intereses geopolíticos de Estados Unidos en la región, el verdadero impacto económico y las específicas formas en que se restringe la soberanía. Espero tus comentarios, Tomás.

6 Comentarios

  1. No me he dado el tiempo de leer ambas cartas. Lo que sí tengo claro es que en el propio EE.UU., promotor de la iniciativa, existen muchas voces disidentes. Mi punto de vista me dice que con la legislación chilena en materia de fiscalización y regulación, liberalizar aún más el mercado es un profundo error. Ya hemos visto muchos ejemplos, como la fusión Cuprum-Argentum, con la transnacional Principal detrás, si eso queda sujeto a dirimir la contienda en tribunales supranacionales, hemos vuelto a la época de las colonias.

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  3. Me gustaría que Jose Miguel Ahumada explicara una sola cosa, menos técnica: ¿Por qué si el TPP es tan bueno, se ha mantenido en secreto? Incluso si es aprobado por el Congreso, prácticamente a ciegas igual, se mantendrá en secreto por una cantidad de años. Creo que una idea básica de marketing es promover la idea, en este caso es lo contrario, se esconde.

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