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Prueba SIMCE: Una “receta” fallida

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Carlos Ruz Fuenzalida

Director ejecutivo, Área de Investigación, Maule Scholar

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Carlos Henríquez Calderón

Secretario ejecutivo, Agencia de Calidad de la Educación

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Carta de Carlos Ruz Fuenzalida

22 junio 2015

Junto con saludarlo, esperando que se encuentre bien al presente, me dirijo a usted con el fin de poner de manifiesto algunos puntos que son relevantes, en virtud de los resultados de SIMCE 2014, a la luz de las importantes reformas en educación que el gobierno de la presidenta Michelle Bachelet ha impulsado durante su segundo mandato.

Dado lo anterior, es importante situar y distinguir la propia pertinencia que sigue teniendo para una educación de calidad el uso y sobre uso de las pruebas estandarizadas en el sistema escolar chileno, más aún cuando se habla y utilizan palabras como “inclusión” y “bien social” en el discurso público. Es por ello que cada año —y por décadas— escuchamos por parte de las autoridades y medios de prensa los mismos discursos y palabras en lo referente a SIMCE, que sigue siendo la “receta” para generar aprendizajes significativos y de calidad. Nada de eso se ha cumplido. La evidencia actual, y a nivel internacional, es que las pruebas estandarizadas como SIMCE solo han generado males y perjuicios sociales, tanto para estudiantes y profesores; tal como señala la Ley de Campbell, el mismo instrumento cuantitativo social ha distorsionado gravemente lo que se quiere “medir”, que es, en este caso, los aprendizajes de los estudiantes chilenos.

Se confunden conceptos como medición y evaluación, se estandarizan a los niños y niñas como si todos aprendieran o tuvieran estilos de aprendizaje homólogos (un aspecto en el que el neuroaprendizaje ha sido categórico en los últimos años) y más aún, se entrega una carga que no corresponde a nuestros docentes, llevándolos a tener difíciles ambientes laborales, convirtiéndolos en meros objetos técnicos que deben enfocarse en pasar contenidos y hacer evaluaciones “tipo SIMCE” según lo dispuesto por los directores y sostenedores de los establecimientos educacionales. Todo lo anterior va muy en línea contraria con los cambios que, en el papel, se quieren hacer por parte del Gobierno. Esto sin considerar que SIMCE es un negocio bastante lucrativo para ese puñado de empresas que logra suculentos contratos que, en suma, alcanzan cerca de 25 mil millones de pesos anualmente.

Es con este panorama que me hago la siguiente pregunta: ¿Qué correlato hay entre el discurso público en educación cuando, por ejemplo, muy pronto se clasificarán a las escuelas y colegios en Chile, considerando el 67% de ponderación, con resultados de las pruebas SIMCE? Al menos para mí, me parece una contradicción enorme, y que evidencia nuevamente que lo que se pretende hacer en la teoría es una cosa, pero en la prácticamente solamente es un gatopardismo del sistema.

Espero podamos debatir abiertamente sobre ello, y ser sinceros en lo que realmente queremos como educación, no vista como algo instrumental y técnico, sino como un elemento humano y social, en todas sus dimensionales.

Un abrazo cordial para usted,

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Carta de Carlos Henríquez Calderón

07 julio 2015

El Sr. Henríquez ha preferido no participar en el presente debate, sin dar mayores razones para ello.

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