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Patricio Aylwin, el hombre de carne y hueso

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Rafael Gumucio Rivas

Profesor de Historia

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Héctor Toledo Nickels

Licenciado en Ciencias del Desarrollo, ILADES, Louvain. Administrateur Collège Profesionnel, Limoilou, Canadá. Maître en Relations Industrielles, Université Laval, Canadá. Subdirector, Departamento de Administración, Facultad de Administración y Economía, Universidad de Santiago.

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Carta de Rafael Gumucio Rivas

25 abril 2016

Estimado señor Toledo:

Conocí desde muy niño a don Patricio Aylwin Azócar y a muchos de los dirigentes de la Falange Nacional, pues mi padre, Rafael Agustín Gumucio, fue fundador de ese Partido y, posteriormente, su último presidente y el primero del Partido Democratacristiano. Profeso por don Patricio una admiración que hago extensiva a todos los fundadores y dirigentes de la Falange Nacional, cuyo gran mérito fue el de entender la política como una tarea de redención del proletariado y llevarla a la práctica en perfecta comunión con la ética.

En esta carta pretendo diferenciar el hombre de carne y hueso, en la persona de Patricio Aylwin, y el juicio histórico-político sobre su actuación en la historia de Chile.

La primera vez que ejercí mi derecho a voto lo hice por Eduardo Frei Montalva y, a mi juicio, la Revolución en Libertad dejó como legado histórico nada menos que la destrucción del Chile dominado por la hacienda, echando abajo el latifundio gracias a la Reforma Agraria. Es indiscutible el aporte de Patricio Aylwin y los parlamentarios democratacristianos en la reforma del artículo 10, número 10, de la Constitución de 1925, que permitió la expropiación de aquellos latifundios.

A partir de 1965, la Democracia Cristiana contaba con 80 diputados sobre un total de 150, y una minoría en el Senado, a causa de la elección por mitades de sus integrantes; el hecho de ser un partido mayoritario por voluntad popular hacía que todo lo que ocurriera en las luchas internas del Partido repercutiera, decisivamente, en la realidad del país y, además, fuera el centro de preocupación de la prensa.

Por ese entonces, Patricio Aylwin encabezaba el sector oficialista del Partido, es decir, el freismo, pero había también otros dos sectores críticos: los terceristas que, posteriormente, formaron el Partido Izquierda Cristiana; y los rebeldes, liderados por Julio Silva, Jacques Chonchol y Rafael Agustín Gumucio. Las dos últimas fracciones eligieron conjuntamente una directiva que, por cierto, fue muy mal recibida por el presidente Frei Montalva, quien demostraba poca capacidad para enfrentar la crítica interna y, sobre todo, la autonomía del Partido respecto del gobierno, dándose por entendido que un partido político va mucho más allá del tiempo histórico de un gobierno.

Don Patricio fue muy severo al condenar las críticas a la lentitud —e incluso los retrocesos— en la implementación de la política de la Revolución en Libertad por parte del gobierno. Más allá de los severos reproches, hay que reconocer que se disputaba con fiereza, con una ética marcada por la convicción y el respeto fraterno.

Aprovecho esta oportunidad para responder, en ocasión de la muerte de don Patricio, a las falacias emitidas por el expresidente Frei y el senador Andrés Zaldívar, en el sentido de que la directiva rebelde-tercerista, en el histórico encuentro de Peñaflor, pretendía hacer que la Democracia Cristiana saliera del gobierno. Según mi opinión, este es un verdadero absurdo, pues sus líderes habían sido fundadores del Partido. El tema de fondo era otro: se puede definir entre formar parte de la alianza política y social del pueblo, encabezada por un democratacristiano, o bien seguir el camino propio —el famoso vuelo del cóndor, superando derechas e izquierdas que, al final, terminaban en derechas o en el más mesiánico de los aislamientos—. En algunos esta posición era sincera, en otros era una forma decente de disimular el deseo de aliarse con la derecha.

Iniciado el camino de la división en la Democracia Cristiana, con la fundación del Mapu (1969), ya no se detuvo más: siguió la Izquierda Cristiana (1971) y, más recientemente, los “colorines”.

Mi crítica a Patricio Aylwin va dirigida, en particular, a su actitud y actuación política respecto al gobierno de Salvador Allende: al cerrar el diálogo como presidente de la Democracia Cristiana, luego de la cena organizada por el cardenal Raúl Silva Henríquez, despejó el camino a la destrucción de la democracia y el consecuente drama del golpe militar.

Es difícil aceptar como válida la argumentación de Patricio Aylwin de que el acuerdo de la Cámara de Diputados para declarar ilegal el gobierno de Allende tuviera como objetivo central corregir las deficiencias y abusos de la Unidad Popular. El diputado Bernardo Leighton lo desmintió al reconocer públicamente que fue engañado para conseguir su voto, y que jamás lo hubiera hecho de haber sabido que iba a ser el pretexto para justificar el golpe de Estado. Y, por su parte, Radomiro Tomic, que vivió y murió como democratacristiano, claramente responsabilizaba a su partido en la gestación del golpe de Estado, argumentando que contaba con la mayoría en el Parlamento, como también con el apoyo de la sociedad civil. Sería muy ingenuo pensar, entonces, que los militares llevaron a cabo un golpe de Estado sin el apoyo de la Democracia Cristiana. Por lo demás, los verdaderos líderes del golpe —Bonilla, Arellano y otros— habían sido edecanes de Frei Montalva.

Si lo anterior no bastara, puede leerse la declaración del Partido Democratacristiano apoyando la Junta de Gobierno instalada luego del 11 de septiembre, cuando por las calles de Santiago miles de obreros eran conducidos en camiones como ovejas al matadero. También, la carta que le enviara Eduardo Frei Montalva a Mariano Rumor, en la cual retrataba a los militares como los salvadores del país; así como algunas cartas muy duras que Bernardo Leighton le escribió a su amigo Frei Montalva, enrostrándole su incondicional apoyo a la Junta Militar (las cartas de Leighton aparecen en la colección de la revista Chile-América, editaba en Roma y recuperable en Internet). En cuanto a Patricio Aylwin, me permito citar dos frases en apoyo a los golpistas: “Si me dieran a elegir entre una dictadura marxista y una dictadura militar, yo elegiría la segunda”, y “El gobierno de Allende había agotado, en el mayor fracaso, la ‘vía chilena hacia el socialismo’, y se prestaba a consumar un autogolpe para instaurar por la fuerza la dictadura comunista”. A confesión de partes, relevo de pruebas, como dicen los abogados.

La directiva de la Democracia Cristiana quebró con la Junta Militar a raíz del cierre de la radio Balmaceda, luego de un diálogo en que el general Bonilla demostró orgullo y odio cerril para humillar a Aylwin. A partir de ese hecho, se dieron cuenta del tipo de criminales sedientos de poder que habían alabado como “salvadores de la patria”.

Es cierto que Bernardo Leighton y Renán Fuentealba (único fundador de la Falange aún con vida) iniciaron toda una política de apertura a los exiliados de izquierda, sin ninguna exclusión, con vistas a la formación de un frente amplio antidictatorial. Estos dirigentes fueron condenados por la directiva democratacristiana, que no aceptaba ninguna alianza con los comunistas, incluidos los socialistas de Almeyda. Por su parte, la Fundación Ebert propició en Colonia Tovar —comarca de estilo alemán, muy cercana a Caracas— un encuentro de partidos y personalidades democráticas de Chile, en el cual participaron Bernardo Leighton y Renán Fuentealba, sin que mediara la autorización y respaldo de la Democracia Cristiana del interior del país, aún dominada por el freismo. El llamado a los cristianos a unirse a la lucha contra la dictadura, firmado por Bernardo Leighton y Rafael Agustín Gumucio, tampoco fue apoyado por la directiva freista.

Hay que reconocer que Eduardo Frei y Patricio Aylwin viraron radicalmente respecto a la dictadura militar y, a partir de ahí, tuvieron actuaciones muy valientes y meritorias. Vale la pena recordar el discurso de Frei Montalva, en el Teatro Caupolicán en 1980, que fue su sentencia de muerte, ejecutada el 22 de enero de 1982; o cuando la Comisión de los 24, en la que Aylwin tuvo una brillante actuación, se propuso entregar a Chile una nueva Constitución que reemplazara completamente la de 1980, y que contenía ideas tan brillantes como la instauración del sistema semipresidencial y una profunda regionalización. Lamentablemente, el proyecto quedó en cero tras la propuesta del mismo Aylwin de aceptar las reglas de la Constitución ilegítima de 1980. Destaco aquí que uno de los juristas que más he admirado en mi vida fue Manuel Sanhueza Cruz, presidente de dicha Comisión.

La segunda parte de la vida política de Patricio Aylwin, ya como presidente de la República, merece ser analizada en profundidad, lo que exigiría un trabajo exhaustivo, cuyo centro de discusión verse sobre si efectivamente existió una transición a la democracia en Chile o sólo una evolución en tres etapas: de la tiranía a la dictadura, y de ésta a la democracia protegida. Como lo he escrito en muchos artículos, creo que la monarquía presidencial es difícilmente compatible con la democracia formal, con separación de poderes, igualdad ante la ley y control ciudadano con respecto al desempeño de las castas políticas en el poder. En el fondo, en el panorama actual, Chile sigue siendo un país oligárquico, regido por una democracia dominada por los bancos.

Fraternalmente,

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Carta de Héctor Toledo Nickels

28 abril 2016

Don Rafael:

Su carta trata de muchas materias; quiero ocuparme de la que me parece más importante (las negritas son mías):

“Mi crítica a Aylwin va dirigida en particular, a su actitud y actuación política respecto al gobierno de Salvador Allende: al cerrar el diálogo como presidente de la Democracia Cristiana, luego de la cena organizada por el Cardenal Raúl Silva Henríquez, despejó el camino a la destrucción de la democracia y el consecuente drama del golpe militar”.

Jorge Arrate también afirma en The Clinic del 21 de abril:

“[Aylwin] junto con Eduardo Frei padre, tuvieron la responsabilidad de no haber facilitado el diálogo con el presidente Allende (…), su conducta política favoreció a quienes querían un golpe (…)”.

Estos dogmas indican: 1) Frei y Aylwin cerraron el diálogo; 2) Luz verde al golpe; 3) Frei y Aylwin son responsables del golpe. Es la negra leyenda urbana instalada en el bulbo raquídeo del marxismo criollo, aún hoy. Eso, contra toda evidencia histórica. Por favor, don Rafael, un evento de la maduración de las fuerzas en cuestión, de los enormes recursos en acción, nacionales e internacionales, un quiebre de la tradición democrática del país más democrático de toda América Latina, impulsada —como usted acusa— por el PDC, el partido más democrático de toda nuestra historia nacional. ¿Dependió, dogmáticamente, de la sordera puntual de dos hombres: Frei y Aylwin? ¿Así de simple?

En cambio, hay una evidente tradición antidemocrática en el tejido de la época, y que usted, don Rafael, no menciona ni en diagonal: Aniceto Rodríguez, secretario general del PS, en 1964 decía: “Le negaremos a Frei la sal y el agua”. Carlos Altamirano no sólo promovió el rechazo absoluto al diálogo, sino que implementó la Vía Armada como eje principal de su política. El senador Allende y su presidencia de la violentista OLAS. El violentista Congreso Socialista de Chillán. La detención del secretario de Altamirano repartiendo panfletos en apoyo al intento golpista del general Viaux. Y cuándo la DC propone oficialmente la “unidad social y política del pueblo”, don Luis Corbalán responde: “¡Con Tomic, ni a misa!”. En esa tradición evidentemente se fue formando y madurando una cultura antidemocrática, que no se disolvió el 4 de septiembre de 1970 con el triunfo de la UP, por el contrario, estuvo muy presente en todo el gobierno del presidente Allende. El propio presidente le dice muy claramente al aterrado violentista Hernán del Canto, el mismo día 11, que cada cual asuma ahora con hombría lo que sembró. Del Canto huyó. Allende afrontó su trágico final.

Don Rafael, no se negocia “porque sí”. Ese es un proceso para establecer compromisos viables, donde cada parte se hace responsable de los costos que implica todo compromiso. Esa responsabilidad nunca existió en la Unidad Popular:

“A las 11 de la noche del 10 de septiembre de 1973, Salvador me telefoneó para pedirme que fuera a la Izquierda Cristiana a conseguir que apoyaran su convocatoria al plebiscito, que ese partido no apoyaba. Me negué, explicándole que debido a la situación por la que atravesábamos no debía consultar a nadie y proceder con amplia libertad. Pero accedí a su pedido, llegué a Cienfuegos 15, sede de la IC, donde funcionaba una comisión de gente muy joven (…). Les expuse: ‘Bien, pero como estamos al borde de cualquier situación incontrolable, si ustedes rechazan la decisión tomada por el presidente ¿qué otra solución proponen?’. La respuesta fue unánime: ‘El enfrentamiento armado’. Me resultó imposible transmitírsela a Salvador, pues pareció una respuesta demencial”(1).

Usted sabe muy bien, don Rafael, que esa demencia unánime se repetía multiplicada en el MAPU y en el mando del Partido Socialista. Y, por cierto, en el MIR, que cogobernaba al PS a través de la “doble militancia” de su dirección. En cambio, la DC en su conjunto presentó una apertura de diálogo desde el comienzo. Perez Zujovic propuso incluso el ingreso al gobierno, que el Partido desestimó: La colaboración era abierta, sin nada que pareciera un precio. La respuesta de la UP fue de un sectarismo infinito en los campos, en las poblaciones, en las fábricas, en la administración pública, en las universidades, etc., con insultos sistemáticos en su prensa, acoso laboral, persecución y violencia cotidiana. Demás está decir que el marxismo no es precisamente una doctrina democrática, y esta ideología era la dominante en la cultura de la UP. Hasta la Juventud Radical se declaró marxista. La directiva del DC dialogó no una, sino varias veces con el presidente Allende, pero en el Consejo de Partidos de la UP desautorizaron siempre al presidente. Y el Gobierno no cumplió nunca sus compromisos. Finalmente, Patricio Aylwin le indicó a Salvador Allende que las negociaciones futuras se podían hacer con el ministro del Interior, señor Briones, dada la imposibilidad presidencial de cumplir con ninguno de los acuerdos conversados. Pero si el presidente no era capaz de liderar nada ni a nadie en su coalición, pocas serían las posibilidades de acordar algo con el ministro. A pesar de ello, la DC mantuvo siempre abierta esa puerta. ¿Y usted acusa a la DC de “cerrar el diálogo y ser responsable del golpe”?

Su carta tiene muchas afirmaciones que, a mi juicio, son errores. Por ahora, quiero atender sólo a dos. Dice usted: “El diputado Bernardo Leigthon (…) reconoce que fue engañado para conseguir su voto”. Esto, para el acuerdo de la Cámara de Diputados le representaba al Ejecutivo serias y efectivas ilegalidades. Pero, en The Clinic del pasado jueves 21, don Andrés Aylwin declaró: “Yo fui de los que tuve muchas dudas pero, en definitiva, Bernardo Leigthon me convenció: ‘Es bueno —dijo— que se señalen las cosas que creemos que son malas, porque si esas cosas no se arreglan, puede pasar lo peor’”(2).

Otra afirmación suya, muy dudosa: “Radomiro Tomic (…) claramente responsabilizaba a su partido en la generación del golpe de Estado”. Tiene usted el deber público de probar con documentos esta afirmación pública, porque Radomiro siempre dijo que el principal responsable era el propio presidente Allende por su ineficiencia y la UP por su anarquía, sus confusos objetivos y desastrosa gestión. Otra cosa es reconocer nuestros errores relativos y conjuntos como actores políticos.

Para terminar, esta frase: “Sólo la verdad nos hará libres”, que está escrito en el libro que los cristianos reconocemos como fundamento ontológico de la humanidad. Por ello, era necesario que aclaráramos estos puntos. Pero también debemos valorar que nuestra lucha común contra la dictadura se ha prolongado en una práctica y cultura de colaboración de laicos, cristianos, marxistas y ateos, que en el ágora de todos, mal que bien, contra viento y marea, hemos ido mejorando la polis de hoy y de mañana. Mucho queda por hacer.

Con vocación de futuro.

(1) Jerez, A. Esos años, pp. 609-610.
(2) The Clinic, 21 de abril de 2016, pág. 21.

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Carta de Rafael Gumucio Rivas

02 mayo 2016

A propósito de la responsabilidad de don Patricio Aylwin en el golpe militar contra el gobierno constitucional de Salvador Allende

Estimado don Héctor:

El historiador Marc Bloch decía que los historiadores eran “unos jueces de los infiernos”, título utilizado por Manuel Vicuña para la biografía acerca de don Benjamín Vicuña Mackenna.
El trabajo del bibliotecario – o archivero – y el del historiador se diferencian en que el primero se conforma con la existencia del documento para establecer la verdad de un hecho, por el contrario, el historiador lo somete a una crítica profunda y, además, emite juicios acerca de períodos y sobre actuación de personajes históricos – es una especie de “juez de los infiernos -.

En su carta me pide pruebas documentales sobre mis afirmaciones en el sentido de que don Radomiro Tomic había condenado la actuación de la directiva democratacristiana freista y presidida por Aylwin:
En un texto publicado con posterior al golpe de Estado, Radomiro Tomic decía:

“La Democracia Cristiana no puede pedir para sí el papel de Poncio Pilatos en el desastre institucional. La gravitación de lo que se hace o se deja de hacer cuando se controla el cuarenta por ciento del Congreso Nacional, el treinta por ciento del electorado nacional, el treinta y dos por ciento de los trabajadores organizados en la CUT, el cuarenta por ciento del campesinado y las organizaciones juveniles chilenas, diarios, radio y TV, cinco de ocho universidades del país, la gravitación, digo, de una fuerza de tal envergadura, tiene efectos decisivos por sus acciones o por sus omisiones”.

En la Revista Chile-América, publicada por exiliados chilenos en Roma, Tomic insiste:

“En primer lugar, 9 de agosto de 1982, de acuerdo a una petición de Patricio Aylwin, el presidente Allende había formado un gabinete con participación institucional de militares. A los pocos días, la DC se desligó del compromiso y empezó a exigir la renuncia de los uniformados. En segundo lugar, el ´apoyo frontal´ de la DC a la huelga de los camioneros y otros sectores de claro carácter ´ilegal absolutamente inmoral a la luz de la moral cristiana´. Tercero, la declaración de la Cámara de Diputados, controlaos por la DC y ´ilegalizando ´al gobierno; finalmente, la declaración de la directiva del PDC, del 12 de septiembre de 1973 en apoyo al golpe militar. Y ´el silencio del Congreso Nacional, poder constitucional cuyas dos ramas estaban en poder de la Democracia Cristiana, que se negó a todo pronunciamiento de solidaridad con el gobierno a raíz de la tentativa de golpe de Estado del 29 de junio y que aceptó sin protesta la clausura el 11 de septiembre”.

Don Bernardo Leighton era el hijo espiritual de mi abuelo, don Rafael Luis Gumucio Vergara, un conservador libertario y radicalmente enemigo de la irrupción de las fuerzas armadas en política. La relación entre mi padre y don Bernardo era de hermanos – así se trataron siempre a pesar de que Gumucio renunció a la Democracia Cristiana a raíz de lo que él consideraba la “derechización del Partido que fundara en 1957 y, anteriormente la Falange, en 1938 -. Mi abuelo paterno, en 1924, muy apegado a las ideas conservadoras, era el director de El Diario Ilustrado, y en sus editoriales se mostraba como un violento al “tribuno del pueblo” o “el Lenin chileno, Arturo Alessandri Palma. Don Rafael Luis estaba muy contento de que los militares hubieran derrocado a “esta especie de loco italiano, don Arturo Alessandri Palma. En ese mismo Diario trabajaba el gran periodista y escritor, don Jenaro Prieto, quien le manifestó que estuviera tan contento, pues “no había hecho la guardia” y no conocía a los militares, y cuando se toman el poder, no lo sueltan nunca más. Desde ahí para adelante, Rafael Luis Gumucio juró que jamás, y por ningún motivo, volvería a apoyar una intervención militar, por muy grave que fuera la situación del país. Este anti-militarismo se convirtió en el ethos del falangismo.

Don Bernardo fue siempre un auténtico demócrata y, por consiguiente, no podía aceptar ninguna intervención militar, por eso le repugnó especialmente que el freismo apoyara, desde el primer momento, a la Junta Militar. Baste leer las cartas enviadas a Eduardo Frei Montalva, publicadas en Chile-América, para comprobar cuán dura fue la crítica a la actitud pro militarista de su amigo de toda una vida.

Era tan acendrado el sentido auténtico del civilismo de Bernardo Leighton que, el mismo día del golpe de Estado quiso concurrir a La Moneda para brindar su apoyo al presidente constitucional, Salvador Allende; este impulso de locura, según cuenta el periodista Jorge Donoso, fue detenido por sus camaradas, pues veían en peligro su vida.
Los diputados democratacristianos José Morales, Baldemar Carrasco, Gustavo Ramírez, Eduardo Sepúlveda, Lautaro Vergara y Arturo Frei (este último, pinochetista hasta hoy), en el mes de agosto de 1973, junto a tres diputados de la derecha, presentaron un proyecto de acuerdo, por el cual se declarara ilegítimo el gobierno de Salvador Allende. Don Bernardo Leighton le hizo ver al presidente del Partido, don Patricio Aylwin, señalándole que dicho proyecto daba legitimidad a un eventual golpe de Estado – como en realidad ocurrió -. Aylwin le prometió una aclaración de la Democracia Cristiana en el sentido de que este acuerdo no avalaba el golpe de Estado.

Muchos diputados democratacristianos, claramente golpistas, se opusieron a tal aclaración, que fue leída, finalmente, por el diputado Monares, pasando desapercibida y desoída por la mayoría de los diputados, dado que ya estaban embarcados en el carro del golpe de Estado. La prueba documental de la declaración posterior de Leighton, de haber sido engañado, puede leerse en la Revista Chile-América, como también el libro de Rafael Agustín Gumucio Vives, Apuntes de medio siglo, Editorial CESOC, 1996.
(Si se desea profundizar en las dificultades colocadas por la directiva de la Democracia Cristiana, encabezada por Patricio Aylwin, para llegar a acuerdos con el gobierno de Allende, me permito remitirlo a un capítulo completo, dedicado al diálogo entre la Democracia Cristiana y el Gobierno, en que cada vez que parecía se llegaba a un acuerdo – como en el caso de las tres áreas de la economía – la directiva intervenía para dar marcha atrás y detener el voto favorable de los diputados democratacristianos.

Nadie puede negar, como bien lo afirma usted, el sectarismo de los partidos de izquierda que dificultó, en gran medida, la unión social y política del pueblo, única vía mayoritaria para hacer cambios revolucionarios en Chile, tal cual lo postularan mi padre y Radomiro Tomic, entre otros progresistas democratacristianos.
Frases como “negar la sal y el agua” o “con Tomic ni a misa” son verdaderamente estúpidas, dogmáticas e insensatas, por el contrario, a mi modo de ver, en el gobierno de “la revolución en libertad”, llevada a cabo por don Eduardo Frei Montalva, debió buscarse un acuerdo con los socialistas y no encerrarse en el camino propio, que tanto daño le ha hecho a la DC. Hay que reconocer que en el socialismo, por su origen en Marmaduque Gove, siempre ha habido una especie de militarismo y una ilusión de los oficiales y soldados podrían ser progresistas, por esta razón fueron ibañistas, en 1952, y según Carlos Lazo, antiguo dirigente de este Partido, estuvieron tentados de apoyar “el tacnaso”, a finales del gobierno de Frei Montalva, pretextando el sindicalismo en las reivindicaciones militares.

La frase de “con Tomic ni a misa”, del secretario general del Partido Comunista, don Luis Corvalán, es aún más criticable si consideramos que ese Partido era el más proclive a una alianza con la Democracia Cristiana, y que por cierto, una combinación dirigida por Tomic habría sido mayoritaria pero, a mi modo de ver, era imposible, pues la Democracia Cristiana dominaba el camino propio y el freismo, y el llamado sector Izquierda Cristiana, dado el escaso número de sus seguidores, carecía de peso política.

En el Mapu, después de la escisión de la Democracia Cristiana, comenzó a dominar un sector marxista althusseriano, que pasó del reformismo, practicado en su partido madre, a la extrema izquierda y a la alianza con el MIR y los “Helenos”, sector radical del Partido Socialista – algunos decían en broma, para definir al Mapu, como “el casi MIR”. Dentro de lo anecdótico, en una de las vueltas para elegir al candidato de la Unidad popular, la directiva del Mapu quiso apoyar la opción de Pablo Neruda, pero Corvalán les respondió, muy cazurramente, que “ellos apoyaban a Salvador Allende”.

Cuando el Mapu se declaró marxista, Salvador no podía comprender cómo un partido de cristianos revolucionarios se convirtiera, casi de la noche a la mañana, en un quinto Partido de esta denominación, cuando la necesidad se centraba en fortalecer el pluralismo y la participación de los cristianos en la revolución.

Este Partido, tan “revolucionario”, hoy sus ex militantes, en la mayoría de los casos, son empresarios prominentes – más derechistas que sus amos – y se dan el lujo de criticar las reformas que ha impulsado el gobierno de Michelle Bachelet – Óscar Guillermo Garreton, por ejemplo, de marxista a neoliberal, que ya es un paso muy simple para estos “Robespierre” de fantasía; Correa y Tironi son exitosos lobistas y asesores de empresas; muchos otros, embajadores, u otros pitutos muy bien remunerados; de “patria o muerte”, pasamos a pituto o muerte .el dinero no tiene patria -.

Por último, usted aporta una cita de un libro de Alberto Jerez en que deja muy parados a unos jóvenes, partidarios de resolver el conflicto entre el gobierno a Allende y la oposición de forma revolucionaria. No me extraña en absoluto, pues no faltaban las cabezas calientes. En todos los partidos políticos, en los días previos al golpe de Estado, incluso en la Democracia Cristiana, el 90% de los militantes era partidario del golpe – lo reconoce el mismo don Renán Fuentealba, en una entrevista reciente -.

En lo personal, en esa época era profesor de la Universidad Católica de Valparaíso y me sentía muy lejano a las posiciones ultraizquierdistas de ciertos sectores, tanto del Mapu, como de la Izquierda Cristiana, más bien identificándome con Allende y la búsqueda de diálogo con la Democracia Cristiana.

Estimado don Héctor: el período de la Unidad Popular, tan importante en nuestra historia, mantiene aún muchos enigmas, temas, problemas y aristas por resolver. En todo caso, por mi parte, ese proyecto sigue siendo un intento de “tomar el cielo con las manos”, usando la frase de Karl Marx para referirse a la Comuna de París.

Rafael Luis Gumucio Rivas (El Viejo)

1 Comentario

  1. Estimados R. L. Gumucio Rivas y H. Toledo Nickels,
    La entrevista en Santiago, el 2 de octubre de 1973, de Radomiro Tomic por Isabel Santi y yo para los diarios “La Croix” y “Le Monde Diplomatique” es una respuesta…
    Este entrevista salio en “La Croix” el 12 de octubre 1973 (pagina 5), con el titulo :
    “Il n’y a pas ‘d’innocents’ dans la destruction de la démocratie chilienne”, une interview de M. Radomiro Tomic.
    Si la necesita, dispongo de la version original de esta entrevista en castellano.
    J.-N. Darde (jndarde@gmail.com)

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