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¿Para qué sirve la lectura?

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Luis San Martín

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Gerardo Soto

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Carta de Luis San Martín

08 junio 2015

Gerardo:

Te escribo porque últimamente he sufrido una fijación con la lectura. Como sé que es tu tema, te animo a que lo discutamos sin miedo.

Mi obsesión surge de pensamientos recurrentes que brotan de afirmaciones tajantes. Una se escucha siempre: “Leer nos hace mejores personas”, ignorándose a veces que, además de los valores de solidaridad y compañerismo en novelas como En el camino de Kerouac, o la búsqueda de felicidad auténtica como la de Ossorio en Camino de perfección de Baroja, perfectamente podemos, gracias a los libros, aprender a matar con frialdad como Mersault en El extranjero o a odiar y vejar a nuestros iguales, afición de Bardamu en Viaje al fin de la noche. También hay imágenes cotidianas que suscitan esta obsesión, a las cuales la sociedad parece ser convenientemente inmune. La escena de indigentes sentados en pleno invierno en salas calefaccionadas de la Biblioteca de Santiago de Quinta Normal es una de ellas; algunos escuchando cumbia en los computadores mientras disfrutan un pan con jamón y queso, otros leyendo sobre sillones. Sí, leyendo de todo: diarios, revistas, cómics, historias de amor, fantasías eróticas, pero leyendo al fin y al cabo y pese a que sus necesidades básicas son, con seguridad, inabarcables.

¿Qué sentido tiene la lectura? ¿Realmente nos alimenta mucho más de lo que nos hace “mejores” y “libres”? ¿Persiste la idea de que leer es un medio para fines más solemnes? ¿O eso ya pasó de moda y leer no sirve absolutamente de nada? El lugar común dice que en Chile no se lee. El hecho comprobado, por organizaciones como la Unesco, es que somos el país de Latinoamérica, detrás de Argentina, que lee más, y además el que menos lee “por gusto”. La lectura existe en Chile, dice el estudio, por imposición, y ahí está la paradoja, porque leemos para “conseguir cosas” —rentables títulos universitarios— o para que otros saquen provecho —el ejemplo clásico del empleado capacitado para generar más—; pero no leemos porque instruirnos sea una prioridad personal. No leemos solo por el leer.

Se dice que el precio de los libros es el culpable. Y puede serlo; mal que mal, libros como la última novela de Isabel Allende, de trescientas cincuenta páginas, tiene un precio de $14.000 en una de las cadenas con más presencia en el territorio. $14.000, o sea, casi diez días hábiles de pasajes en metro entre tu casa y tu trabajo en el flagelo de la hora punta. Aunque no creo que sea problema del IVA, el drama no solucionado por antonomasia en el mundillo del libro; me refiero a muchas soluciones en los medios de comunicación culturales pero poquísima acción de los gobiernos. ¿Y sabes por qué creo así? Porque aunque se elimine el IVA a los libros, estos seguirán siendo excesivamente caros para el bolsillo promedio de la población chilena.

Es obvio que hay mala voluntad por parte de las editoriales y librerías, y esa mala voluntad es la que se debe abolir, que por definición debiese ser humanista, si es que algo así sigue existiendo. Aunque suene utópico, digo esto porque a muchos no les interesa vender más barato, porque el enfoque filantrópico de la lectura para todos queda aplastado por el concepto según el cual “mercado dicta, obedecemos”. Si mi empresa, y por lo tanto mi interés personal e intransferible, sigue saludable, ¿para qué sabotear el sistema de producción y venta? Esa pareciera ser la pésima directriz que nos rige.

Contemplemos la quimera de que todos tengan la misma posibilidad de comprar y luego leer. ¿Todavía podemos hacer algo? Tú fundaste hace unos años un sitio web (Lo que leímos) que trata de estimular el fomento lector. Sin embargo, ¿se logra llegar a todo el espectro con esta iniciativa o solamente se contribuye a difundir libros (caros) y a que los que ya leen sigan leyendo más, sin generar nuevos interesados en la lectura? Es difícil abordarlos a todos, es cierto, pero a mi parecer no es imposible.

Ayúdame a variar en mis obsesiones. En una de esas llego a otros caminos.

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Carta de Gerardo Soto

10 junio 2015

Luis:

En tu carta publicada en e-pístolas, haces una pregunta que me interpelas a contestar. Entro en el juego, porque añoro esta discusión en la vida cotidiana, en vez de transitar por los lugares comunes de dos personas que se encuentran tarde, mal y nunca.

Dices: “¿qué sentido tiene la lectura?”. No me queda más que discurrir. Para el político es el del mero discurso, de herramienta social conforme su programa (sea o no de nuestro agrado). Para el estudiante de literatura imagino que es un medio de estudio, que permite analizar la literatura cual ciencia, como si se le pudiera dar el “aprobado” o “rechazado” a un texto conforme cierto patrón, pero claro, eres más bien tú quien puede decir qué aire se respira en esas aulas, no yo. Para el crítico puede ser muchas cosas: el sueldo a fin de mes, el amiguismo, el favor devuelto, la legítima dignidad que hay en una lectura razonada, que en ocasiones se da, aunque poco se reconozca. Para el escritor es fuente de influencias, de pasión, es el primer vicio que sustenta aquel otro que es su consecuencia —aunque no necesaria—, ese de la escritura. ¿Qué sentido tiene la lectura para mí? Ninguno. Esa es la respuesta más honesta que puedo dar. Porque tu pregunta, en vista de tus ejemplos, entronca más bien con cuál es el fin de la literatura, cuál su utilidad, y si esa es derechamente la pregunta, respondo con aún más seguridad: ninguna.

Comprendo que mucha gente considera que el arte (y, como consecuencia, la literatura) posee un cariz comunicativo, como si este debiese hacerse cargo de algún tipo de discurso social. La literatura del Siglo de Oro ruso (Turguénev, Pushkin, Tolstói, Chéjov, etc.) decae con la intromisión de un programa político-estatal que forzó las temáticas, convirtiendo al escritor en propagandista. Ahí, la literatura (y su lectura) tuvo un claro fin: el escritor como educador de masas, como expositor de ciertos idearios. Me parece un claro ejemplo de que, cuando a cualquier forma de arte se le intenta imponer ese carácter comunicativo-expresivo, cuando se la instrumentaliza, es posible destruir hasta las más admirables formas de literatura que el hombre ha logrado desarrollar. Yo soy de los que cree en una literatura que es pura estética, que es todo paladar. Esta apreciación de la literatura no excluye, por supuesto, a aquella que posee además un cierto discurso o moral. Pero, desde mi punto de vista, el énfasis está en el “cómo”, no en el “qué”, aunque entre ambas cuestiones existe un maridaje y eso es lo bello que tienen los libros.

¿Qué fin tiene la lectura? Ninguno. Que yo sepa no ha sacado a ningún niño de la pobreza, con excepción del niño de La vida simplemente de Óscar Castro (y mucho me gustaría que sí lo hiciera). Por el contrario, sería fácil hacer un listado de criminales que supuestamente fueron muy lectores. Dudo incluso que nos haga más cultos, si es que nos referimos a la lectura de ficción y no a la del manual técnico, que creo que es lo que nos convoca.

Pero, ¿sabes?, hay una cierta sensación, una sensación que es profunda, casi conmovedora, ese inmenso placer que obtenemos los lectores de la experiencia de enfrentarnos a un buen libro, que tiene el poder de apagar por un momento el mundo y llevarnos por ese sueño dirigido, que resulta un vicio al que volvemos una y otra vez. Esa sensación que no me ha sido provocada por ningún otro tipo de construcción humana, es la que crea lectores para siempre. Hay ciertos paisajes, lugares, aromas, reacciones humanas que son tanto o más enternecedoras que un buen libro, pero ninguno de esos paisajes, lugares, aromas o reacciones podríamos decir que existen con el fin de provocar tal enternecimiento, o de otra forma serían puro artificio. Lo mismo pasa con los libros y la lectura.

Entiendo que para ti la lectura y la literatura sí tienen un fin, o si no esta pregunta habría sido vana. Que para alguien que ha estudiado formalmente la carrera de Literatura, sí existe un propósito al transformar los libros en objeto de estudio. Pero yo sé poco de esas cosas, yo apenas soy un lector, por eso quisiera leer tus razones.

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Carta de Luis San Martín

12 junio 2015

Gerardo:

Respecto a tu alusión al aprendizaje de la literatura en las aulas, tengo un alcance que contribuye a precisar: estudié Literatura. Entendiendo que el estudiar esta carrera universitaria también tiene un fin, expresado en la carta del 8 de junio: conseguir un grado o título universitario. Más allá de las motivaciones personales, sean cuales sean, lo tangible que puedes obtener es un medio para tus fines profesionales posteriores, neto método de supervivencia, estén aquellos fines relacionados con la investigación en el campo o el desempeño laboral. En este sentido, no se diferencia mucho de otras carreras universitarias donde el proceso de adquirir conocimientos por medio de la lectura es justamente obtener las competencias que te demanda el sistema laboral.

Creo que es necesario hacer la distinción entre la “utilidad” de la lectura, que rotula este intercambio epistolar, y el “sentido” de la misma, que lo complementa. Creo que apoyados en lo primero hemos dicho bastante. En referencia al sentido se puede hablar en términos sociológicos, psicológicos, políticos, estéticos, lo que quieras. Como tú, prefiero inclinarme por esto último: la literatura —entendida como el género de ficción y dejando de lado manuales, recetas, etc.— es placer; creo que hace mucho tiempo dejó de ser un método aleccionador efectivo. El poeta romano Horacio hizo la distinción en el siglo I a.C.: el prodesse y el delectare. Lo que hacían los antiguos por medio de la lectura era educar sobre temas principalmente morales; lo que nosotros hacemos leyendo lo que otros escriben es delectarnos con lo que se nos presenta, ya sea una obra dramática sobre la culpa, una elegía a un héroe o la novela de un hombre que decide sobre su suicidio. Si bien esta motivación, la del deleite, parece primar, por supuesto que lateralmente hay enseñanzas de todo tipo, ¿qué texto no las tiene explícitas o implícitas? Así es como actualmente la variedad es tal que hace pensar en que para cada gusto hay lecturas.

No te equivocas: para mí, la lectura y la literatura sí tienen un fin. Como mencioné, estudié la carrera. Me especialicé luego de descartar la pedagogía. Ahora me desempeño como editor independiente. Vivo por esto, me refiero a que las ficciones que crean las personas, sus creaciones más íntimas y la voluntad de mejorarlas técnicamente, escuchar opiniones, hacerlas potencialmente publicables, son parte de mi área de trabajo, mi objeto de estudio. Bajo este prisma, si alguna vez todos decidieran obviar su impulso artístico y dejaran de escribir, me quedaría sin mucho que hacer. Así es, y me satisface saber que esa hecatombe es bastante improbable.

Me detengo, disculpando el desliz y la traición al título del intercambio epistolar, para comentarte que lo anterior me lleva a pensar en otro aspecto del mismo tema por el cual siento curiosidad. ¿Cuántos escritores quedan sin publicar? ¿Cuántos mueren sin hacer conocidas sus ficciones? ¿Cuántos manuscritos o mecanografiados están bañados en polvo ahora mismo, sin ser libros? El mundo editorial chileno es, a veces, bastante cruel, parecen existir demasiados obstáculos para llegar a ser publicados, muchos de los cuales inciden aunque no tienen absolutamente nada que ver con la literatura, la escritura y el consecuente gusto que compartimos por leer. De forma que, lamentablemente, no leemos todo lo que se ha escrito, censura mediante en algunos momentos de nuestra historia. En este sentido, leemos solamente lo que un selecto grupo decide que leamos, sin hablar de la influencia de los libros como productos en el mercado. Leemos un porciento que no me atrevo a definir pero que seguramente delata la cifra abismante de lo “inédito”. ¿Qué te parece esto? ¿Crees que la variedad, que podría ser mucho más, es sacrificada en nombre de los intereses de las editoriales? ¿”Sirve” como lectura todo lo publicado o hay títulos prescindibles?

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Carta de Gerardo Soto

17 junio 2015

Estimado Luis,

Vuelvo a situarme en la vereda opuesta respecto a cómo entiendo tu misiva. Sí, es cierto que un gran porcentaje de la ficción escrita jamás llegará a publicarse, pero no creo que exista una política de ocultamiento de ciertas creaciones literarias, y me supongo que tú tampoco lo entiendes de esta manera. Descartando lo anterior, no queda más que admitir que no hay un mecanismo de exclusión, sino que de selección (con criterios que podemos o no compartir). Siendo así, no veo cuál es el problema. Es más, no puedo estar de acuerdo con tu frase siguiente: “parecen existir demasiados obstáculos para llegar a ser publicados”. ¿De verdad crees que es muy difícil publicar hoy en Chile? Me parece que es exactamente al revés, que hoy por hoy se publica una cantidad desmesurada de libros para lo poco que se lee y que la calidad de muchas de las novedades editoriales no despega de la mediocridad, entregándonos títulos perfectamente prescindibles. Hay que considerar que quien realmente desee publicar siempre podrá lograrlo: si no es aceptado en una editorial internacional, podrá probar suerte en el cúmulo de pequeñas editoriales independientes, y si ni ahí tiene fortuna, puede publicar ya sea a través de alguna de las “editoriales de pago” que existen, o directamente autopublicándose. Siempre habrá un medio.

Son tantos los lanzamientos cada año que ni aun un lector entusiasta como yo es capaz de leer toda la ficción que se publica en un país pequeño como el nuestro, y ni pensar en intentar sumarle las crónicas, ensayos y/o textos de no ficción que se editan. Más todavía, hay tantas pequeñas editoriales que muchos de los tirajes de sus publicaciones existen apenas como un acto testimonial, que parecen destinados a ser adquiridos por los amigos del autor, su familia, algunos conocidos, amigos del editor, y apenas la decena restante de ejemplares a ser distribuidos en el comercio formal. Ni siquiera estoy tan seguro de querer leer todas las novedades editoriales que se publican. ¿Para qué? No tengo ningún afán enciclopédico. No necesito tal acumulación de papel en mi casa. Yo me declararía más que satisfecho, o incluso completamente feliz, si cada año pudiese contar entre tres a cinco publicaciones de ficción que me resultaran realmente valiosas. ¿Para qué poner el acento en lo inédito, en lo que jamás ve la luz del sol, si ya hay tanto que resulta fallido entre lo que sí logra traspasar el escollo de calidad que están llamados a hacer los editores? Como hablamos de una forma de arte, dudo mucho que el énfasis esté en la cantidad de lo que se produce. Es cierto que entre lo que queda inédito pudiese haber más de una joya. Pero si ese fuese el caso, yo culparía a los editores por elegir mal qué publicar y no por la cantidad de publicaciones que hacen. Sería en el fondo un problema de criterio, no de volumen.

Porque, al final del día, es cierto, no leemos absolutamente todo lo que se escribe, pero no veo que sea nada tan lamentable. Por eso es que no solo creo en la labor de los editores como tú, sino que también en la de los críticos, como responsables de ordenar, subrayar y sacar a relucir aquello que merece ser destacado dentro de la desordenada constelación de publicaciones. Claro que, como lector, muchas veces me veo defraudado por unos y otros pero, como decía, soy de los que creen en la función de cada parte en la cadena del libro, y siempre demando lo máximo de cada una, porque la literatura es algo a lo que le atribuyo una profunda importancia.

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Carta de Luis San Martín

03 julio 2015

Para precisar: no me refiero, obviamente, a una conspiración para ocultar las obras. De forma que tampoco lo entiendo de esa manera. Más bien estoy de acuerdo contigo en cuanto a la existencia de selección. Lo que me consterna es la cantidad de factores que anteceden —y por supuesto condicionan— esa selección; sabemos que es complicado publicar a un autor nuevo (hay editoriales, sobre todo independientes, que lo hacen), pero también sabemos que algunas sí se contentan mucho con que aquel autor que quiere emerger pueda optar al sabroso eufemismo del “copago”. Y no lo dudemos, el pago por publicar es un condicionante importante pero absolutamente común en estos días. Asimismo, que esté normalizado no quiere decir que sea ideal, al menos a mí no me parece. Nada puede asegurarme que lo que leo lo estoy leyendo porque alguien se atrevió a publicarlo o porque quien lo escribió se atrevió a pagarlo.

No creo en la utopía en la que todo el que merece ser publicado será publicado. Kennedy Toole, el autor de la hilarante Conjura de los necios, se mató sin verse en las librerías. La industria del libro es parte del mercado y, como tal, este no es un benefactor filántropo que crea en méritos. Muchas veces los ingresos mandan. Así que si alguien quiere ser publicado debería al menos considerar que probablemente no bastará siempre con su calidad, sobre todo en un mercado pequeño como este que, aunque reconozco que cada día crece más, aún es limitado.

Por supuesto que la autopublicación es una opción. Pero digamos que no es especialmente barato producir mil ejemplares, imprimirlos, distribuirlos y monitorear sus ventas; sobrecarga excesiva para el bolsillo promedio de una sola persona. De nuevo, condicionantes. Sin contar que los escritos que han logrado surgir y hacer lectores son en este sentido la excepción a la regla, no la regla.

En cuanto a la cantidad y la calidad, la primera depende de varios factores y en este momento no me parece relevante para el tema. La calidad de lo publicado es otra arista. Creo que esta no depende de estar publicado o no, jamás será así, pero no deja de ser cierto que quien no logra ser publicado no tiene derecho a ser juzgado por su calidad desde la perspectiva de suficientes personas que gusten de la lectura, sin contar familia y amigos. Los críticos también son susceptibles de ser estimulados a escribir bien o mal sobre algún libro en los medios periodísticos específicos en los que trabajan, y sin dudarlo generan tendencias en la industria. Sin embargo, confío en que su criterio es personal y no sería buena señal que fuese de otra manera. Sabemos que los editores, por otro lado, son los que intervienen el texto para que sea apto de ser publicado, en términos de calidad. Su criterio personal es la pesadilla de muchos escritores, pero al mismo tiempo uno de los aportes esenciales para filtrar.

Eres un consumidor de arte, específicamente de literatura, y lo tienes muy claro porque buscas que la industria te entregue lo mejor de sí. Personalmente, además de esperar un buen cumplimiento de cada función de la cadena de producción, demando criterio en cada una de las partes, por lo cual creo que aquel criterio se mancilla si es que existe predominancia de esas condicionantes que comento más arriba.

Mal que mal, el arte en forma de literatura, si no logra ser lo suficientemente diáfano después de recorrer los eslabones de esa cadena, está sometido y puede perder lo que lo ha tratado de definir desde que existe, aunque probablemente sea indefinible. Lo que quiero decir es que no todo lo que es publicado es buena literatura y no todo lo que no es publicado es mala literatura, por lo cual hay que estar muy atentos a los factores “reales” que inciden.

En fin, la literatura puede deshumanizarse para otros fines, como dijo alguna vez Ortega y Gasset. Y creo que ninguno de los que leemos espera eso.

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Carta de Gerardo Soto

07 julio 2015

El Sr. Soto desistió de continuar participando en el presente debate, el que se da por concluido.

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