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Maternidad y desigualdad social

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Vanessa Rivera de la Fuente

Comunicadora social. Especialista en gerencia de proyectos sociales con énfasis en género, interculturalidad y desarrollo

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Denise Pascal Allende

Vicepresidenta, Cámara de Diputados

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Carta de Vanessa Rivera de la Fuente

20 noviembre 2015

Estimada diputada Pascal:

Para nadie es un misterio que la situación de las mujeres chilenas dista mucho de ser de total igualdad. No obstante, lo que nadie parecer ver o querer aceptar es el enorme impacto que la maternidad o, más bien, la valoración que de ella hace la sociedad, tiene en la configuración de dicha desigualdad y su reproducción histórica.

Antes que todo, quiero aclarar que cuando en esta carta me refiero a la maternidad, no hablo de los vínculos de afecto que existen entre una madre y sus hijos e hijas, sino de la forma en que la sociedad chilena trata, o maltrata, a las mujeres por ser madres, haciendo muy dificil para la mayoría desarrollar y experimentar dichos vínculos de manera plena.

En primer lugar, creo que no es posible hablar de igualdad y justicia social para las mujeres si somos quienes ganamos menos a igual trabajo y preparación. Una de las razones es que se considera nuestro trabajo complementario al del varón, económicamente menos importante, porque nuestra labor principal es la maternidad. He aquí un enorme destrato: nuestra capacidad biológica determina nuestro valor profesional.

La suposición de que el trabajo remunerado de la mujer es un complemento al hogar, ya que el marido es el principal proveedor, resulta ser una falacia muy dañina en el contexto de las mujeres chilenas, ya que el número de jefas de hogar, esto es, de madres solas a cargo de sus familias y de otras personas relacionadas, va en aumento y es una realidad común. La igualdad salarial es prioritaria en una sociedad como la chilena, construida en base al “huachismo” e “hijonaturalismo”; un universo de madres solas, solteras, viudas, separadas de hecho, abandonadas o divorciadas que a la injusticia salarial por ser su trabajo “menos relevante” o de “segunda importancia” deben sumar las dificultades de acceso a la justicia para sus hijos e hijas, cuando de pensiones alimenticias se trata.

Pero la desigualdad financiera no es el único castigo que recibimos en el mundo laboral por ser madres. Nuestra condición de madres nos hace más vulnerables a contratos precarios, a horas extra impagas; en suma, a la explotación de nuestros talentos, conocimientos y habilidades en condiciones injustas. A esto se añade que la maternidad se considera una carga en los sistemas de salud: somos caras porque podemos embarazarnos.

Por otra parte, el sistema explota nuestra condición de madres a su favor, beneficiándose del rol de cuidadora adjunta a la maternidad: la incorporación al mundo laboral no ha sido una fuente de autonomía para aquellas mujeres que, de todas maneras, siguen trabajando gratis para el sistema económico a través de dobles y triples jornadas.

Si el Estado tuviese que pagar las horas que dedicamos a limpiar, cocinar, planchar, hacer las compras y cuidar de otros, no podría sostener el sistema capitalista al cual adhiere. El sistema necesita que este trabajo de cuidado sea gratuito. La explotación originaria de la mujer parte en el trabajo de cuidadora, el cual se le ha asignado exclusivamente en función de la disposición biológica. El capitalismo descansa sobre las espaldas de las dueñas de casa. Y así y todo hay iniciativas desde el Gobierno que, manipulando los conceptos de igualdad y favoreciendo los intereses de una élite económica y política, así como a un discurso androcéntrico, pretende que las mujeres jubilemos a los 65 años como los varones. ¡Esta es una desfachatez y un robo! Ganando menos, pagando más por salud cuando es el caso y con doble o triple jornada, la igualdad para nosotras no es una cuestión de números, porque nuestra mochila aún es mucho más pesada que la de la otra mitad de la población.

La lucha por la justicia social tiene que ser, asimismo, justa, y comienza por hablar con honestidad. Considero que un debate realista, auténtico y participativo sobre las condiciones laborales de las mujeres, las condiciones de la maternidad, y el rol de cuidado adjunto a ella, es necesario como punto de partida de una política de igualdad de género que pueda generar cambios reales y sustentables para las mujeres de hoy y la sociedad del mañana.

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Carta de Denise Pascal Allende

23 noviembre 2015

Estimada Vanessa:

En primer lugar, agradecer tu consulta. Respecto a tu carta, tienes razón en ciertos puntos, el trabajo de la mujer ha sido históricamente considerado de segunda índole, y no se ha valorizado como corresponde, y en eso estamos de acuerdo, pero considero que hay otros puntos que mencionas dónde sí existe un real avance, y eso hay que reconocerlo, porque si nosotras no somos capaces de reconocer lo que hemos logrado hacer con los movimientos de las mujeres desde mediados del siglo pasado, nadie lo va a hacer.

No cabe duda que falta, y que debemos seguir trabajando juntas para lograrlo. Hay que recordar que el derecho a voto femenino comienza en 1952, y que de ahí hemos logrado ir avanzando, y lo que hay que dejar en claro es que también somos las mismas mujeres las que reproducimos el sentido del machismo desde los hogares, porque en nuestros hogares el hombre, el joven o el niño, no hace los trabajos que deberían hacer todos, no existe colaboración del género masculino en diversas actividades cotidianas y, en muchos casos, es porque la misma mujer prefiere hacerlo ella para complacer al otro.

Son los mismos padres los que le dicen a la niñita “levante la mesa”, y al niño “riegue el jardín”; le regalan a la niña la muñeca y al niño la pelota. La misma familia, las mismas mujeres vamos reproduciendo el hecho de la desigualdad entre el hombre y la mujer, y mientras nosotros no cambiemos ese criterio cultural va a ser muy difícil seguir avanzando, o vamos a seguir avanzando, pero lentamente, y tienes razón en que debemos trabajar para que tengamos los mismos derechos.

Hemos legislado, por ejemplo, para que se establezca el mismo salario para un hombre y una mujer cuando hacen el mismo trabajo, está establecido en la Ley N° 20.348, llamada “El derecho a ganar lo mismo”, pero sabemos que siguen existiendo diferencias, y si la mujer no se impone o se hace respetar, no sacamos nada.

Tenemos ahora el derecho a compartir el posnatal entre hombre y mujer, y si uno mira las estadísticas, es tremendo ver que solo hay un 0,2% de los hombres que usa el posnatal parental, y esa cifra se debe a que la familia misma no impulsa la búsqueda de la igualdad.

Al plantear que la mujer tiene doble trabajo, como pasa con muchas jefas de hogar, hemos querido ayudar a esas esforzadas mujeres, que en muchos casos deben lidiar para recibir el apoyo monetario de padres ausentes. Hace un par de meses, presentamos un proyecto para que se cree un registro nacional de deudores de pensiones de alimentos, y así se pueda fiscalizar y facilitar que el apoyo monetario que deben reciben miles de mujeres no sea un problema más. Creo que hay que usar los instrumentos que se han ido creando, en los que seguimos trabajando y que muchas veces son desconocidos por las mujeres.

Reconociendo que en el sistema capitalista se descansa mucho en el aporte del factor humano, y sobre todo de las mujeres en su doble trabajo, también tenemos que reconocer que las mujeres propendemos a eso cuando una mujer le dice al marido “déjame a mí, yo lo hago, tú no lo haces bien”. Una misma fomenta, una misma se recarga, una misma va entregando factores por los que el hombre va ganando espacio de comodidad dentro del hogar.

Creo que hablar de “la sociedad chilena trata, o maltrata, a las mujeres por ser madres” es injusto, tanto con la sociedad actual como con todos los avances que hemos ganado las mujeres, desde los años 40 y 50 hasta el día de hoy, principalmente por el aporte, la lucha e integración de las mismas mujeres, saliendo a las calles por el derecho a voto, y muchas otros derechos que se han logrado.

Si queremos igualdad de derechos, debemos tener igualdad de trato, incluso con el tema de la jubilación. La sociedad va evolucionando y es un tema a analizar, sin pensar que sea un robo o desfachatez, sino como una forma de nivelar la balanza y buscar, finalmente, hombres y mujeres, llegar a una vejez plena sin diferencias de género.

2 Comentarios

  1. Teniendo acceso a la educación, a un trabajo bien remunerado, apoyo familiar del cónyuge o pareja, la pregunta debe ir en torno a si la sociedad está dispuesta a financiar la maternidad en todo sus aspecto, como por ejemplo la creación de un impuesto específico para otorgarles prestaciones pecuniarias a todas la mujeres que deban o quieran asumirla en plenitud, así como una serie de beneficios tanto previsionales, de vivienda, impositivas, etc. Ello, no sólo dignificaría en doble o triple trabajo de las mujeres, sino que constituiría una medida de sanidad social, que impediría que miles de niños y jóvenes se vean, por diversos motivos, creciendo sin dirección maternal o paternal.

  2. Creo que las ideas matrices son las correctas, pero con algunos matices: en general, como la experiencia indica, así como las conversaciones con amigos, familiares, clientes y conocidos, es que existe una tendencia a que las mujeres, por voluntad propia e incluso en contra del parecer del hombre (llámese marido o pareja), vuelvan al hogar, contando con trabajos bien remunerados y estudios acordes a ello (no obstante, muy exigentes las condiciones labores que se el imponen). Así, el problema no es el tipo de rol que se fomenta en las casas, sino el hecho de las reales oportunidades que posee.

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