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Marcha contra el femicidio: ¿También ni uno menos?

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Gabriel Balogh

Editor literario

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Andrea Cordone

Médica, Programa de Fortalecimiento de Mujeres Indígenas "Bartolina Sisa" (INAI)

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Carta de Gabriel Balogh

02 julio 2015

Estimada Andrea:

Con un ojo siempre atento a la coyuntura de nuestro querido país, aun estando lejos (o quizá por eso mismo), he seguido con particular interés los pormenores de la campaña y la marcha de protesta que, bajo el lema “Ni una menos”, ha venido a destapar en Argentina ese horror invisibilizado que es la violencia contra la mujer y su consecuencia más funesta, el femicidio.

Te imaginé el último 3 de junio en la plaza del Congreso, en una Buenos Aires incapaz esta vez de su indiferencia habitual (quiero creerlo, pero sé bien que la Reina del Plata suele mirar para otro lado), enarbolando alguna consigna y acompañada de tu esposo, tu hijo y una multitud que se replicaba en más de ochenta ciudades. Gente clamando porque las víctimas no fueran olvidadas, pero también para que no hubiera más muertes por las (sin)razones aquí expuestas. Y era que no, con la evidencia descarnada de los números: según los informes elaborados por la Asociación La Casa del Encuentro, entre 2008 y 2014 se registraron en la Argentina 1808 femicidios, y su secuela (como si no bastara con el asesinato como corolario) son los 2196 huérfanos de madre, víctimas colaterales de la violencia de género, que en su desamparo desnudan los mecanismos de la moledora de carne que hemos conseguido como sociedad.

Estas cifras debieran ser suficiente motivo para una reflexión silenciosa, es decir, para no detenerse por el momento en otras cavilaciones quizá menos significativas, pero es difícil sustraerse de continuar el hilo reflexivo una vez que se ha empezado a desenrollar la madeja. Me quiero detener en particular en dos puntos que derivan de esta campaña y que tienen una clara relación: uno, la petición de las organizadoras para que se sumen los hombres (“…más varones comprometidos con esta lucha”, es la frase textual); el otro punto, la afluencia concreta de ellos en la marcha.

Empezando por el último punto, tengo entendido que la afluencia masculina fue importante ese día (vos me dirás si esto es correcto o no, considerando tu experiencia), aunque imagino que las razones de los hombres para asistir no pudieron ser cuantificadas o cualificadas (no creo que alguien tuviera interés en realizar una encuesta en ese sentido en medio de la marcha). Y traigo este punto a colación porque te confieso que de haber estado en alguna de esas ochenta ciudades, quizá habría participado en la convocatoria, pero como mero acompañante de mi pareja y de mi hija, no como “militante”, ni siquiera como espectador curioso. Por eso me pregunto cuán concreta habrá sido la “militancia” de aquellos hombres que asistieron ese 3 de junio, más allá de la evidente empatía, y cuán relevante su presencia para las organizadoras como un mecanismo más de presión política y social.

Y lo anterior me remite al primer punto que enuncié, el de “más varones comprometidos con esta lucha”. Haciendo un paralelismo con las campañas en pos de la legalización del aborto, si el hombre es y debe ser un actor secundario en dicho tema, pues lo que está en juego es el derecho de la mujer a decidir sobre su propio cuerpo, ¿por qué aquí sí debieran comprometerse (entendiendo yo “compromiso” como “presencia activa”, como “militancia”), máxime cuando los hombres que apoyan estas campañas son justamente aquellos que no ejercen violencia contra la mujer, ni se oponen a la igualdad de derechos, ni perpetúan el machismo a la hora de educar a sus hijos?

Desde ya que no creo que estos modos correctos de proceder puedan ser considerados “compromisos con la lucha”. Imagino que tal enunciado de las organizadoras apunta a esa “presencia activa” de la que hablo, es decir, a trabajar en la organización, a promover campañas, a concientizar a la población, todas intervenciones loables que, sin embargo, parecen chocar con la concepción que no pocas militantes del derecho a la mujer tienen respecto al lugar secundario que debieran ocupar los hombres en este contexto.

Espero que no concibas esta carta como un interrogatorio, ni pretendo que tengas todas las respuestas sobre este asunto. Más prefiero tu parecer y debatir aquellos puntos oscuros que no alcanzan a cerrarme del todo.

Cariños para vos,

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Carta de Andrea Cordone

06 julio 2015

Buen día, Gabriel:

Ciertamente, la presencia en las diferentes ciudades fue contundente y de una diversidad de esas que se dan cuando hay algo de cambio cultural, doy fe de ello. En mi caso, salí con unas pocas compañeras de oficina (otro grupo había decidido marchar con las columnas de agrupaciones políticas y gremiales) y allí, en una plaza que explotaba de gente, me costó reunirme con mis compañeros del Foro por la Salud (de la localidad donde vivo). No cabía un alfiler y hacía mucho que no encontraba una ocupación del espacio público tan plena, tan diversa y tan pacífica. Así, la pregunta que me anduvo rondando durante todo ese día (¿y mañana cómo seguimos?) fue formulando su respuesta.

Y seguimos de la única manera en que los desempoderados del sistema representativo podemos hacerlo: construyendo otra matriz social, mirándonos a los ojos y, sin pedir permiso, reflexionando.

Al día siguiente, charlando con un par de compañeros que se acercaron a la plaza sobre las emociones que vivimos durante la marcha, pude escuchar —realmente escuchar— a varones planteándose algo más visceralmente un discurso sobre lo malo que es que las mujeres seamos “minoría”. La plaza y todas las manifestaciones sociales, políticas, artísticas, que le dieron vida y sentido, los había atravesado… Por ejemplo, en una representación hecha por mujeres que miraban descarada e insistentemente a algunos varones del público, mi amigo sintió por primera vez cómo nos sentimos nosotras desde que tenemos 11 o 12 años hasta que llega nuestra menopausia: se sintió profundamente invadido con una simple pero insistente mirada a su paquete.

Otro dato de la realidad: a menos de 24 horas de finalizada la marcha, los llamados al teléfono gratuito para realizar denuncias y consultas sobre violencia contra las mujeres se habían duplicado (esa línea, durante los días subsiguientes, llegó a recibir el triple de llamados, y el Estado debió contratar más personal capacitado para atender los teléfonos). Las llamadas que más aumentaron fueron las denuncias y ello fue otro golpe a mi escepticismo inicial: las mujeres, anónimas y golpeadas, tal vez ya no se sentían tan solas viendo las imágenes, por la televisión o por Internet, de las plazas llenas. Es altamente probable que muchas de ellas no hayan ido a la manifestación, pero sentí que quizá el haber puesto el cuerpo tan sólo por unas horas, de manera anónima, había servido para que otra mujer sintiera que no estaba sola.

Las conversaciones entre mujeres, en el barrio y en los espacios donde nos movemos, también se profundizaron, y nos dimos el tiempo para reflexionar sobre el patriarcado que conformó las relaciones de poder allá lejos, hace más de 5 mil años (me refiero al patriarcado europeo, que fue el que nos colonizó en estas tierras). Al mismo patriarcado que se le ocurrió determinar que las mujeres somos incapaces, que por nuestra supuesta excesiva emotividad no podemos encarar la vida con racionalidad. El mismo que nos puso en el lugar de la minoría, sin aclararnos que esa es una etiqueta política que nos indica claramente que nosotras no tenemos nada que decir sobre lo público.

No hicimos la revolución (en este momento, con seguridad, hay niños, niñas, mujeres, ancianos, personas con discapacidades que están siendo maltratadas en sus casas y por las instituciones) pero, entre todos, visibilizamos lo que sabíamos y que, como sociedad, evitábamos ver. Por una vez, miramos todos para el mismo lado y al mismo tiempo con una potencia difícil de reproducir. Ahora nos queda seguir para adelante, construyendo desde nuestras subjetividades, desde nuestros cuerpos puestos en acción, en las escuelas, las oficinas, los consultorios, los juzgados, en fin, en todos los rincones de nuestra existencia.

Te mando un gran abrazo,

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