1

Los “simulantes” de la modernización en Chile

Foto de perfil Eda Cleary

Eda Cleary

Socióloga, doctora en Ciencias Políticas y Económicas, Universidad de Aachen

cargando votos....
Foto de perfil José Miguel Ahumada

José Miguel Ahumada

Doctor en Filosofía, Estudios de Desarrollo, Universidad de Cambridge

cargando votos....

Carta de Eda Cleary

24 julio 2015

Estimado José Miguel Ahumada:

La lectura de tu artículo “El fracaso no es de las reformas, sino del reformismo” (El Mostrador, 18 de julio de 2015) me pareció interesante y digno de discutir.

La idea de que el reformismo ha fracasado una vez más en Chile es correcta. Pero, ¿será la causa de esta nueva frustración la falacia de la “tesis modernizadora” levantada por la élite duopólica? ¿Habrán soñado alguna vez con un estado de bienestar (y/o subsidiario) eficaz para Chile, aun conservando la matriz productiva, o se tratará de un nuevo desfasaje entre orden político y económico (Pinto) el que impide la modernización en Chile? Dado el hecho evidente de una convergencia ideológica casi total con la “visión del mundo” contenida en la Constitución de la dictadura por parte de la élite duopólica, ¿cabe trazar diferencias esenciales entre Nueva Mayoría, Concertación y/o Alianza en relación al empresariado saqueador, o estamos frente a una élite homogénea?

Me parece que el fracaso del reformismo, comprendido como un instrumento político de seguimiento, corrección y mejoramiento de un proceso para avanzar hacia un objetivo trazado, es ajeno al tipo de élite que tenemos en la actualidad, debido fundamentalmente a elementos subjetivos, por tratarse de élites “premodernas” ( al decir de Max Weber), ya que claramente están inspiradas en tipos de racionalidad (basada en “valores”, “tradiciones” y “afectos”) propios a regímenes de dominación de corte carismático o tradicional, no susceptibles a la regulación burocrática apegada a la ley, al avance de la ciencia y la secularización y, por sobre todo, incompatibles con la predominancia de la “racionalidad instrumental” (Zweckrationalität), condición fundacional de la modernidad en el mundo occidental.

Por “racionalidad instrumental” Weber comprendía la coherencia entre pensamiento y acción, que no es más que trazar un plan, seleccionar los instrumentos más “eficaces” disponibles según el conocimiento científico-tecnológico para su realización, y tener la capacidad de adelantarse a posibles efectos colaterales indeseados en orden a neutralizarlos y seguir avanzando. Esta nueva lógica de la acción social habría generado las condiciones para el surgimiento de una forma de ejercer el poder en el marco de una dominación “legal”. Y allí, donde la élite gobierna en base a un cuadro burocrático profesionalizado, un estricto apego a la ley y la regulación de la actividad económica en pos del logro de objetivos políticos planificados, se ha construido efectivamente un estado de bienestar, al menos hasta el cambio de paradigma productivo con eje en la información, capaz de liberar al ser humano de las inseguridades de los regímenes premodernos. Tanto los sultanatos, como la monarquías, las tribus, las dictaduras de todo tipo, o los regímenes presidencialistas a ultranza o en transición, como el chileno, se caracterizan por ser resistentes al conocimiento, arbitrarios en el ejercicio del poder y dispuestos siempre a la toma “irracional” (no instrumental) de decisiones al momento de defender sus intereses particulares, sentimientos y estilos de vida en contra de la mayoría.

La élite chilena corresponde dramáticamente a esta descripción. De lo contrario no se explicaría su práctica nepótica del poder, su apego irracional a los valores del manejo económico depredador, su fanatismo religioso, su alienación social y su manifiesta resistencia a la aplicación del conocimiento científico en el accionar político-económico. Se trata de una élite sólo con “pretensiones” de “modernidad” (no cambia la matriz económica, insiste un una educación comercial y de mala calidad), es decir, se transforma en una élite “simulante”, obsesionada por las apariencias y una brutal codicia.

Me parece que tu análisis podría enriquecerse si ampliara su espectro analítico hacia la comprensión de la verdadera esencia cultural de la actual élite chilena, que en los hechos lleva veinticinco años de práctica antireformista.

2

Carta de José Miguel Ahumada

27 julio 2015

Estimada Eda:

Muchas gracias por tus comentarios. La dicotomía weberiana que presentas entre la fuerza racionalizadora de la modernidad que choca con una élite premoderna y depredadora ilumina el centro del problema del desarrollo chileno: una élite cuya máxima prédica de progreso es su propio crecimiento pecuniario.

Para problematizar su matriz económica-cultural, como sugieres, pienso que debemos volver muy atrás en el tiempo. Dicha matriz tiene fuertes raíces en nuestra historia económica, estando en la base de nuestro tipo de capitalismo. A partir de mediados del siglo XIX se impuso una alianza entre el capital exportador minero del norte, el capital comercial-financiero del centro y la hacienda del sur (aquello que Véliz denominó la “mesa de las tres patas”), que construyó todo un régimen político-cultural sustentado en tres valores medulares: autoritarismo, tradicionalismo y libre comercio, fuentes ideológicas de aquella “fronda aristocrática” y de nuestro subdesarrollo.

Dicha alianza ha sido, por lejos, la más exitosa de nuestra historia: construyó su estabilidad política en base a la costumbre y la tradición (“el peso de la noche” de Portales). Su inserción al libre comercio fue de la mano del salitre y del agro. Sus ganancias pecuniarias y consumo ostentoso se multiplicaron, mientras la tradicional hacienda y la extractiva minería se consolidaban como nuestra matriz productiva. Por primera vez, Chile se presentaba como ejemplo de “progreso” ante los ojos extranjeros, “La República modelo” la denominó The Times en 1880.

A su vez, venció en cada uno de los intentos modernizantes de destronarle su poderío (Guerras Civiles de 1851-59 y 1891), mientras logró exitosamente moldear el proyecto de sustitución de importaciones del siglo XX de forma tal que se dejara intacta la hacienda y pudiera lucrar con la protección de un Estado débil políticamente. Dicho “Estado de compromiso” sembró contradicciones estructurales, como sostiene Pinto, entre fuerzas modernizantes y una fronda improductiva, derivando en el ciclo de radicalización de los 60.

El tercer intento por quebrar dicha fronda, con Frei y Allende, recibió la más pragmática violencia. Cuando la fuente de sus tradiciones está en juego (su propiedad), devienen en fríos calculadores. El golpe militar les vuelve a dar respiro y tiempo para reconstruir el orden en lo político, el respeto a la nación y el libre comercio. A ese proyecto se le denominó “modernización”. Portales vuelve a descansar en paz.

Uno puede decir que nuestra fronda es tradicionalista y católica, pero vaya que es pragmática y estratégica cuando se trata de defender su, parafraseando a Veblen, ociosa forma de vida (un aplauso a las familias Matte y Edwards).

Ya en democracia han logrado asentarse sólidamente, replicando su misma matriz productiva y cultural. Sus fuentes de ganancia se repiten, tal como en el siglo XIX: extractivismo minero en el norte (Ponce, Luksic), sector financiero-comercial con sede en Santiago (Solari, Cencosud, Luksic, Walmart) y de recursos naturales en el sur (Angelini, Matte), y su orden cultural combina el clientelismo en lo político, lo “moderno” en el consumo y la tradición familiar en su vida económica (hablamos del grupo Angelini, Luksic, etc.).

Chile es como EE.UU. si en su Guerra Civil hubiera ganado el Sur conservador, esclavista y libremercadista por sobre el norte industrial, moderno y proteccionista.

En este sentido, merece la pena volver a poner la vista en ese conflicto secular en nuestra historia económica entre una dinámica pecuniaria, aristocrática y tradicionalista representada en una élite hábil políticamente y lucrativa económicamente (cuya máximo grado de “modernidad” es su consumo conspicuo imitando sus pares anglosajones) y una presión (derrotada históricamente) por un proceso modernizador en el plano económico (transformación productiva) y político (democracia e igualdad).

El problema del desarrollo chileno hoy no es más que la excepcional fortaleza de esa fronda aristocrática.

3

Carta de Eda Cleary

30 julio 2015

Estimado José Miguel:

Tu carta ilustró históricamente la “excepcional fortaleza” de la fronda aristocrática y su capacidad camaleónica para retener el poder a cualquier costo. Ganó, indudablemente, la opción “irracional” (en la lógica weberiana) de desarrollo.

Sin embargo, conviene subrayar que su triunfo durante la transición lo logró con una nueva estrategia, única en la historia de Chile, que fue la cooptación ideológica de los que se suponían eran sus oponentes, descabezando la representación política de importantes sectores de votantes y mutando, por lo tanto, hacia lo que se podría definir como la “fronda duopólica”. Para comprender más finamente las causas de esta convergencia ideológica, destacaré dos libros escritos hace dieciocho y quince años atrás: los de los sociólogos Tomas Moulian (Chile Actual: Anatomía de un mito, 1997) y Felipe Portales (Chile: La democracia tutelada, 2000).

Estos autores analizaron dos elementos claves que fueron base de los consensos duopólicos: el simulacro de igualdad social, basado en el acceso masivo al crédito de consumo para la mayoría de la población; y, por otro lado, la “servidumbre voluntaria” de la Concertación, al aceptar nuevas restricciones a posibles cambios de la Constitución mediante quórums prácticamente inalcanzables, entendiendo esta operación como una voluntad política de “estabilidad” para el país.

En un principio, la élite concertacionista estaba convencida de que su accionar político respondía a un principio de responsabilidad y pragmatismo para detener cualquier nuevo intento de golpismo. La democratización en la “medida de los posible” era vista como un acto de renuncia a anteriores ideales en pos de un futuro mejor. Pero con el “éxito” electoral alcanzado durante cuatro gobiernos consecutivos, esta postura fue siendo reemplazada por la convicción de que lo pensado por la dictadura era el único camino correcto de desarrollo para Chile y que sólo restaba darle una pincelada humanitaria para llevarlo a la perfección.

Por otro lado, la fronda aristocrática acusó recibo de este giro ideológico beneficioso para sus intereses, y también procedió a empaparse de los slogans típicos de la izquierda y del humanismo cristiano como la justicia social y la defensa de los derechos de los consumidores, que daban la impresión de una nueva actitud de protección ciudadana. Incluso Lavín y Longueira, ambos de la UDI, llegaron a definirse como “bacheletistas-aliancistas” en su “nueva forma de ver la política”. En este proceso estaban dadas todas las condiciones psicológicas e institucionales en la élite duopólica para construir un espíritu de cuerpo común, secretista, confidencial, exclusivo, y por ello abiertamente antidemocrático, hasta que explotaron los casos Penta, Caval y Soquimich.

Mi intención es tratar de comprender sobre la base de qué conceptos fue posible la aparición de un bloque homogéneo antireformista tan eficaz como la fronda duopólica, que aunque sufrió algunas escisiones (El PRO, Evopoli, Amplitud, MAS) permaneció en su esencia intacta.

Hay varios factores, a mi parecer, que confluyeron en una red de intereses comunes de las asociaciones partidarias que afiataron la voluntad política para retener el poder en manos de la fronda duopólica, pero que también, inesperadamente, sentaron las bases para la actual crisis política. Estos factores son: la idea de legitimidad del Estado interventor a favor de los privados como caja capitalizadora (Isapres, AFPs, subsidios a privados), administración monopólica de las necesidades ciudadanas (burocratización de la demanda social), la entronización del empresariado como único creador de riqueza y líder exclusivo del desarrollo nacional (desaparición forzada del resto de la población como protagonista del progreso), y la natural tolerancia común frente a la corrupción.

La interrogante que surge aquí es si la actual crisis podrá ser manejada nuevamente, como ha sido hasta ahora, con “el peso de la noche” ejercitada por una nueva versión de la fronda.

4

Carta de José Miguel Ahumada

04 agosto 2015

Estimada Eda:

Concuerdo contigo en que la hegemonía de la fronda se ha consolidado, como señala Moulian y Portales, bajo los elementos de boom de consumo (y endeudamiento) y el relato de la estabilidad. Sin embargo, considero que el principio rector que resignificó ambos elementos fue la aceptación del discurso modernizador neoliberal por parte del duopolio. La cooptación ideológica funcionó en Chile vía la aceptación de que vivimos, desde mediados de los 70, un proceso “modernizador” económico cuyo pilar habría sido la extensión radical del mercado capitalista (Adam Smith resucitado). La “dictadura modernizadora”, el “milagro económico”, el “jaguar de América Latina”, “el nuevo empresario schumpeteriano chileno”, en fin, todo el aparataje que busca caracterizar nuestra reciente historia económica como un camino al progreso material.

Aquel principio (núcleo duro de la hegemonía de la fronda) buscó dibujar el orden social bajo el modelo del capital, demandando muchas cosas a la sociedad: la “democracia” debía moldearse de forma tal que no frenara tal modernización (los candados de la Constitución), la “política” debía tener como premisa generar certidumbre a aquel engranaje modernizador (política de los acuerdos) y el “Estado” debía modificar su accionar para abrir las puertas a la fuerza modernizante del capital (Estado subsidiario y neoliberal).

Toda la sociedad debía moverse al ritmo de la acumulación: “sociedad de mercado” lo llamó Polanyi.

Dicha hipótesis modernizadora es el concepto medular con que fue posible sellar el bloque homogéneo antireformista de la fronda. Toda alteración a dicho motor modernizador (el mercado capitalista) implicaría, según la hipótesis reinante, un freno al crecimiento o, en el peor de los casos, una crisis. La solución era el acuerdo, el compromiso, pacto y gobernabilidad, la derrota de cualquier cambio sustancial. La desigualdad y precariedad se aceptaban en tanto eran consideradas como temporales consecuencia que el propio proceso modernizante solucionaría en el futuro (“Deus ex modernización”).

Ahora bien, considero que ese núcleo duro ideológico (la modernización capitalista) posee cuatro pilares, dos simbólicos y dos materiales, que, hoy por hoy, están en un estado calamitoso.

El primero es, tal como comentas en tu carta, la idea de la ganancia capitalista como única fuente de dinamismo y de generación de valor. Desde, por un lado, el movimiento estudiantil y el caso de La Polar, y por otro, los casos de Penta y SQM, aquella idea del lucro como fuente de dinamismo ha dado paso a una idea de lucro como fuente de rentismo, clientelismo y corrupción. El giro hacia el rentismo ha trizado fuertemente aquella idea.

El segundo pilar, complementario con el primero, es la idea de la democracia como el gobierno de los sabios, de los técnicos, de los que, finalmente, “saben”. La democracia se reducía a un mecanismo de elección de técnicos neutrales que aplicaban políticas en base a cálculos racionales (el sueño de Schumpeter). Sin embargo, ese manto de sabiduría y neutralidad del tecnócrata estalló con los casos de corrupción que hemos visto recientemente: la élite política actual, complementaria con la élite empresarial, ha visto su legitimidad caer por el suelo.

Los últimos dos pilares son el radical incremento del consumo en base al endeudamiento y la (o lo que fue) bonanza del precio del cobre. Ninguno goza de buena salud, ninguno es fuente de “modernización” y ninguno superará el mediano plazo. El auge económico chileno ha sembrado las semillas de su propia caída.

¿Podrá la fronda aguantar tal decadencia de su proyecto hegemónico? Su hegemonía es flexible, puede reacomodarse tácticamente, integrar elementos exógenos, sacrificar elementos internos, cambiar lenguaje, pero siempre manteniendo su núcleo duro material: su propiedad.

La única forma de superar su pérdida de hegemonía y sus intentos de reacomodos es con un proyecto orgánico alternativo que, hoy por hoy, no existe. En ese claroscuro, como decía Gramsci, es donde salen los monstruos. Es cierto, pero también esos claroscuros pueden extenderse en una lenta y senil decadencia, un permanente limbo político de una izquierda en punto muerto, una centro-izquierda que vive en un fracaso ad infinitum y una derecha ahogada en infartos y arrestos domiciliarios, todo esto financiado en base al cobre, la deuda, la precariedad y la austeridad para la mayoría.

5

Carta de Eda Cleary

07 agosto 2015

Estimado José Miguel:

La hegemonía duopólica antirreformista en Chile se basó en el uso de la mentira y el simulacro ideológico modernizador hasta fines del año pasado. A partir del estallido de la red de corrupción político-empresarial, los márgenes de flexibilidad táctica de la fronda para mantenerse en el poder han sufrido una fuerte limitación. El sentimiento popular en Chile es muy similar a lo que el politólogo J.C. Monedero dijo con respecto a la corrupción de la casta político-empresarial española: “los canallas están envalentonados y la gente decente anda perpleja”. Pero sucede que allí la perplejidad pasó a indignación y luego a esperanza de cambio.

Este proceso duró cerca de diez años, hasta llegar a la etapa de la esperanza con la irrupción de Podemos como un “partido-movimiento” (Manuel Castells) que comprendió que el nuevo escenario político del poder es la estructura de comunicaciones de la sociedad, compuesta por la calle, los periodistas críticos de los medios de comunicación tradicional (TV, radios, prensa impresa) y las redes sociales. El rol jugado por la intelectualidad ha sido clave, pues ha dilucidado que hoy en día los movimientos sociales sólo tienen un poder transformador si permanecen en la batalla cultural por las ideas en los medios de comunicación, en la conexión constante de las mentes a través del diálogo y la continua disposición al cambio. La militancia tradicional en partidos políticos se torna impotente ante el vertiginoso cambio social de la sociedad de la información, y la diferencia entre izquierda, centro y derecha desaparece frente al arrollador éxito universal del mensaje neoliberal: no hay pobres, sino perdedores; si no es rentable, no tiene valor; cada individuo como gestor aislado de su destino; consumo como libertad; la reducción del pensamiento a opinión y/o deseo; en suma, la sociedad como supermercado (el que puede comprar vive como los dioses). En Chile, este mensaje logró calar hondo a falta de alternativas.

El neoliberalismo actual no es más que una estrategia antirreformista de lucha frontal contra el Estado social impulsado con gran éxito, redistribuidor de la riqueza después de la Segunda Guerra Mundial que, por cierto, se logró luego de encarnizadas luchas sociales y dos guerras mundiales. Nada tiene que ver con el pensamiento liberal clásico que surgió como crítica al absolutismo monárquico proponiendo la figura del Estado como árbitro de las fuerzas del mercado.

En nuestro país, ese Estado social nunca existió, y se pasó directamente desde la hacienda y el capitalismo periférico dependiente al “simulacro modernizador neoliberal”, sin que la gente disfrutara de un mayor bienestar, como en Europa. Se les vendió la idea de “progreso” personal mediante el endeudamiento de consumo, dejando de lado cualquier consideración de progreso colectivo, que luego sería el mayor obstáculo para superar la escandalosa desigualdad social.

Las reformas, como sabemos, tienen históricamente su base en los movimientos sociales, que luego se institucionalizan y mueren como tales para transformarse en fuerzas reproductoras del statu quo hasta que surja un nuevo movimiento transformador. Cabe recordar que los seis gobiernos duopólicos consolidaron la imposición del pensamiento único en base a dos elementos: la eliminación de los movimientos sociales por asimilación, miedo, represión, difamación, desgaste o, lisa y llanamente, por su negación, y la cooptación de la mayoría de los intelectuales con pocas excepciones, provocando la desaparición, aislamiento y/o acallamiento del pensamiento crítico.

La actual crisis ofrece, por primera vez luego de la dictadura, una real posibilidad de transición a la democracia. Los elementos están: se ha pasado de la perplejidad a la reflexión crítica, y de ella a la indignación. La etapa de la esperanza es la más difícil de alcanzar. Los movimientos sociales deben ser capaces de “crear acontecimientos de tal nivel que no puedan ser ignorados” por la casta y los medios de comunicación (Castells). Sólo así será posible la construcción y difusión de un mensaje alternativo al neoliberal desde fuera del sistema, que genere confianza y rompa su campaña del terror frente al cambio.

6

Carta de José Miguel Ahumada

13 agosto 2015

Estimada Eda:

Estamos completamente de acuerdo respecto al diagnóstico del simulacro o falsa modernización del orden neoliberal impuesto en Chile. Se vende consumo moderno en base a crédito, ingresamos a la OCDE en base al cobre y tenemos (teníamos) instituciones políticas estables en base a las propinas que fluían del rentismo financiero a la élite política. Tanto el capital como su aliado, la tecnocracia, han visto caer su legitimidad como agentes de progreso, estabilidad y cordura.

La pregunta fundamental, la que justifica todo este debate y los que se vienen es, parafraseando a Lenin, “¿Qué hacer?”. ¿Cuál es el objetivo estratégico que tenemos que construir como izquierda? En tu última carta, pareces sugerir que debemos fijarnos una vuelta a un Estado social, tal como el que se practicó en Europa desde la posguerra hasta los 70. Comparto los objetivos, aunque tengo mis dudas al respecto.

Efectivamente, el Estado social, bajo el liderazgo de una socialdemocracia combativa, logró iniciar un ciclo de desmercantilización de áreas fundamentales de la reproducción social y económica: seguros sociales, participación del trabajador en la toma de decisiones internas de la empresa, control del capital financiero, régimen internacional flexible que resguardaba la autonomía nacional en políticas de desarrollo, un Estado que cuidaba una sana demanda efectiva, etc. Los resultados, por lo menos hasta los 70, fueron espectaculares: alto crecimiento económico, reducción de las desigualdades y de la pobreza, y estabilidad política. No por nada se le denominó a este período como “la edad de oro del capitalismo”.

La socialdemocracia había, al parecer, encontrado una solución al problema del capitalismo sin jacobinismos de ninguna especie. No se superó el capital, sino que se lo “gobernó”.

Sin embargo, dicho orden, podemos decir ya con décadas de distancia, tenía bases políticas frágiles. En el contexto de una Guerra Mundial ya concluida, con la fuerte amenaza soviética y un aumento de poder del trabajador, la posibilidad de un giro al socialismo aparecía, a los ojos del capital, como algo a la vuelta de la esquina. El capital cede muchos espacios de acumulación ante tal radical amenaza. Si el nuevo orden socialdemócrata aseguraba amplias tasas de ganancia, disciplina laboral y estabilidad política, era posible, en pos de mantener dicho orden, ceder espacios de poder. Tan estable se veía todo que los teóricos críticos de la época lo denominaron “capitalismo tardío”.

Como atestigua Andrew Glyn, las políticas de pleno empleo y seguros sociales aumentaban el poder del trabajador a niveles en que el capital comenzó a ver mermada su tasa de ganancia (“consecuencias políticas del pleno empleo” las denominó Kalecki). La amenaza del desempleo no era ya eficaz para domesticar a una masa laboral demandando nuevos derechos y mayor participación. Este ciclo de politización fue lo que hizo a Hayek plantear que todo estado de bienestar desembocaría en el totalitarismo y llevó a Huntingon, Crozier y Watanuki a plantear la “excesiva democracia” a principios de los 70.

La amenaza soviética se había extinguido ya en los 70 mientras el crecimiento comenzaba a perder dinamismo y la promesa de la estabilidad política estaba en el suelo. El neoliberalismo es muchas cosas, pero una importante es, como señalan David Harvey y Gabriel Palma, el proyecto que emanó desde el capital financiero para reconstruir los cimientos para la acumulación sostenida vía la expropiación de los antiguos bienes públicos, eliminación de los derechos sociales conquistados y la remercantilización de la fuerza del trabajo. Con esto, la reproducción de la sociedad volvía a depender de las decisiones privadas de inversión y, de esta forma, la acumulación de capital volvía a ser la institución que determinaba el qué y cómo producir. En este escenario, la política debía sumergirse en el pantanoso rol de asegurar la estabilidad de los precios (vía un Banco Central autónomo), los equilibrios macroeconómicos (he ahí la base material para la hegemonía de la tecnocracia en la institucionalidad política) y la credibilidad ante el capital financiero (respeto a la propiedad, disciplina social, etc.).

La socialdemocracia muere como proyecto histórico porque fue producto de un frágil compromiso con un capital que, a la primera oportunidad, volvió a iniciar su ciclo mercantilizador. Se pensó que el capital no tendría capacidad de acción estratégica ni de respuesta: se olvidó que el capital no es un medio de producción, sino una clase con conciencia y cuya máxima es la permanente extensión de sus nichos de acumulación.

Algo similar ocurrió en Chile. El Estado de compromiso fracasa por su incapacidad de enfrentar a una fronda anclada en la hacienda y en las rentas derivadas del Estado. Le aseguró relativo bienestar a las fuerzas laborales vía políticas redistributivas fracasando en su intento de modificar las bases productivas (aunque el Estado de compromiso tuvo mucho más éxitos de los que comúnmente se le asocian). Ante la tensión de dicho proceso, el capital financiero deviene en un fuerte actor político que orquesta el golpe militar e inicia el ciclo de subordinación de la reproducción social a la dinámica capitalista.

En este sentido, el Estado social es un objetivo deseable, qué duda cabe, pero algo que la socialdemocracia no asumió es que, para mantenerlo vivo, hay que constantemente avanzar en nuevas conquistas sociales, acorralar permanentemente al capital y construir un nuevo poder democrático capaz de afrontar las respuestas del capital. Para mantener los triunfos del Estado social, hay que ir más allá del mismo. A ese constante avanzar en el proceso de desmercantilización y democratización se lo denominó “socialismo”. Creo que ese debería ser, de nuevo, nuestro objetivo de largo plazo.

2 Comentarios

  1. Hoy día estamos en la peor condición de toda la historia, con una élite posesionada del kernel del sistema. Si lo pudiéramos graficar, sería como esa élite arriba de la meseta del poder y con todas los artefactos disponibles, llámense leyes, Constitución, poder económico, para romperle la mano y los dedos al que ose posarla al borde de la meseta para subir a esa posición, en eso esta completamente ocupada la élite.
    Esta máquina de poder está tan bien aceitada que se llegó a configurar en una forma en que cada vez que se moviliza esa gente buscando una salida, termina quedando más amarrada que antes, más a fondo en el pozo, cada vez más en la sima, cada vez más impedida de moverse.

  2. Estimado Jose Miguel Ahumada:

    Es gratificante leer a personas que escriben desde el raciocinio y que discuten y nos hacen aparecer verdades desde lo erudito.
    El alma de este país tiene la constante en el tiempo de querer tener un país justo, solidario y emprendedor, pero todos los intentos para conseguir eso que las personas comunes y corrientes piensan acerca de cómo debería ser, se han visto truncados, y finalmente traicionados por los mismos que levantaban la voz pidiendo los cambios, y sólo se consigue finalmente lo que “los simulantes” creen que pueden dar sin que se les derrumbe “el modelo”.

Para poder comentar en este debate, debes ingresar con tu cuenta.