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Los blindajes del modelo

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Simón Ramírez

Sociólogo. Miembro, Izquierda Libertaria

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Leonardo Soto Ferrada

Diputado, Partido Socialista

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Carta de Simón Ramírez

19 octubre 2015

Estimado Leonardo:

Durante la semana pasada fuimos testigos de una de las situaciones más tragicómicas del último tiempo. El Servel le negó a Revolución Democrática la posibilidad de convertirse en partido político legal, argumentando que la palabra “revolución” en “la mayoría de sus acepciones indican o dan a entender eventuales acciones contrarias al orden público y a la paz social, lo que viene a vulnerar los artículos 4 y 19 de la Constitución y el artículo 2” de la Ley de Partidos Políticos.

El revuelo generado por esta situación fue inmediato, con respuestas por redes sociales y declaraciones de dirigentes políticos. Sin embargo, como ocurre a menudo, lo pirotécnico nos impide ver lo realmente importante. En este caso, es el mismo director del Servel, quien justificando su decisión, nos acerca a lo relevante cuando plantea que: “nosotros (…) no tenemos muchas posibilidades de entrar a interpretar la ley y existe una norma expresa, el artículo 8 de la Ley de Partidos Políticos —que hay que recordar que fue dictada el año 1987, vale decir, no en democracia, sino que en dictadura—, establece que no puede utilizarse este tipo de palabras”.

¿De qué da cuenta esta situación? Pone sobre el tapete una característica crucial de nuestro régimen “democrático”: la existencia de un conjunto de blindajes institucionales, provenientes de la dictadura, pero reforzados y defendidos por la Concertación y la Alianza en estos veinticinco años. Estos blindajes impiden la integración de nuevas fuerzas políticas y, por lo tanto, restringen la democracia. Se refuerzan con el carácter elitista de nuestra democracia, por un lado, y por otro con la neutralización de la agencia política del pueblo, como diría Atria de manera moderada, porque más bien se trató de un proceso de enajenación y apropiación de esta. Ambos procesos no son sino dos caras de una misma moneda: la fatídica separación de las esferas de lo político y lo social como soporte institucional (o guardián institucional) del modelo neoliberal.

Pero este conjunto de blindajes institucionales, que tienen su expresión más evidente en los ya archidenunciados blindajes constitucionales (quórums contramayoritarios, el Tribunal Constitucional y el reformado sistema binominal), se extienden a una gran cantidad de esferas de la vida, cumpliendo exactamente el mismo fin: enajenar la agencia política de la ciudadanía. Así es que tenemos una legislación laboral antisindical que impide la organización de las y los trabajadores, un sistema educacional, de salud y pensiones gobernados por los agentes privados, una ley de municipalidades que impide el ejercicio del verdadero poder local, una legislación en torno al aborto que impide el ejercicio soberano de las mujeres sobre su propio cuerpo, entre muchas otras.

Sobre este principio, la enajenación de la agencia política (que, en tanto enajenación, implica apropiación y, por lo tanto, un aumento constante de la brecha de poder), es un soporte de la reproducción silente del modelo neoliberal: los blindajes institucionales actúan como garantía de su irreformabilidad. Obra maestra de la dictadura, pero su supervivencia hubiese sido imposible sin el compromiso explícito de los gobiernos de la Concertación. Sólo basta con pensar, por ejemplo, que materias como la salud, las pensiones, el régimen laboral o tributario no son objeto de leyes orgánicas y, por lo tanto, no se requiere más que mayorías simples para impulsar reformas. Cuestión que, como es plenamente conocido también a esta altura del partido, no sólo no ocurrió, sino que el carácter neoliberal del modelo fue profundizado durante todo este período.

Con esta posición, Leonardo, no pretendo plantear algo así como un determinismo institucionalista, pero sí afirmo que en este nivel se termina por sellar el círculo vicioso que permite la reproducción del modelo neoliberal (relación constante y bidireccional entre enajenación de agencia política y precarización de la vida). Aquí, entonces, reside la clave que nos permite comprender el porqué de la resistencia radical de ambas coaliciones a la apertura de la democracia.

Esta apertura no sólo permite el aumento de la participación en la política formal, sino que, si se trata de una apertura en sentido amplio, abarcando el conjunto de los blindajes expuestos al principio, podría abrir al menos la posibilidad de ruptura del círculo vicioso de la reproducción neoliberal en pos de una potencial instalación de un círculo, ahora virtuoso, de recuperación de poder político y desbaratamiento del modelo neoliberal. Lo que está en juego es el conjunto del modelo.

No es difícil de entender, como decía, la renuencia del conjunto del bloque en el poder por abrir la democracia. Y para ver esta renuencia, que es por sobre todo actual, basta simplemente con mirar las importantes demostraciones realizadas durante este mismo Gobierno, al que perteneces, tan relevantes en este sentido que hacen que lo del Servel no califique más que como una broma de humor negro.

Estas demostraciones pueden verse, por ejemplo, en la reforma tributaria pactada entre el Gobierno, la derecha y los empresarios en la cocina del senador Zaldívar; en una reforma educacional que no ha querido tocar la estructura de mercado del sistema; en una reforma laboral en la que las multigremiales se encuentran marcando la pauta y que probablemente ni siquiera alcance los estándares OIT en la materia; en una ley de aborto cuya batuta la siguen llevando los sectores conservadores; y recientemente en la contrarreforma, que aprobada casi por unanimidad, volvió a elevar los requisitos para conformar los partidos políticos.

Como se ve, el problema es mayor, y si bien pocas veces se visibiliza, las coyunturas del Servel y la contrarreforma recién mencionada abren una ventana para ver tanto la magnitud del problema como la disposición política del bloque en el poder, la Alianza y la Nueva Mayoría, para frenar todo intento de apertura de la democracia, socialización del poder político o debilitamiento del modelo neoliberal. Las fuerzas políticas emergentes debemos tener ese escenario claro, por lo que nuestro surgimiento no puede ser sino en ruptura con él, con radicalidad democrática y fortalecimiento de la organización social.

Muy probablemente no estés de acuerdo con lo que aquí expongo, por eso me gustaría conocer tus argumentos al respecto.

Cordialmente,

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Carta de Leonardo Soto Ferrada

20 octubre 2015

Estimado Simón:

Efectivamente, la historia política reciente de Chile está marcada a fuego por los blindajes institucionales heredados de la dictadura, que durante todos estos años impidieron la expresión soberana de la mayoría y condicionaron la entrada y proyección de nuevas fuerzas políticas.

Se trata de una serie de candados que, al contrario de lo que tú señalas, no fueron “reforzados” durante el período, sino que progresivamente han ido desapareciendo. Las condiciones que lo permitieron son básicamente dos: perdieron su capacidad de mantener el veto de la minoría (senadores designados), o bien, parte de esa minoría se “descolgó”, dejando aislados a sus socios y permitiendo alcanzar el quórum requerido (sistema binominal). Todo esto, por supuesto, gracias a que previamente existía una mayoría dispuesta a eliminarlos.

Pese a ello, persiste buena parte del entramado institucional que diseñó Jaime Guzmán, razón por la que este Gobierno asumió el compromiso de dotar al país de una nueva Constitución nacida en democracia, la que, como sabrás, he impulsado en todos los espacios para que se realice con participación efectiva de la ciudadanía mediante una asamblea constituyente.

Es cierto que las fuerzas políticas en el poder tienden a ser conservadoras cuando de cambiar las “reglas del juego” se trata, pero para generar un análisis que permita enfrentar esa realidad, transformarla y no quedarse solo en el voluntarismo y la acción testimonial, creo insuficiente caracterizar al conjunto de sus actores como parte de un bloque homogéneo cuyo fin esencial sería preservarse y, por tanto, mantener cerrado a toda costa el sistema político.

A mi entender, la manera de alcanzar una mayor apertura democrática —tanto a nivel formal como en relación al reconocimiento efectivo de derechos sociales—, pasa primero por comprender la correlación de fuerzas existente en el país, para desde esa realidad generar una convergencia social y política que supere la contundente resistencia de la derecha a todos los cambios, por pequeños que sean, que apunten a superar el modelo neoliberal que efectivamente caracteriza nuestra transición.

En ese entendido, surge la Nueva Mayoría como una alianza diversa cuyo objetivo es introducir mayor equidad y democracia en la sociedad, objetivo al que se le dio viabilidad política traduciéndolo en compromisos concretos que fueron plasmados en un programa de Gobierno que concitó el apoyo mayoritario de los chilenos y chilenas.

Como sabrás, en este camino los mayores obstáculos han venido desde sectores que se resisten a los cambios para mantener el statu quo, mientras que quienes apuestan por una trasformación radical —descartando, por ejemplo, cualquier beneficio de una reforma tributaria que, con “cocina” incluida, será financiada en un 73% por el 0,1% más rico de la población—, se ha visto una escasa incidencia en la agencia política.

Crucial es este punto, estimado Simón, me parece la incapacidad de diferenciar la existencia de proyectos políticos en pugna dentro del “bloque en el poder”, renunciando, por tanto, a la articulación de mayorías, que incluso pueden ser acotadas a aspectos particulares, que permitan incidir desde posturas críticas en los cambios urgentes que requiere el país.

En ese cuadro, creo fácil sumar sin mayor análisis cualquier modificación al sistema de partidos a la denuncia contra las resistencias, en su sentido amplio, a la apertura institucional. Me refiero en concreto a la decisión de restablecer los requisitos de conformación de partidos. “Contrarreforma”, la llamas en tu carta, lo que utilizas para sustentar la tesis de una supuesta renuencia del Gobierno a ensanchar la democracia.

Cabe destacar que esta decisión, que por lo demás corresponde a una moción parlamentaria, se inscribe en una agenda de reformas que, por cierto, fortalecerá y ampliará el sistema democrático (fin de aportes reservados y dinero empresarial en campañas y partidos, pérdida del cargo por infracción electoral, autonomía del Servel, voto en el extranjero, fin del binominal, regulación de conflictos de interés, etc.), y tiene una razón muy distinta al supuesto “complot” Alianza-Nueva Mayoría contra las fuerzas políticas emergentes: se trata, simplemente, de impedir que se creen partidos que, financiados ahora con dineros públicos y sometidos a un conjunto de nuevas exigencias, no respondan a proyectos colectivos, sino que a intereses particulares, resguardando para ello que cuenten con un mínimo de representatividad y respaldo ciudadano.

Compartirás conmigo que si para constituirse en partido una fuerza política necesita que se mantenga el requisito de inscribir al 0,25 del padrón en una sola región (dándose casos donde con solo 90 firmas habría un partido nacional, menos de la mitad de las estipuladas para constituir una junta de vecinos), estará en muy mal pie para situarse como una “amenaza” a los partidos ya existentes, y mucho menos podrá disputar el carácter del Estado y romper el “círculo vicioso de reproducción neoliberal”.

Fraternalmente,

3 Comentarios

  1. Es fácil caer en la tentación de argumentar que todos están tan mal y que los que vienen traen alguna garantía de legitimidad, que es lo que argumenta Simón. Sin duda, hay mucho que mejorar, pero concordando con lo que argumenta Leo Soto, la agenda que se ha impulsado es bastante sensata y viene a fortalecer y democratizar el ejercicio de participación del ciudadano. El próximo Congreso que tengamos ya no será binominal y, al menos para mí, eso es una garantía para todos los sectores en representatividad. En lo que a financiamiento del Estado se refiere, hay que ser minucioso en quiénes accederán al mecanismo. No vaya a ser que los vivarachos lo transformen en minipyme.

    1. Pero, en el caso del Senado, solo se elige a la mitad de los senadores, es decir, seguirá la segunda mitad que fue elegida por el binominal y que, más encima, tienen una cantidad de reproches legales y éticos que no los hacen merecedores de ese cargo.

  2. Estoy totalmente de acuerdo con las opiniones de Simón. Un agrado leer este tipo de columnas. Creo que no habrá real democracia ni igualdad sin una apuesta política que se encargue de romper definitivamente con los blindajes institucionales que han protegido al modelo por décadas.

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