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Los árboles no producen incendios: son las personas

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Roberto Cornejo

Presidente Nacional Colegio de Ingenieros Forestales de Chile, @CIFAG

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Susana Gómez

investigadora del (CR)2, @CR2_uchile

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Carta de Roberto Cornejo

25 enero 2017

“Los  incendios dependen de la existencia de combustible, pero en último lugar, dependen de que ese combustible se inflame y allí es donde no se hace mención al hecho de que en todos los incendios está la mano humana. ¿Por qué hay más incendios entonces? La respuesta es porque hay más gente quemando bosques. ¿Por qué ocurre esto? Sería interesante que CR2 lo estudiara…”

Estimada Susana:

En su carta “Invasión de especies pirófitas en Chile con financiamiento estatal”, se nos acusa de irresponsables por entregar determinado tipo de información… hay mucho que comentar al respecto.

En primer lugar, sobre el tema de la inflamabilidad de los eucaliptos, no se había hablado hasta la mención que hace Mary Kalin por la prensa el año 2014, a raíz del incendio en Valparaíso. A partir de ahí, numerosas personas lo tomaron como artículo de fe y como una prueba incontrarrestable de que se deben eliminar los eucaliptos. Sin embargo, usted mezcla diversos conceptos y saca conclusiones equivocadas. Es un hecho que existen diferencias en la inflamabilidad de distintas especies forestales, entendida ésta como la facilidad de la materia vegetal para inflamarse, es decir para producir llamas, al ser expuesta a una radiación calórica constante. Sin embargo, a partir de esta definición, pretende afirmar que hay una diferencia significativa entre especies nativas e introducidas para esta variable. Eduardo Peña, especialista en Ecología del Fuego de la Universidad de Concepción, ha señalado que existe una concepción errónea respecto a que la vegetación nativa se quema más lenta, como lo señalara en la prensa la investigadora Mary Kalin. De acuerdo a Peña, esto no es una realidad, o de lo contrario el parque Nacional Torres del Paine (en dos oportunidades) y otras áreas naturales que se quemaron años atrás (R.N. Malleco y Tolhuaca y P.N. Conguillío, 2002) no habrían sido afectadas en la magnitud y severidad que lo fueron.

Peña investigó la inflamabilidad de especies nativas e introducidas, llegando a la conclusión de que la vegetación nativa se quema igual que las especies introducidas e incluso algunas de ellas se pueden inflamar más rápido que Eucalyptus globulus. Comparando los tiempos de ignición de ocho especies nativas de la zona de Concepción con E. globulus, encontró que solo Aristotelia chilensis (maqui) posee un tiempo de ignición menor que E. globulus, que cinco especies tienen similar inflamabilidad y que solo Gevuina avellana (avellano) y Peumus boldus (boldo) arden más lento que E. globulus.

Por lo tanto, siendo la inflamabilidad una variable de interés, no tiene por qué definir toda la planificación en la elección de las especies que se plantan en Chile y la estrategia de prevención de incendios. Además, en la carta se acuña el término “especies pirófitas”, pero se mal emplea como argumento. Efectivamente existen especies que han evolucionado junto al fuego, adaptándose y utilizándolo dentro de sus estrategias de supervivencia. Por ejemplo, especies que desarrollan semillas con cubiertas duras, que permanecen latentes en el suelo hasta que el fuego las estimula, o especies que poseen conos serotinos, es decir, se abren y expulsan sus semillas tras un incendio. Pero el término no se aplica como concepto para clasificar a especies que arden con facilidad versus aquellas que no lo hacen. Una especie pirófita no es aquella que arde fácil y descontroladamente. Todas las especies arden, sometidas a una fuente de radiación constante y elevada. Pero no todas las especies evolucionaron adaptándose al fuego. Se están mezclando los conceptos.

Luego indica que el Centro de Ciencia del Clima y la Resiliencia (CR2) ha estudiado y concluido que los incendios en las plantaciones están aumentando y que la probabilidad de que ocurra un incendio en plantaciones forestales es mayor que en bosque nativo; sin embargo, no explica cómo llegaron a esa conclusión. Si es en base a índices de inflamabilidad, creo que habría que revisar esas conclusiones. Hay una posibilidad de que esas conclusiones se deban a que existe una causal de intencionalidad más alta en plantaciones, que en bosque nativo; pero para ello habría que contar con los estudios de causas que realiza CONAF. De cualquier modo, los incendios dependen de la existencia de combustible, pero en último lugar, dependen de que ese combustible se inflame y allí es donde no se hace mención al hecho de que en todos los incendios está la mano humana. ¿Por qué hay más incendios entonces? La respuesta es porque hay más gente quemando bosques. ¿Por qué ocurre esto? Sería interesante que CR2 lo estudiara.

El Director Ejecutivo de CONAF ha señalado que algunas de las causas de este incremento en los incendios, se explican por el hecho de que más personas viajan en verano y están en contacto con ambientes naturales (realizando camping o caminatas, por ejemplo), lo que aumentaría el riesgo. También está el hecho de que la interfaz urbano -rural se ha poblado a una mayor velocidad, dado esto por el menor costo de los terrenos, en comparación a zonas urbanas. Pero sistemáticamente, omite mencionar la intencionalidad que, según el Laboratorio de Incendios de la Universidad de Chile, ha pasado del 13% de todos los incendios en el quinquenio 1976-1980, al 40% en el período 2011-2013. Apuntar a plantar especies “poco inflamables” no servirá de nada en presencia de una alta intencionalidad en las causas de los incendios.

Utilizando sus mismas palabras, creemos que existe una irresponsabilidad de parte suya al establecer una clasificación de la vegetación, como la que plantea en su carta. Insistir en que podemos determinar el riesgo que sufren las personas y sus viviendas, en base a si la vegetación que las rodea es nativa o exótica, es irresponsable. No se le puede comunicar a las personas que viven en la interfaz urbano -rural, como son los cerros de Valparaíso, que el riesgo de que sus viviendas se quemen depende de si la vegetación que los rodea es exótica o nativa. Eso es grave. La prevención de los incendios forestales pasa por una gestión de la vegetación sin apellido, porque toda vegetación se quema.

Finalmente, no podemos dejar de mencionar una contradicción demasiado evidente entre el contenido de la carta y el objetivo del Centro de Ciencia del Clima y la Resiliencia (CR2). Una de las principales causas del cambio climático es la deforestación, que explica cerca del 20% de las emisiones totales de gases de efecto invernadero a nivel mundial. Se estima que por el aumento de la población y de la demanda de alimentos y productos derivados de la madera, al año 2050 se requerirán 1.000 millones de hectáreas adicionales para la producción agrícola, pecuaria y forestal. Unos 700 a 800 millones de hectáreas serán habilitadas en tierras que actualmente tienen bosques. En este escenario, las plantaciones forestales que usted denuesta, son una de las principales estrategias para reducir esta superficie de reemplazo y quitar presión a los bosques naturales. Ya que producen más madera por unidad de superficie que un bosque natural y pueden crecer en tierras actualmente sin uso. Sin olvidar, que las capturas de CO2eq de las plantaciones forestales, junto con los renovales de bosque nativo, ascienden a cerca del 40% de las emisiones totales del país, reduciendo nuestro aporte de CO2 al planeta significativamente.
Debería, por lo tanto, considerar las plantaciones con otra mirada. Sin duda, siempre apelando que dichas plantaciones se basen en un manejo forestal sostenible, como es la aspiración de todos los que trabajamos en este sector.

Roberto Cornejo
Presidente Nacional
Colegio de Ingenieros Forestales de Chile

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Carta de Susana Gómez

27 enero 2017

Estimado Roberto:

Me alegra enormemente que por fin el tema de los incendios forestales en Chile tenga un espacio para la discusión. Pero tenemos la obligación de hacer que esta discusión sea honesta y entregar la historia completa y de forma objetiva. Cuando en su carta usted dice que “los árboles no producen incendios: son las personas”, tiene razón. Todos sabemos que en Chile es el hombre la principal fuente de ignición (el inicio del fuego), ya sea intencionada o accidentalmente. Sin embargo, también sabemos que la capacidad que tiene un fuego de propagarse rápidamente y de convertirse en un megaincendio depende en gran medida de la calidad, cantidad y disposición del combustible en el paisaje. Es ampliamente conocido por todos los expertos en ecología e ingeniería forestal (y también por las personas que viven en comunidades rurales) que las plantaciones de Eucaliptus son uno de los sistemas más inflamables, como también lo son los bosques naturales de Eucaliptus en Australia, considerado el continente más inflamable del mundo.

En un estudio de la Dra. Sarah Wyse (Universidad de Auckland, Nueva Zelanda), publicado en 2016 en la revista International Journal of Wildland Fire, se compara la inflamabilidad (medida en campo) de 60 especies de árboles y arbustos (entre ellas muchas especies pirófitas) y el Eucaliptus encabeza la lista. El estudio al que usted hace referencia del Dr. Eduardo Peña es muy valorable, pero debe aplicarse en su debido contexto. En las mediciones de tiempos de ignición que se realizan en laboratorio se suele trabajar con material recolectado (generalmente seco) y estos resultados no se pueden extrapolar a lo que ocurre a escala de paisaje. En el paisaje, tenemos vastas extensiones, homogéneas, continuas (con escasos cortafuegos) y densas de Pinos y Eucaliptus, especies inflamables con una alta biomasa y carga de combustible que constituyen un peligroso tapiz de yesca. Los Eucaliptus vivos en el campo (no en laboratorio), liberan sus esencias volátiles inflamables y, por si fuera poco, liberan trozos de su corteza seca aumentando la carga de combustible. Las plantaciones de Pinos y Eucaliptus presentan un suelo mucho más seco en comparación al suelo del bosque nativo y esto también aumenta su inflamabilidad en el terreno. El Pino insigne (Pinus radiata), es de las especies de pino que tiene un mayor tiempo de brasa y mayor llama cuando se queman sus hojas y piñas (según estudios del Dr. Fonda, Universidad de Western Washington, EEUU). Además, al crecer, va reteniendo las ramas muertas en su base, aumentando el combustible bajo las copas con el paso del tiempo. Es cierto que no todas las especies pirófitas (que se benefician del fuego en su reproducción) son inflamables, pero la mayoría de ellas sí lo son, y es el caso de nuestras especies forestales.

Ciertamente, bajo condiciones meteorológicas extremas (calor extremo, fuertes vientosy baja humedad) el fuego es muy difícil de controlar, independientemente del tipo de vegetación que exista. Ello explica la ocurrencia de grandes incendios de bosque nativo que, por supuesto, también se quema. No obstante, con un manejo adecuado de las plantaciones forestales y un mejor ordenamiento del paisaje estos mega-incendios se podrían controlar. No se trata de estigmatizar ninguna especie de árbol ni de eliminar el sector forestal, sino de regularlo de forma responsable, tal y como hacen otros países (e.g. Estados Unidos, Sudáfrica). Para ello es necesario limitar el desarrollo de plantaciones en zonas periurbanas, así como la construcción de casas en zonas forestales y zonas de bosque natural. También, aumentar el número de cortafuegos (que son virtualmente inexistentes) y generar corredores de bosque nativo en las cuencas y bordes de camino para crear zonas de amortiguación ecológica y reducir la sequía del sustrato. Finalmente, es necesario reducir el exceso de combustible bajo las plantaciones y eliminar las especies exóticas no productivas que se asocian a ellas y que aumentan el riesgo de incendio (Teline monspesulana, Ulex europeaus y otras leguminosas de flores amarillas). Este manejo preventivo puede parecer costoso, sin embargo, los costos de los grandes incendios son mucho mayores, y la pérdida de vidas humanas tiene un valor incalculable. Desgraciadamente, en esta temporada los incendios ya dejan 10 víctimas fatales. Por otro lado, estas medidas deben ir acompañadas de un cambio radical en las políticas públicas que hasta ahora han incentivado y bonificado la expansión incontrolada de las plantaciones de especies exóticas. El paisaje cultural y ambiental de las regiones del centro-sur de Chile es un escenario óptimo para una amplia gama de usos del suelo que proveen diferentes bienes y servicios ecosistémicos (e.g. plantaciones, bosque nativo, viñedos, huertas, ganadería, turismo y otros múltiples emprendimientos). Existe una necesidad imperiosa de restaurar el paisaje forestal, de tal manera de generar mosaicos que presenten una proporción adecuada de cada uso del suelo a fin de diversificar nuestra economía y hacernos más resilientes frente al cambio climático.

En el Centro de Ciencia del Clima y la Resiliencia (CR2) estamos comprometidos con los desafíos que nos impone este cambio. Nuestras investigaciones ayudarán a generar paisajes ecológicamente sustentables, que nos proporcionen recursos pero que también nos protejan de los incendios, de la sequía y las inundaciones.

Por otro lado, evitando los incendios también se reducen las emisiones de CO2 a la atmósfera y se protege el suelo de la erosión. Esto es muy importante, dado que tras los incendios llegan las lluvias que arrastran los nutrientes y sedimentos hacia los ríos, lagunas y lagos.

Susana Gómez-González
Centro de Ciencia del Clima y la Resiliencia (CR2), Chile
Universidad de Cádiz, España

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Carta de Roberto Cornejo

03 febrero 2017

Estimada Susana:

Agradezco profundamente este debate, creo que estamos aportando al análisis del fenómeno de los incendios forestales. Agradezco además las referencias que incluye en su carta para un mejor entendimiento de este tema.

Me gustaría partir comentando precisamente el estudio de Sarah Wyse et al (2016) “A quantitative assessment of shoot flammability for 60 tree and shrub species supports rankings based on expert opinión”, al que hace mención en su carta y del que saca conclusiones con las que no estamos de acuerdo.

En primer lugar, el estudio no hace una evaluación de campo, como usted señala, sino una medición en laboratorio, similar a la que realiza Eduardo Peña, de la Universidad de Concepción y que fue citada por nosotros. De hecho, los mismos autores señalan (la traducción es mía) “Mientras que un especialista en incendios probablemente integra observaciones de inflamabilidad de una especie con el conocimiento de las condiciones ambientales en que esa especie se desarrolla, nosotros comparamos la inflamabilidad bajo un ambiente común (controlado), en un contexto experimental”.

Luego complementa “La metodología de Fogarty (2001), integra la inflamabilidad con la oportunidad de incendiarse en un ambiente dado, mientras que nosotros evaluamos la inflamabilidad, dada la presencia de una fuente de ignición. Debido a estas diferencias, los resultados de nuestro estudio pueden dar una representación más precisa de la inflamabilidad relativa en un ambiente común, aunque debe tenerse precaución cuando se extrapolan los resultados de nuestro laboratorio a condiciones de campo (Pausas and Moreira 2012)”.

Queda claro entonces que no es una evaluación de campo, sino de laboratorio, ocupando como fuente de ignición un soplete, lo que es similar a los estudios de Peña.

Probablemente la confusión estaría dada porque el estudio innovó metodológicamente en el tipo de material utilizado. En efecto, señalan que: “la mayoría de los estudios de inflamabilidad utilizan pequeños componentes de la planta, comúnmente hojas o acículas, pequeñas ramas u hojarasca”.

Continúan indicando que “tales mediciones no incorporan la arquitectura de la planta, entregando resultados que son menos significativos que aquellos métodos que utilizan plantas enteras o brotes de mayor tamaño”. Dado lo anterior, el estudio utiliza como unidad experimental estandarizada, secciones terminales de 70 cm, aunque recalcan que esto puede no reflejar las características del combustible, cuando se considera la totalidad de la planta. Esta innovación, en ningún caso, puede interpretarse como que el estudio es de campo.

Pero, dejando el aspecto metodológico, lo más interesante son los resultados que entrega. En primer lugar, es pertinente mencionar que, de las 60 especies estudiadas, sólo se encontraba una perteneciente al género Eucalyptus, en este caso Eucalyptus viminalis. Si bien esta especie se encuentra presente en Chile, no es la de mayor superficie, correspondiendo a Eucalyptus globulus esa condición. También está presente en el estudio la especie Pinus radiata.

Dentro de los resultados más interesantes está el hecho de que el pino radiata fue evaluado como una especie de moderada inflamabilidad, ubicándose en el lugar 43 de las 60 especies. Esto debiera sorprender a quienes denuncian a esta especie como altamente inflamable por la presencia de resinas.

Respecto a Eucalyptus viminalis, no encabeza la lista, como usted señala en su carta. La especie que encabeza la lista y además se escapa largamente en el ranking es Ulex europaeus, especie arbustiva presente también en Chile como maleza, más conocida como “espinillo”. Esta especie es la única de las 60 clasificada como de “muy alta inflamabilidad”. Eucalyptus viminalis comparte la categoría de “alta inflamabilidad”, junto con otras once especies. Entre ellas destacan especies nativas de Nueva Zelanda: Pomaderris kumeraho, Dacrydium cupressinum y Lophozonia menziesii, esta última taxonómicamente cercana a nuestros Nothofagus.

Por lo tanto, según el mismo estudio, la especie de eucalipto evaluada y que pudiera servir de referencia para una comparación con la situación en Chile, no es la más inflamable, aunque está dentro del grupo siguiente, compartiendo con especies originarias de Nueva Zelanda, territorio en la que su vegetación, según indica el mismo estudio, no posee una historia evolutiva asociada a los incendios.

Respecto a la clasificación de Ulex europaeus, esta condición ya es reconocida en Chile, ya que se trata de una maleza arbustiva ampliamente extendida en la zona sur. De hecho, se han propuesto estudios para utilizarla como biomasa para proyectos de generación de energía.

La interpretación de los resultados que hacen los autores también es muy interesante. En la página 15 se afirma: “Mutch (1970) sugiere que las especies pertenecientes a comunidades dependientes del fuego, desarrollan características que incrementan su propensión a quemarse, aunque esta hipótesis ha sido por largo tiempo debatida en la literatura (e.g. Snyder 1984; Bond and Midgley 1995; Schwilk 2003; Bowman et al. 2014)”. De lo anterior, se desprende que la afirmación de alta inflamabilidad asociada a una evolución en ambientes que sufren incendios con regularidad, constituye un debate no resuelto en forma definitiva en el ámbito de la investigación.

Además, para explicar el hecho de que especies nativas presenten una alta inflamabilidad en ambientes que no han evolucionado junto a los incendios, los autores del estudio citan a Bowman et al. (2014), quien mostró que pueden existir adaptaciones al fuego en comunidades vegetales que raramente están expuestas a incendios, y propone que estas características evolucionaron en forma independiente de un paisaje acostumbrado a los incendios, como resultado de otras presiones de selección.

Eso podría explicar, por ejemplo, parte de los resultados de Peña, en los que señala que existen especies nativas (que no evolucionaron con el fuego), que presentan mayores o similares índices de inflamabilidad que Eucalyptus globulus. Es interesante.

Nuestro interés, sin embargo, es otro. Lo que perseguimos con nuestra primera carta fue precisar que, antes de debatir sobre la propagación de los incendios, debemos tener claro cuáles son sus causas. Naturalmente causas humanas, pero eso no es suficiente. Se debe ahondar en quiénes y porqué están quemando los bosques, o las plantaciones, si estiman que la precisión es necesaria.

Respecto a la propagación, lamentamos que exista una tendencia a tratar de explicar un fenómeno complejo a partir de un único factor, como son el establecimiento de plantaciones forestales en Chile, mayoritariamente con pino y eucalipto. Hay más variables en la propagación de los incendios, que las cualidades intrínsecas que una especie forestal puede presentar. Eso lo sabemos todos los que estudiamos silvicultura y somos ingenieros forestales.

Variables externas a la vegetación, como son los factores meteorológicos, en especial el viento, el contexto de sequía prolongada y, ciertamente, la mala gestión territorial que permite que convivan casas, grupos de casas o pueblos pequeños rodeados de plantaciones (donde la culpa no es solo de uno de los “vecinos”). Todos estos factores suman.

Si analizamos solo el factor vegetacional, se pueden decir muchas cosas también. Primero lo obvio: toda la vegetación se quema, no existe tal cosa como vegetación resistente al fuego. ¿Se quema más una especie exótica? Bueno, está el estudio recién comentado, para sacar conclusiones, así como el de Peña, que también ya hemos mencionado. En segundo lugar, estamos completamente de acuerdo en que existen factores asociados a la vegetación, distintos de la inflamabilidad, y que tienen que ver con el manejo histórico que se ha hecho de estos cultivos. Factores como la cantidad de combustible presente, los lugares de establecimiento, los esquemas de manejo, etc. Estamos de acuerdo en que se deben revisar, pero no a raíz de acusaciones alarmistas, que pretenden señalar que los cultivos forestales son prácticamente bombas incendiarias o especies pirogénicas, entendiendo esta condición como la de especies que facilitan la propagación del fuego en ambientes que han evolucionado bajo esta condición.

Debemos concordar en que, lo más importante, es entender qué ha pasado en nuestro país para que la superficie de incendios haya escalado a más de 500.000 hectáreas, situación jamás vista en nuestra historia reciente. Y en la búsqueda de entender lo que pasó, no podemos caer en la simplicidad de buscar soluciones únicas.

Si llegamos a la conclusión de que hay deficiencias de manejo de las plantaciones forestales presentes en Chile, tenga la seguridad de que nosotros estaremos entre quienes exijan a los dueños de estas plantaciones mejores estándares de manejo. Pero esas conclusiones deben salir de un análisis profundo, abierto y sin plantear conclusiones anticipadas.

Le reitero mi agradecimiento, por este debate, que a todos nos ayuda.

Saludos,

Roberto Cornejo Espósito
Presidente Nacional
Colegio de Ingenieros Forestales de Chile

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Carta de Susana Gómez

06 febrero 2017

Estimado Roberto:

Es muy interesante el análisis que hace del artículo de Sara Wyse, pero ha obviado una parte importante; los autores admiten que la mejor forma de medir la inflamabilidad es en el campo, y es por ello que realizan un primer experimento con las ramas recién colectadas en terreno, y el resultado según los autores fue que “sólo las especies más inflamables (por ejemplo, Eucalyptus spp.) prendieron consistentemente en nuestro dispositivo cuando se quemaron inmediatamente luego de ser recolectadas”. Como en el campo sólo las especies de mayor inflamabilidad consiguieron la ignición, entonces tuvieron que llevar las muestras al laboratorio para compararlas en igualdad de condiciones de humedad. Eso es lo que traté de resaltar en mi carta anterior; las condiciones de campo son las que importan para explicar el problema de los incendios, y en el campo, los Eucaliptus se encuentran más secos e inflamables que otras especies. Incluso en el experimento de laboratorio del artículo de Wyse, las condiciones no son similares a las del estudio de Eduardo Peña. Este último autor, sometió las muestras a 485°C, mientras que Wyse usó 160°C y, a mayor temperatura de ignición, las diferencias en inflamabilidad son más difíciles de detectar. El hecho de que Wyse hiciera un experimento adicional en campo lo hace también más apropiado. Por cierto, reitero que el Eucalyptus encabeza la lista del estudio de Wyse, pues ser la segunda especie de 60 no es estar en el medio o en la cola. Me sorprende realmente que usted esté centrando el debate en sutilidades y cuestionamientos rebuscados, dado que, siendo el Colegio de Ingenieros Forestales un actor relevante en la materia, debiera reconocer de forma más explícita el claro papel que tienen las plantaciones forestales en este problema tan relevante para nuestra sociedad.

Otro punto importante del artículo es que señalan que las especies exóticas que han seleccionado para su estudio (entre ellas Pinus radiata, Eucalyptus viminalis y Ulex europaeus) fueron elegidas precisamente por su conocida inflamabilidad en otras partes del mundo. Si bien, Eucalyptus globulus no está entre las especies estudiadas, se ha demostrado que la evolución de todas las especies del género Eucalyptus está asociada a la aparición de los “biomas inflamables” de Australia (véase el artículo de Crisp et al. 2011. Flammable biomes dominated by eucalypts originated at the Cretaceous-Palaeogene boundary, publicado en Nature Communications). En este documento del Servicio de Fuego de Tasmania pueden ver una lista de especies inflamables y el Eucalyptus globulus está entre ellas (https://www.fire.tas.gov.au/publications/1709%20Brochure.pdf). Decir que el Eucalyptus globulus y el Pinus radiata son especies altamente inflamables, es plantear un hecho objetivo, no es ser alarmista. No es relevante si son de inflamabilidad muy alta, o extremadamente alta; con ser alta es suficiente, considerando que forman verdaderos mares en nuestro paisaje.

En cualquier caso, creo que es inútil seguir discutiendo las evidencias mostradas por dos artículos científicos de forma tan específica, porque ambos tienen muchas limitaciones en cuanto a su aplicabilidad al problema que nos atañe. La aplicación de la ciencia requiere de la acumulación de evidencias de cientos de artículos científicos y no sólo de unos pocos. Considerando este amplio conocimiento ecológico que ya existe sobre las especies y los ecosistemas, es que respondí a su primera carta en el Mercurio para refutar su argumento de que el bosque nativo y las plantaciones se queman de igual manera, porque la evidencia disponible no apoya esta aseveración. Por su puesto que la ciencia está en constante discusión, y la teoría de la evolución de la inflamabilidad no es una excepción. Pero la mayoría de los estudios que se han realizado hasta ahora (que son muchos) apoyan esta teoría de forma consistente (recomiendo el Blog del Dr. Juli Pausas; http://jgpausas.blogs.uv.es/tag/flammability/).

Usted insiste en que el problema está en la fuente de ignición (humana), sin embargo, lo que ha marcado la diferencia en los incendios de este año ha sido la cantidad de área quemada y no el número de incendios (casi 600.000 ha). Esto demuestra que el problema no ha sido que tengamos más pirómanos este año, sino que los incendios no se han podido controlar. Y en la propagación del fuego, el clima y la estructura de la vegetación son los factores más relevantes. En la reunión del Comité Nacional de Restauración Ecológica del Ministerio de Medio Ambiente, las estadísticas mostraron un área total de 511 mil hectáreas quemadas por los incendios de este año, de las cuales, 283 mil correspondían a plantaciones, 88 mil a bosque nativo, 93 mil a matorrales y pastizales, y 46 mil a terrenos silvícolas. Lo que más se ha quemado son plantaciones. Considerando las estadísticas históricas, el área quemada de plantaciones ha ido incrementando en el tiempo de forma consistente desde un promedio de 8 mil hectáreas en el período 1986-1995 a 20 mil hectáreas en el período 2006-2015 (150% de incremento), mientras que el área quemada de bosque nativo y de matorrales ha disminuido un 10% aproximadamente.

Creo que debemos dejar el debate de cuán inflamables son unas cuantas especies y sus tejidos, porque es la inflamabilidad a nivel de paisaje lo que importa. La inflamabilidad del paisaje ha aumentado con la transformación del bosque nativo (húmedo y heterogéneo) en plantaciones homogéneas y continuas (y más secas). Concuerdo con usted que es la gestión del paisaje y el manejo forestal lo que debe mejorarse y, para ello, ciencia y gestión deben ir de la mano. Los científicos realizamos nuestras investigaciones con financiamiento del Estado, y está en manos de nuestros políticos y gestores utilizar esa información para el bien social. Por lo tanto, es necesario establecer puentes entre investigadores, tomadores de decisiones, comunidades, ONGs, y todos los actores implicados en este problema, para de una vez por todas poner solución a este drama ecológico, pero fundamentalmente social. Urgen decisiones políticas y técnicas pertinentes que puedan proyectar el Chile sustentable y resiliente que todos deseamos.

Finalmente sólo decirle que será la última carta que responda, pero que encantada participaré en un debate público y dinámico donde podamos mostrar los datos de forma extensa y objetiva a la sociedad, sin mezclarlo con la opinión personal.

Un saludo cordial,

Susana Gómez González
Universidad de Cádiz, España
Centro de Ciencia del Clima y la Resiliencia (CR2), Chile

4 Comentarios

  1. Creo que un punto central y no tocado en el debate, está en el hecho que dada la situación de bosques y plantaciones en los últimos años (altas temperaturas, grandes masas, fuertes vientos, presencia de personas, entre otros), estas características no se han incorporado de manera efectiva a los dispositivos de detección y extinción de incendios. Independiente de las causas humanas, o bien, el exceso de plantaciones de eucaliptus, ha quedado demostrada la precaria gestión de los incendios por parte de CONAF, así como de particulares que administran grandes plantaciones. El uso de recursos obsoletos y/o insuficientes no va más, urge un cambio drástico.

  2. Tienes razón Cristian, creo que lo más relevante es cómo están dispuestas las especies en el paisaje y su cercanía a los poblados. Sin embargo, la inflamabilidad tiene diferentes niveles (tejido-planta-paisaje) y cada nivel suma a la hora de explicar los incendios severos. En el caso de las plantaciones Chilenas, son inflamables en los tres niveles y es por ello que es importante discutirlo. Saludos.

  3. El término «desarrollo sostenible», fue difundido por el informe de la Comisión Mundial sobre el Medio Ambiente y el Desarrollo. En el mismo se define como el que «satisface las necesidades del presente sin comprometer la capacidad de las generaciones futuras para hacer frente a las suyas» .El “manejo forestal sostenible” está asociado con un flujo constante y perpetuo de madera para uso de la humanidad, en cambio el desarrollo sostenible de los bosques incorpora la gestión integral de bosques, el mantenimiento de la integridad ecológica del ambiente forestal, y cierta amplitud de miras para el porvenir, cuyos objetivos principales son la conservación de suelos y aguas.

  4. Más allá de la inflamabilidad de cada especie el problema pasa, creo yo como ya se ha dicho en varias ocasiones, por el monocultivo de especies que no forman bosques como tales si no desiertos verdes en donde nada es capaz de convivir con estas especies que acidifican la tierra, secan las napas y destruyen la biodiversidad. Se ha reemplazado sistemáticamente el bosque nativo por este tipo de plantaciones, aportando al cambio climático y no al revés. Es fácil darse cuenta la sequedad de un predio forestal versus la humedad de un bosque natural ubicados uno al lado del otro. Creo que no hay justificación para estos desiertos de árboles más que el cortoplacismo.

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