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¿Liberalismo desvirtuado?

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Valentina Verbal

Historiadora, militante de Evópoli

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Matías Garretón

Académico CIT, UAI e Investigador COES

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Carta de Valentina Verbal

13 julio 2016

“Lo que tu visión promueve es una igualdad de resultados, impuesta por un Estado paternalista, omnisciente sobre lo que las personas necesitarían para sus vidas. Lo hemos visto en nuestro país con la reforma educacional y laboral, y con diversas leyes de carácter alimenticio, que están generando límites antes insospechados en materia de intervención estatal.”

Estimado Matías:

El lunes pasado leí con atención la columna, publicada por El Mostrador, a través de la cual fustigas al diputado Felipe Kast —Presidente de Evópoli— por proponer lo que describes como un “liberalismo desvirtuado”, y que consistiría, según indicas, en una suerte de disociación de los principios de libertad e igualdad.

Señalas allí que el liberalismo sería una “ideología revolucionaria que inspiró la independencia de EE.UU., la Revolución Francesa y, en general, la democracia occidental contemporánea”. Y agregas que “el liberalismo fue concebido como una relación mutuamente indispensable entre libertad e igualdad”, que reduces al eslogan “derecho universal a la igualdad de oportunidades”.

Desde mi punto de vista, tu planteamiento incurre en dos errores fundamentales. El primero es caer en una simplificación histórica mayor, al no diferenciar adecuadamente los distintos modelos constitucionales que supusieron las revoluciones a las que aludes. Y el segundo, proviene de una equivocada noción del tipo de igualdad que defiende el liberalismo clásico.

Con respecto al primer problema, mientras la revolución estadounidense tendió al individualismo, la francesa hizo lo propio con el estatismo. El individualismo, lejos de la caricatura que suele hacer la izquierda, significa que las personas son fines en sí mismos, y que tienen derecho a construir sus vidas como mejor les parezca, salvo que dañen directamente al resto. En términos históricos, supuso que ellas tienen derechos por el hecho de ser tales, y no por haber nacido en algún estamento privilegiado, como la nobleza. Este modelo asume una valoración positiva del Estado en cuanto garante de los derechos individuales, como la vida, la libertad y la propiedad.

En cambio, el modelo francés o estatista no apuntó a la consideración de que la principal función del Estado sea la tutela de los derechos individuales preexistentes, sino a que él mismo es una condición necesaria para que dichos derechos “nazcan” o sean “distribuidos”. Bajo esta visión, que en su desarrollo fue llevando al socialismo de distintas especies, así como a un liberalismo que suele adjetivarse de igualitario, se terminó por considerar que la verdadera libertad surge de la satisfacción de necesidades por parte de los gobiernos.

El segundo error se refiere a la igualdad históricamente defendida por el liberalismo clásico, que no es otra que la igualdad ante ley. Ésta no se refiere a la igualdad material, generada por los gobiernos de manera coactiva, sino a la superación de los privilegios estamentales, asignados a la nobleza y al alto clero, como la exención tributaria y la reserva de cargos públicos. El trasfondo de este principio es que las personas carezcan de barreras infranqueables o institucionales para llegar tan lejos como quieran o puedan; pero no que, fácticamente, sean capaces de cumplir sus sueños más íntimos, y menos que deban ser iguales en términos materiales. Un ejemplo hoy contingente en que claramente se atenta contra este principio es el sistema diferenciado que existe en Chile en materia previsional, y que —de manera privilegiada— beneficia a las fuerzas armadas y de orden.

Frente al argumento de que la igualdad ante la ley no basta —como supongo estarás ahora pensando—, sino que es necesario avanzar hacia lo que llamas “el derecho universal a la igualdad de oportunidades”, te respondo que la idea de los derechos sociales universales es contrapuesta a la de una sociedad de mejores oportunidades, incluso a partir de políticas públicas a favor de los sectores vulnerables, como niños y pobres. Lo que tu visión promueve es una igualdad de resultados, impuesta por un Estado paternalista, omnisciente sobre lo que las personas necesitarían para sus vidas. Lo hemos visto en nuestro país con la reforma educacional y laboral, y con diversas leyes de carácter alimenticio, que están generando límites antes insospechados en materia de intervención estatal.

Dicho todo lo anterior, pienso que resulta una generalización apresurada sostener que los liberales que hoy actúan en política en Chile (no sólo el caso de Felipe Kast) defienden un “liberalismo desvirtuado”. En primer lugar, el liberalismo no se reduce al modelo francés o estatista, sino que se amplía al estadounidense o individualista, que en verdad es el que ha logrado mayores avances en términos económicos y culturales, como latamente lo ha demostrado la historiadora económica Deirdre McCloskey.

Y si bien pueda ser cierto que existe también un liberalismo igualitario —distinto del clásico—, no cabe duda que se trata de una modalidad temporalmente reciente; y que, en todo caso, lejos está de promover derechos sociales universales, en los términos en que hoy lo hace la izquierda en Chile. De hecho, el mismo John Rawls, autor que citas en tu columna, fue no sólo refutado por autores libertarios, como Robert Nozick, sino principalmente por colectivistas de distintas escuelas, como la comunitarista. Y precisamente por sostener una visión calificada, por ellos, de “atomismo individual”.

En segundo lugar, y aunque sea cierto que algunos liberales defienden políticas sociales más o menos extensas, lo hacen siempre en beneficio de sectores vulnerables, y no pensando en la universalización de supuestos “derechos”, que finalmente apunta a la homogeneización social, y a favorecer a las personas encargadas de satisfacer las necesidades del resto por la vía del remplazo de sus libertades. Esto último no resulta difícil de demostrar en términos empíricos. Es cosa de ver la captura del Estado que acostumbran a hacer los socialistas de todos los partidos para llenarse sus bolsillos con el dinero ajeno. El caso reciente de Myriam Olate, militante del Partido Socialista, es sólo un ejemplo entre miles.

Lo que quiero destacar es que la igualdad que históricamente ha defendido el liberalismo es ante la ley, que no supone un punto de llegada, sino de partida. Esta igualdad, aunque vaya acompañada de cierta ayuda estatal, ha sido la única que ha sido capaz de caminar junto a la libertad. Por eso que puede sostenerse que la historia del liberalismo es la historia de la movilidad social. La misma McCloskey señala que en 1800 el ingreso promedio mensual era de 3 dólares actuales, lo que hoy apenas alcanza para un café en el Starbucks; otro de los grandes frutos del liberalismo, como bien lo sabe la izquierda pequeño-burguesa de nuestros días.

Por el contrario, y precisamente al revés de lo tú sostienes, la pretensión arrogante de que el Estado —a través de su poder coactivo— les debe decir a las personas cómo tienen que vivir sus vidas, ha estado siempre muy lejos de armonizar los principios de igualdad y libertad. El siglo XX fue un crudo testigo de esta inevitable contradicción, de la que los socialistas actuales no dudan en lavarse las manos, afirmando que simplemente se trató de una mala aplicación de sus ideas. Así siempre han sabido salir libres de polvo y paja en materia de dictaduras y violaciones a los derechos humanos.

Ojalá que, con la misma fuerza con que ustedes acostumbran a demonizar el liberalismo de mercado, sean capaces, algún día, de hacerse cargo de sus propios fracasos, como patentemente está hoy quedando demostrado con el programa refundacional de la Nueva Mayoría, comenzando por la demagógica y falsa promesa de la gratuidad universal.

Saludos cordiales.
Valentina Verbal

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Carta de Matías Garretón

14 julio 2016

“Aclaro que no defiendo la igualdad de resultados. Creo que las personas son libres de realizar sus proyectos de vida, los que pueden ser muy diferentes, y que por lo tanto los resultados obtenidos debieran depender de lo que cada uno se proponga. Sí afirmo que el Estado, sin ser paternalista, debe proveer garantías dignas para que esto sea realizable.”

 

Estimada Valentina:
Agradezco tu interés y la oportunidad de profundizar este debate, aunque el sesgo ideológico en favor de una libertad principalmente económica te hace malinterpretar mis argumentos. Creo que tenemos muchos puntos de acuerdo, pero discrepamos respecto al valor y la forma de entender la igualdad de oportunidades. También simplificas la evolución histórica del Liberalismo, lo cual es entendible dada la brevedad de estas columnas, pero con imprecisiones importantes.

Aclaro que no defiendo la igualdad de resultados. Creo que las personas son libres de realizar sus proyectos de vida, los que pueden ser muy diferentes, y que por lo tanto los resultados obtenidos debieran depender de lo que cada uno se proponga. Sí afirmo que el Estado, sin ser paternalista, debe proveer garantías dignas para que esto sea realizable. Para entender esto, que es el fondo de nuestra discrepancia, es necesario distinguir dos tipos de garantías de libertad, las pasivas (también llamadas negativas) y las activas (o positivas).

La igualdad ante la ley es una garantía pasiva, porque opera en base a restricciones que impiden interferir en la libertad de otros, pero no asegura que puedas desenvolverte libremente. Por ejemplo, una persona parapléjica necesita rehabilitación e implementos adecuados para poder trabajar, lo que requiere un aporte inicial de la colectividad como garantía activa de su libertad. Sería injusto exigirle que se ponga a la par del resto sólo por sus méritos, sin antes haber igualado sus capacidades.

La igualdad de oportunidades debe operar como una garantía activa de libertad. En una sociedad tan desigual como Chile, es injusto poner a competir a una persona que nació en una familia de escasos recursos, que recibió una mala educación y que es discriminada en el mercado laboral. Tal vez funcione para uno en cien, pero eso no justifica la limitación que se impone a los otros 99 ni el costo social que esto implica. La pobreza no es producto de la flojera, del alcoholismo o de la delincuencia, sino que se debe a que la libertad pasiva no basta para generar igualdad de oportunidades, lo que debe ser un derecho universal.

El libre mercado opera en base a garantías pasivas de libertad y puede ser un sistema eficiente para generar riquezas, pero las distribuye muy mal. Esto no se debe necesariamente a un mayor o menor mérito, sino a imperfecciones de mercado generadas por la multiplicación de asimetrías de poder iniciales, que a la larga impactan negativamente en su funcionamiento. El estancamiento en la productividad de Chile es un buen ejemplo, ya que resulta en gran parte de que la mayoría de los chilenos ha recibido mala educación y además han enfrentado una tremenda desigualdad de oportunidades.

Como el libre mercado multiplica las desventajas iniciales, la libertad pasiva sólo garantiza la libertad de acumular riqueza para una minoría privilegiada. En mi opinión, esto es un liberalismo desvirtuado, porque no alcanza para todos. Por esto, el mercado debe ser regulado, no en forma paternalista, sino limitando la acumulación rentista de riqueza – que no se basa en la productividad sino en el privilegio de tener una posición dominante en el mercado -, y compensando activamente las condiciones iniciales de las personas que parten en desventaja, para que todos puedan desenvolverse con igualdad de oportunidades.

En suma, para construir una sociedad donde todas las personas puedan desarrollarse libremente no basta el libre mercado y la igualdad pasiva. Ambos son necesarios como base mínima, pero las imperfecciones del mercado deben corregirse socialmente y el Estado debe compensar activamente las desventajas generadas por una mala distribución inicial de los recursos. Esto corresponde a un modelo de Liberalismo Social.

Estoy de acuerdo en que las últimas reformas en este sentido han sido muy mal implementadas en Chile, pero este caso puntual no refuta el argumento anterior y hay contraejemplos bien conocidos – como Finlandia – en que el Liberalismo Social funciona muy bien. La incapacidad de hacer buenas reformas se debe más bien a fallas estructurales de nuestro sistema político, que permiten el bloqueo antimayoritario de procesos legislativos, el financiamiento ilegal y antiético de la política, la captura del Estado por grupos de poder y otros vicios que sería muy largo detallar.

Para quienes se interesen en profundizar este debate, es útil poner estos argumentos en una perspectiva histórica.
En su formulación original, el Liberalismo consideraba un vínculo indisoluble entre libertad e igualdad, lo que queda reflejado en la famosa frase “Todos los hombres son creados iguales” de la Declaración de Independencia de EE.UU. y en el lema “Libertad, Igualdad, Fraternidad” de la Revolución Francesa. Aunque es cierto que con esto se aludía principalmente a una igualdad ante la ley, se trataba de economías agrícolas, donde la abolición de los privilegios monárquicos permitía avanzar radicalmente hacia condiciones de igualdad material. Esto fue particularmente efectivo en EE.UU., que a principios del siglo XIX era una sociedad mucho más igualitaria que Francia, por lo que la divergencia de sus modelos no fue a partir de sus primeras constituciones, sino muy posterior.

El Liberalismo Clásico tomó forma a la par que se desarrollaba la Revolución Industrial, época en que la acumulación de capitales volvió a intensificar las desigualdades materiales. Para justificarlas, esta ideología se inspira en teorías económicas como la de Adam Smith, priorizando el crecimiento económico por sobre la igualdad de oportunidades, ya que reduce este derecho a garantías pasivas de igualdad ante la ley. Como sustituto a la voluntad de generar condiciones básicas para una vida digna, el Liberalismo Clásico generó falsas expectativas de meritocracia, atribuyendo la pobreza a la falta de esfuerzo (Rosanvallon, 2011, “La sociedad de los Iguales”). La meritocracia puede tener muchas virtudes, a condición de que exista una real igualdad de oportunidades, pero confiar en ella como mecanismo de justicia social en sociedades muy desiguales es una falacia.

Esta falacia generó desigualdades e injusticias sociales crecientes, las que a fines del siglo XIX motivaron una reinterpretación del ideario liberal, para recuperar su intencionalidad original – construir una sociedad donde las personas fueran realmente libres e iguales -, promoviendo garantías activas de igualdad de oportunidades. Así surgió el Liberalismo Social, el que lejos de ser reciente, promovió la implementación de políticas de bienestar social en EE.UU. y en Europa desde principios del siglo XX, llegando a su apogeo tras la segunda guerra mundial. A mi juicio, los sistemas políticos basados en esta vertiente del Liberalismo, con los notables ejemplos del norte de Europa, son los que más se acercan a un ideal de justicia social.

Este recuento muestra cómo el Liberalismo ha transitado desde una concepción filosófica a una interpretación económica y a una reinterpretación social que intenta recuperar su sentido original. En mi opinión, las formas de Liberalismo que privilegian la libertad económica a costa de las garantías reales de igualdad de oportunidades desvirtúan la esencia del Liberalismo, porque su implementación genera desigualdades de poder que, en la práctica, impiden construir una sociedad justa, donde todos seamos libres e iguales.

Nuevamente agradezco tu interés por este debate, saludos,
Matías Garretón

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Carta de Valentina Verbal

15 julio 2016

“¿Por qué digo que lo tú defiendes es igualdad de resultados y no de oportunidades? Primero, por la razón indicada. Pese a que pones ejemplos que aluden a la visión que promueve el gasto focalizado (como el caso de las personas con discapacidad), al final defiendes el paradigma contrario. Y lo haces de manera explícita, al indicar que lo que realmente te preocupa —lo que debería corregir el Estado—, es la acumulación de capital de unos pocos en contra del 99 % restante. No son tus palabras exactas, pero sí tu idea central.”

 

Estimado Matías:

Agradeciendo tu respuesta a mi carta, me permito ahora efectuar algunas aclaraciones, que apuntan a dilucidar el objeto de la discusión. Te pido de antemano disculpas por la mayor extensión de esta misiva, pero creo que el debate amerita tener la posibilidad de  explayarse con detención.

En primer lugar, señalas que tengo “un sesgo ideológico en favor de la libertad principalmente económica”. No es así. He dedicado varios años de mi vida a defender con pasión un liberalismo integral, lejos del economicismo a que, al menos en algunos círculos, ha solido ser reducido. Me refiero, en concreto, a la libertad en materia de diversidad sexual. Libertad, en este plano, que antes de ser positiva, en el sentido de depender de prestaciones gubernamentales, es negativa, ya que se basa en la no interferencia estatal.

En concreto, con respecto a la ley de identidad de género, lo que se pide es que el Estado no determine de modo irrevocable la identidad legal de las personas, conforme a un sexo biológico de nacimiento, sino que pueda ser modificada según la propia autonomía individual, especialmente (a diferencia de lo que hoy sucede) al no imponerle, a las personas trans, la realización de cambios corporales esterilizantes. Esto es libertad negativa, no positiva. Y con relación al matrimonio igualitario, el mismo nombre indica que la demanda se refiere a igualdad ante la ley. No se pide un matrimonio especial para homosexuales, sino que, en el mismo hoy existente, puedan participar gays, lesbianas y bisexuales. Esto también es libertad negativa, porque la igualdad ante la ley, como tú mismo bien expresas, supone ante todo la no interferencia estatal.

Mi defensa específica del liberalismo económico, la resumo en dos razones. La primera es que éste es el blanco principal de ataque de las izquierdas de hoy en día, y no sólo en Chile. Después de un par de décadas de aceptación (con mayor o menor buena gana) del libre mercado, en gran medida explicada por la caída del muro de Berlín en 1989, las izquierdas han vuelto a la carga en contra del capitalismo “salvaje”, ahora tildado, cual hombre de paja, de “neoliberalismo”. Y la segunda razón, para mí mucho más importante, es que no puede pensarse una sociedad diversa y rica, en los más amplios sentidos, sin libertad económica.

Como bien ha demostrado Deirdre McCloskey —una economista (pero mucho más que eso) transexual, originaria de la Escuela de Chicago—, no existe posibilidad alguna de explicar los movimientos de derechos civiles sin la existencia y desarrollo del capitalismo moderno. Cuando vino a Chile en 2011, le preguntaron en la Fundación Iguales cómo era posible que una persona transexual defendiera el libre mercado, cuando supuestamente este sistema es eminentemente conservador. Respondió que, al revés del lugar común que suelen señalar sus amigos de izquierda, el libre mercado es profundamente progresista, en el sentido de que excede por mucho lo meramente económico. Puso el ejemplo de Stonewall, el famoso bar neoyorquino que en 1969 dio origen al movimiento del orgullo gay, después de la diversidad sexual o LGBTI. Lo cierto es que la libertad sexual ha ido siempre de la mano de la comercial. El reciente y terrible atentado en la discoteque Pulse de Orlando, volvió a poner de manifiesto esta mixtura indisoluble.

¿Acaso los dueños de Stonewall y Pulse no son supuestamente “cerdos capitalistas”, que “acumulan” capital “en contra” de sus trabajadores, y de sus mismos clientes? Todavía recuerdo cuando en nuestras tierras los consumidores del Liguria (y de otros locales) se unieron para protestar, porque la Municipalidad de Providencia, al restringir fuertemente los horarios nocturnos, les estaba “robando sus buenos momentos”. Y todo esto, nuevamente, es libertad negativa, es decir, no interferencia estatal.

Pero seguramente te estoy mal interpretando, y en todo lo anteriormente dicho estás de acuerdo conmigo. Muy bien. Creo entender que el núcleo de la discusión se refiere a lo que ambos entendemos por “igualdad de oportunidades”. Te confieso que este término no es de mi total agrado, porque si lo comprendemos como igualdad “en la partida”, en la que tiendo a creer, resulta difícil determinar el límite entre igual partida e iguales bienes económicos que la “garanticen”. El politólogo italiano Giovanni Sartori (un liberal clásico, dicho sea de paso) expresa bien este problema cuando dice que se “entiende que ser igual en las oportunidades de partida requiere ya, en cierta medida, una igualdad de condiciones materiales”. Y agrega: “Se podrá objetar que lo que se pide es igual educación y no iguales (aunque mínimas) condiciones económicas. Pero en la práctica el límite entre una educación igual y una igual (mínima) riqueza es un límite sutil”.

Sin embargo, más allá de este punto, de orden semántico, lo cierto es que en la vida política hay quienes, por una parte, defienden el principio de focalización del gasto público en favor de los sectores vulnerables, como niños y pobres. Y quienes, en cambio, rechazando dicha focalización, por ser “neoliberal” (por ejemplo, Alberto Mayol, Fernando Atria, entre varios otros), adhieren a la idea de “derechos sociales universales”, que va mucho más allá de una mera igualdad en la partida, sino que claramente apunta a una igualdad material o de resultados. La primera sostiene que el Estado debe ayudar a quienes realmente lo necesitan, y no invertir fondos públicos en el conjunto de la población. ¿Por qué? Porque las personas deben ser capaces de pararse sobre sus propios pies, sin tener que verse obligadas a depender constantemente del Papá Estado. Y además,  porque los recursos en un mundo finito son justamente limitados. El resto es “especulación estatal” y quiebra asegurada del Estado.

Precisamente, una de las grandes novedades del liberalismo clásico —y de las revoluciones burguesas que protagonizó—, fue el dejar de considerar a los habitantes de los estados como súbditos, dependientes de las concesiones graciosas de los monarcas absolutos. En cambio, bajo el nuevo paradigma, se comenzó a pensar que las personas deben caminar por sí mismas, con acceso abierto a bienes y servicios, sin tener que verse compelidas a depender de los gobiernos de manera sistemática. A esto último es a lo que efectivamente tiende el paradigma de los “derechos sociales universales”; o, en tus propios términos, del “derecho universal a la igualdad de oportunidades”. Lo que genera son súbditos, no ciudadanos. La ciudadanía, en cambio, implica libertad y no dependencia.

Y por eso es que no pocos autores sostienen que el socialismo no es sino una suerte de revival del viejo absolutismo, aunque con consecuencias mucho peores que su versión original. En la Francia del siglo XVII, la gente era mucho más libre que en la actualidad, en el sentido de que el Estado no estaba tan encima de ellas. Sin embargo, hoy goza de muchas más comodidades y mejor calidad de vida. Pero esto último, no gracias al Papá Estado, precisamente, sino a la revolución copernicana que supuso el capitalismo moderno, a partir de la garantía de derechos individuales, como la libertad y la propiedad. Sin embargo, el mundo sería mucho mejor —creo yo— si estos derechos fueran más y mejor garantizados que hoy, incluso en países como Chile, calificados despectivamente  de “neoliberales”.

Pero vayamos al punto. ¿Por qué digo que lo tú defiendes es igualdad de resultados y no de oportunidades? Primero, por la razón indicada. Pese a que pones ejemplos que aluden a la visión que promueve el gasto focalizado (como el caso de las personas con discapacidad), al final defiendes el paradigma contrario. Y lo haces de manera explícita, al indicar que lo que realmente te preocupa —lo que debería corregir el Estado—, es la acumulación de capital de unos pocos en contra del 99 % restante. No son tus palabras exactas, pero sí tu idea central.

De hecho, afirmas que la “pobreza no es producto de la flojera, del alcoholismo o de la delincuencia, sino que se debe a que la libertad pasiva [negativa] no basta para generar igualdad de oportunidades, lo que debe ser un derecho universal”. Además de que esto claramente no es focalización en favor de los pobres, podría refutarte que la pobreza se debe —precisamente, al contrario de lo que indicas— a la poca libertad negativa existente, por ejemplo, a la excesiva regulación en materia empresarial y laboral. A favor de este aserto, se ha argumentado in extenso, existiendo una gran cantidad de evidencia empírica que lo confirma.

Ahora bien, para abundar en mi argumento de que lo que tú defiendes es efectivamente igualdad de resultados, me permito transcribir esta frase tuya: “Como el libre mercado multiplica las desventajas iniciales, la libertad pasiva [negativa] sólo garantiza la libertad de acumular riqueza para una minoría privilegiada”, a lo que agregas que es necesario limitar “la acumulación rentista de riqueza —que no se basa en la productividad, sino en el privilegio de tener una posición dominante en el mercado”.

Este párrafo, que por sí solo daría para una respuesta entera —sobre todo, por su carácter falaz o, al menos, altamente discutible—, revela que la igualdad en la que crees sí es de resultados, porque ésta no supone gasto focalizado en favor de sectores vulnerables, sino una lucha frontal en contra de la desigual riqueza de unos pocos en perjuicio de la mayoría (no lo digo yo, sino tú). En cambio, para quienes creemos en una igualdad de oportunidades —en términos de opción preferencial por los vulnerables—, la desigualdad material no es para nada un problema. El problema no es la existencia de ricos, sino de pobres.

De hecho, y como la misma historia del capitalismo da cuenta, los ricos son necesarios, porque permiten que, lo que un día son bienes de lujo (por ejemplo, computadores y celulares), en favor de una minoría, muy pronto terminan siendo de fácil acceso para todos, siempre y cuando lo que realmente exista sea libre mercado y no nuevas versiones de señoríos feudales. Lo cierto es que la democratización de la tecnología es uno de los grandes ejemplos que reafirma con creces esta verdad histórica. Por eso es que, al decir de la misma McCloskey, la historia “jamás contada” del capitalismo —nunca contada por la izquierda anticapitalista, valga aclarar— no es la historia de la “acumulación” (esto es sumamente refutable), sino la historia de la innovación: “La acumulación no es el corazón del capitalismo moderno […]. Su corazón es la innovación”; que ha dado pie a los beneficios incalculables del motor de vapor, la orquesta sinfónica, el ferrocarril, el abolicionismo, el agua potable, el hormigón reforzado, el movimiento feminista, el automóvil, la penicilina, el aeroplano, los derechos civiles, la cirugía a corazón abierto y la computadora. Los ejemplos que ella refiere son muchísimos. Es cosa de ponerse a pensar en el mundo en que vivimos, en comparación con el existente en el año 1804, fecha en que Napoleón Bonaparte fue coronado Emperador por el Papa Pío VII.

Por último, y aunque esta consideración pueda resultar meramente formal, el documento “Definiciones ideológicas” del partido en que entiendo militas —Revolución Democrática—, señala explícitamente que adhiere a la igualdad de resultados: “Buscamos promover una igualdad plena en donde todas las personas puedan desarrollarse integralmente desde su diversidad, con un enfoque inclusivo y promoviendo el respeto por la dignidad de las personas (igualdad de resultados). Por lo anterior, rechazamos la falsa promesa neoliberal de autodeterminación meramente individual, pues ésta es sólo un privilegio de quienes pueden pagarla. Es decir, vemos la igualdad de oportunidades como insuficiente”.

Este párrafo me da también la razón en cuanto a cuál es la igualdad (y libertad) que ambos defendemos. En mi caso, una igualdad al servicio de la libertad, que no es otra que ante la ley (en contra de los privilegios corporativos) y de oportunidades (entendida como ayuda a los vulnerables). Sólo estas igualdades han permitido que las personas tengan la posibilidad de llegar tan alto como quieran o puedan en la construcción de su destino. Y no ha sido la autodeterminación “meramente” individual, la que a lo largo de la historia se ha tornado una “falsa promesa”, sino, muy por el contrario, la igualdad material o de resultados para todos. Ésta no sólo sigue siendo una utopía inevitable, sino el gran mito a favor de la desigualdad de quienes, desde el Estado, controlan al resto. Se trata de los pocos animales de la Granja orwelliana, que siempre terminan siendo más iguales que los demás.

Saludos cordiales,

Valentina Verbal

 

 

 

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Carta de Matías Garretón

18 julio 2016

“La igualdad ante la ley por sí sola no basta para evitar la coerción económica. La negación de las imperfecciones del mercado manifiesta tu sesgo ideológico y te lleva a una contradicción fundamental, ya que privilegias la libertad de acumulación de riqueza aunque esto limite la libertad existencial de muchas personas. Estoy de acuerdo contigo en que debe evitarse la interferencia del Estado en cómo cada persona decide vivir, pero eso es muy diferente de regular un mercado cuando éste funciona mal. Un mercado distorsionado puede ser más opresivo que el Estado.”

 

Estimada Valentina:
Insistes en atribuirme argumentos que he refutado de forma explícita. Este debate sería más interesante si trataras de resolver la contradicción de tus ideas antes de malinterpretar las mías. Rechazas la coerción del Estado – y en eso estoy de acuerdo contigo – pero toleras la coerción del mercado, que limita y desvirtúa la libertad individual.

El punto central de la columna a la cual respondiste con estas e-pístolas (El Mostrador 11.6.16) es que la libertad y la igualdad no son opuestas, sino complementarias, y tú sigues forzando la discusión entre dos posiciones extremas: igualdad ante la ley e igualdad de resultados. Mi convicción es que ambas son inadecuadas y que para lograr una sociedad justa hay que tomar en cuenta los matices necesarios para garantizar la igualdad de oportunidades, punto medio entre las anteriores e indispensable para que todas las personas puedan ser libres.

Estoy de acuerdo en que el Estado no debiera interferir en la libertad personal. En Chile tenemos una triste historia de coerción estatal en dictadura, que llevó a asesinatos, torturas, exilio y otras inaceptables violaciones a los derechos humanos. La actual situación de Venezuela también demuestra lo negativo de la coerción estatal, desde una posición ideológica opuesta. El problema en estos y otros casos no es que se impongan ideologías de derecha o de izquierda, sino la excesiva concentración del poder en una autoridad que no rinde cuentas.

Para evitar la coerción estatal debe respetarse el principio de soberanía popular – definido por John Locke, uno de los padres del Liberalismo -, descentralizando el poder e implementando mecanismos de participación y control ciudadano. Un sistema político donde los representantes deben rendir cuentas y respetar la voluntad sus electores en forma permanente y directa, otorga a las personas el poder para evitar la coerción estatal, sea ésta de derecha o de izquierda.

Sin embargo, la coerción del mercado puede ser tanto o más grave que la coerción del Estado. Cuando existe una excesiva concentración de poder económico también se limita la libertad de las personas. Esto ocurre cuando existen monopolios u oligopolios, y en Chile hemos visto los abusos que esto permite, con repetidos casos de colusión. Otra forma de coerción de mercado son las asimetrías de información, sobre todo cuando se ofrece un bien o servicio esencial para el bienestar o para un proyecto de vida, de forma engañosa o poco transparente. Por ejemplo, con carreras universitarias de dudosa calidad y peor empleabilidad, o la fijación unilateral y discriminadora de precios en planes de salud. En Chile, tampoco somos libres de escoger un sistema de ahorro previsional distinto al de las AFPs, que están diseñadas para financiar a grandes empresas y que otorgan jubilaciones miserables en la mayoría de los casos.

Los economistas clásicos conocían bien estos problemas y demostraron que, para que un mercado sea eficiente – según la definición de un óptimo de Pareto -, debe haber una atomización de la oferta y de la demanda. Es decir, debe generarse un mercado descentralizado, sin concentración de poder ni asimetrías de información.

Tu argumento ignora este punto, ya que la igualdad ante la ley por sí sola no basta para evitar la coerción económica. La negación de las imperfecciones del mercado manifiesta tu sesgo ideológico y te lleva a una contradicción fundamental, ya que privilegias la libertad de acumulación de riqueza aunque esto limite la libertad existencial de muchas personas. Estoy de acuerdo contigo en que debe evitarse la interferencia del Estado en cómo cada persona decide vivir, pero eso es muy diferente de regular un mercado cuando éste funciona mal. Un mercado distorsionado puede ser más opresivo que el Estado.

Además, tu interpretación de la historia también es sesgada. Los mayores avances en libertades civiles en EE.UU. se obtuvieron durante el apogeo del Liberalismo Social, desde el fin de la segunda guerra mundial hasta antes del gobierno de Reagan. Durante este período, ese país contaba con potentes políticas de bienestar, incluyendo buena salud pública, jubilaciones generosas y educación escolar pública de excelente calidad. Esto se financiaba con un sistema tributario progresivo en el que las personas en el tramo más alto pagaban alrededor de la mitad de su ingreso en impuestos.

Al contrario de lo que afirmas, este ejemplo y otros en Europa en la misma época muestran que las políticas redistributivas y de bienestar social, lejos de ser coercivas, promueven la libertad y la construcción de una sociedad más justa.

Garantizar la subsistencia de todas las personas y permitir el acceso universal a buena educación y salud es muy diferente a promover la igualdad de resultados. Estos derechos debieran ser una base universal digna, a partir de la cual las personas puedan desarrollarse libremente y enriquecerse mediante su propio esfuerzo, si así lo desean y pueden lograrlo. En las sociedades donde esto ocurre se fomenta el emprendimiento, porque es posible asumir mayores riesgos sin temor a quedar en la miseria si un proyecto fracasa.

Las políticas públicas también cumplen un rol fundamental para promover la innovación, porque permiten realizar apuestas a largo plazo en investigación fundamental e invertir recursos en el desarrollo de nuevos productos sin tener certeza de su éxito comercial. Internet y las tecnologías derivadas de la carrera espacial no habrían existido sin financiamiento estatal inicial. En Chile casi toda la investigación se realiza con fondos públicos, pese a las limitaciones y problemas de gestión de Conicyt. El mercado del lujo realiza un aporte muy vistoso pero mucho menos importante en este sentido y está lejos de ser el motor de innovación que tú sugieres.

Aunque es inaceptable que en esta era, la de mayor prosperidad en toda la historia, exista pobreza y miseria, es legítimo que existan personas que se enriquezcan en base a su talento y esfuerzo. Pero tal como debiera existir un piso mínimo universal de subsistencia digna y de iguales oportunidades, también debiera haber un techo máximo de acumulación.

Platón afirmaba que una variación justa del ingreso debía ser de una a cuatro veces. En nuestra sociedad tal vez sea más adecuada una diferencia de uno a veinte o si quieres cien veces, lo que estaría bastante lejos de la igualdad de resultados. Esto puede parecer utópico o coercivo, hasta que se analiza en una perspectiva global. Según cálculos de la ONG Oxfam, hoy en el mundo un centenar de personas acumula tanta riqueza como la mitad más pobre de la humanidad, una diferencia de ingresos de más de uno a treinta millones de veces.

La miseria que esto genera podría resolverse si las expectativas de crecimiento económico fueran infinitas – como sí lo eran al comienzo de la Revolución Industrial -, pero ahora cada año consumimos casi el doble de los recursos que el planeta puede regenerar de forma sostenible, según el departamento de estudios ambientales de la ONU. Y en un mundo limitado y sobreexplotado, cuando muy pocos tienen demasiado muchos se ven forzados a vivir miserablemente.

Eso no es libertad, sino coacción económica, que se sostiene y refuerza mediante influencias antidemocráticas en estados que no regulan adecuadamente el financiamiento privado de la política. La perdida de legitimidad de la democracia contemporánea se debe en gran medida a la excesiva e indebida influencia del poder económico en las elecciones y procesos legislativos, lo que lamentablemente conocemos de cerca en Chile. Cuando la ley es fabricada para el poder la igualdad ante la ley no existe.

Es cierto que el capitalismo y la innovación tecnológica nos han permitido alcanzar niveles de prosperidad sin precedentes. Pero esto también implica un exceso insostenible de consumo. Hasta ahora el gran problema económico ha sido el incremento de la producción, pero de aquí en adelante el desafío más importante será la redistribución de la riqueza y limitar el impacto ambiental de nuevas mejoras en la calidad de vida.

Para esto no se requiere coerción estatal, sino impuestos progresivos, compensación de los costos ambientales y sociales de la extracción de recursos naturales y sistemas descentralizados de provisión de servicios públicos de alta calidad, sujetos a control ciudadano directo. Esto no impide la libertad de emprendimiento ni enviar a tu hijo al colegio privado más caro que puedas pagar, si así lo deseas. Pero un mínimo digno de bienestar material y cultural sí evitaría la miseria y el desperdicio de talentos potenciales que nunca tuvieron una oportunidad para desarrollarse.

Las diferencias pueden ser muy buenas, siempre que exista un piso mínimo digno de subsistencia, auténtica igualdad de oportunidades y máximos de acumulación de poder que no atenten contra la igualdad ante la ley, ni que ejerzan coerción económica o política que limite la libertad de ninguna persona.

Atentamente,

Matías Garretón

7 Comentarios

  1. Muy de acuerdo con que no son mismo “lo legal” y lo “justo”, lo primero es absolutamente manipulable, “abusé de mis trabajadores, pero dentro del marco legal” , lo segundo hace referencia más bien al concepto de equidad, para lograr una sociedad más justa no basta sólo la “igualdad ante la ley”, hacen falta políticas activas y pasivas, como dice Matías, pensadas en la diversidad de todos los tipos que equiparen las condiciones de participación en la sociedad, no que las “igualen necesariamente”. Por otro lado, muy de acuerdo con que el modelo de la competencia solo nos ha llevado a no reconocer que somos parte de una sociedad y de un planeta, luchar por el bien estar de otros y del medio

  2. No dejo de asombrarme por la lejanía con que se miran estos temas, sobre todo desde la mirada de Valentina, quien intenta argumentar de forma (quizás) técnicamente correcta su postura pero solo cae en el desconocimiento (creo intencional) de la realidad. Escribir para demostrar quién es el que más sabe de “cierto tema” no ayuda en nada a mejorar las condiciones actuales y mucho menos para dar conocimiento claro de las problemáticas de quienes día a día leen este medio digital, que no está dirigido específicamente a académicos y/o historiadores.

  3. Así es su liberalismo: Los liberales que defienden políticas sociales ” ..lo hacen siempre en beneficio de sectores vulnerables..” En otras palabras: a cada uno lo que le corresponde en el mercado de los productos y servicios; a los “vulnerables”, esos que no pueden acceder a los mercados, démoles subsidios, mínimos por supuesto, sólo la cantidad suficiente y que no nos afecte en nuestros impuestos.

  4. Valentina, la igualdad que defiende el liberalismo no es ante la Ley. Es ante la justicia. La Ley no tiene nada que ver con la Justicia. ¿Cómo la Ley va a ser justa si ha sido cooptada por un sector de la sociedad que la ha manipulado en función de sus intereses?

    La justicia es algo moral y ético y va mucho mas allá que la Ley. Un abuso puede ser legal (sobre todo si el abusador participó en la génesis de esa ley) aunque injusto.

    Sin duda uno de los pilares de la justicia es la igualdad de oportunidades y las demandas de los Estudiantes apuntan precisamente a esto. ¿Es justo que la posibilidad de educarse dependa del origen socioeconómico?

  5. No se trata de demonizar el liberalismo de mercado como tú dices, pero poco he escuchado de los liberales al estilo norteamericano sobre la idea de origen y esencial de su ideología, porque seamos claros es una ideología. Me quiero referir a cómo esta ideología se nutre fuertemente del darwinismo social y he aquí que te invito a cuestionar tu ideología en los siguientes términos, por qué el liberalismo económico integró en una proporción desmedida la relación de competencia que se dan en la naturaleza entre las especies a su modelo, pero no integra otras relaciones que se dan en la naturaleza entre los individuos, como el mutualismo y el comensalismo.

  6. Valentina. Me parece bien superficial la discusión, para que decir cuando te das el gustito de señalar la jubilación de gendermería… te deja como hablando desde la trinchera política y desvirtúa tu argumentación. Por favor a qué te refieres diciendo “y con diversas leyes de carácter alimenticio, que están generando límites antes insospechados en materia de intervención estatal” ¿es que acaso las sociedades no podemos a través de nuestros dirigentes tomar medidas que vayan en directo beneficio de la salud? ¿O sólo es legítimo intervenir para obligar al trabajador a cotizar en una AFP pero no se puede intervenir a la hora de cuidar su salud y nutrición?

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