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¿Las teorías económicas en crisis?

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Arturo Cifuentes

Director académico, Centro de Regulación y Estabilidad Macrofinanciera, Facultad de Economía y Negocios, Universidad de Chile

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Raphael Bergoeing

Investigador, CEP Chile. Profesor asociado, Departamento de Ingeniería Industrial, Universidad de Chile

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Carta de Arturo Cifuentes

12 agosto 2015

Estimado Raphael:

Te escribo para que conversemos sobre un tema que me parece interesante y que en Chile no ha recibido mucha atención: el impacto que la crisis subprime le asestó a la economía como disciplina. Específicamente, me parece que la crisis subprime dejó en tela de juicio algunos de los supuestos básicos en que se asientan muchos modelos económicos, la capacidad predictiva de estos y su validez para describir la dinámica de los mercados financieros. No voy a ir tan lejos como Paul Krugman, que ha dicho que todo lo que se enseñó sobre macroeconomía antes de la crisis estaba equivocado. Pero me parece justo concluir que habría que revisar algunos aspectos fundamentales de los modelos económicos.

Creo que el tema es particularmente relevante en el contexto de lo que se enseña en las universidades chilenas. ¿Crees tú que habría que introducir algunos cambios en los currículos? ¿Se puede seguir enseñando economía (o finanzas) diciendo que los mercados son eficientes, los participantes racionales y homogéneos y que, al final, todo llega a un equilibrio estable e idílico?

Te cuento una anécdota, la que en parte motivó mi carta: el año pasado convidamos a nuestra facultad a un profesor de una conocida universidad estadounidense. Este profesor había recibido su doctorado el año 2008, justo el año en que estalló la crisis. Le propuse que diera una charla sobre cómo había cambiado a raíz de la crisis aquello que enseñaba. Es decir, le sugerí que se refiriera a aquellos temas en que su visión había cambiado a raíz de la crisis con relación a lo que le habían enseñado cuando era estudiante, en vista de la reciente evidencia empírica. Su respuesta me dejó desconcertado: “Yo no he cambiado nada”, me dijo. Y agregó un poco molesto: “Sigo enseñando lo mismo… ¿Por qué habría que cambiar?”.

Es cierto que esta anécdota corresponde a un caso extremo de miopía intelectual. De hecho, hay varios economistas reputados (por ejemplo Shiller, Blinder) que abiertamente han dicho que hay que cambiar los currículos. El Journal of Economic Education le dedicó hace un par de años un número entero a este tema.

Pero volvamos al punto inicial. De repente me da la impresión que muchos modelos económicos son relativamente simplones. Por ejemplo, suponen que “sumando” las acciones individuales uno puede representar el actuar de la sociedad (desconociendo los mecanismos de interacción entre los miembros de ella, o sea, la retroalimentación). Se hace mucho hincapié en que los mercados convergen siempre a un estado de equilibrio y pocas veces se considera si estos equilibrios son estables o inestables, o si hay múltiples equilibrios.

Una confesión: yo no soy economista, soy ingeniero (o más precisamente, una mezcla de ingeniero y matemático aplicado) que se dedicó a las finanzas en algún momento. Es por esto que tal vez criticar a la economía como disciplina me sea fácil. Lo digo pues muchos de mis amigos economistas, cuando les hago estos comentarios, se sienten personalmente atacados o molestos. Pero no me parece razonable. La ciencia avanza a tropezones y con caídas feas. La física, a comienzos del siglo XX (con la relatividad y la mecánica cuántica), tuvo que reformular casi todo. La biología y la geología han tenido que repensar y revisar muchos supuestos básicos estos últimos años. No veo por qué la economía iba a ser diferente. En resumen, no es motivo para avergonzarse el tener que revisar teorías —y, a lo mejor, desecharlas— si la evidencia empírica las contradice. Pero a veces tengo la impresión que algunos economistas son un poco reticentes a aceptar que al menos algunos de los fundamentos de su disciplina deben ser revisados.

Esta situación, desde luego, debería ser un motivo de alegría para los jóvenes: les indica que hay grandes espacios para descubrir cosas nuevas y fascinantes. Sin embargo, he detectado en algunos de ellos ciertas conductas un poco fundamentalistas, más cercanas a las que uno esperaría de un líder religioso, que de un científico.

En fin, me interesa conocer tu opinión o, mejor dicho, tu diagnóstico sobre este tema. No sé si estarás de acuerdo conmigo. Pero sería bueno que al menos discrepáramos un poco en algo. De lo contrario, este intercambio será un poco aburrido para los lectores. ¿Qué opinas?

Un abrazo,

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Carta de Raphael Bergoeing

20 agosto 2015

Estimado Arturo:

La mala reputación de la economía no es nueva. A mediados del siglo XIX, el historiador y filósofo escocés Thomas Carlyle la apodó “la ciencia lúgubre”. Primero, por no poder justificar la esclavitud en las plantaciones de las Indias Occidentales; luego, a propósito del futuro funesto que nos deparaba la falta de alimento, según predijo Thomas Malthus. Con recursos limitados, y ante la inexorable ley de rendimientos decrecientes, el crecimiento de la población no podría ser frenado sin producir miseria. Recientemente, al desprestigio de esta disciplina se han agregado el menosprecio y la rabia, por no predecir la crisis financiera de 2008.

En lo que sigue intento defender a esta ciencia, aunque no necesariamente a los economistas, menos aún al gremio de expertos financieros que hacen de las predicciones su forma de vida.

Tu carta se plantea desde esta problemática, pero también recoge una relevante complejidad adicional, si bien no nueva ni única: la limitada capacidad de las ciencias, especialmente las sociales, para generar recomendaciones de política pública concretas e inmediatas.

La economía como ciencia

La economía es una disciplina científica reciente. La macroeconomía, por ejemplo, se origina recién a mediados de la década del 30, como reacción al alto y persistente desempleo que generó la Gran Depresión. La discusión previa se centraba en los temas que preocupaban al Estado, fundamentalmente el comercio internacional y la recaudación tributaria, y era asumida desde la filosofía moral. Sólo a comienzos del siglo XIX se generalizan los cursos de economía en las universidades europeas.

Por lo nueva, no debe extrañar la incapacidad de la economía para explicar fenómenos comunes. Y es que el tiempo de la ciencia y el de la vida práctica no son iguales. Un ejemplo ilustra: en el ámbito de la astronomía, y pese a que el modelo de Copérnico, publicado póstumamente en 1543, fue rápidamente aceptado como un instrumento teórico más elegante y apropiado que el modelo geocéntrico desarrollado por Tolomeo durante el siglo II, las técnicas de navegación continuaron basándose en la teoría de este último hasta bien entrado el siglo XVII.

La economía, como ciencia, trabaja con hechos y modelos. Es decir, con datos obtenidos de la realidad cotidiana que, sistematizados, revelan regularidades empíricas. Luego, con modelos —abstracciones simples de la realidad— se intenta replicar estas regularidades. Cuando un modelo parece apropiado, es utilizado para responder preguntas específicas. Por ejemplo, cuál es el efecto en el consumo privado de un aumento en la tasa de interés del Banco Central, o cómo impacta la apertura comercial a la productividad agregada, o el aumento del salario mínimo a los trabajadores poco calificados.

Y la economía, por ser una ciencia social, enfrenta dos complicaciones particulares: entender y replicar el comportamiento de los seres humanos, no siempre predecibles; y enfocarse en decisiones sobre el futuro, típicamente incierto.

Es probable que la economía sea víctima de su propio éxito. La relevancia práctica que han alcanzado los economistas en la toma de decisiones, tanto en gobiernos como empresas, ha puesto en la mira su capacidad predictiva. Pero la brecha entre lo que la teoría económica permite y lo que las políticas públicas y las empresas exigen diariamente es abismal. De hecho, es muy inusual que algún Premio Nobel de Economía opine sobre la inflación que viene o la posibilidad de que ocurra una crisis. Y es que conocen la baja predictibilidad que los modelos económicos tienen para proyectar el corto plazo.

El caso del Banco Central permite desarrollar esta idea. El Instituto Emisor es una de las pocas instituciones en Chile que construye proyecciones con los más altos estándares técnicos. Al comparar sus predicciones con las cifras efectivamente observadas, es trivial encontrar diferencias enormes. Por ejemplo, a comienzos de 2014 el Informe de Política Monetaria (IPoM), que el Banco Central publica trimestralmente, estimó para ese año un crecimiento en torno al 3,5% y una inflación del 3%. Los datos efectivos fueron 1,9% y 4,6%, respectivamente.

Lo que ocurre es que para informar, una proyección debe explicitar el grado de incertidumbre que la acompaña. Esta incertidumbre se representa a través de un intervalo de confianza. Sin embargo, por lo general, los medios de comunicación sólo publican el valor central de ese intervalo; algunas veces por simplicidad, típicamente porque el analista consultado no proporciona —y seguramente no tiene— ese rango.

Para ilustrar este concepto, usemos nuevamente al Banco Central. De acuerdo a sus IPoM, libremente disponibles en la web, las proyecciones económicas son mucho menos precisas que lo que la discusión de coyuntura sugiere. En el caso de la inflación, el Banco predice hoy que, con un 90% de probabilidad, ésta se ubicará durante los próximos 18 meses entre -1% y 6,5%. Y en el caso del crecimiento, nuevamente con una confianza del 90%, la autoridad espera que la economía se expanda entre 0% y 8% durante el año 2015.

Los economistas

Al criticar a los economistas se mete en un mismo saco a los académicos y a los analistas que proyectan la coyuntura macro y financiera. Se confunden los roles y se espera de la economía algo que no está en condiciones de proporcionar, y terminamos muchas veces más cerca del oráculo de Delfos que del análisis técnico. En Grecia, más de 2700 años atrás, Delfos ofreció el primer servicio institucionalizado de proyecciones. Las profecías eran astutamente reveladas: mediante un lenguaje ambiguo y confuso se anunciaba al que consultaba lo que éste quería escuchar. En el mundo de las predicciones económicas y financieras las cosas no son muy distintas: proyecciones fraseadas en forma condicional, con oscuro significado e imposibles de ser contrastadas con la realidad. Los cuánto, cuándo y cómo no abundan.

¿Significa esto que podemos liberarnos de las proyecciones? No mientras los agentes económicos deban planear sus estrategias en un entorno dinámico e incierto. Sí es necesario entender qué puede y qué no puede ser predicho, así como sus ventajas y limitaciones.

Con todo, sólo a través del análisis económico podemos explicar las causas y los efectos de los escenarios de riesgo enfrentados. Pero el énfasis hacia proyecciones libres de análisis sugiere que, en el terreno de los pronósticos, aún tenemos mucho por avanzar. El Banco Central entiende esto perfectamente; no estoy seguro que la mayoría de los inversionistas privados que consumen estas proyecciones también lo hagan.

Pero la contribución de la economía, más allá de su capacidad predictiva en el corto plazo, ha avanzado notablemente durante los últimos cien años. Mal que mal, el siglo XX fue el de mayor progreso económico para la humanidad. Y esto en gran medida se lo debemos al avance de la teoría económica y sus implicancias en la política. La capacidad para generar un crecimiento sostenido, que multiplicó el producto disponible seis veces desde 1900, mientras las horas trabajadas caían a la mitad, no tiene parangón en la historia de la humanidad. La preocupación original de Malthus resultó al revés. Hoy, según la OMS, la principal causa de muerte global es la obesidad. Malthus anticipó el fin de la humanidad por la falta de comida, pero su exceso nos está matando.

El mercado globalizado está acabando con la escasez, tal cual la entendieron y vivieron cientos de generaciones desde el comienzo de la vida en sociedad, 7 mil años atrás. El Banco Mundial hoy estima que el 15% de la población mundial es pobre, a comienzos del siglo XIX era el 95%. Y con la superación de la pobreza, hemos podido enfocarnos en otras preocupaciones, hasta hace poco totalmente omitidas: la igualdad, la sustentabilidad ecológica, la protección de la identidad cultural de los pueblos, por ejemplo. Pero, aunque la economía haya avanzado mucho, las crisis económicas siguen ocurriendo.

La crisis financiera de 2008

El 15 de septiembre de 2008, Lehman Brothers, el principal y más prestigioso banco de inversiones, anunció su quiebra, la que con un pasivo de 613 mil millones de dólares es la mayor ocurrida a la fecha. Lo que vino es una crisis que varios países aún no superan.

Se critica que la teoría económica no la predijo. Y lo mismo podría decirse de muchas crisis previas, como la asiática en 1999, la de la deuda en América Latina a comienzos de los años 80, o la del petróleo a comienzos de los años 70. Pero la predicción principal de la hipótesis del mercado eficiente, la teoría básica y más popular para explicar precios de activos desde hace cuatro décadas, es precisamente esa: nadie puede predecir este tipo de crisis. Esta teoría señala que los precios de los activos financieros reflejan toda la información relevante y generalmente disponible en el mercado. Si un economista tuviera una fórmula que permitiera predecir crisis como ésta, esa fórmula pasaría a ser parte de las herramientas que se transan en el mercado, y al ser utilizada, forzaría un ajuste en los precios, impidiendo la especulación desenfrenada y la formación de burbujas.

Por lo tanto, los economistas académicos no pueden predecir estos precios con certeza, y tampoco pueden hacerlo los asesores financieros en Wall Street o los reguladores en el Estado. La información es generalmente imperfecta y los agentes económicos deben intentar tomar sus mejores decisiones con lo disponible. Y si esta información cambia, las decisiones también deberán hacerlo. La teoría actual no puede adelantarse a ello, y las que vienen probablemente tampoco podrán.

Por lo mismo, la teoría ha desarrollado herramientas que permiten eliminar algunos de estos riesgos generando instrumentos para asegurarse contra ellos. Pero no todos los riesgos pueden ser adecuadamente mitigados, ni todos los agentes económicos pueden o quieren asegurarse contra ellos. La política pública sólo puede regular los mercados intentando que, antes una crisis, el costo del error lo paguen los que asumieron riesgos excesivos, y no el resto de la sociedad. Por ejemplo, evitando que se use dinero público para rescatar a algunas de las instituciones financieras que fracasaron y exigiendo que el costo lo paguen los accionistas de esas instituciones, no todos los contribuyentes.

Pero la mejor prueba de que la economía ha aprendido mucho es esta misma crisis. Una vez iniciada los Bancos Centrales actuaron rápido y contuvieron su propagación. Durante la Gran Depresión, el PIB cayó más de 40% en varios países desarrollados y en desarrollo, EEUU y Chile entre ellos. En esta ocasión, las caídas no superaron el 6% en los países desarrollados, y estuvieron sólo marginalmente bajo cero en América Latina.

Siempre es posible mejorar. Y, de hecho, desde la última crisis hemos aprendido muchísimo. Por ejemplo, hoy sabemos que el riesgo agregado en el sistema financiero es mayor que la suma de los riesgos individuales; que es necesario tener una supervisión coordinada entre los reguladores financieros, el Banco Central y el Ministerio de Hacienda; que importa tanto el tamaño de las instituciones financieras como su nivel de interconexión con el resto de la economía; que es necesario tener mecanismos que permitan resolver ordenadamente el fracaso de bancos grandes, traspasando la propiedad con rapidez y separando los negocios de crédito del de inversiones financieras; que es necesario exigir más y mejor capital a los oferentes de crédito que captan depósitos del público. Con todo, la crisis subprime fue significativamente menos costosa que otras previas de similar magnitud, y las que vendrán deberían serlo aún menos.

Reflexiones finales

Una pregunta natural es si esta crisis es relevante en el contexto de lo que se enseña en las universidades chilenas, y si ella exige introducir algunos cambios en los currículos académicos. Tú, Arturo, preguntas si “se puede seguir enseñando economía (o finanzas) diciendo que los mercados son eficientes, los participantes racionales y homogéneos y que, al final, todo llega a un equilibrio estable e idílico”. Creo conveniente partir por preguntarnos si hemos hecho el diagnóstico correcto. ¿Cuánto explican esta crisis las fallas de mercado o los errores de los modelos? ¿La pasividad que mostraron algunas autoridades económicas se debió al sesgo pro-mercado que asume ajustes automáticos? Por otro lado, si el problema principal fue la teoría, ¿por qué la crisis casi no afectó a los mercados financieros de la región? ¿Será que la experiencia de la crisis de la deuda de 1982-1983 nos enseñó y “obligó” a asumir regulaciones y comportamientos consistentes con un mercado financiero más sustentable, menos susceptible a las burbujas? De hecho, ¿cuánta responsabilidad tuvo la política monetaria laxa que implementó la FED en EE.UU. a comienzos de la década pasada, motivando un exceso de crédito? ¿Y cuánto exacerbó este exceso de crédito el rol de instituciones estatales que, con la excusa de aumentar la inclusión financiera, ofrecían préstamos hipotecarios que no cumplían con las exigencias financieras prudenciales mínimas?

Probablemente, como tiende a ocurrir con las respuestas académicas, es todo lo anterior: el optimismo excesivo sobre la capacidad del mercado de autoajustarse ante booms de créditos debe ser mirado con cuidado; y los problemas de incentivos tras los modelos de remuneraciones implementadas por los bancos de inversiones sugieren que en materia de gobierno corporativo y gestión de empresas hay mucho que cambiar. Tampoco salen libres de culpa los reguladores prudenciales financieros, que permitieron un modelo de negocios que mezcló actividades de crédito tradicionales y especulativas mezcladas y difusas, con la mayor parte de las operaciones bancarias relevantes incluso contabilizadas fuera de los balances de esos mismos bancos.

Con todo, y para forzarme a tomar una posición, si me obligan a ordenar por importancia las fuentes de esta crisis, mencionaría la tendencia de los reguladores financieros a esperar con demasiado optimismo un ajuste a los desequilibrios en los precios y el rol disruptivo desde la política económica social, que llevó a instituciones crediticias públicas a distorsionar el comportamiento de los mercados. La academia, sin embargo, hizo varios llamados a mirar con cuidado lo que estaba pasando. Y las políticas aplicadas en Chile, por ejemplo, que han permitido superar la peor crisis financiera del siglo con razonable tranquilidad, prueban que el problema no fue generalizado.

Finalmente, sí concuerdo con la necesidad de introducir cambios en los programas de enseñanza en las escuelas de negocios. Por un lado, hay espacio para discutir más sobre los factores que generaron estas crisis, pero no veo que sea necesario modificar el paradigma central que sustenta el análisis económico tradicional. Los pilares del edificio siguen construidos sobre la eficiencia y la racionalidad, y cuando son utilizados apropiadamente, ofrecen un instrumental de política pública tremendamente útil y eficaz. Pero, al mismo tiempo, es necesario seguir ampliando el análisis incorporando el aporte de las otras disciplinas que estudian el comportamiento humano, y entender mejor las fallas de mercado que exacerban la ocurrencia y profundidad de las crisis. También creo esencial enfocarse en la incapacidad de la autoridad para regular adecuadamente estos mercados, más en un contexto en el que las fronteras económicas y las contrapartes desaparecen. Me preocupa especialmente la necesidad de coordinación entre reguladores, al interior de los países y entre ellos.

En este contexto, la enseñanza de la economía, las finanzas, la gestión y la política pública, enfrenta enormes desafíos y oportunidades. Hay nuevos temas, como la desigualdad, y nuevas herramientas, especialmente desde las otras ciencias sociales, que deben combinarse con las que tradicionalmente hemos utilizado. Al rol esencial en la enseñanza de la economía que han jugado las matemáticas, la estadística y la computación, deben seguir sumándose la psicología, la neurología y las ciencias políticas, entre otras.

Estoy seguro que los próximos años serán ricos en avances que permitirán mejorar nuestro entendimiento del comportamiento humano, ayudando a mejor la calidad de vida de millones de personas. Pero, para ello, el debate es esencial. Bien sabemos que si en una conversación dos personas siempre piensan igual, una de ellas sobra. Sólo contrastando avanzaremos. Eso es ciencia, esa es la manera de continuar avanzando.

Por lo tanto, no sé si los economistas somos más o menos reticentes que otros cientistas sociales a aceptar que algunos de los fundamentos de nuestra disciplina deben ser revisados. Sí sé que el clamor por cambiar las teorías muchas veces se basa en diagnósticos equivocados e ignorancia con respecto a cómo avanza la ciencia y a lo que se puede esperar de ella. Como tú dices, Arturo, equivocarse no es motivo para avergonzarse. Así avanza el conocimiento, tomando consciencia de sus errores. La economía, pese a su desprestigio, es un gran ejemplo de ello. Gracias a la contribución de la ciencia económica, entre otras disciplinas, el siglo XX fue un gran siglo para la humanidad. No hay razones para creer que el siglo XXI no sea aún mejor.

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Carta de Arturo Cifuentes

27 agosto 2015

Estimado Raphael:

Te agradezco mucho tu respuesta concienzuda y bien pensada. Es refrescante saber que al menos haya alguien que piensa que este tema es interesante y merece ser discutido.

Vamos a lo nuestro entonces. Si bien me interesa la economía como disciplina, primero me voy a referir a algunos economistas o instituciones en forma específica, pues su conducta me parece que ilustra el problema que la economía enfrenta. Y después me voy a referir a algunos aspectos más generales del tema.

Tres ejemplos:

Bernanke, el banquero central más importante del mundo en su momento, y una persona bajo cualquier estándar considerada como competente, opinó, cuando ya había comenzado la crisis subprime (julio, 2007) que este era un problema de solamente 50 dólares o 100 mil millones de dólares (billion, en nomenclatura anglosajona), lo cual era despreciable comparado con el tamaño de la economía de Estados Unidos —13 billones de dólares— (trillion, en nomenclatura anglosajona) , y que no había que preocuparse mucho, pues las pérdidas (del sector inmobiliario) se distribuirían en el tiempo. La verdad es que el problema resultó ser un poco más grande (casi 2 billones de dólares) y tuvo un impacto tremendo e inmediato en la economía estadounidense.

El Fondo Monetario (FMI) anticipó en repetidas ocasiones (los informes de los años 2006 y 2007) un panorama económico color de rosa: crecimiento sostenido sin ningún problema potencial a futuro, salvo, por supuesto, el fantasma de la inflación, que parecía tenerlos obsesionados, y que jamás se materializó.

Por último, la evidencia empírica muestra que las recientes políticas económicas europeas han sido un desastre: desde el aumento prematuro de las tasas de interés (eventualmente corregido), a la imposición de medidas fiscales draconianas a Grecia, que terminaron por empeorar una situación ya crítica (hay que contrastar esta situación con la de Estados Unidos, cuyas autoridades —Bernanke al final se redimió— entendieron la magnitud del problema, siguieron una política monetaria expansiva y sacaron al país del hoyo mucho antes que sus colegas europeos).

¿A qué voy con esto? En mi opinión, estos tres ejemplos (y hay muchos otros) muestran que entre los “expertos del más alto nivel” todavía existe un entendimiento muy primitivo e insuficiente de cómo funciona la economía mundial y su relación con los mercados financieros. Alguien podría argumentar que estas tres situaciones que he descrito son realmente extremas y que, por lo tanto, reflejan casos límite más allá de los modelos económicos convencionales. O que los modelos funcionan bien, salvo en las situaciones extremas. Si este es el caso, yo diría que estos modelos no sirven mucho.

Vamos a algo más positivo ahora. Estoy de acuerdo contigo en que la economía ha progresado bastante desde sus inicios, y que hay temas que están bien entendidos. Por ejemplo, hay evidencia empírica sólida de que las economías de libre mercado funcionan mejor que las economías con planificación centralizada, y hay muchos asuntos —impositivos, de políticas cambiarias, regulación, control de precios, política fiscal y monetaria, etc.— donde la economía tiene cosas importantes que decir y con un fundamento firme. También estoy de acuerdo contigo en que el siglo XX fue testigo de un progreso material extraordinario. En lo que si discrepo un poco es si es justo atribuirle a la economía como disciplina tanta responsabilidad por este éxito material. Creo que el progreso experimentado en el siglo XX se debió al efecto combinado de muchas disciplinas técnicas y científicas junto con mejores prácticas de gobernanza. Y Steve Pinker agregaría que el progreso moral del siglo XX, que fue un factor de disminución del grado de violencia, también contribuyó al progreso material.

En todo caso, atribuirle a la profesión que uno practica una influencia un poco exagerada en beneficio de la humanidad no es un pecado muy grave. Ni tampoco raro. Por ejemplo, la mayoría de los médicos y biólogos que conozco creen que los mejoramientos en los niveles de salud que vio el siglo XX fueron consecuencia casi exclusiva de la aparición de los antibióticos. Y olvidan que la ingeniería sanitaria (extensión masiva de los sistemas de agua potable y alcantarillado) fue una gran contribución a mejorar las condiciones de salud de la población. Lo mismo vale para los progresos técnicos en términos de refrigeración, calefacción, procesamiento y transporte de alimentos y energía.

Pero quiero dejar de lado los detalles e intentar darle un vistazo “macro” (como les gusta decir a muchos de nuestros amigos en común) al tema en cuestión. Creo que la pregunta clave es ¿cuándo se jodió la economía?, O, dicho en forma más elegante, ¿cuándo se extravió por la selva oscura de la cual todavía no sale totalmente? Creo que la economía tomó un rumbo equivocado cuando se olvidó que era una ciencia social. Es decir, cuando se olvidó que casi todo lo que pasa en la economía es producto de agentes parcialmente racionales, que operan en base a una lógica muchas veces deficiente, y que toman decisiones en forma continua sobre un futuro incierto y difícil de describir siquiera en forma probabilística; cuando quiso ser como la física y separarse de la sociología y la psicología. Y al decir “física”, no me refiero a la física cuántica, que incorpora la incertidumbre como un concepto básico, sino a la mecánica de Newton, que es determinística.

Esto es evidente cuando uno ve, por ejemplo, lo que escribió Adam Smith en La riqueza de las naciones (1776) y lo comparamos con algunas afirmaciones que aparecen en los artículos de las revistas académicas más recientes. Smith —que no incluyó ninguna ecuación en su libro— hizo observaciones inteligentes y agudas que todavía son válidas y por lo menos se entiende lo que quiso decir. Ejemplo según Smith: “Ahora bien, una vez establecida en gran escala la división del trabajo, el producto de la tarea individual no alcanza a cubrir sino una parte muy pequeña de sus necesidades eventuales. La mayoría de las personas recurren al producto del trabajo de otras personas, que compran o adquieren con el producto del trabajo propio…”. Ejemplo según un artículo reciente en un journal considerado top escrito por un académico que no merece ser rescatado del anonimato: “Dado que el perfil es óptimo en el sentido de Pareto y F es cerrada con respecto a permutaciones, R no tiene ciclos y, por lo tanto, se pude extender a un orden completo P. Desde este orden, a(j) es óptimo en B(P, a(j))…”.

Por supuesto que este académico estaba escribiendo sobre equilibrio (en este caso, en el contexto de economías abstractas, lo que sea que eso significa). Enfatizo “equilibrio” pues las economías nunca están en equilibrio, sino que en un proceso constante de transformación y ajuste: otro punto clave que muchos de estos expertos se resisten a aceptar. Hablar de una economía en equilibrio es como hablar de una playa sin olas. Tal vez sea un tema que al Journal of Theoretical Beach Analysis le pueda interesar, pero no creo que a ningún surfista le pueda servir para algo.

En resumen, me parece, Raphael, que algunos economistas erraron su ruta, dejaron de lado la importancia de la evidencia empírica, y trataron de vestir con ropajes matemáticos conceptos oscuros y/o triviales que no sirven para explicar casi nada práctico o relevante. Sospecho que parte de este esfuerzo fue motivado por el deseo de estos personajes por impresionar a los sociólogos, cientistas sociales o historiadores. Lo concreto es que una parte importante de la literatura académica está llena de artículos matemáticamente mediocres y económicamente irrelevantes. Triste, pero cierto.

Déjame darle dos golpes más al ambiente académico —aclaro que me estoy refiriendo a los académicos norteamericanos y europeos, no a los chilenos, para que nadie se me vaya a sentir—. Tomemos como ejemplo el llamado Teorema de Modigliani-Miller (MM) que está considerado por muchos como uno de los resultados más importantes en el ámbito de las finanzas corporativas —las finanzas corporativas académicas, claro está, no las reales, donde los errores cuestan plata—. MM establece que en un mundo ideal —sin impuestos, sin posibilidades de bancarrota, en que las personas y las empresas se pueden endeudar a la misma tasa de interés, y no hay costos de transacción— la estructura de capital de una empresa es irrelevante. ¿Crees tú, Raphael, que haya algún gerente de finanzas de una empresa (real, no ideal) a quien esta estupidez le pueda servir de algo?

Es cierto que a los autores les sirvió para ganar un Premio Nobel, pero, en un mundo real, es decir, en el mundo donde las empresas operan, una de las decisiones más relevantes que se debe tomar es cuál será el porcentaje deuda/patrimonio óptimo para financiar la firma. Y, evidentemente, esta decisión tiene un impacto grande en el valor de aquella. La verdad es que este teorema es tan útil como decirle a un ingeniero estructural que en un lugar sin sismos y sin vientos el número de pisos de un edificio en irrelevante. Lo único irrelevante aquí es MM.

Pasemos a la crisis subprime, la causa que en alguna medida motivó esta conversación. Aquí el ambiente académico (junto a casi todos los reguladores) quedó en una posición offside. Basta ver la literatura académica publicaba antes de 2007 y cuáles eran los temas que les preocupaban. No hay casi nada sobre riesgo crediticio, el sistema financiero paralelo, securitización o productos derivados. Y cuando hay algo, está malo. Por ejemplo, en abril de 2007 el Journal of Financial Stability incluyó un artículo explicando la razón por la cual —en base a un modelo teórico— se podía anticipar que la desregulación bancaria mejoraría la calidad de los préstamos y disminuiría el riesgo crediticio. ¡¡¡Auch!!! Más aún, no conozco más que a un puñado de académicos que antes de 2007 supiera la diferencia entre un CDO y un CDS. O que se hubieran dado cuenta de que en los años anteriores a la crisis se había desarrollado un sistema financiero paralelo de la misma magnitud del sistema financiero convencional.

El siguiente dato, tal vez un poco anecdótico pero decidor, es interesante. La mayoría de los académicos, cuando hablan de la crisis subprime, citan la caída de Lehman (septiembre, 2008) como el punto inicial. La verdad es que la crisis ya llevaba un año y medio en pleno desarrollo cuando Lehman cayó. De hecho, el índice ABX (un índice ligado al mercado inmobiliario subprime y que se informa públicamente), durante la primera semana de 2007 cayó de 100 a 80, y en abril del mismo año (cuando irónicamente se publicó el artículo que acabo de mencionar) ya iba en 40. Por supuesto que si Bernanke hubiera mirado este índice (algo conocido por todo el mundo en Wall Street) no habría hecho la afirmación que cité al comienzo de esta carta (julio, 2007). En ese momento, el ABX iba en ¡20!

Se podría pensar que esta situación ha mejorado desde la crisis. Es decir, que el ambiente académico ha aprendido algo. La verdad es que sí, pero no mucho. Si bien se le está prestando atención a temas más relevantes, los prejuicios y vallas mentales todavía persisten. Un ejemplo más reciente: la importancia de estudiar el riesgo sistémico en los sistemas bancarios —un problema interesante y de implicaciones claves para la regulación— se ha transformado ahora en un tópico popular entre muchos investigadores. Pues bien, ¿cuáles son las hipótesis en que los papers académicos se apoyan para desarrollar sus modelos? Menciono algunas: a) los bancos operan todos con una función de utilidad idéntica que les permite optimizar su balance en forma continua; b) en una situación de crisis, un banco con problemas de liquidez o solvencia puede recurrir al mercado interbancario; c) otra alternativa para un banco con problemas de liquidez es emitir acciones para levantar capital; d) no existe un banco central o prestamista de última instancia. Pregunta: ¿Habrá un banco en el mundo que decida dar o no un préstamo en base a un algoritmo que optimice su balance (dejando de lado que Modigliani y Miller dicen que es irrelevante)? La posibilidad de que un banco con problemas de liquidez o solvencia pueda salir del paso emitiendo acciones no merece comentarios. Sólo mencionaré que después de la caída de Lehman el mercado interbancario se congeló por casi tres meses y nadie le prestaba a nadie. Claramente, ninguno de estos investigadores ha hecho un intento por examinar la evidencia empírica antes de proponer modelos de cómo actúan los bancos en momentos de crisis. No quiero ni pensar cuáles serán las recomendaciones regulatorias de estos trabajos, o lo que pasaría si se llegaran a implementar.

Desde luego, no pretendo dar la impresión de que todo lo que se ha hecho en el ambiente académico es pobre. Hay muchas cosas rescatables: la ecuación de Black and Scholes, por ejemplo, representa un avance intelectual extraordinario; y lo que hizo Minsky por explicar la inestabilidad de los sistemas financieros está más vigente que nunca. Pero, son excepciones. El grueso de lo que ha hecho el academic establishment no pasa el test de la blancura, ni el de la evidencia empírica.

Con todo, comparto tu optimismo con respecto al futuro de la economía. Me atrevo a anticipar (esta es una predicción que hago con convicción) que en los próximos veinte años habrá avances importantes. Mi optimismo se basa en dos factores: primero, la generación de profesores que tiene 40 años o más —y que obtuvo tenure a punta de propagandear modelos lineales simples e ingenuos— se va a empezar a retirar; y segundo, los avances recientes en neurociencia, behavioral economics, y la introducción de métodos computacionales más sofisticados —que sospecho irá a la par de un alejamiento saludable de la econometría—, eventualmente, se incorporarán al arsenal de herramientas que usarán los futuros economistas.

Había pensado comentarte un par de cosas con relación a regulación financiera y cambios que estimo necesarios en los programas de enseñanza en las escuelas de negocios y economía, pero lo dejo para más adelante. No te quiero agotar la paciencia con una respuesta excesivamente larga.

Un abrazo,

6 Comentarios

  1. Entiendo la economía como una ciencia social, y los modelos son abstracciones que intentan explicar dicho comportamiento social. Quizás le hemos dado mucha importancia a los modelos predictivos y olvidamos el simple “olfato” económico de los antiguos economistas. Interesante debate.

  2. El desafío del mundo académico es llevar estos modelos complejos a un formato entendible por el estudiante promedio, y aplicable en políticas públicas. Lentamente, nos vamos moviendo en esa dimensión. Pero como ocurre en cualquier investigación de ciencia básica, ésta tarda en permear hacia aplicaciones más concretas y recomendaciones de política. Lamento que tengas esta percepción errada sobre lo que es la macroeconomía y lo que hacemos quienes nos dedicamos a esto. Sin duda, nos falta capacidad para comunicar lo que hacemos y esto fomenta que haya quienes asocian la disciplina con modelos simplones que existían hace 30 y tantos años. Hay un camino que recorrer, sin duda.

  3. …son parte habitual del arsenal a disposición de un macroeconomista en 2015. Comparto contigo la necesidad de enfatizar este tipo de cosas en los currículos, pero me temo que es difícil actualizarlos si desconocemos el tema que debemos actualizar. Ahora bien, la razón para no tener la enseñanza de la disciplina en la frontera es doble: por un lado, faltan personas que tengan tiempo e interés en estar actualizadas; por el otro, los modelos a los que me refiero son complicados, requieren matemáticas avanzadas y métodos computacionales sofisticados, que habitualmente no están al alcance de nuestros estudiantes de pregrado.

  4. Estimado Arturo, creo que te faltan muchas lecturas para poder opinar con propiedad sobre macroeconomía. Lo que consideras como el “estado del arte” es similar al primer modelo de RBC (Real Business Cycle) de Kydland y Prescott en 1982, el modelo simplón que pareces tener en mente. En tu defensa, tienes claras las limitaciones de la macro de hace 33 años atrás. Te cuento que hay avances sustanciales en los últimos 33 años en todos los ámbitos que señalas. Agentes heterogéneos, equilibrios múltiples, dinámica compleja o caótica, fricciones de intercambio en diversos mercados, aprendizaje, adquisición de información, agentes con sesgos psicológicos de comportamiento, racionalidad limitada, etc.

  5. Por otra parte, pese a que de todas formas la condición de eficiencia se puede demostrar en mercados, también es cierto que existen ciertos desajustes que no pueden ser estudiados con información histórica ya que obedecen a condiciones que escapan de la “historia”. Estas fluctuaciones hoy en día son mejor explicadas desde un punto de vista de la física, y creo ese es el camino que debiese ir tomando la economía. Vivimos en un mundo sumamente estocástico, donde la finanza se trata de explicar desde el punto de vista del inversionista marginal (aquel sumamente racional), el cual en la realidad no existe.

  6. Desde mi punto de vista, las teorías económicas que se enseñan actualmente están en gran parte obsoletas al basarse en supuestos que realmente no se cumplen en la realidad, como la racionalidad en las decisiones de los individuos, la normalidad en la distribución de las variables, en la eficiencia de mercado y principios de no arbitraje.
    Comparto el pensamiento de que las teorías económicas son bastante “simplonas”, y no tienen una base sólida, si comparamos a otras disciplinas como la física.
    El futuro del estudio de la economía se debe centrar en el análisis de la toma de decisiones bajo condiciones de incertidumbre.

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