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Las chilenas románticas

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Mario Valdovinos

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Carta de Mario Valdovinos

02 julio 2015

Añorada damisela:

Hace bastantes años, y desde la galería de un cine capitalino, esos coliseos que se llevó el llamado progreso, vi un film de Joseph Losey, La inglesa romántica. Ponga atención al reparto: Michael Caine y Glenda Jackson. Ella es la insatisfecha esposa de un escritor de éxito, autor de best sellers, y se topa con un donjuán, el actor favorito de Visconti, Helmut Berger, sofisticado playboy y estafador; traficante y mentiroso, pero charming. Absolutamente imposible no enamorarse de él. En un momento, este chanta, que produce adhesión y admiración inmediatas entre los varones, porque no hay hombre que no se vea en un papel así, poco ético, pero sin duda glamoroso, él, que colecciona conquistas y amoríos, señala que ve en las mujeres su capacidad de ser románticas y el personaje de la Glenda, era la más romántica. La Glenda, como si hubiéramos sido amigos…, bueno, de tanto ver sus filmes derrumbado en la butaca de un cine en demolición, lo fuimos, aunque ella no se haya enterado.

Recuerdo esto ahora que pienso en las chilenas románticas, esas que quien suscribe esta carta añora, entre tanta perna electrónica, adicta al celular, al mensaje de texto, la selfie, el remember y el touch and go, como signos inequívocos de transitoriedad, y la pronta patada en el trasero, para acto seguido publicar en Twitter y en Facebook los harapos de la relación, los calcetines rotos del ex Romeo, las uñas no cortadas con prolijidad, las chaquetas bolsudas del que recién ayer era el adonis que les mariposeaba el vientre. Para no mencionar los “calzoncillos, toallas y camisas que lloran lentas lágrimas sucias”, como dijo el vate de Residencia en la tierra. “No hay salud”, exclamó el ministro de la cartera respectiva. “Sí, hay salud”, respondemos a coro todos quienes fuimos glorificados por aquellas compatriotas, levantamos la copa de vino rojo que ingresará en nuestra sangre y la alzamos por esas chilenas aún no desaparecidas que manejan escuchando un CD, sin audífonos ni teléfonos Galaxy, atentas a la música de Luis Miguel, de Los Galos, de Buddy Richard, de los inmarchitables Ángeles Negros… “Murió la flooor y en míiii, su esencia se quedóoo y tu risa infantil creo escuchaaaarrr…”.

Esas lánguidas damiselas que, tras sus traspiés y sinsabores en las artes conyugales, siguen con esperanza el paso de algún hombre cansado de andar por los jardines; las protagonistas del poema “Cartas a una desconocida” de Nicanor Parra —“Cuando pasen los años, cuando pasen… ¡dónde estarás, oh hija de mis besos!”—; de “La loba” del Gonzalo de Lebu; la chica de “Enigma de la deseosa”, la que ofrece dos pechos de paloma, del mismo vate de Lebu. Las que navegan en el sueño por zonas remotas, y el hombre que vela su cuerpo, como si hubieran muerto, no puede alcanzar; las que abandonan en las sábanas sus pies de mujeres tristes, que caminaron y caminaron; las que siguieron al que las embarazó en las malas y en las malas; las brutas, las huevonas a las que les dejan los platos sucios y pagan los platos rotos, y se ofrendan y consagran a los hombres que las merecieron, porque ellos, en un mar de desdichas e infortunios, de adversidades y calamidades, nunca las olvidaron y se enternecen y sueñan con ellas aunque hayan envejecido. ¿Qué le haya, my dear?

Es cierto, como dicen los escépticos, que la nostalgia ya no es lo que fue. Puede ser. Y puede ser también que tengamos nostalgia del futuro, como sentenció desde la cátedra viva, el bar La Unión Chica, el poeta Teillier. La cátedra del alcohol y del recuerdo, el epicentro de su sed infinita, nunca saciada por oceánica; la nostalgia de aquello que debió pasarnos pero no nos pasó, tal vez porque las cartas venían marcadas hacia el infortunio y los dados cargados hacia el maleficio, hacia las artes demoníacas, qué sé yo. Lo que no se dio ni cedió. Cosas así quise poner en esta carta.

Trato de atrapar su sombra fundida con otras sombras de la noche venidera. Me quedo como pájaro en la rama, esperando que pase la lluvia, esperando su pronta respuesta.

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Carta de Nathalie Moreno

06 julio 2015

Querido don Eusebio:

Ya sé que no es su nombre, pero es tan gracioso llamarlo así (uno de los placeres de responder sus cartas es que puedo decir lo que se me antoja. La verdad, no recuerdo una situación donde me sienta más libre. Así es que rabee todo lo que quiera, yo estoy muerta de la risa). En fin, quería comentar lo siguiente: Cuando me llegan sus cartas (sus tan especiales y únicas, originales y desafiantes, cartas) ocurre que mil voces empiezan a resonar dentro mío, dándose codazos y compitiendo por opinar primero. Frente a eso, y como si fuera la maestra, tiernamente las invito a pedir la palabra y esperar su turno.

Pero hoy no, amigo mío. Esta vez, escucharlo (sí, escucharlo en estos signos escritos, abracadabra mágico capaz de traer su voz hasta aquí) ha sido diferente. ¿Por qué de pronto las inquietas y parlanchinas mujeres que me habitan se han quedado calladas?

Veamos cómo se fue dando todo. No conocía los poemas de que habla en su carta, así es que lo primero que hice fue buscarlos. Quizás eso me dejó pensativa, pues usted y yo sabemos que el contacto con los poetas nunca es inofensivo. Y aunque la película que menciona la desconocía, me sé la historia: la veo día por medio repetida en la vida de muchas mujeres. Mujeres manipuladas en su ingenuidad de niñas esperando al príncipe; mujeres adiestradas en la sumisión que celebran con aplausos cualquier emoción que da un poco de color a su vida de felpudos. Mujeres usadas y tiradas o fantasmas vivientes en la cultura del aguante. Mujeres que esperan al “hombre de su vida” y se repiten, una y otra vez, “la próxima vez sí”. Usted sabe, las Bovary, las Kareninas, las Penélopes (las que esperaron diez años y las que enloquecieron esperando, como cantaba Serrat).

También conozco a esas otras mujeres, nada románticas, “modernas” como llaman ellas a no tener escrúpulos ni pudor, capaces de publicar en Facebook los harapos de la relación, como usted bien dice. Los harapos, las miserias, los despojos, expuestos en la moderna plaza, para regocijo sórdido de la inquisición pública.

No me gustan las simplificaciones que reducen las individualidades al molde, las mujeres son tal y tal; los hombres bla, bla, bla. Esos reduccionismos son injustos y mentirosos. Y sin embargo, sin esforzarme podría llenar varias listas de personas que calzan perfecto en esas categorías. Aquélla es una romántica, ésta una moderna. Ése un donjuán, aquél un soñador.

Pero, ¿será que puedo hacer mi lista, no porque aplique un molde castrador, sino porque esas personas, únicas e irrepetibles, se transforman con el correr del tiempo en máscaras de sí mismos? ¿Qué tal si fuera deliberada la mutilación? Es sabido que siempre es más fácil responder desde un molde que desde sí mismo; siempre es más fácil ponerse el traje de la víctima o el del ganador; andar por la vida quejándonos de nuestra suerte o fingiendo que nada nos afecta.

Constatar la existencia de unos y otros me produce una profunda tristeza (me acabo de dar cuenta de que ese es el sentimiento que me invade. Poco a poco me voy aclarando, igual que al agitar esas bolas con nieve artificial que lentamente van decantando). Quizás eso es lo que me silenció: su carta es un portal que lleva a un lugar donde he visto a muchos morir y otros tantos agonizar. Un lugar que hiede como cementerio.

En mi caso, le confieso que alguna vez suspiré por un príncipe que recitaba poemas de amor, me dedicaba canciones de Serrat, me juraba amor eterno y se desangraba cada vez que no le contestaba el teléfono. Un romántico de pies a cabeza. No lo elegí a él. Mi marido es un hombre sereno y justo, aunque más de una vez se ha olvidado de mi cumpleaños. ¿Pero sabe qué? Cuando estiro mis pies fríos en la cama y encuentro los de él, tibios, que me acurrucan, no necesito otra poesía.

Piénselo bien, Filomeno. ¿De verdad añora una mujer que blanquee los ojos tarareando un “no soy nada sin ti” o que le declare que se moriría si usted la deja? Recuerde lo que dijo el sabio manco de Lepanto, ese Quijote que inventó a Cervantes: “No hay carga más pesada que una mujer liviana”.

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Carta de Mario Valdovinos

08 julio 2015

Dulce Señora:

Me he preguntado muchas cosas durante estos plácidos días, los que han visto nuestro intercambio epistolar. Entre ellas, el papel que cumple el arte y la belleza en nuestras vidas. Ambos son difíciles de definir, particularmente la belleza, si bien hay hasta institutos erigidos en su honor, los institutos de estética, tanto los propios del mundo académico, cuanto los dedicados a los cuerpos estilizados. Mire dónde voy a llegar con la cita, a la raíz, ni más ni menos, a Platón, en su famoso diálogo Fedro, sobre la belleza. Dice el filósofo, y no me obligue a recordarlo en griego… porque no sé: “La belleza es el esplendor del ser puesto en obra”; y siglos después, durante el romanticismo inglés, el alado poeta John Keats, autor de la “Oda a un ruiseñor”, sentencia: “La verdad es belleza y la belleza es verdad”; y para qué ir tan lejos, la maestra de Elqui, Gabriela Mistral, señala en su magnífico “Decálogo del artista”: “Amarás la belleza, que es la sombra de Dios sobre el universo”.

¿Cambia algo en el orden del mundo la belleza? Y si no lo hace, ¿por qué se mantiene con tanta terquedad? Puesto que acompaña a la aventura humana desde siempre, desde que los antropoides, cazadores y recolectores, grababan sus manos en las rocas, con un sentido de permanencia, sin duda, pero esencialmente estético. Esta mano es única en el mundo, no hubo ni habrá otra igual. Tenían razón, las manos permanecieron. La belleza es un soplo, un vagido, un efluvio, una vertiente que desciende gota a gota sobre nosotros, como un velo tenaz que nos cubre sin asfixiarnos. El Romanticismo transformó la vida de los humanos, hombres y mujeres, que cayeron bajo su hechizo y los hizo seres sufrientes, es cierto, pero también personas sometidas al imperio del corazón; el Surrealismo, en el siglo pasado, instauró el reinado de la patafísica, una belleza revulsiva, conmocionante, capaz de metamorfosear a quien rozara; la belleza del absurdo, del caos, la hermosura que surge del amor loco, l´amour fou del que hablaba André Bretón, el patriarca y líder del movimiento; el esplendor de la insensatez y la irracionalidad como formas de conocimiento. Dije conocimiento, no cocimiento que es pasión de alcohólicos.

“Bello como el encuentro azaroso de un paraguas y una máquina de coser sobre una mesa de operaciones”, exclamó Isidore Ducasse, conde de Lautréamont, y dejó establecida la profecía de una belleza distinta. El grupo musical The Beatles y la consiguiente beatlemanía que suscitaron, y remeció al planeta, no sólo cambiaron la música, sino la existencia, la manera de situarse y de interrogar el mundo en su totalidad. Los conceptos de Eros, de cuerpo, de belleza, de estilo, de vestimenta, de cabellos… todo. Lanzaron un grito de alerta: ¡aquí estamos nosotros!, el futuro y la vida nos pertenecen. Ya nadie envejecerá como antes. Fue un golpe al corazón de las multitudes que se vieron reflejadas en 211 canciones, tal es su legado poético/musical. En ellas está el amor adolescente y también la reflexión simple y profunda sobre aquello que nos aconteció a todos los hombres y mujeres que habitamos el mundo por esos años, a todos quienes creímos en una vida más intensa, a quienes sentimos y añoramos desde siempre y para siempre el canto del ruiseñor de John Keats, el pájaro que a plena voz le canta al estío.

La belleza, mi Dios, esa embriaguez que sentía el niño Neruda cuando acompañaba a su padre en el tren lastrero que conducía por los pueblos del bosque chileno. Boroa, Labranza, Carahue, la selva de la región de La Frontera. El tren se detenía y bajaba el niño Neftalí de la mano de un truhán y asaltante, que le mostraba los nidos del coloso de los insectos chilenos, la llamada madre de la culebra. De allí, años después, la escritura del poema “Naciendo en los bosques”.

“Era delgada y esbelta, dos palabras injustas para decir lo que era”, describe Cortázar a una mujer en su cuento “Las babas del diablo”. Yo digo lo mismo frente a la poesía y a la belleza; siempre hay palabras injustas para definirlas.

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Carta de Nathalie Moreno

10 julio 2015

Usted no me da tregua. Habla de la belleza y lo hace bellamente. ¿Qué puedo agregar? Quizás plantar una matita de menta al borde de sus palabras.

Ahora bien, tal vez quiera saber lo que a mí me pasa con la belleza, en cuyo caso, le recomiendo que se siente. A mí, la belleza me silencia o me duele (sí, me duele. Ya sabe que soy rara, así es que no suba las cejas). Y, en ocasiones, también me asusta. ¿Curioso, no? Y aun a riesgo de que termine por confirmar que su amiga es un marciano, le cuento que no siempre la belleza me produce júbilo. No pocas veces ha traído consigo la franca incomodidad.

¿Cómo le explico, si apenas atisbo a entenderme yo? No sé cuál es el meollo de mi asunto (seguramente ese gran novelista llamado Sigmund Freud podría aportar algo, pero sus discípulos y seguidores suelen ser tan aburridos que me he abstenido de averiguar sus opiniones). Intentaré entonces dar un rodeo. Me anima la certeza de que no sería la primera vez que el camino equivocado lleva al lugar correcto.

Empiezo entonces hablándole de algo que le ocurría a una mujer muy particular. Ella se estremecía frente a la palabra “todo”. Bastaba que alguien pronunciara ese vocablo, para que a ella se le erizaran los vellos de la nuca y se le tensara la mandíbula “Todo: palabra impertinente y henchida de orgullo. Habría que escribirla entre comillas. Aparenta que nada se le escapa, que reúne, abraza, recoge y tiene. Y en lugar de eso, no es más que un jirón de caos”. Eso decía Wislawa Szymborska, la misma abuelita de ojos pícaros que fue a recibir el Premio Nobel fumando (¡!). Bueno, a mí me ocurre lo mismo con la belleza. “Qué bello atardecer”, exclama mi vecino playero y yo comienzo a sudar frío.

No me malentienda. Me conmueve un picaflor perseverante o las primeras flores de un ciruelo. Quedo extasiada con Alicia de Modigliani o el Perro semihundido de Goya (acariciando las ilustraciones como si fuera posible mirar con los dedos). Y cuando estuve frente a la Pequeña bailarina de catorce años de Degas quedé estacada al suelo por dos horas. También puedo contarle cómo Yann Tiersen al piano interpretando “Comptine d’un autre été”, me hace crecer nuevamente las alas. Y me basta jugar con un rizo del pelo de mi hija o ver asomarse la arruguita coqueta de mi hijo al sonreír, para sentir que la vida tiene sentido.

Pero en la belleza suele haber un exceso de perfección. Ése es el gran “pero” de tales experiencias: podemos ser alcanzados por ese rayo y no recuperarnos jamás. Acaso sólo para volver los ojos a nuestra realidad reprochándole su sencillez o sus bemoles. A muchos veo odiar sus días sin magia luego de haber hecho el amor durante las mil noches que duró una noche, o maldecir la desangelada rutina luego de haber presenciado una aurora boreal. La belleza, como el buen vino, debe tomarse con moderación. Si no, puede sobrevenir una resaca metafísica, que suele ser la peor.

Cada vez que decimos “esto es bello”, en vez de agradecer el regalo que se nos ha dado, inevitablemente queremos retenerlo, vertiendo cemento para hacer de un momento, una estatua. Elegir es dejar fuera. Elegir es desgarrar. Ése es el peligro: dejar de abrazar la sombra que hay en todo e intentar oponerse a la fugacidad que lo constituye. De una fábrica todas las piezas salen iguales y perfectas. Pero la naturaleza y la vida “se equivocan”. Y yo prefiero recordarlo. Porque como dijo Leonard Cohen: “Hay una hendidura, una hendidura en todas las cosas. Así es como entra la luz”.

Namaste es una expresión en varias tradiciones budistas. Se usa para saludar, despedirse, pedir, dar gracias, mostrar respeto y rezar. Se acompaña por una inclinación de la cabeza hecha con las palmas unidas ante el pecho, en posición de oración. Pero si revisa el significado literal verá que es mucho más que un saludo. Namaste quiere decir: “Yo honro el lugar dentro de ti donde el universo entero reside. Yo honro el lugar dentro de ti de amor y luz, de verdad y paz. Yo honro el lugar dentro de ti donde, cuando tú estás en ese punto tuyo, y yo estoy en ese punto mío, somos sólo uno”.

Namaste, amigo mío.

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Carta de Mario Valdovinos

13 julio 2015

Distinguida señora:

Como no hay plazo que no se cumpla, le envío está última “epístola”, la llamo así porque sé que le gustó esta denominación. Igual que “misiva”. Veo su figura escondiéndose, como en el poema “Electra en la niebla” de Gabriela Mistral, a quien tanto hemos convocado en este “epistolario”, otra bella palabra. Dice que quien se interna en la neblina no sería sorprendente que encontrara a Dios, porque esos alientos de aire de color gris, vaporosos y húmedos, son como su respiración. ¿No cree? Pero no es de aquello que quiero hablarle en esta, ¿la podemos llamar despedida?, si bien lo dice nada menos que un bolero, un temazo no abordado, “… no hay adiós entre las almas que se quieren de verdad…”.

Toda carta la constituyen un soporte, en un comienzo el cuero de los palimpsestos medievales y hoy la infinita variedad de los papeles, y, sobre ellos, se depositan palabras, palabras, palabras, las que mencionaba, con un libro en sus manos, el atribulado príncipe Hamlet por los corredores del castillo de Elsinor. Eso, el dubitativo, el irresoluto, caminaba en el lejano reino danés con un libro entre sus dedos, hojeándolo, sintiéndolo, palpándolo, como todos quienes hasta hoy lo hacemos, hasta que apareció en el horizonte la alternativa del libro electrónico, que, pienso, no debería verse como una amenaza, quizás no lo sea y coexistan los dos formatos, el libro físico y el virtual, como esas parejas que se resignan a estar juntas. Algo así como la cohabitación pacífica entre los LPs y los CDs. Pensándolo bien, como dicen los eclécticos —suelen ser gente que nunca queda mal con nadie—, como cantaron hace décadas Los Prisioneros. Oiga, ¿se acuerda de ellos?: “Sexo compro, sexo vendo…”. ¡Qué letras! Esa variedad es siempre positiva y beneficia a las amplias audiencias que acuden a la literatura y a la música como un bálsamo contra los horrores del mundo. Pero sigamos con el libro en soporte papel. No puedo dejar de imaginar a Cervantes escribiendo en gruesas hojas de papel el próximo libro que le publicarían, con pluma de ave y tinta negra, dibujando las palabras, con frío en sus piernas, con su boca desdentada, consolándose con la escritura de sus incontables infortunios. El inolvidable don Miguel, más versado en desdichas que en versos, como lo dijo él mismo, el creador del Quijote… Digo mal, usted lo definió con brillo en una carta anterior: don Quijote es el inventor de Cervantes, y Alonso Quijano, el bueno, es el creador de don Quijote y, tal vez, Aldonza Lorenzo, o Dulcinea del Toboso, es quien los imaginó a todos. Resulta curioso recordar que un gran maestro para mucha gente, Cristo, autor brillante en el género literario de la parábola —Oh, la del sembrador; ohhh, la del hijo pródigo—, fue ágrafo, vale decir, no escribía su prédica. Por ejemplo, el estremecedor “Sermón de la montaña”, fue enunciado a viva voz y codificado como texto escrito por otro. Lo único que se conoce de Jesús es una palabra que trazó en la arena con su dedo índice. Imaginar qué palabra escribió aquella vez puede llevar a significados sublimes y, al mismo tiempo, a chistes de mal gusto. Tal vez intentaba crear un libro de arena.

Qué decir del libro petaca, el que, como una botellita metálica adaptable al trasero, pues se lleva en el bolsillo de atrás del pantalón, es un salvavidas para los momentos de absoluta fealdad, aquellos incapaces de entregar nada, de engendrar ningún milagro ni gotear una epifanía, una revelación, un instante de asombro, nada de nada, rien de rien, como cantó la Piaf. Bueno, en esos minutos y segundos inútiles, resulta imprescindible sacar un libro de versos de Alejandra Pizarnik, de Alfonsina Storni, de Rubén Darío y hundirse en la ciudad, camino hacia los márgenes, felizcote, como lo haría el más honesto de los ciudadanos, y recordar un verso de Neruda, citarlo es un excelente cierre para esta carta, en su “Oda al libro” dice: “Libro, cuando te cierro, abro la vida”.

En la esperanza de volvernos a ver, se despide con un beso en su frente,

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Carta de Nathalie Moreno

17 julio 2015

Había despertado más Natacha que nunca, con un mal dormir que hacía mi tiempo inestable y con visos de nubarrones domésticos que amenazaban convertirme del todo en Natiushka al terminar la tarde. Pero no hubo necesidad de esperar a que el sol se desplazara: su carta lo ha logrado.

Leo nuevamente para ver si he comprendido bien, acostumbrada ya a sus acertijos, algunos divertidos, otros más sombríos, pero finalmente todos desafiantes; cartas-puzzles que se pueden leer de tantas maneras y cuya nueva lectura siempre arroja un hallazgo pasado por alto. Sin embargo, me queda un gusto amargo que frena mi entusiasmo: con una mano me muestra un atractivo anzuelo —hablemos de los libros—, mientras que con la otra hace su maleta anunciándome que ésta ha sido su última carta.

Me consta que hay personas que no tienen problemas con los adioses o los hasta pronto. No me cuento entre ellas. Obviamente, podría decir que, sea cual sea la razón que lo tendrá ausente, le deseo la mejor de las suertes y que basta el cariño para sostener el silencio. Pero no lo creo.

Los libros y la música (escritura aérea) son paraguas que permiten atravesar el chaparrón de vivir. Sus voces acompañan e iluminan, provocan y remecen, sacan lágrimas o risas. No cabe duda: los libros son objetos maravillosos y a más de uno le han salvado la vida. Pero nada reemplaza la voz de un amigo. Nada.

En estos tiempos de vértigo y prisa, donde todo lo hacemos rápido —desde lavarnos los dientes hasta amar— yo defiendo (con mucho esfuerzo) mi parcela de calma, y desde allí le digo que lo voy a extrañar. Obvio que se puede vivir sin ver seguido a los amigos ni saber de ellos. El día a día de la ciudad nos va atrapando y en un pestañeo han pasado seis meses desde la última vez que nos tomamos un café. Y como a todos nos pasa lo mismo, no nos damos cuenta. David Foster Wallace contaba un cuento: Había una vez dos peces jóvenes que iban nadando y se encontraron por casualidad con un pez mayor que nadaba en dirección contraria; el pez mayor los saludó: “Buenos días, chicos. ¿Cómo está el agua?”. Los peces jóvenes siguieron nadando un trecho; por fin, uno de ellos miró al otro y le dijo: “¿Qué demonios es el agua?”.

Lo siento. Debería mostrarme comprensiva, pero mientras más lo pienso, más me convenzo de que me niego rotunda y telúricamente a que me deje de escribir (puedo perdonar el café, pero no la ausencia). Entiendo que hay cosas importantes que atender, cuentas que pagar, compromisos que cumplir. La realidad nos demanda y nos exige compromiso. Al lado de aquello, escribir cartas parece una actividad absolutamente inútil para responder al mundo. Pero, como decía Ionesco, hay actividades que no sirven para nada y que es indispensable que las haya. Con usted pude disfrutar de una. Le doy las gracias por ello. Y cuando digo “gracias”, lo digo en serio; lo digo pensando en el significado de gratitud. La palabra tiene más de un afluente. Uno de ellos, el griego. Las cárites eran las “tres gracias”, divinidades del cortejo de Afrodita: Talía, “la abundancia”; Aglaya, “la belleza”; y Eufrósine, “la alegría”. Pues bien, eso es lo que quiero decir cuando le doy las gracias por el camino compartido: deseo que en sus próximos pasos lo acompañen las tres gracias griegas: abundancia, belleza y alegría.

Con el cariño de siempre,

PD: No dude en escribirme si el agua a su alrededor se enfría. Siempre se puede hacer algo. Por lo menos, entibiarla a carcajadas.

4 Comentarios

  1. Qué desnudo se siente uno cuando escribe unas líneas que otros miles (espero) leerán y percibirán en su fuero interno. Notable esta iniciativa del El Mostrador, ¡muchas gracias! Leer es un placer de los sentidos y del alma y estas epístolas son, simplemente, deliciosas.

  2. Todos queremos otra carta, oír estas voces en grafos, descifrar también línea a línea, silenciosa e indiscretamente.
    En Brasil hay un término extraño “a saideira”, la cual supuestamente significa “la última cerveza” antes de retirarse, pero que siempre termina siendo la penúltima.
    Queremos la carta “saideira”.
    Saludos y felicitaciones.

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