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La Unión Europea y los refugiados sirios: Entre la solidaridad y el rechazo

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Paulina Astroza Suárez

Diplomada, máster y doctoranda en Relaciones Internacionales, Universidad Católica de Lovaina, Bélgica. Profesora de Derecho Internacional, Relaciones Internacionales e Integración Europea, Universidad de Concepción

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María Emilia Tijoux

Académica, Departamento de Sociología. Coordinadora, Doctorado en Ciencias Sociales y del Núcleo de Investigación Cuerpo y Emociones, Universidad de Chile

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Carta de Paulina Astroza Suárez

30 septiembre 2015

El proceso de construcción europea ha sido el fruto de acuerdos y desacuerdos, crisis, éxitos y fracasos, valores e intereses. Como lo dijo uno de sus padres fundadores, Robert Schuman, esta unión no se haría de golpe, sino que sería el resultado de pequeños pasos que irían creando “solidaridades de hecho”.

Cuando se creía que con la crisis multidimensional (económica, financiera, política, social, institucional y, sobre todo, de fe en el proceso de integración) que ha vivido en estos años la Unión Europea ya enfrentaba sus más grandes desafíos y fantasmas, la crisis de refugiados viene con fuerza a hacer tambalear sus más profundas bases.

Si bien se habla de que Europa está “desbordada” por los miles de refugiados que llegan a su territorio, la verdad es que quienes sí se encuentran colapsados son los países vecinos a Siria: Turquía, el Líbano y Jordania (con alrededor de 4 millones de refugiados). El drama comenzó hace tiempo y entre quienes han debido soportar sobre sus hombros sus consecuencias no está incluida Europa, aunque los medios de comunicación se empeñen ahora en poner sus ojos en lo que pasa al sur del Mediterráneo.

La Unión Europea ha reaccionado tarde, dividida, mal y de manera insuficiente.

Tarde, porque han sido muchas las ONG’s, los especialistas, más la ACNUR y la ONU, quienes han venido alertando de la crisis que se acercaba. La poca colaboración internacional y el incumplimiento de los compromisos de los Estados (no sólo europeos) han puesto en jaque a quienes se encargan de los campos de refugiados.

Dividida, porque las posiciones entre los veintiocho Estados europeos son profundamente divergentes. Al ser el asilo y las políticas migratorias materias fundamentalmente de competencia nacional, y no supranacional, ello permite que los Gobiernos aborden el tema bajo el ángulo de sus propios intereses nacionales, muy distintos entre sí. Mientras Hungría y otros países de Europa Central se han negado a aceptar de buenas a primeras las cuotas de distribución de refugiados que la Comisión Europea ha establecido (más las medidas extremas anti-inmigratorias adoptadas por Viktor Orban en Hungría), otros Estados, como Alemania, anunciaron su intención de recibirlos, incluso dejando en suspenso la aplicación del Tratado de Dublín que obliga a deportar a quienes arriben a un país europeo si antes no han solicitado asilo en el primer Estado de la Unión Europea al que llegan.

Mal e insuficiente, porque las cuotas de refugiados establecidas para aliviar a países como Grecia, Italia y Hungría —en este caso, las “puertas de entrada” principales de Europa— son claramente insuficientes frente a la frialdad de los números. En total, se distribuirá 160 mil refugiados, cuando según cifras de Frontex (Agencia de la Unión Europea encargada del control y gestión de las fronteras externas) sólo en lo que va de este año más de 500 mil personas han cruzado el Mediterráneo. Con pocos recursos dispuestos para afrontar la llegada de refugiados, Italia, Grecia y Malta desde hace tiempo vienen pidiendo a gritos una intervención más decidida y solidaridad de sus socios.

Las medidas adoptadas por países como Hungría, el trato inhumano que se le ha dado a personas que anduvieron miles de kilómetros arriesgando sus vidas en manos de traficantes inescrupulosos, las manifestaciones de xenofobia que se han observado, la construcción de vallas, centros de “retención”, el reestablecimiento de controles dentro del espacio Schengen y las muy lamentables declaraciones que se han escuchado y que recuerdan los períodos más negros de la historia del Viejo Continente, atentan directamente contra los cimientos sobre los cuales Europa ha ido construyendo su unidad en la diversidad.

Las “solidaridades de hecho” de las que hablaba Robert Schuman, pueden verse fuertemente debilitadas si la Unión Europea en su conjunto, y los Estados miembros en particular, no toman conciencia de lo que está en juego. No sólo se trata de ser solidarios con quienes sufren, sino en poner en marcha los mismos valores que sus tratados constitutivos rezan y que ellos invocan ante terceros. Es su propio destino y las lecciones del pasado, que ellos más que nadie debieran conocer, los que hoy deberían guiar sus decisiones.

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Carta de María Emilia Tijoux

30 septiembre 2015

La fotografía de un niño sirio muerto, acurrucado en una playa como si durmiera, conmociona por su escabrosa brutalidad, logrando que Occidente llore y publique espectacularmente su tristeza. El pequeño cuerpo sin vida representa a los miles de refugiados, desaparecidos y asesinados por un proyecto forjado por los de adentro de la que fuera su patria y los de afuera que lo permitieron y que hoy reclaman humanidad, después que el crimen ha mellado toda historia y la imagen deviene productiva. El enojo colectivo que le sigue es moderado y encausado por la prudencia y el pudor que caracteriza la “buena forma de ser humanista”. El pequeño “asesinado por las sociedades” no es resultado de la “crisis migratoria”, sino un refugiado que al momento de la aterradora huida, como consecuencia de la guerra en Siria, pierde su condición de individuo.

En nombre de la frase que martillea “la responsabilidad de proteger” al pueblo sirio, salvarlos es para Europa una complicada operación que cuestiona la generosidad que intenta mostrar al mundo. Las personas huyen hacia Irak, Turquía, Jordania, El Líbano, Egipto, países fronterizos y principales escenarios de campos de refugiados que ven disminuir sus raciones de pan y arroz y desmoronarse infraestructuras que no dan abasto para una población castigada que ve cerradas las puertas de Europa. Dinamarca reduce la ayuda a los refugiados porque el país sería menos atractivo; el presidente de Polonia se declara contra la acogida; Bulgaria y Hungría cierran sus fronteras; en Inglaterra, Philip Hammond declara que “Europa no puede ni protegerse ni preservar su nivel de vida y su infraestructura social, si debe absorber a millones de inmigrantes africanos”; y Angela Merkel advierte que los millones de refugiados en las orillas del continente “preocupan a Europa más que el problema griego y el del euro”.

Las visas humanitarias desaparecen y los refugiados buscan desesperadamente partir, cayendo a veces en manos de mafias organizadas que consiguen grandes beneficios y que los pueden conducir a la muerte. Los cuatro años de guerra civil que destruyen a Siria muestran un mundo impotente que torna la mirada, mientras los “señores de la guerra” controlan ciudades y rutas y las atrocidades devienen parte de la actualidad internacional que las manipula como fatalidades del momento. La cantidad de refugiados más grande de la historia humana construye un escenario ante el cual las potencias europeas buscan protegerse creando la “fortaleza Europa”, mientras la Unión Europea se lava las manos de las muertes del Mediterráneo.

En cuanto a la sociedad europea, su sentimiento oscila entre la solidaridad que debe expresarse en la acogida de los refugiados y el temor de una invasión que pueda amenazar las rutinas de su vida o su identidad. Sólo que esta sociedad aún no se deshace de sus propias guerras, sus propios descalabros y sus propios crímenes masivos, que mellaron fuerte en su sí mismo, al mismo tiempo que se inquieta por las vidas de otros y se vuelve temerosa de una otredad pobre, extraña y musulmana.

Pero vale preguntarse de dónde viene esta barbarie y dejar de pensar que se trata de una simple “crisis migratoria o crisis de los refugiados” que responsabiliza a las mismas víctimas de su suerte y de sus sufrimientos. Las grandes potencias económicas han producido la miseria fuera de los límites de su desarrollo y, por lo tanto, tienen los medios y los mecanismos para afrontar la situación. Proteger y defender las vidas de hombres, mujeres y niños sirios, aterrados y deseosos de entrar a Europa, será sin embargo una tarea larga que pondrá en jaque a quienes están del otro lado de la playa turca, donde llegó el pequeño que inundó los medios de comunicación para, por un instante, hacer llorar al mundo.

1 Comentario

  1. La crisis no es, en esencia, resultado de los Estados propiamente tales, sino más bien de la intromisión de Occidente mediante guerras de orden geopolítico orientadas, por un lado, a la obtención de gobiernos “afines” a intereses occidentales y, por otro, a la desintegración de países en conflicto. Los problemas no pasarán solamente recibiendo, humanitariamente, refugiados, sino con el término de la intervención militar, en muchos casos.

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