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La (in)capacidad de los chilenos para debatir

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Sergio Vergara Venegas

Psicólogo. Gerente general, Partners & Success. Autor del libro "Construir inteligencia colectiva en la organización”

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Cristián Montero Rex

Consultor de negocios. Presidente, Pragmaxion

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Carta de Sergio Vergara Venegas

24 agosto 2015

Estimado Cristián:

Te escribo para que conversemos sobre un tema que me parece clave para nuestra sociedad en este momento: cómo desarrollar madurez social para discutir los temas relevantes para el país.

Existe un escritor español que llama “estupidez colectiva” a la dificultad que tiene una sociedad para poder integrar sus inteligencias individuales en un todo mayor. Al no lograrlo, destruyen más valor del que construyen. ¿Suena conocido? Creo que esto nos está pasando como país y como sociedad, no solo hoy, sino como una condición que probablemente no ha logrado madurar a niveles que sean satisfactorios. Y creo que no solo en Chile: quizás ni siquiera seamos los peores en el ranking de incapacidad de discusión social, pero para qué nos vamos a ir lejos. Quedémonos un rato con lo que pasa en nuestro país.

Es común leer en Internet los comentarios de los periodistas seguidos por descalificaciones de los lectores, quienes, a su vez, se van descalificando (e insultando en muchos casos) unos a otros a tal nivel que a partir de la tercera o cuarta opinión, ya uno no recuerda de qué se estaba discutiendo. Es lo que se conoce como argumento ad hominem, es decir, descalificar una idea a partir de la descalificación del emisor de la misma.

Cuando se trata de debatir temas sociales nos comportamos de manera masiva, indiferenciada, como si todos tuvieran que estar más o menos de acuerdo, pues una diferencia relevante nos conecta con el sentimiento de que alguien nos quiere perjudicar o nos está atacando. ¿Por qué esa actitud en los chilenos y cómo superarla?

Desde luego que la capacidad para discutir es algo que se inculca desde la infancia, en la casa, en la medida en que los padres alientan a sus hijos a expresar sus ideas y generan espacios para discutirlas. Algo que probablemente no se hace mucho hoy, en un mundo donde vivimos ocupados. Luego, también hay un rol que cumple el colegio y, finalmente, las organizaciones también pueden influir en generar mayor capacidad para discutir y debatir, pues esto les puede ayudar enormemente a resolver sus propios problemas. Al hacer esto, también están influyendo en la sociedad de la cual son parte.

¿Por qué algo que parece tan obvio no es fácil de implementar? Podríamos invertir bastante tiempo en profundizar en nuestras raíces culturales, la manera en que la cultura latinoamericana fue creándose desde los inicios, pasando por la Conquista hasta los tiempos actuales. Seguramente habrá claves allí para entender por qué nos cuesta salir de la lógica dominante-dominado a la hora de discutir; por qué nos es difícil debatir desde una posición de iguales en legitimidad, aunque distintos en roles. Sin embargo, desde la perspectiva de mi especialidad y de lo que comento en mi libro Construir inteligencia colectiva en la organización, creo que, dado que tenemos el problema, podemos encontrar palancas para generar madurez en la organización y en la sociedad que puedan sernos útiles para ir generando un cambio.

La primera es entender que los roles que podemos jugar en una situación son distintos, y que según eso emitimos opiniones. Por ejemplo, no es lo mismo ser parte del grupo “estudiantes” que del grupo “profesores” o del grupo “autoridades educacionales”. Cada rol cumple un papel que es necesario en el todo, sin el cual el “sistema” completo no podría funcionar. No necesitamos aplastarnos, sino coordinarnos. La misma persona ocupando un rol distinto, tendrá una opinión diferente, pues lo que lo mueve será distinto según el rol que necesita cumplir. Creo que eso es parte de madurar en este proceso: aprender a ser parte y a ser distintos. Somos iguales en cuanto a dignidad y condición humana, pero los roles que jugamos en las distintas circunstancias pueden ser muy distintos y no por ello somos menos válidos, al contrario, somos necesarios. Es más, en la medida en que dejamos de ser conscientes de nuestros roles podemos dejar de ejercerlos y, por tanto, poner el contrapunto necesario a la hora de debatir. Hay otras variables más, pero antes de seguir me gustaría conocer tu perspectiva, ¿qué opinas?

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Carta de Cristián Montero Rex

25 agosto 2015

Estimado Sergio:

Gracias por invitarme a esta conversación sobre la capacidad o incapacidad actual que tenemos los chilenos para discutir de aquello que nos importa.

Me parece que esta capacidad de discutir en forma serena y constructiva ha sido probablemente la excepción más que la norma en la historia humana. Tal vez la nueva posibilidad de reaccionar en forma pública e instantánea en la Web a cualquier hecho o planteamiento que alguien hace deja esta cruda evidencia cada día, tal como lo señalas.

La ausencia de contraargumentaciones y el resorte rápido a la grosería no me parece tanto una “tendencia creciente” que se esté dando, sino un botón de muestra de que las grandes mayorías —usualmente menos ilustradas— están ahora presentes y pudiendo manifestarse en debates que resultaban inaccesibles en un mundo previo —claramente más elitista— donde sólo pequeños grupos accedían a participar en los medios públicos.

Conversar es dar vueltas con el otro en una suerte de “danza”, en la que lo que cada uno dice se entrelaza y se construye con el otro en direcciones muchas veces impredecibles. El tipo de interacción que vemos generalizadamente hoy es, en cambio, uno de acción y reacción: una suerte de confrontación de monólogos donde el punto del juego está más en manifestar y defender lo que ya creo a priori, por oposición a un ejercicio de invención a dos voces donde el respeto al otro como otro legítimo es el valor central.

Esto no sólo es evidente en los comentarios a cualquier hecho o planteamiento en Internet, sino también y mayoritariamente en las interacciones entre personajes públicos como son quienes ejercen la política o la defensa gremial de instituciones. Se trata de contener y revertir lo que anticipo que el otro dirá, más que de escucharse y construir nuevos concensos sobre lo que decimos nos importa. Vivimos a diario expuestos a un ejercicio del no-diálogo y eso es lo que nuestros jóvenes aprenden por ósmosis.

El trasfondo cultural chileno quizá nos hace esto particularmente dificil de cultivar. Aquí especulo que nuestra cultura, entendida como señala el biólogo Humberto Maturana, es decir “el repertorio de emociones y conversaciones que preexiste en una comunidad humana”, tiene mucho que aclararnos respecto de esta dificultad. El repertorio emocional chileno abunda en miedo y en rabia como disposiciones generalizadas y esto nos predispone culturalmente a la actitud defensiva y agresiva. No es esa la experiencia que uno capta al vivir inmerso en culturas diferentes, como la brasileña o incluso la colombiana, donde la alegría y la celebración están más “a la mano” en el repertorio emocional. Esta predominancia del temor y la rabia en nuestra cultura probablemente surge más de nuestra historia que de supuestas predisposiciones raciales de los pueblos que nos conformaron. Trescientos años de mantener una frontera defendida por fuertes militares en pugna permanente con los pueblos originarios y de lidiar con una naturaleza que golpea de tiempo en tiempo de manera furiosa, graban en nuestras biologías emociones más asociadas a lo bélico y menos dispuestas al diálogo que se cultivó en las urbes virreinales y en las cortes, donde el progreso se vincula a la búsqueda de alianzas y acuerdos y a la capacidad de influir en el soberano.

En nuestra historia, cuando la percepción de riesgos se exacerba, tendemos a atrincherarnos en posiciones defensivas y —si estos riesgos subjetivos o reales parecen aumentar— aflora en nosotros el resentimiento y, en el extremo, la violencia, como forma de “resolver” la situación. Esto lo vemos respecto de la política, las situaciones fronterizas, la delincuencia, etc.

Creo que en una cultura como la nuestra, de raigambre institucionalista con fuerte sello jurídico y militar, la recuperación de tradiciones pedagógicas como la educación cívica o de prácticas filosóficas de diálogo y dialéctica —como la que los griegos nos legaron— sería un progreso más que un retorno a costumbres añejas. Nuestros abuelos —a diferencia nuestra— estuvieron expuestos a estos modos de conversación. Mal que mal, contamos con una historia republicana donde el diálogo fue más bien la norma que la excepción durante largos periódos de nuestra historia.
Te invito a que sigamos reflexionando en torno a cómo hacemos del verdadero diálogo una práctica central (y no marginal) para un Chile más colaborativo y abierto al futuro.

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Carta de Sergio Vergara Venegas

28 agosto 2015

Interesante el punto que señalas, Cristián, que “cuando la percepción de riesgos se exacerba, tendemos a atrincherarnos en posiciones defensivas” y cómo estas actitudes guardan relación con las emociones del miedo y la rabia en las cuales habitamos los chilenos a menudo y que son parte de lo aprendido en nuestra historia.

Una de las cosas que me ha llamado siempre la atención es la reacción de los chilenos frente a eventos humanitarios masivos en nuestro país. El terremoto, el incendio en Valparaíso, las campañas de Levantemos Chile, Un techo para Chile. Ha sido muy comentando que nuestro país pudo levantarse de uno de los terremotos más grandes de la historia en un tiempo récord, comparado con otros países. Creo que los eventos humanitarios nos conectan con esa sensación de precariedad frente a la inclemencia y ante la cual reaccionamos de manera inmediata, deponiendo diferencias y actuando unidos y cada vez más coordinados. Si lo miramos desde el punto de vista apreciativo, el mismo chileno al que le cuesta debatir y que ve las diferencias de opinión a menudo como un ataque, se vuelve solidario y colaborador. ¿Será que lo que nos falta es desarrollar colectivamente más esas capacidades? En mi opinión, así es. Y creo que en ese sentido el Estado tiene una función importante, al igual que los privados. Estos representan autoridades importantes para la sociedad, que están continuamente enviando mensajes que influyen en la ciudadanía y sus actitudes. Así como se han armado campañas en distintos momentos para temas críticos, como la violencia contra la mujer, el ciberbullying, y otros, la cultura puede ser moldeada, no es sólo una herencia. Así como va siendo afectada por las generaciones X, Y, etc., que van cambiando su manera de entender la relación con el trabajo, el tiempo libre, la familia y otros. Pongo un ejemplo para mostrar esto: ¿Has tratado de cruzar por una rotonda a eso de las 6:30 a 7:30 pm, o en la mañana, a la hora peak? Es impresionante que más que conductores, veamos un grupo de gente en plan de sobrevivencia: los autos parecen armas o escudos que te echan encima o con los cuales te defiendes para poder lograr acceso. Imaginemos que el Estado, las municipalidades o los privados han decidido hacer una campaña. Ahora, antes de llegar a la rotonda, nos encontramos con un gran letrero que nos muestra una imagen y dice algo así como “Aprendamos a respetarnos. Al entrar a la rotonda, demos el paso a un auto por vez. Conducir tranquilos es un derecho de todos”. Creo firmemente, como me ha tocado verlo en otros países, que después de un tiempo los mismos conductores, apoyados en la declaración que la autoridad hace en esa campaña y en el deseo compartido de querer vivir mejor, terminaríamos adoptando estos sanos hábitos cívicos. En otras palabras, necesitamos aprender a habitar otras “emociones sociales”. La rabia es la conexión con una injusticia que se desea reparar, y el miedo con algo que me puede dañar y de lo cual tengo que protegerme. Pero la solidaridad es la conexión con la empatía de ser ambos tanto humanos como legítimos: “Lo que te pasa a ti, también me pasa o me puede pasar a mí”. Conectar esto además con los roles que juega cada uno podría ayudarnos como sociedad a experimentar que podemos querer lo mismo, pero que tenemos diferencias en la manera en que lo estamos llevando a cabo. Un rol es el ámbito de acción que tengo en relación a otros y sobre el cual existen expectativas mutuas. Ambos somos parte de lo mismo, pero tenemos diferencias que tienen que ver con los deberes y derechos asociados a los roles. En el mismo ejemplo equivale a que cada uno internalice que yo, siendo uno de miles de conductores, puedo ayudar a madurar el tema en la medida en que me comprometo con el respeto de los derechos a vía de todos (mis deberes), que también son los míos (mis derechos). En el momento actual tenemos amplios espacios donde los roles se confunden o no se ejercen simplemente.

Creo que asimilar el concepto de rol nos permitiría avanzar mucho. Por ejemplo, del político, que sea honesto y defienda los derechos de sus representado; del Gobierno, que conduzca al país. Hoy por hoy, esos roles se confunden y a menudo se dejan de ejercer. ¿Qué opinas tú, Cristián?

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Carta de Cristián Montero Rex

08 septiembre 2015

Estimado Sergio:

Dices en tu carta anterior que “la solidaridad es la conexión con la empatía… lo que te pasa a ti, también me pasa o me puede pasar a mí”. Conectas además esto con la necesidad de que cada uno ejerza plenamente el rol que le cabe en la sociedad.

Cada mañana, al dejar a mis hijos en el colegio, debo ingresar por una calle que converge y se junta con otra reduciéndose a una sola pista de circulación. Cada padre cede el paso alternadamente al vehículo que ingresa desde la otra calle sin que este proceder se interrumpa o sea ignorado por alguien. No hay una regla escrita ni una persona dirigiendo la secuencia de tráfico, sólo un entendimiento compartido por todos los conductores de la importancia de actuar con deferencia por el otro en beneficio de una buena y sana convivencia dentro de la comunidad del colegio. Esto lo hacemos desde el rol de padres que desean llevar a sus hijos en forma segura y oportuna hasta el ingreso del colegio. Creo que el reconocernos como parte de una comunidad específica explica la adhesión espontánea a estas normas de convivencia.

Cuando pienso en el ejemplo que das de intentar ingresar en el tráfico que circula en una rotonda lo que precisamente falta allí es el sentido de comunidad a la cual pertenecemos. Es decir, el otro deja de aparecérsenos como un miembro legítimo de una comunidad en la cual ocupa un rol (padre, taxista, científico) y se nos presenta más bien como un artefacto que viene a gran velocidad y que potencialmente nos aplastará si no somos suficientemente ágiles y arrojados al ingresar en el tráfico.

Esta misma forma “atropellada” de relacionarse está presente en las manadas de ñus en África o de renos en el Ártico, y tal vez mucho antes en las colonias de hormigas. En ausencia de una interpretación compartida de pertenencia a una comunidad y de los roles desde los que operamos, tres millones de años de evolución humana vuelven a fojas cero en cuestión de un abrir y cerrar de ojos.

En parte, la masividad de las poblaciones humanas en nuestras megaciudades y, en parte, la ausencia de un sentido fuerte de pertenecer a comunidades que nos importan hacen que la convivencia se torne crecientemente ruda entre nosotros. Respecto de lo primero, tal vez no haya otra solución que el retorno a vivir en espacios de menor escala, donde los otros vuelvan a emerger como vecinos. Falta, me parece, un genuino sentido de pertenencia a comunidades que nos importa conservar como espacios de relaciones que nos contienen y nos acogen. La vida moderna, con la supervaloración del individuo, ha ido gradualmente diluyendo las estructuras tradicionales de “comunidad”: el barrio, la iglesia, el club, el partido político, etc. Todas estas redes, y los roles que ocupábamos en ellas, van perdiendo relevancia y se disuelven en eso que el sociólogo polaco Zygmunt Bauman denomina “la modernidad líquida”.

Ante las catástrofes, por un breve momento nos parece evidente que el otro sí es parte de una misma comunidad que compartimos y nos sentimos compelidos a recurrir en su auxilio. Pero esto dura en cuanto los medios noticiosos nos sensibilizan sobre el drama que está ocurriendo. Luego, retornamos a una percepción lejana y desafectada de los otros.

Nuevas formas comunitarias emergen al alero de las redes de Internet, de naturalezas sin embargo más impersonales y fluidas. La emoción mamífera del cuidado, que en la esfera humana denominamos “amor”, requiere de un conocimiento cercano en la convivencia con el otro, dinámica que quizá sea cada vez menos frecuente en los modos de vida que desarrollamos. Ni los clichés corporativos ni las normas declaradas por funcionarios bien intencionados pueden crear lo que la convivencia y los roles que en ella desarrollamos traen consigo: el genuino interés de cuidar al otro, que a su vez me cuida a mí, porque pertenecemos a una misma comunidad que nos da sentido.

2 Comentarios

  1. Pingback: Sergio Vergara Venegas
  2. Sin lugar a dudas, el intercambio de las ideas y visiones de nuestra sociedad actual de parte de los autores de estas cartas, a mi juicio, representan con claridad y sencillez lo que sucede en la cotidianeidad del ciudadano en las distintas instancias de los sistemas de actividad humano.

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