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La cuestión de las ciencias en Chile y el lugar de las Universidades

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Manuel Loyola

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Claudio Pérez M

Doctor en Química y Magíster en Gestión y Políticas Públicas, Universidad de Chile. Ex-presidente de la Asociación Nacional de Investigadores en Postgrado (ANIP)

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Carta de Manuel Loyola

01 junio 2016

“Dado el contexto de trabazón altamente consistente entre políticas públicas y habitus individual-privatista de nuestros roles sociales, ¿es posible pedirle peras al olmo? Esto es, si las dificultades –muchas de ellas ya claramente insostenibles- son de condición general y sistémica, ¿le podemos cargar la mata a estos consejeros, a Conicyt, a los grupos de estudio, u otros?”

Estimado Claudio:

Recientemente, de una nota de la Dra. Altbir, has derivado un juicio bastante claro y categórico (ver ¿Para qué piden más recursos nuestros científicos?) que, en palabras simples, señala: ¿para qué la dirección de los Consejos de Ciencia y Desarrollo Tecnológico de Fondecyt solicita más presupuesto si, en la práctica, no ha sido capaz de proponer ningún plan o criterio que fundamenten tal demanda? Y no es que Pérez desatienda el variado análisis expuesto por Altbir para pedir más dinero público; al contrario, lo estima muy positivamente y lo respalda, sólo que para el contradictor, la mera apelación por más recursos se torna inútil y absurdo si, previo o en paralelo, no se desarrollan las ideas, planes y justificaciones que respalden los incrementos: “¿Están los programas de financiamiento, en su conjunto, respondiendo a la necesidad, imperiosa, de vincular el progreso científico con las necesidades de desarrollo integral que el país requiere”, argumenta.

Lo que Pérez echa de menos y, con ello, barre con toda la gestión de estos Consejos, es la propuesta política y proyectiva del quehacer científico regido por esta parte de la institucionalidad, la misma que, de acuerdo a la acritud de Pérez, no sería más que una especie de burocracia lerda, sin iniciativa y cómplice de la debacle actual de la gestión científica del país.

En lo inmediato, la expedición de Pérez es, como dijimos, clara y categórica, y bien podría compartirla a plenitud si es que, de su tenor, no se desprendiera esa falta de integralidad que por lo corriente afecta a estos análisis. La cosa puede ser dicha así: dado el contexto de trabazón altamente consistente entre políticas públicas y habitus individual-privatista de nuestros roles sociales, ¿es posible pedirle peras al olmo? Esto es, si las dificultades –muchas de ellas ya claramente insostenibles- son de condición general y sistémica, ¿le podemos cargar la mata a estos consejeros, a Conicyt, a los grupos de estudio, u otros? Cierto es que estos Consejos sólo han resultado útiles para administrar el habitus, pero no para ir más allá y pensar y actuar de manera diferente. Incluso se puede concluir que el mismo discurso en favor de mayores recursos que han publicado recientemente, tiene mucho de pantalla para aparecer compartiendo descontentos y tapando ineficiencias. Tal vez si lo más reprochable de estas instancias sea su soberbia y modos autoritarios, encastillados en un poder que suponen inexpugnable, y al que siempre buscan proyectar más allá de lo razonable. Así y todo, la crítica a ellos, siendo necesaria, solo implicará controversias parciales, menores, cuando no poco inconducentes respecto de cuestiones de fondo y de más largo aliento ¿Cómo, de qué modo o quiénes podrán adelantar en esto? Soy un convencido de que los problemas que aquejan al sistema científico y tecnológico únicamente podrán comenzar a tener tratamiento efectivo en el momento en que las comunidades interesadas así se lo propongan, haciendo del asunto un tema “de masas” o socialmente amplio.

Con ello no estoy proponiendo nada parecido a un asalto de la barbarie ni a métodos polpotianos sobre una cuestión tan preciada e importante como son las ciencias, la creación y el desarrollo nacional. Únicamente apelo a una desprivatización de la política y la gestión públicas en estas áreas, a otra politicidad y politización de la misma que, expresamente, no puede sino darse a partir de cada una de las universidades del país, en particular de aquellas donde la investigación, las artes y las humanidades son un ejercicio real. En consecuencia, son estos lugares, en sus respectivos espacios académicos y de académicos/as, en sus aulas, laboratorios, pasillos, foros y demás medios donde debe o debería iniciarse el desbaratamiento de todo lo inservible, de todo lo restrictivo y probadamente falaz e hipócrita que afecta a nuestro modelo de CyT y que tiene, precisamente en las universidades, a uno de sus parapetos más recalcitrantes. Dado aquello, podrán formularse los cambios de nuevas y refrescantes prácticas, fuertemente vinculadas al país y a sus mejores propósitos, tal como Pérez nos recuerda. De no ser así, poco y nada pasará, y las “soluciones” a que se arribe, no dejarán de ser las propias del establishment y sus acostumbradas “manitos de gato”.

Obviamente, las universidades no son los únicos lugares, pero sí son los más relevantes y los de mayor presencia nacional. En una situación donde la culpa y las responsabilidades por la catástrofe actual son diversas, esta amplitud no puede deshacer los cargos que cada cual debe enfrentar, aunque tampoco ello debe dar pie a enfatizar en unos obviando a otros. Pero por sobre todo esto, no es el camino de la guerrilla el que hoy deberíamos seguir en un reguero réplicas y contrarréplicas ad nauseam, sino el del movimiento desde la base misma de la ciencia y las humanidades: las universidades.

1 Comentario

  1. En resumen esta carta da más vueltas que un manco remando y tiene menos contenido que discurso político. Ya con el artículo de Claudio Pérez alcanza para que se siembre la semilla de la duda respecto a la utilización de los fondos para CyT en Chile, y sin duda que es un camino bien “ripiado” el analizar y desglosar esos gastos y sus frutos. Por ahora, creo que una idea algo productiva sería que enviemos una carta al palacio presidencial pidiendo justamente eso.

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