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Inmigración y racismo en Chile: El derecho cuestionado

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María Emilia Tijoux

Académica, Departamento de Sociología. Coordinadora, Doctorado en Ciencias Sociales y del Núcleo de Investigación Cuerpo y Emociones, Universidad de Chile

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Alejandra Araya

Licenciada en Humanidades y Magíster en Historia, Universidad de Chile. Doctora en Historia, Centro de Estudios Históricos, El Colegio de México.

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Carta de María Emilia Tijoux

13 enero 2016

Estimada Alejandra:

Si pensamos la inmigración como la “acción y el efecto de inmigrar”, podemos examinarla a partir de los efectos sobre una persona excluida o perseguida en su país que, para salvarse de guerras o pobrezas, inicia un viaje hacia otro que poco conoce, pero del cual sabe que es tranquilo y poderoso, pues allí está el trabajo que necesita. El efecto de la migración será múltiple, transformará y en ocasiones dañará sus lazos sociales, familiares y culturales. La persona deberá pasar por un proceso de aprendizaje con el objeto de conocer y manejar los modos de vida de los nacionales, al mismo tiempo que tendrá que dejar tras bastidores los rasgos, acentos y costumbres que obstaculicen su ingreso a la sociedad donde busca permanecer y mantendrá en exposición únicamente aquello que la haga beneficiaria de una confianza siempre parcial y permanentemente evaluada: bailes, música, gastronomía, entretención, embellecimiento. Solo que una vez “convertida” en inmigrante, será nombrada por su nacionalidad o tal vez por su color, su género, su origen o su clase social. Desprovista de capitales para intercambiar, en un mercado que se complejiza, la persona inmigrante será generalizada como “un uno solo”: peruano/a, boliviano/a, ecuatoriano/a, colombiano/a, dominicano/a, haitiano/a.

La inmigración como concepto aquí se estrecha y explota de lo que la suponía acción y efecto de inmigrar para trocarse en un estigma cuya forma contiene a ciudadanos de seis países, considerados negativamente como “los otros”, que se enfrentan o invaden al “nosotros” chileno y que no son tratados igual que otros extranjeros. El inmigrante queda ubicado en la frontera del ser y no ser un ser social, poniendo en problemas al derecho y principalmente a los derechos humanos. En este umbral de desarraigo y de sospecha, es un sujeto de la “discriminación negativa” que Castel entiende como el déficit que marca al individuo y lo deja asignado a un destino construido sobre características negativas que los nacionales le reenvían en forma de estigma, instrumentalizándose así una alteridad establecida como factor de exclusión (1).

Los inmigrantes, sin legitimidad política ni recursos y descalificados devienen sujetos privilegiados para canalizar temores y problemas vividos por la sociedad del “nosotros”. Luego, la inmigración es rápidamente entendida como un “problema”, fuerte característica del racismo, más allá de que se la entienda como tal en sí misma, porque se responsabiliza a los inmigrantes de la mayoría de los problemas de la sociedad a la que llegan (2). La situación de clase se identifica con el origen étnico a través de las categorías de inmigrante e inmigración: como inmigrante, la persona pierde la categoría de individuo que lo personalizaba; y la inmigración termina transformando en homogéneo lo heterogéneo. A esto se agrega la “etnicización” de las poblaciones, ficción política derivada de la instauración del Estado Nacional, del mito del origen y de una “identidad” nacional —chilena—, produciendo un nacionalismo que al cruzarse con el racismo, se relaciona problemáticamente con los “otros” (los inmigrantes), cuyas presencias permiten la producción estratégica de una superioridad jerárquica.

Y la “clase” juega como un marcador de diferencia “racial”, consintiendo que el par superior/inferior opere contra quienes forman parte de “razas inferiores” a partir de representaciones coloniales. Las sociedades contemporáneas, atravesadas por la fuerza de un inconsciente colonial que se desarrolla y prolifera haciendo presente la ausencia de la colonia y del colonialismo, dan cuenta de una paradoja del presente, pues mientras más las escenas coloniales parecen alejarse en el tiempo, más su carácter traumático e inolvidable destilan su veneno ante situaciones donde la violencia se posibilita sobre inmigrantes abandonados a la suerte de su explotación, su compra-venta, su trata, su tráfico o sus desplazamientos, sean estos regulares o irregulares.

Pensando el fenómeno social de la inmigración en este complejo contexto, el respeto por el derecho del “otro” inmigrante, despojado de su individualidad, parece cuestionado.

 

(1) Castel, R. La discrimination negative. Citoyens ou indigenes? París: Seuil, 2007, pág. 12.

(2) Balibar, E., Wallerstein, I. Race, nation, clase. Les identités ambigues. París: La Découverte, 1988.

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Carta de Alejandra Araya

15 enero 2016

Estimada María Emilia:

Me ha sorprendido recibir esta carta dirigida a mí en tanto comparto las cuestiones que señalas respecto de instalar el tema de la discriminación hacia los inmigrantes en Chile, entendiéndose hoy como racismo puro y duro. También me sorprende, y gratamente, el que sea una recuperación del debate en público y por medio de la prensa, un espacio que pocas veces convoca a las cuestiones de “la sociedad” al campo de la política de lo profundo. Hemos conversado casi siempre entre pasillos y múltiples tareas de la Universidad de Chile y asumo entonces esta epístola como una oportunidad para hacer de esas conversaciones un lugar para compartir con el lector.

Me interesa entonces comentar algunas cosas de tu carta. Tú, como socióloga, relevas dos cuestiones respecto de la historia que son fundamentales, pero sobre las cuales te quiero aportar otros elementos, especialmente porque, yo historiadora, me he dedicado al problema de la dominación, de las castas coloniales y del cuerpo. En primer lugar, cuando tú anclas la condición del inmigrante a un estigma en el Chile de hoy, si bien ello se relaciona con los nacionalismos construidos a lo largo de todo el siglo XIX —una de las formas hegemónicas de decir “nosotros”— y la instalación de un referente construido en las coordenadas del “territorio nacional”, este se consolidó —el estigma quiero decir— con la relación entre nación-territorio-recursos económicos y sistemas de producción asociados a formas de captura de mano de obra. Si pensamos en el tema que te preocupa actualmente, “los negros” y en particular “las negras”, la asociación con lo colombiano o lo “caribeño” parece inmediata dentro del imaginario local reciente y altamente sexualizado. Pero lo que no se dice o confiesa es que a “los negros” los asociamos con la esclavitud. Incluso aquellos que nada saben sobre dicha forma de explotación legal hasta tiempos muy recientes en muchos países y en otros aún vigentes, aplican eso de que “su lugar social” es servir a otros. La cosificación —pues un esclavo era un “costal de huesos”, una “pieza”, si lees la documentación de archivos locales, no hay que ir a Estados Unidos de Norteamérica para eso— fue adhiriéndose a la calidad de color negro —como se diría en el sistema social colonial de las llamadas “castas”— hasta hacerlas inseparables, no obstante que la esclavitud ha sido un flagelo para todos los grupos humanos en conflicto por los recursos. Suma a ello “mujer” y se traduce en “servicio” de todo tipo, iniciando por el sexual, dado que toda mujer en primer lugar es considerada solo cuerpo; el de una “negra” es para muchos un cuerpo disponible que, sin ninguna duda, se puede comprar y poseer y sobre el cual se tendría entonces “ese derecho a comprar”.

Nuestra sociedad, a la que llamamos “chilena”, sufrió un proceso intenso de blanqueamiento imaginario que tiene todavía aristas que explorar, pero que tiene en la negación de la presencia de “negros” en Chile frases de oro instaladas por connotados historiadores del siglo XX: en Chile no hubo esclavos negros porque no se adaptaron al clima, o fueron pocos y se mezclaron. Ya Rolando Mellafe, en 1950, demostró con creces su presencia en los siglos coloniales de “Chile” a través de las cartas de compraventa de los archivos notariales. La documentación judicial así lo muestra hasta bien entrado el siglo XIX, especialmente las esclavas negras que litigan por su libertad y la de sus hijos de manera denodada y que trabajos como los de Carolina González permiten conocer y hacerlas propias, nuestras historias, nuestra historia. Recuerdo en particular un caso que estudié, y que menciono en mis textos, sobre las relaciones entre amos y sirvientes domésticos, que resume las paradojas de todo tiempo y lugar: el caso de la negra esclava que llevó por nombre propio Justa España.

Las concreciones históricas de determinados estigmas y prejuicios —no “pasadas”, sino que fijadas en cierto tiempo y lugar— son aspectos que debes tener en cuenta cuando hablas de “racismo” en el siglo XXI. Yo soy practicante del oficio de historiadora de las mentalidades, por lo tanto, cuando tú dices que las sociedades contemporáneas “están atravesadas por el inconsciente colonial” me alegra que se instalen las formaciones sociales en larga duración en tu análisis, pero haría la precisión de que se trata de imaginarios que se hacen operativos en contextos en que los elementos estructurales de dichas conformaciones siguen teniendo sentido, no por simple permanencia o residuo colonial, para quien las pone en práctica porque le dan beneficios, privilegios, poder y seguridad. Por ejemplo, yo te diría que el “racismo actualizado del siglo XXI en Chile” hace operativo el aserto colonial de que somos una sociedad de “calidades distintas”, cuyas fronteras deben ser resguardadas, que no somos iguales porque existen “naturalezas”, pero legitimado por el discurso médico que goza de total autoridad “científica” y social. Todo ello se activa y se cree pertinente en respuesta a los discursos sobre la seguridad ciudadana y las crisis económicas que amenazan el empleo, vehiculados estos por todos los medios de comunicación masivos. De este modo se transforma el estigma del inmigrante en un legítimo derecho a defender lo propio. La deshumanización está a la vuelta de la esquina, la cosificación está legitimada, los cuerpos se tornan cosas, superficies de inscripción de marcas visibles por la mirada del otro temeroso de ser visto igual a él: eres negro, eres indio, eres pobre, eres feo.

De alguna forma, pienso que hoy “los negros” y las “negras” vienen a ocupar la función de chivo expiatorio de todo lo que nuestros compatriotas racistas y clasistas no se atreven hoy a decir a su “connacional” porque se siente amenazado por el qué dirán, es decir, con tanta ley antidiscriminación, tanta defensa de la diferencia sexual, tanta defensa de los derechos sociales, lo único que le va quedando y donde todos parecen coincidir y olvidar lo que reclaman para sí —más justicia, más respecto— es asignar a nuestro conciudadano inmigrante, y más aún si es una mujer negra, según lo que tú me has comunicado, todos los males que lo aquejan. Incluso el derecho “esclavista” parece actualizarse en todas las clases sociales como un recurso más de los que el dinero puede comprar; tener un sirviente también fue un anhelo instalado por los conquistadores como premio a sus méritos y servicios. Junto al blanqueamiento y la invención de las genealogías del origen, encontramos el anhelo señorial que, sin tierras o sin capital, se concreta en tener a alguien bajo nuestro dominio aprovechándose de la extrema situación de tenerse sólo a sí mismo, su cuerpo, para sobrevivir. Otra cara de la misma moneda, la historia de las “nanas”, la historia del insulto contemporáneo: “cara de nana”. El estigma hacia adentro y hacia fuera. Aunque quizás tú podrás recabar información respecto a si hoy, en este lugar social y de trabajo, las mujeres “negras” ocupan igual posición o si opera una jerarquía pigmentada del servicio, pues sabemos que el reconocimiento de tal labor como trabajo aún tiene batallas por librar.

También concuerdo contigo, y lo he dicho de la misma forma que tú lo expresas, en que la experiencia colonial es un trauma, lo he dicho como “herida fundante” y en tanto tal, efectivamente, se activa toda vez que los procesos y conflictos no resueltos afloran en una “escena”, como dirías tú, donde la densidad cultural escasea y la información seria no tiene escucha en los medios por los cuales el común se suele informar pues, al parecer, tampoco nuestros hijos se enteran hoy de que sí hubo esclavos en Chile y cuál fue importancia social y que alguno de nosotros es descendiente de ellos, aunque la piel se vea menos oscura, o que las fronteras nacionales actuales no siempre existieron y que se circulaba de manera fluida entre los territorios, que estábamos acostumbrados al movimiento y que el mapa se leía de este a oeste y no de norte a sur. Mostrar siempre y toda vez, como compromiso profundo con los derechos ciudadanos contemporáneos, que somos una sociedad racista y que nuestro clasismo se funda en la diferencia de “calidades” signadas por el “color de la piel” —o la pigmentocracia, como apuntó Lipchutz— debe estar acompañado de la pregunta por qué referentes debemos construir para ver y vernos de otro modo.

Victoria Santa Cruz, en la belleza de su canción-acción “Negra soy”, ofrece una propuesta que te invito a mirar, aunque seguramente la conoces. Allí, ella relata su experiencia —por canto y movimiento— del momento en que toma conciencia de lo que significa que le “digan negra” en el Perú de los años 60 del siglo XX para terminar reivindicando todo aquello que era estigma en condición liberadora diciendo “negra, ¡y qué!”.

Quizás el “qué dirán” es otro elemento que debiéramos instalar como parte de la arraigada posición racista de todos los chilenos y chilenas, es decir, la incapacidad de decir “y qué” y asumir una posición, un lugar, vivir una opción y defenderla. El miedo a que se descubra que no somos lo que decimos que somos instala una violencia feroz hacia quien, visiblemente, se asume diferente y diverso. Fácil es señalar al extranjero, más a aquel a quien enseñamos a reconocer como “negro” por el pigmento de su piel. Vamos contra él, y si necesita ayuda, que pague entonces el peaje que una sociedad cobarde le cobra a quien sólo se tiene a sí mismo para sobrevivir. Diría entonces que no sólo se vulnera el derecho a migrar, como señalas tú, el derecho a moverse para sobrevivir, sino que el derecho a ser.

Comparto una escena de ayer en el lugar donde alguna vez tomamos juntas un café. Pagué con un billete de 20 mil pesos. El hombre que me atendió, siempre amable y afable, es venezolano. Nos hicimos tallas sobre el pago con un Andrés Bello. Y hoy me preguntó si yo sabía por qué un “venezolano” estaba en el billete de máxima denominación de Chile, que él esperaría que fuera el espacio para un héroe de la Independencia, como Bolívar lo es en su país, como ese ¿O’Higgins se llama?, me preguntó. Con sorpresa por su pregunta me alegré de que al menos en esa decisión no hubiera predominado ese criterio, y se rescatara a un hombre de las letras; pero me quedé pensando en las mismas cosas que tú piensas desde otro lugar, que si sería considerado un migrante el señor Bello, si sufriría discriminación por hablar como hablaba, y cómo pensaría él tu carta habiendo protagonizado el tránsito entre unos códigos monárquicos e imperiales a los de las “ciudadanías” de los nuevos estados nacionales, tan censitarias y restrictivas como las que vivimos hoy.

Nos vemos pronto,

5 Comentarios

  1. De checovasquezochoa@gmail.com:

    Respecto al tema, es importante se vaya a terreno. Ejemplo: En Chile hay muchas dificultades para que el INE considere en el censo a la población de afrochilenos. Eso muestra la actitud oficial y el nivel que tenemos, casi colonialistas. El aislamiento físico ha dañado muchas mentes. Seguimos siendo una isla en actos de discriminación con los propios chilenos.

  2. Yo discuerdo. Creo en una identidad nacional. Creo que a los chilenos nos gusta la inmigración, pero de gente como Andrés Bello. Gente que deja un legado y genera una transformación en nuestra sociedad. Es una pena que hoy en día sea minoría. En la práctica es una “importación de pobres”. Como leí una vez en alguna otra noticia: “Quién está a favor de los inmigrantes es porque no los tiene de vecinos”.
    Las invito, estimadas académicas, a darse una vuelta por el centro de Iquique o Antofagasta. Caminen por sus calles y se sorprenderán al ver que, en ciertos lugares, la minoría son chilenos. Hay guetos, nos sentimos inseguros. Hay delincuencia. Ellos no se integran bien a nuestra sociedad.

  3. ¿Por qué nuestro país no va a tener derecho a tener un mito fundacional? Que Chile haya tenido éxito en construir un imaginario propio, donde las victorias (reales o imaginarias) se cimentan en la derrota personal de héroes teatrales o reales, no tiene nada de malo. ¿Por que repudiar la “identidad” nacional? Si el Estado existe, es porque hay gente dispuesta a reconocerlo, y casi siempre respetarlo, eso no es una decisión personal, es algo aprendido. Si los inmigrantes vienen es porque existe ese Estado-Nación que ustedes critican.

  4. Por tanto, las soluciones no son académicas, sino pragmáticas, como pide y ruega el distinguido senador Guillier. No estamos en condiciones de recibir cantidades significativas de inmigrantes. No por mala voluntad o racismo, sino por capacidades. La negruras hereditarias que se nos achacan en las cartas comentadas no tienen nada de raro y se repiten en todos los países latinoamericanos con la diferencia que parece ser que somos preferidos por nuestras virtudes más que por nuestros defectos. La inmigración es un grave problema y debe ser regulada sin complejos, específicamente en el norte.

  5. En realidad es una discusión académica, elevada y, por lo tanto, fuera del alcance de la gran mayoría de los lectores. Casi irreal. Mejor habría sido un análisis crudo y argumentado sobre la situación real como, por ejemplo, la situación que vive Antofagasta en la actualidad. La sobrepoblación, la falta de trabajo, la invasión de extranjeros de baja competencia, la proliferación de la prostitución, los campamentos y otras lacras que parecían irse erradicando. Mi reciente visita a ella y las conversaciones con amigos antofagastinos de siempre me dejaron la más negra de las impresiones. El sentimiento de rechazo a la inmigración es vivo y tiene, según mi modesto pensar, toda la justificación posible.

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