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Francia ante los atentados del Estado Islámico: La respuesta de Hollande

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Paulina Astroza Suárez

Diplomada, máster y doctoranda en Relaciones Internacionales, Universidad Católica de Lovaina, Bélgica. Profesora de Derecho Internacional, Relaciones Internacionales e Integración Europea, Universidad de Concepción

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Florent Sardou

Historiador y analista Internacional. Postgrado, Universidad de Toulouse, Francia. Director, La Boîte Creativa, consultoría

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Carta de Paulina Astroza Suárez

18 enero 2016

Estimado Florent:

El 13 de noviembre, Francia, por segunda vez en el año, fue atacada por actos terroristas en su capital. En esta oportunidad, fue el propio Daesh quien reivindicó a través de un video los deleznables ataques. Así, el autodenominado Estado Islámico se reconocía por vez primera autor de ataques en suelo europeo. El mismo día, el presidente francés François Hollande ordenó nuevos ataques aéreos a Siria y prometió a su población, y al mundo entero, terminar de raíz con el terrorismo islámico.

Días después, en el Palacio de Versailles y en presencia de ambas cámaras —la Asamblea Nacional y el Senado— anunció que invocaría ante sus socios de la Unión Europea el artículo 42.7 del Tratado de Lisboa que contempla la llamada cláusula de “asistencia o defensa mutua” en caso de ataque armado. Al día siguiente, por unanimidad, los veintiocho ministros de Defensa de la Unión Europea aprobaron aplicar esta norma.

Dicho artículo señala que “si un Estado miembro es objeto de una agresión armada en su territorio, los demás Estados miembros les deberán ayuda y asistencia con todos los medios a su alcance, de conformidad con el art. 51 de la Carta de las Naciones Unidas. Ello se entiende sin perjuicio del carácter específico de la política de seguridad y defensa de determinados Estados miembros”.

Para muchos fue una sorpresa, y una decepción a la vez, que François Hollande decidiera invocar esta norma y no la que aparecía como más pertinente ante la característica de los ataques: la cláusula de solidaridad del artículo 222 del mismo tratado. Esta norma se refiere expresamente al caso de “ataques terroristas” y dice: “La Unión y sus Estados miembros actuarán con espíritu de solidaridad si un Estado miembro es objeto de un ataque terrorista o víctima de una catástrofe natural o de origen humano. La Unión movilizará todos los instrumentos de que disponga, incluido los medios militares puestos a su disposición por los Estados miembros…”.

Además de estas dos cláusulas, el Presidente podría también haber invocado el artículo V del Tratado de Washington (OTAN), el que sólo ha sido utilizado una vez tras los atentados del 11 de septiembre.

¿Por qué esta decisión gala?

Primero, el invocar el artículo V del Tratado de la OTAN habría significado dejar el control de la respuesta en manos de este organismo, con gran injerencia de Estados Unidos, lo que es muy difícil de aceptar por Francia. Además, habría provocado una reacción contraria de Rusia (y muy probablemente de China), actor fundamental en la guerra en Siria.

Entre las dos normas del Tratado del Funcionamiento de la Unión Europea (Lisboa), la cláusula invocada implica, en la práctica, que es el Estado francés el que guarda para sí el control de las operaciones. En otras palabras, las instituciones de la Unión Europea no tienen facultades para ello y se garantiza la intergubernamentalidad —y no supranacionalidad— en la toma de decisiones (lo que no ocurre con el artículo 222). Esto implica, en concreto, que Francia comenzó negociaciones bilaterales con cada uno de sus socios de la Unión Europea para ver la forma en que estos iban a participar en apoyo a Francia. En este punto, las respuestas han sido distintas según el país de que se trate, los intereses internos de cada uno de ellos y sus tradiciones en materia de política exterior, seguridad y defensa. No hay, en consecuencia, una real “respuesta europea común”, sino una respuesta francesa en colaboración con socios europeos y no europeos.

De esta manera, por primera vez desde que está en vigencia el Tratado de Lisboa, un país miembro —apoyado políticamente por sus socios de manera unánime— pone en aplicación la asistencia o defensa mutua. La respuesta de los veintisiete socios ha sido, sin embargo, disímil. Es en parte reflejo de la tradicional contradicción entre “aliancistas” (que prefieren a la OTAN y su paraguas de seguridad), “europeístas” (que bogan por una política europea autónoma de seguridad y defensa) y los “neutrales”.

No obstante, algunas novedades se observan: Alemania rápidamente aprobó en su Parlamento un apoyo militar a Francia, rompiendo un tabú en su posición tradicional sobre política exterior. Si bien esta implicación no es comparable a la de otros países de igual tamaño y poder, es simbólicamente relevante. También el Reino Unido respondió afirmativamente a la solicitud de asistencia de Hollande. Esta vez, a diferencia de la intervención en Libia, el Parlamento británico dio luz verde a David Cameron.

Así encontramos que los tres grandes de la Unión Europea (Francia, Alemania y Reino Unido) responden política y militarmente a los ataques del 13 de noviembre. Países más pequeños, pero que en proporción a su tamaño su aporte es considerable, también se unen, como es el caso de Bélgica. Otros, en cambio, han respondido mucho más tímidamente y no van más allá de cierto apoyo en inteligencia, logística o cooperación política. Por último, otros ni siquiera han contestado a la demanda de Francia. Es el caso de España que, en medio de unas complicadas elecciones generales, no se ha pronunciado (más aun con el fantasma de Atocha sobre sus espaldas).

Si bien la posición —y discurso de Hollande— ha sido dura (algunos lo comparan con Bush Jr. tras los ataques del 11 de septiembre) y la respuesta fue una intensificación de los ataques aéreos (no se piensa en incursiones terrestres en el territorio sirio), la diplomacia no ha dejado de actuar. Francia necesita el apoyo internacional para cumplir (si es posible) su promesa de aniquilar a Daesh. El problema es la complejidad tanto del fenómeno de Daesh como los intereses cruzados que hay en la zona, en especial en Siria. Si bien existen intereses idénticos entre las grandes potencias de frenar y destruir a Daesh, los hay también contradictorios respecto al gobierno de Al Assad. Éste representa un nudo central que impide los avances reales, más allá de la unanimidad de los quince miembros del Consejo de Seguridad lograda en la aprobación de una resolución sobre lo ocurrido.

Aún falta mucho y no quedan claras cuáles son las estrategias a seguir por Francia y sus aliados ante esta maraña de intereses contradictorios de los actores involucrados.

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Carta de Florent Sardou

19 enero 2016

Estimada Paulina:

A punto de volver a Chile después de semanas de estadía en Francia, leí con atención tu análisis respecto a la situación de mi país. Particularmente, me he detenido en el uso frecuente que haces de términos sinónimos de confusión: “injerencia”, “reacción contraria”, “respuestas distintas”, “disímil”, “contradicción” o “maraña de intereses”. Revelan mucho sobre la deficiencia de estrategia francesa y europea frente a los desafíos actuales. Un continente sacudido por una crisis proteiforme: moral, económica, financiera, política, social y ecológica.

Primero, tu columna permite debatir sobre la relación entre la política y la guerra. ¿Qué significación dar al hecho de que el presidente de Francia (república cuyo lema es “Igualdad, libertad, fraternidad”, y además, socialista) tome la decisión de convertirse en un jefe de guerra? Resulta ser una conmovedora noticia ver que el presidente del país del racionalismo (Descartes) y de la tolerancia (Voltaire), fundador de la construcción europea (proyecto cuya ambición principal es la paz), declare el pasado 16 de noviembre que “Francia está en guerra”. Luego del fin de la guerra fría, se instaló la idea en Occidente de que la historia había terminado y que la democracia liberal llegaba para quedarse naturalmente en todo el orbe (1). Pensando que la paz había sido garantizada, todos los agentes estatales y supranacionales europeos se dedicaron a privilegiar la economía. La construcción europea no fue más que una mera integración económica, descuidando las competencias soberanas constitutivas de un Estado (defensa, política migratoria, política exterior). Un error que se pagará caro: frente a la inseguridad de nuestros tiempos, defenderse contra los terroristas se ha convertido en una exigencia de los franceses y conduce actualmente a la rehabilitación del Estado (2) y a sus prerrogativas en materia de defensa. Rehabilitar las prerrogativas de los Estados europeos se hará a costo de la integración europea y abre la puerta a soluciones políticas xenófobas, nacionalistas y autoritarias, incompatibles con la paz social e internacional. Para mí, la verdadera protección de los habitantes europeos vendrá el día en que estén convencidos de compartir un destino común, de ser conciudadanos. Esto implica que Europa se transforme en Estado Federal y no en una débil y egoísta Confederación.

Además, si la historia nunca se repite exactamente, sí nos sirve para iluminar el presente. El historiador Guy Bois, en su libro dedicado a la crisis del fin de la Edad Media en Europa (3), compara a esta última con la del capitalismo iniciado a principios de los años 70. Conocer lo ocurrido en los siglos XIV y XV ayuda a entender cómo la crisis de hoy es global y sistémica y no un mal funcionamiento temporal o aislado debido a factores externos (peste negra en la Edad Media o llegada de los refugiados hoy).

El Viejo Continente es víctima de dos tipos de responsables políticos: aquellos que no aportan soluciones y carecen de visión, que niegan la crisis y prefieren usar términos como “adaptación” (Cameron y Rajoy, que proclaman que sus países se adaptan exitosamente, cuando las desigualdades y la precariedad se profundizan); y los que tienen una visión mítica y apocalíptica (Marine Le Pen, Viktor Orbán y los defensores de una Europa idealizada y erróneamente eterna).

Necesitamos cambios. Cambios de mirada, de concepción del problema. Personas capaces de reconocer una crisis mucho más profunda, la de un modelo de desarrollo y de sociedad en Europa (la posmodernidad) y que, a su vez, permitan abrirse a una transformación de los paradigmas: cuidar el bien común (el medio ambiente), reforzar el lazo social, la democracia y la solidaridad. ¿Un Renacimiento?

 

(1) Fukuyama, F. El fin de la Historia y el último hombre. Barcelona: Planeta, 1992.

(2) Abamo, P. La réhabilitation de l’Etat à la faveur de la lutte contre le terrorisme. Revista Diploweb, 16 de enero de 2016. [En línea] http://www.diploweb.com/La-rehabilitation-de-l-Etat-a-la.html

(3) Bois, G. La grande dépression médiévale, XIVe et XV siècles. Le précédent d’une crise systémique. París: Presses Universitaires de France, 2000, 213 pp.

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