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Financiamiento a las ciencias: Creación de conocimiento versus creación de valor

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Bernardo González

Profesor titular, Universidad Adolfo Ibáñez. Ex presidente, Consejo de Ciencias – Fondecyt

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Álvaro Fischer

Ingeniero matemático

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Carta de Bernardo González

02 febrero 2016

Estimado Álvaro:

Aunque en la antítesis indicada en el título está claramente presente el manto de la mala o inexistente delimitación, ¿hasta dónde la ciencia básica es conocimiento fundamental y dónde comienza una aplicación?, ¿cuánto de la ciencia depende de la tecnología (baste pensar en los sofisticados telescopios que operan en nuestro territorio) y cuán entrelazado está el desarrollo científico con el tecnológico?, ¿o no es el conocimiento en sí un valor? Esta e-pístola se quiere hacer cargo de los siguientes planteamientos que, con bastante frecuencia, aparecen en los foros, en el diseño de políticas públicas y otros escenarios y que, de una u otra manera, se instalan en el inconsciente colectivo (harto mejor sería que fuese consciente), planteamientos que para efectos de aterrizarlos los frasearemos de la siguiente manera. Desde el mundo político (y buena parte de los agentes del Estado) se plantea por qué un país pobre (o en desarrollo, como el nuestro) va a tener que destinar recursos a apoyar la ciencia básica si tenemos tantas otras necesidades (educación, salud, seguridad ciudadana, financiamiento de la política, etc.). Desde el mundo de la gestión tecnológica se plantea para qué destinar esfuerzos a apoyar la ciencia chilena si el conocimiento relevante surge en los países desarrollados y nuestro deber es tomar ese conocimiento (¡qué brutal expresión de colonialismo!) y aplicarlo a nuestras necesidades (resolver problemas locales, crear valor en lo que exportamos, etc.). Desde el mundo empresarial, cuestionamientos desafiantes que se resumen en algo así como qué importante, significativo, ha surgido alguna vez de la ciencia chilena. Algo así como “demuéstremelo con realidades palpables, yo que soy tan hábil en crear fuentes de trabajo y traer divisas para el país”. Finalmente, desde el mundo de quienes cultivan el conocimiento en las humanidades y las ciencias sociales (CCSS-HH), surge la denuncia que las ciencias exactas y naturales (CCEE-NN) y las tecnologías se llevan una parte muy importante del financiamiento estatal en desmedro del desarrollo de las CCSS-HH, con el agravante que se usan parámetros de medición de la efectividad de los recursos que son favorables (por el cariz de sus actividades: producción de artículos científicos, citaciones de tales artículos, etc.) especialmente a los investigadores de las CCEE-NN.

Mi postura es que la creación del conocimiento básico (tarea que se comparte entre las CCSS-HH y las CCEE-NN) es fundamental para cualquier país, independiente que este sea pequeño y pobre. Se pueden esgrimir varias y múltiples razones, escogeré las cualitativas, en parte porque las cuantitativas siempre desfavorecerán a un país pobre y pequeño, pero fundamementalmente porque son justamente las cualitativas las que nos harán crecer y enriquecernos. ¿Por qué es fundamental? Al menos cinco razones apoyan esto:

1) Aun siendo pobres y pequeños, la comunidad de investigadores chilenos (aquí no hago ninguna distinción entre CCSS-HH, CCEE-NN y las tecnologías) sí ha hecho y puede seguir haciendo (salvo que se sigan cometiendo las torpezas que uno lee a diario) contribuciones al conocimiento de relevancia mundial. El que no quiera reconocer esto es porque no lo quiere ideológicamente, o es francamente ignorante. Claro, nunca serán comparables con los números que provienen de países grandes y ricos. Eso es sumamente básico de reconocer y no merece más líneas.

2) Independiente y adicionalmente a lo anterior, contar con una comunidad suficiente de investigadores activos en las tres grandes áreas disciplinarias (tecnologías, CCSS-HH y CCEE-NN), que en la gran mayoría de los casos, significa que se cuenta con el aporte del Estado para realizar sus investigaciones, y asegura que estos no solo puedan realizar labores asociadas a la creación del conocimiento básico, sino que estén también preparados y disponibles para apoyar, asesorar y evaluar actividades/propuestas del mundo de la ciencia aplicada y las tecnologías mismas. Todos los que nos desempeñamos en el ámbito de la creación de conocimiento sabemos que somos necesarios/requeridos por quienes se quieren desarrollar en el mundo de la tecnología, las aplicaciones, la creación de valor, la gestión tecnológica, entre otros. ¿Quiénes son los que hacen (deberían hacer) las evaluaciones (mal llamadas) técnicas, las evaluaciones sociales e incluso las económicas de los proyectos en los que el Estado o los privados se quieren involucrar? Expertos en cada una de esas áreas, por cierto. ¡Qué novedad! Esos, en su gran mayoría, provienen de cultores de la investigación en conocimientos básicos. No puede ser de otra manera.

3) Hay también un deber que cumplir con la ciudadanía entera. ¿Quién explica los impactos y el significado del nuevo conocimiento al ciudadano de a pié? Solo como ejemplos, ¿quién apoya a los periodistas en su labor de comunicación y difusión cuando se trata de materias específicas?, ¿quiénes van a los establecimientos educacionales a difundir la ciencia, las humanidades y la tecnología? Pienso en biólogos, filólogos, oceanógrafos, filósofos, sociólogos, astrónomos, entre tantos otros

4) Asimismo, hay una responsabilidad en la formación de los nuevos cuadros, sean en el ámbito de las tecnologías, como médicos, ingenieros, agrónomos; las CCSS-HH, como los educadores, psicólogos, sociólogos, historiadores; y las mismas CCEE y NN, como matemáticos, astrónomos, biólogos, químicos, entre otros. ¿Quién dudaría que tener buenos profesores-académicos, con proyectos de investigación vigentes, activos en sus disciplinas, no representa una manera de asegurar una mejor calidad en la formación de los futuros cuadros profesionales? Solo quienes son ignorantes o están ideológicamente sesgados.

5) El país debe querer algo, debe querer tener algún sueño, tener algún relato, algún desafío, algún elemento diferenciador. ¿Por qué no ser un país en el que se aprecie el conocimiento per se? Arrasaríamos con los vecinos (o, más benignamente, nos querrían imitar), sería una rareza, sería una oportunidad, sería un sueño.

Y en lo contingente, ¿cuáles son los vicios que se quiere o se deberían evitar? Varios:

a) Que el Estado decida privilegiar las instancias de financiamiento de iniciativas de “generación de valor” en desmedro de aquellas que apoyan la “generación de conocimiento”. Estas últimas son esenciales para las primeras. Aquí está, ad portas, el colonialismo versión siglo XXI. El que no lo quiere ver es por ignorante o ideológicamente sesgado.

b) Que el Estado no favorezca la instalación de perturbaciones como “se privilegia la aprobación de fondos de innovación/emprendimiento/desarrollo prioritario (aquí la terminología es inacabable) y le otorgue fondos a los primeros que hagan propuestas aplicadas, innovadoras, del mundo globalizado (quienes nos desenvolvemos en este medio, nos sorprendemos cada vez más con la facilidad con la que se destinan recursos a investigadores en formación, de poca experiencia, muchas veces sin haber terminado alguna formación como tal, y que, por lo mismo, no han tenido oportunidad en sus vidas de ejecutar con éxito un proyecto de investigación, sea éste científico y/o tecnológico). Genera una impresión bastante certera de dilapidación (o, al menos, de fondos de alto riesgo) de los (siempre escasos, somos pobres y pequeños) recursos del Estado.

c) Que el Estado no dé señales equívocas como “vayan todos estos jóvenes a las mejores universidades del extranjero y del país a formarse a nivel de Magíster, de Doctorado y/o de Postdoctorado”. Lo que suceda con ellos, una vez quieran volver y si es que regresan, estará fuertemente supeditado a que investiguen solo en lo que le “sirve” al país; a que reconozcan que todo lo que conocieron durante su formación no “rige” (porque somos un país pobre y pequeño); a que se conformen con esgrimir el sticker de la universidad donde se graduaron en su vehículo particular, como el mejor trofeo de guerra; pero ahora enfóquense en lo que “el país les pide”.

d) Se dará alguien cuenta del desperdicio mayúsculo que significa formar a miles de investigadores, darles el postgrado (postdoctorado) correspondiente y después dejarlos botados o forzarlos. Vaya al respecto una reflexión/anécdota personal: recuerdo más de algún profesor en la universidad que, presa de lo único que había aprendido en la oportunidad que tuvo para hacer algún perfeccionamiento, se aferraba con garras a ese conocimiento, no obstante la evidencia que éste estaba fuera de todos los tiempos, sin ninguna relevancia, casi siendo una molestia. Patético.

Para el amargo comentador (proliferan, sorprendentemente) de los blogs, de las columnas, etc., no se trata de asegurarle un buen pasar a los “científicos chilenos” (grupo del cual yo, con algunas excepciones, me siento orgulloso), de tal modo que les permitan seguir teniendo sus proyectos Fondecyt y así viajar por el mundo en los múltiples congresos siempre disponibles, perder el tiempo en divagaciones inútiles y dárselas de inteligentes. Pensar eso es no entender nada… Tal vez, el mayor desafío que tenemos los científicos sea “desasnar”, si es posible, a ese grupo.

¿Cuál es tu opinión al respecto, Álvaro? Sin duda espero tu respuesta.

Cordialmente,

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Carta de Álvaro Fischer

04 febrero 2016

Estimado Bernardo:

Me preguntas por mi opinión respecto de la “antinomia” entre creación de conocimiento y creación de valor. La respuesta corta es que no veo tal antinomia. Sin embargo, creo que es necesario, para entender más claramente a lo que me refiero, explicar algo más esa afirmación.

En las sociedades contemporáneas libres, basadas en la combinación de autonomía individual y colaboración colectiva como impulsores de nuestras conductas, en las que las personas deciden libremente, dadas las restricciones a las que se enfrentan, cómo desarrollar sus vidas, y, en consecuencia, requieren de la amplia división del trabajo que esa sociedad les ofrece para poder efectivamente desarrollarlas a su antojo, la “creación de valor” es una condición sine qua non para que todo lo anterior ocurra, pero, simultáneamente, “la creación de conocimiento” y su empaquetamiento tecnológico es uno de los pilares en los que se sustenta esa creación de valor. Sin creación de valor, no hay suficiente excedente de recursos para la creación de conocimiento, y sin creación de conocimiento, no se genera el valor que permita generar esos excedentes.

En otras palabras, no es posible establecer un proceso de creación de valor sostenible en el tiempo sin creación de conocimiento, pero, a su vez, la creación de conocimiento sólo se puede efectuar si se es capaz de crear suficiente valor para alimentarlo. Es decir, se trata de un proceso de retroalimentación, de carácter virtuoso, e intentar separarlo en sus partes constituyentes, privilegiando sólo a una de ellas, inevitablemente conducirá al estancamiento de ésta, y a la necesidad de volver a impulsar la otra junto con la primera.

Por eso, quienes abogan por el desarrollo del conocimiento per se, sin mayor interés por la creación de valor que lo acompaña, o quienes se preocupan sólo de las aplicaciones prácticas, olvidándose de las fuentes de conocimiento en las que se fundan esas aplicaciones, o aquellos a quienes no les importa ni una ni la otra, porque todo se puede adquirir (conocimiento científico y tecnológico) de un tercero, cometen un profundo error, y condenan a la sociedad a la que pertenecen a un estadio de menor desarrollo que el que su potencial les permite.

Ahora bien, creo que se hace necesario distinguir entre los cuatro elementos que se combinan en este proceso: ciencia, tecnología, innovación y emprendimiento. La afirmación “canónica” es que la ciencia es la que permite la tecnología, que es la que genera innovación, que es la que finalmente puede ser aprovechada por un emprendimiento. Sin embargo, ese orden canónico no es el único; puede ser cualquier otro: por ejemplo, cuando el presidente Kennedy le propuso a su país el emprendimiento de “llevar un hombre a la Luna antes que finalice la década de los 60”, dio lugar a la tecnología de las naves espaciales fuera de la atmósfera, que dio lugar a la ciencia de los combustibles solidos, que dio lugar a las innumerables innovaciones incorporadas en el módulo lunar. En este caso, el orden fue emprendimiento, tecnología, ciencia e innovación. En otras palabras, ciencia, tecnología, innovación y emprendimiento son como las notas de un arpegio, pues en cualquier orden que se toquen suenan bien, y cuando se tocan simultáneamente todas, es decir, cuando se ejecuta un acorde, suenan aún mejor.

De ahí que intentar manipular esas variables “desde arriba”, por la autoridad, sea un error. Lo mejor es impulsar su desarrollo —con las herramientas que el Estado tiene para hacerlo y con las que el sector privado utilice para complementarlas— de manera independiente, de modo que quienes hagan ciencia no se vean en la necesidad de demostrar sus aplicaciones, que quienes hagan tecnología no deban justificar su rentabilidad, ni que quienes empaqueten lo anterior en innovaciones, tengan necesariamente que impulsar un emprendimiento que las transforme en valor. Si los incentivos están bien puestos, incluidos los subsidios estatales cuando ello sea menester, el ecosistema asociado producirá los frutos que de él esperamos. Cuando intentamos dirigir el proceso desde arriba, ahogando los incentivos, los resultados son mediocres.

Eso es lo que yo creo.

Cordiales saludos,

3 Comentarios

  1. Creo que la antinomia entre valor y conocimiento es un poco artificiosa. No se trata de que un país “pobre y pequeño” no deba producir conocimiento, especialmente básico. Efectivamente, es esencial. Pero tampoco puede ser a costa del conocimiento aplicado que, en definitiva, es el que que genera valor social. Lo cierto es que países pequeños, pobres o no, deben crear ecosistemas que integren investigación básica y aplicada, más innovación y emprendimiento, que para ser eficaces deben tener una masa crítica suficiente. En un país “pequeño”, la cantidad de tales ecosistemas, por razones de tamaño, no pueden ser muchos. Cómo se eligen estos, es seguramente el gran tema.

  2. El modelo de Fischer integra la ciencia básica, la aplicada y el emprendimiento y, por tanto, parece acaparar un paradigma superior que el de Bernardo. Aun así, Fischer recoge el guante con la necesidad de alzar en igual forma a la ciencia básica y no relegarla. Supongo que los diferentes actores de una sociedad tienen distintos focos que poner en relación al desarrollo científico, así, el Estado debiera potenciar de mayor manera las ciencias básicas y promover su difusión y los privados debieran enfocar sus esfuerzos en lograr aplicaciones comerciales relevantes derivadas del conocimiento generado.

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