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El analfabetismo digital de la diplomacia chilena

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Matthias Erlandsen

Periodista. Estudiante del Master en Estudios Internacionales

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Cyntia Páez Otey

Periodista. Magíster en Periodismo Político. Miembro, ACHEI

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Carta de Matthias Erlandsen

05 octubre 2015

El pasado 28 de septiembre, el embajador boliviano ante la ONU, Sacha Llorenti, publicó en su cuenta de Twitter una fotografía que muestra a la presidenta Bachelet saludando al presidente Morales momentos antes de que comenzara la Asamblea General.

Bolivia puede ser uno de los países más pobres de la región, pero en materia de uso de las tecnologías de las comunicaciones, en esta oportunidad le ha ganado por goleada a Chile, actuando igual que uno de los más ricos del planeta.

A diferencia de nuestro país, Bolivia tiene uno de los índices más bajos de penetración de Internet. Según la CIA World Factbook, son 3.8 millones de bolivianos quienes pueden acceder a la red, el 36,6% del total de una población de 10.8 millones. Chile, en cambio, con sus —esperemos que la cifra sea real— 17.5 millones, triplica el número de usuarios a 11.4 millones, o el 65,8%.

¿Para qué, entonces, publicar una fotografía de su presidente saludando cordialmente a la presidenta chilena en medio de una crisis diplomática por un juicio en la Corte Internacional de Justicia? Porque tienen su política exterior y comunicacional clara y alineada. Cuando Bolivia se vale del uso de Twitter, no pretende comunicarle a sus apenas 100 mil ciudadanos que utilizan ese medio social (aunque la cifra pueden variar), sino que se han propuesto convencer al mundo de que su reclamo es válido y legítimo, entendiendo que el uso de las nuevas plataformas de comunicación pueden ser mucho más efectivas y beneficiosas que los medios tradicionales.

Bolivia parece conocer mejor que Chile sobre el soft power (más bien del smart power) y de la globalización. Así como sabe mantener una sola línea comunicacional sostenida en su política exterior, también parece conocer al dedillo las triquiñuelas de la comunicación en los asuntos públicos, algo a lo que nuestro país no suele estar preparado porque no tiene una posición defensiva, sino que, más bien, se caracteriza por una del tipo reactiva y conciliadora. Chile quiere ser el buen vecino que cumple la ley, no el que se enfrenta ni levanta la voz, quiere “pasar piola”.

Basta mirar los pilares de la política exterior de ambas naciones: mientas el Estado Plurinacional explicita como primera prioridad la restitución de la jerarquía histórica que corresponde a la causa marítima, y la proclamación del retorno soberano sobre el océano Pacífico como objetivo permanente; Chile, en cambio, sólo habla de promover el más irrestricto respeto a los instrumentos jurídicos que regulan las relaciones internacionales. De ahí entonces que Llorenti no haga otra cosa más que cumplir y ser fiel a su Gobierno. Si Chile subestima el poderío y alcance boliviano en su demanda, entonces, esta vez, le han ganado 2 a 0 con una puesta en escena espectacular.

Si bien nuestro país ha hecho esfuerzos digitales para estar a la vanguardia de las grandes potencias, como buen chileno, llegó tarde. Muestra clara es la apertura de la cuenta @ChileanteLaHaya, que suma apenas 476 mensajes desde que fue abierta a fines del 2013, y con unos escuálidos 872 seguidores. Bolivia, en cambio, tiene @Mar_ParaBolivia, con apenas 1.537 seguidores, pero 2.248 tweets desde marzo pasado.

¿Qué nos falta para alcanzar a los bolivianos? Existen buenos argumentos, tenemos expertos en la materia, hay capacidad técnica para dar el paso y adoptar estas estrategias actuales. ¿No será momento de acelerar la agenda digital, de tomarle el real peso a las tecnologías de la comunicación 2.0, de invertir en un buen equipo y una estrategia comunicacional en la Cancillería, pero, por sobre todo, de asumir que esta no es exclusivamente una crisis diplomática, sino que también es una crisis comunicacional?

La fotografía de Llorenti sólo demuestra dos cosas: la buena educación de la presidenta Bachelet y que un Estado jamás puede dejar de probar las nuevas tecnologías disponibles. La “twiplomacia” llegó para instalarse, es efectiva y, de ella, nuestro país se está quedando abajo.

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Carta de Cyntia Páez Otey

05 octubre 2015

Pro Chile locuor (Habla por Chile) es el lema de la Academia Diplomática y, sin embargo, iniciando el siglo XXI, el mundo no nos escucha. Chile tiene voz, el mundo tiene oídos; pero el idioma cambió y no lo manejamos. Nos hemos transformado en bárbaros, en el sentido griego de la palabra: somos extranjeros en un mundo digitalizado.

La diplomacia digital nos plantea un desafío más que la Cancillería debe enfrentar si planea participar en el diálogo internacional, tal como plantean las tecnologías de la información y la comunicación. Lo cierto es que sin una participación activa en la web, Chile desaparece. Y no hablo sólo de twiplomacy —eso sería simplificar demasiado el diagnóstico—, sino de la inexistencia real, empírica, de una estrategia comunicacional acorde a los desafíos de la política exterior, aunque se trate sólo de un detalle frente a la magnitud de reformas que requiere este servicio.

Hoy, la mitad de la población mundial tiene menos de 25 años y eso requiere de nuestra especial atención. Esa es nuestra audiencia. Si Chile quiere reconstruir su reputación internacional debe dirigirse a ellos a través de los canales adecuados, ya sea Twitter, Facebook, YouTube o Instagram. La clave es innovar y lograr transmitir al mundo adecuadamente la marca “Chile”. Más allá de la imagen país, se trata de poder e influencia en el siglo XXI.

Debemos reconocer que en esto, nuestros vecinos, Perú y Bolivia, nos han sorprendido. Ambos han abrazado la diplomacia digital como una arista más de su estrategia comunicacional ante la contingencia mundial.

Por una parte, el posicionamiento estratégico peruano ha sido tan exitoso como agresivo, logrando en una década no sólo ser reconocido como el nuevo destino turístico y gastronómico de moda, sino que ha adquirido fuerza y prestigio como una economía en sólido crecimiento, estabilidad socio-política y procesos democráticos en América Latina. Todo ello, gracias a un plan estratégico inteligente y en coordinación con los objetivos de desarrollo propuestos por la transversalidad del espectro político-económico peruano, más allá del gobierno de turno, que entienden que el Perú está por sobre la contingencia y los intereses personales. Es precisamente en este contexto que Perú consolidó su plan comunicacional a nivel mundial, demostrando la seriedad de su Cancillería altamente preparada en el uso —y abuso— de las redes sociales para difundir su mensaje en momentos en que defendían su postura, ante la Corte Internacional de Justicia de La Haya, contra Chile por el triángulo marítimo. Chile, en cambio, se aisló y mantuvo estoico su soberbio discurso de “estamos confiados en que nuestra postura es la correcta” al más puro estilo de la actividad diplomática de antaño. Incapaces de entregar nuestra visión de la realidad y, tras la derrota, de aceptar un mea culpa, fuimos un fiasco comunicacional. Somos excelentes vendedores, pero pésimos comunicadores.

Así creímos haber aprendido del error. Perú nos dio una paliza y lo tiene claro. Bolivia observaba los acontecimientos de cerca y con gran expectación. Era el momento. Para ellos, el escenario ideal. Chile, débil y golpeado, era ahora demandado por segunda vez en menos de diez años. La Paz, bien asesorada legal y comunicacionalmente —fuentes extraoficiales afirman que es precisamente Lima ese “asesor fantasma”— demanda a Chile el derecho a negociar y difunde urbi et orbi su visión de la historia, su realidad: su discurso. O, dicho de otro modo, una construcción de la realidad, manejada con el objetivo de lograr adhesión internacional para con el “país menos favorecido” y afectado por esta “potencia militar y expansionista” que es Chile. El error de Santiago es poner todas las fichas en la defensa legal y ninguna —o poquísimas, para ser justos— en la defensa comunicacional.

Mientras Bolivia inunda el mundo con su mensaje, Chile se ha quedado en la diplomacia tradicional: antigua, estática, incapaz de reaccionar ante la rapidez del siglo XXI. Una “Cancillería artesanal” que, además, demuestra ser analfabeta digital en un mundo altamente globalizado, competitivo y demandante de información instantánea, estimulante.

El problema de la diplomacia chilena va mucho más allá que la twiplomacy. Lo suyo es la incapacidad para defenderse ante una agresión, el pelear batallas perdidas, el ganar causas nimias. Su problema es callar cuando debe hablar.

1 Comentario

  1. Creo que eso es comunicacional, y nuestra diplomacia, siempre ajustada a derecho, se ha caracterizado por su sobriedad. Mas, atendiendo al tribunal al que nos hemos sometido y sus pronunciamientos, resulta urgente cambiar el paradigma. No basta el derecho, la razón o los tratados: la penetración del márketing político está instalado e invade redes sociales, medios de comunicación digitales, Internet, etc. Formulemos votos para que el cambio haga un giro que no se quede en la superficie, sino que vaya acompañado del despliegue de agentes calificados que hagan lobby a nivel diplomático entre países, que sea fructífero. Un tribunal salomónico a veces puede fallar caprichosamente.

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