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Donald Trump y la crítica literaria chilena

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Marcelo Rioseco

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Luis San Martín

Editor. Cofundador, Loqueleimos.com

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Carta de Marcelo Rioseco

26 enero 2016

Estimado Luis:

Mi pregunta es simple y directa: ¿Qué hace a un buen crítico literario? Antes de abordarla voy a dar un rodeo, solo para dar cuenta del estado de situación en Chile donde el problema de la crítica literaria parece haber entrado en un callejón sin salida hace bastante rato. Más que tratar de responder mi propia pregunta voy a plantearte un escenario para ver qué piensas y tratar de encontrar otras formas de aproximarse a este tema. Aquí voy.

Hablar de crítica es siempre un problema y una tentación. Por una parte, la crítica es un mal necesario: se la odia, se la combate, se la acepta a regañadientes y, por otro lado, es el oscuro objeto del deseo de todo escritor. No conozco a ningún escritor (o escritora) que sea indiferente a una reseña literaria, especialmente si esta es mala.

Pero hay malas reseñas de buenos y malos libros, hay malas reseñas de malos críticos. Y hay también, por supuesto, reseñas escritas con maldad.

En esto último, creo, podemos estar de acuerdo. Unos pocos críticos la usan para abrirse camino en el mundo literario. Golpear, insultar, ofender son recursos ya conocidos entre los “críticos honestos”, “aquellos que no están comprados por los poderes fácticos”. No hay manera más rápida de demostrar que no se trabaja para las grandes editoriales transnacionales que pasarle la aplanadora a algún escritor(a) de cierto éxito, especialmente si publica en una editorial que “no es independiente” (y esto, es evidente, no tiene nada que ver con las editoriales independientes, tú debes saberlo mejor que yo). Supongo que más de alguno pensará que hay cierta justicia en demoler al famoso(a) de turno. La “honestidad” y la “independencia” se prueban en columnas de quinientas y mil palabras. Así es fácil, ¿no? Tampoco requiere tanto trabajo en Chile para alcanzar cierta notoriedad. Al parecer, todo lo que se necesita es una dosis de locura, rabia y cierto arrojo patológico. En Chile, esta extraña forma de justicia es también una manera de hacer del resentimiento un oficio literario. Es una forma de acumular capital simbólico, como diría Pierre Bourdieu; una forma de distinguirse en un campo cultural determinado. Lo sabían en el Siglo de Oro Quevedo, Góngora, Lope y Cervantes, por supuesto: a golpes de martillo también se abren las puertas de la corte. Ya hablaremos de esto, pues, en Chile, el vino nuevo esconde odres viejos.

Hablo de esto simplemente porque es la crítica que en Chile llama más la atención. O la que más molesta, al menos entre escritores y gente vinculada directamente al tema (fuera de este espacio no creo que realmente exista). Esta crítica —llamémosla por ahora la crítica “Donald Trump” (me refiero, claro, al estilo)— es un tipo de crítica que se guía por los mismo principios por los cuales Donald Trump ha logrado mantenerse primero en las encuestas entre los republicanos más radicales y derechistas. Esto es: el insulto se lleva a tal extremo que más allá de eso es imposible agregar algo más. Se sabe, el insulto extremo paraliza; no necesita probarse, basta con lanzarlo con aplomo desde una plataforma visible. La frivolidad malsana siempre se ve atractiva si tiene un asomo de valentía. Dentro de este contexto, la única respuesta (si es que la hay) es decir todo lo contrario con la misma fuerza y coraje. O sea, defender al escritor(a) atacado(a), lo cual solo unos pocos se toman la molestia de hacer. Y para los que, por cierto, habría que aplaudir de pie por aceptar el desafío que toda crítica cizañera invita, hay una respuesta de la misma o mayor envergadura. Valga recordar que defender a alguien que está en el suelo es más bien un acto ético, más allá de sus implicaciones literarias.

Dentro de este contexto, lamentablemente, el campo literario se entiende como una batalla sin tregua donde lo importante es ensalzar, destruir y ganar. Igual que Donald Trump: ganar, ganar, ganar, como si se tratara de vencer una enfermedad imaginaria, un trauma del pasado, una herida sin cicatrizar.

Y aquí hay varias cosas para decir. Resumo, a ver si estamos de acuerdo y nos reímos un poco, ya que este tema en Chile nadie lo toma con humor. La crítica Donald Trump:

1. Siente total desprecio por los lectores.
2. Al igual que Harold Bloom, sueña con que el reconocimiento que se les hace a los escritores se les conceda finalmente a los críticos(as) literarios(as).
3. Es siempre personal; la literatura es un medio, nunca un fin. La crítica Donald Trump se fija en el barrio del escritor, sus amigos, sus reconocimientos literarios y no literarios, su aspecto físico, sus filiaciones con el poder. Es personal y quirúrgica.
4. En un país donde se lee poco y se vende menos, la crítica Donald Trump es siempre pensada y escrita en contra los escritores(as) nacionales. Si los escritores peruanos, argentinos o bolivianos son malos, da lo mismo. Criticar al vecino no es negocio.
5. La respuesta es casi siempre el silencio. Responder es de “picados”. A la crítica Donald Trump la favorece la impunidad. Siempre resulta difícil pegarle de vuelta al matón del barrio.
6. Sueña con un país donde se lea menos, se venda lo mínimo y que, en lo posible, los escritores dejen de escribir, traumatizados por las malas reseñas. Algo así como extender el fenómeno Juan Emar. O sea, la crítica Donald Trump trabaja para que el público aprenda a rechazar sistemáticamente a la literatura chilena. Aunque no es relevante para el caso, este tipo de crítica es, como la llama la crítica argentina Josefina Ludmer, una escritura antipatriótica.
7. Es ideológica, pura agenda política, hija de la mala lectura de los estudios culturales latinoamericanos, pero se presenta como todo lo contrario: políticamente correcta y moralmente (¡en pleno siglo XXI!) necesaria.
8. Aunque hayan cien buenos críticos en el país, solo se hacen notar los críticos(as) más violentos y arbitrarios(as). Un punto a favor de la crítica Donald Trump.
9. Nos hace pensar que la crítica chilena en su totalidad es así, manejada por la rabia telúrica, lo cual no es cierto. Hay muchos críticos honestos, buenos lectores, críticos(as) serios(as), que buscan iluminar a los lectores, estimular la literatura chilena, en otras palabras, aportar. Tampoco están todos tan locos.
10. Al igual que Donald Trump con el GOP, este tipo de crítica ha contribuido, además de sus ya conocidos desmanes, a destruir a la misma crítica chilena y, en consecuencia, a desprestigiar al resto de los otros críticos que trabajan y escriben con seriedad sobre literatura chilena. Es el efecto dominó para la mala suerte de los otros críticos(as) literarios(as) del país.
11. Desde un punto de vista psicoanalítico, compite inconscientemente por suplantar el vacío dejado por Ignacio Valente. Son como huérfanos desorientados que quieren matar al padre ausente para poder ser adultos. Hay algo infantil en la crítica Donald Trump. Es una crítica de niño(a) malcriado(a) que odia a todos sus compañeros de curso para esconder la envidia que siente por ellos. Esto sí requeriría de un especialista (de preferencia argentino) que nos ayudara a descifrar tan fascinante enigma, pues yo hablo de la pura intuición psiquiátrica.

Ahora bien, lo interesante no es detenerse en este fenómeno como una enfermedad sistémica, sino como síntoma, como una molestia si se quiere. No en balde hay críticos a los que sí vale la pena prestarles atención, leerlos, rebatirlos, pero desde y para la literatura. Estos críticos se ocupan de la literatura chilena con seriedad. A veces se les puede encontrar escribiendo en solitario, en revistas periféricas de poesía, en sitios web, en publicaciones académicas, en algunos programas de radio. Muchas veces están en medios de difusión masiva también. Está claro que no todo lo bueno y honesto es marginal.

A ver, pensemos en Chile de manera positiva: gente hay, buena voluntad hay, capacidad crítica e intelectual también hay, y material sobre el que escribir es lo que sobra. Entonces, ¿qué pasa con la crítica literaria en Chile, si es que pasa algo, o es, a fin de cuentas, un espejismo más en el campo cultural, donde la escasez nos hace imaginar las cosas más siniestras y delirantes? O, visto desde otro ángulo, te reformulo la pregunta: si pudiéramos imaginar por un momento otro país, ¿cómo debiera ser la buena crítica literaria? ¿A qué sería legítimo que los escritores(as), editores(as) y editoriales de Chile aspiraran para fomentar el amor a la lectura y la buena literatura?

Un abrazo,

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Carta de Luis San Martín

29 enero 2016

Estimado Marcelo:

Mi respuesta también es simple y directa: no tengo idea. Aún no sé qué hace a un buen crítico literario y tampoco sé si llegue a saberlo. Más allá del ámbito local, cada vez dudo más de los factores que podrían llegar a definir a un crítico literario como “bueno” o “malo”. Supongo que lo que hace a un buen lector es, en gran parte, lo mismo que hace a un buen crítico literario, cuya tarea principal es leer. Bajo este concepto, un buen lector de ninguna manera es el que lee bastante en términos cuantitativos, a saber, dos libros cada semana, sino el que se aproxima curioso y humilde a los textos más diversos, independientemente del tiempo que le tome aprehenderlos. Así, un manual de horticultura, las teorías psicoanalíticas de Alice Miller y un ensayo sobre la batalla teórica de la física del siglo XX, pueden pasar por las manos de un crítico —que se precie de serlo, no necesariamente bueno— produciéndole la misma zozobra ante el ejercicio constante de enfrentarse a materias que nunca dejarán de ser fuente de aprendizaje. Esta noción, a mi gusto, es fundamental: la crítica, no importando de dónde venga o dónde se desarrolle, no debería tener como objeto de mira solo a las obras de ficción, o lo que a veces se confunde con el rótulo de “literarias” o incluso “literatura”. De modo que no debería producir una monopolización que genere el desconocimiento de que existe un amplio espectro de libros que se publican y, mucho más, que se escriben. Como es preciso recordar, cada día nace un nuevo género, por lo tanto, los periódicos y los medios alternativos tendrían que esforzarse un poco más en ostentar una batería de críticos que conformen una integridad de acuerdo a la variedad de los lectores, y no críticos Donald Trump focalizados en un solo color de la gama.

Es cierto, hablar de crítica siempre produce una división entre defensores y detractores, o sea, un problema más cercano a la discusión constructiva —aunque se extienda ad infinitum— que al camino sin salida. Sin embargo, frecuentemente ambos grupos de personas provienen del mismo mundo muchas veces endogámico y excesivamente recursivo (¿quién no ha presenciado cómo un libro en concreto es fruto de encomios una y otra vez?), con la diferencia de que algunos sostienen la crítica desde dentro y otros, también desde dentro, pretenden mejorarla y en muchos casos destruirla o incluso “matarla”, como cierta escritora y editora chilena planteó en una columna que hizo bullir a los círculos literarios chilenos. En todos los casos hay una cierta dependencia a la crítica, pues, como en todos los rubros, industrias y artes, el ego es comida de cada día. No me imagino a un escritor estallando en rabietas contra un gremio que le da soporte fin de semana a fin de semana.

No estoy de acuerdo con esa visión de los críticos desconocidos que se abren camino ofendiendo a los “exitosos” de turno, por la sencilla razón de que no creo que sea una buena estrategia. Como en todas partes, existen pilares de influencia y poder, así que el que quiera alzarse terminará mermado tarde o temprano. A menos que haya cultivado un estilo ofensivo que le ha dado réditos y, por lo tanto, lectores, como la actitud de Donald Trump le ha dado electores. Tampoco creo en conspiraciones; el arrojo y el resentimiento al que refieres es más una inclinación personal que una tendencia. Por eso concibo que hoy en día la única independencia que existe es la económica. Si no se goza de esa independencia no se puede gozar de ninguna más de otra naturaleza, de modo que el que utilice los medios de su bolsillo sería el que idealmente escaparía de cualquier imposición por la voluntad legítima de mantener sus ideas. Desde luego, no existe la pureza absoluta, pero en el independiente el peso del que paga es más tenue. Así y todo, tampoco creo que haya meritocracia. La totalidad de los autores y críticos no están donde están porque exista un árbitro supremo, imparcial penitente, que los puso ahí por lo bien o lo mal que lo hicieron. Seríamos muy ilusos si lo pensáramos así. Y claro, siempre hay casos, por suerte muchos, en que el mérito constante es evidente.

Me agrada el parangón que haces con ese afán de Donald Trump de disparar a diestra y siniestra y alejarse del debate solo con el fin de ganar. Mal que mal, todos quieren “ganar” y él sabe a quienes desea convencer, es decir, a los ciudadanos que canalizarán toda esa furia irracional contra los inmigrantes, por dar un ejemplo, en un voto secreto. Sencillamente es el espíritu de los tiempos, ya que muchos son reacios a los bríos políticamente incorrectos, aunque en el fondo sigan actuando de mala forma en los momentos cruciales. Y, para Trump, el ganar se define por esos momentos, adornados con insultos. Así, el candidato aquel al menos es sincero en su frivolidad, aunque esa sinceridad sea deforme y dañina, “malsana”, como dices. Pero, como mencioné, no creo que sea una buena estrategia que un crítico tome la misma postura, porque además no es un político que tomará un cargo importante y decisivo en todas las esferas de la sociedad; no existe más allá de su universo profesional. Y en su universo, si existe ese tipo de crítica Donald Trump, tarde o temprano surgirán espacios como estos en que un escritor como tú exprese su válido malestar.

Al respecto, sí me llama la atención ese nuevo tipo de artículo o texto que propones, aquel que funcione como respuesta a una crítica antojadiza o altanera. Lo preferiría, eso sí, sin el componente equitativo de la saña. Algo así como un “defensor del lector”, pero cambiando los roles. Puedo vislumbrar que muchos apuntarían sin piedad a esa vocación con visos “moralistas”, pero yo no lo veo así pues no me interesa que la moral de los que dirigen las lecturas sea el farol que guíe el curso de la discusión sobre libros. No disfruto viendo cómo se destruye o ridiculiza la figura de un autor solo porque escribió una obra desafortunada. En ese sentido, me impone más el esfuerzo por construir una obra, el intentarlo incluso, más que la capacidad de desbancarla en doscientas palabras en un rincón de la sección cultural. Como editor, me ha tocado ver escritores que se notan avergonzados y decorosos al momento de mostrar lo que escribieron, y al final resultan ser muy interesantes. Voy a que es el respeto y no la soberbia lo que debe sembrarse en un área que está cercana —no lo olvidemos— al significado lato de las humanidades.

Me quería resistir a tomar como referencia la enumeración que llevaste a cabo, pero no me queda alternativa. Si entiendo lo que es, creo que en cuanto a la crítica a la que llamas Donald Trump:

1. Sí, siente desprecio por los lectores, aunque no es total; y es que, a veces, los subestima.
2. También creo que uno de los máximos anhelos de algunos críticos es ser igual o más reconocidos que los escritores. La típica parábola del escritor frustrado.
3. Es absolutamente personal. Si Chile —a pesar de ser largo e inhóspito en muchos rincones— es pequeño, el medio que nos convoca lo es aún más. Es imposible que funcione distinto a un pueblo en el que todos se conocen y en el que hay tanto en juego a nivel humano.
4. De acuerdo: el objetivo a tumbar son los escritores nacionales. Por lo mismo, ese tipo de crítica contribuye a cerrar antes que a abrir.
5. Un nuevo tipo de artículo subsanaría la imposibilidad actual de responderle a este tipo de críticos.
6. No estoy tan seguro de que sea un rechazo a la literatura chilena. No creo que haya intenciones veladas. Como te mencioné, considero que muchas veces hay, sobre todo, un afán personal. Tampoco creo que los críticos tengan o sientan como tarea el fomentar la lectura. De ciertos libros en ciertos espacios culturales, sí, pero no la lectura a nivel general.
7. Es ideológica en tanto los soportes mediáticos son, con frecuencia, ideológicos. Salvo algunas excepciones que vale la pena descubrir.
8. Así es, solo el crítico más violento es el que se hace notar. El perro más famoso de la villa es el que ladra más.
9. De nuevo, vale la pena descubrir esas excepciones (los buenos críticos) y no dejarse llevar por lo que genera más ruido.
10. Estoy de acuerdo en que este tipo de crítica tiende a desprestigiar el oficio, pero solo al interior del mismo círculo vicioso. Por mucho que sea nuestro elemento de trabajo, no hay que olvidar que, estadísticamente, a muy pocos les importa la salud de la literatura chilena.
11. No llegaría tan lejos en cuanto a definirlo como un complejo de Edipo mal elaborado. Sospecho al menos que sí hay envidia, como en todos los ámbitos. Sí creo que los que viven de esa especialización llamada “crítica literaria” tienen como referentes a Alone y al cura Valente. No sé si para bien o para mal.

A modo estrictamente personal, cuando me dedico a comentar un libro siempre evito tildar a ese escrito que se genera como una “crítica”. Siento como apoyo cercano a ese Juan Emar que dejó de publicar porque los críticos celaron un generoso mutismo, y que profirió en esa locura que es Miltín 1934: “Cada señor crítico escribirá única y exclusivamente, entiéndaseme bien, única y exclusivamente, sobre aquellas obras que le hayan entusiasmado, locamente entusiasmado, o bien le hayan horripilado hasta las náuseas. Y silencio sobre todo lo demás”. Ese silencio al que refiere el autor es, en términos prácticos, bastante productivo y honesto, aunque prefiero la parte del entusiasmo más que la de las náuseas. De manera que, al momento de clasificar, me inclino por la palabra “reseña” e, incluso, por el concepto “comentario”, para equipararlo a ese acto de comunicación tan usual entre conocidos o amigos que implica recomendar un libro o hablar sobre cómo alguno remeció los acontecimientos y pensamientos de una vida. Sufro cierta alergia a la palabra “crítica” en cuanto texto que funciona para algo que se afirma en mecanismos con los que no estoy muy contento, sobre todo pensando que hoy la palabra lleva sobre sí una atmósfera muy pesada, particularmente negativa. Cada libro con la importancia que se merece y silencio sobre todo lo demás.

Así es como veo yo la crítica, y no solamente “literaria”, y no solamente chilena. Por otro lado, el medio completo debe aspirar a la apertura de una afición cuyo motor primero es el impulso vital y las herramientas que otorga a las personas la lectura y la cultura como extensión. Siendo menos idealistas, no hay que olvidar que estas necesitan, antes de cualquier proyecto, que se las considere seria y efectivamente en los intereses públicos. Si en Chile el panorama permanece como está cada esfuerzo será infértil.

Después de todo, me llama la atención lo situada y determinada que tienes a la crítica Donald Trump. No me preocupa ser indiscreto: ¿hay alguna experiencia individual o cercana como referencia? La curiosidad me lleva a preguntarlo.

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Carta de Marcelo Rioseco

10 febrero 2016

Estimado Luis:

Inicio esta carta con una confesión. En el fondo, dudo tanto de la crítica Donald Trump como de la crítica que se escribe en contra. Después de escribir la primera carta me pregunto si vale la pena seguir discutiendo el rol de la crítica literaria en Chile. En esta historia hay demasiadas certezas, la fotografía parece “demasiado situada”, por lado y lado. Peor aún, los personajes de esta historia no se conocen y, al parecer, nunca llegarán a conocerse. ¿Para qué? Todo parece estar estropeado desde el comienzo. Los críticos y los escritores se miran con desconfianza, recelo; muchas veces, se alimentan de fantasmas que están más hechos de silencios y omisiones que de hechos reales.

En mi caso, a la crítica Donald Trump, como al mismo Donald Trump, la conozco sólo por los medios de prensa, por sus provocaciones, por sus “justicieras reseñas”. Sin duda alguna, como dices, se trata de la clásica pelea de pueblo chico. En ella hay rumores, información difundida de mala fe, envidia, venganzas, ninguneo por doquier, rencor y resentimiento. Pero a pesar de que la telenovela de la literatura chilena tiene todos los ingredientes para ser una buena historia no logra despegar, le falta algo, no tiene altura ni capacidad para internacionalizarse. Ni siquiera es la mejor historia de nuestro querido Pelotillehue. Y no por falta de efectos especiales, los cuales sobran y hasta los hay en 3D; al parecer, la mitad del elenco de esta teleserie no está completamente convencida del guión, le falta ganas o fe en el combate. Y así, claro, no se puede pelear un campeonato mundial, menos de peso pesado. La crítica Donald Trump, igual que el millonario neoyorkino, muchas veces pelea sola con la secreta (y no tan secreta) esperanza de llamar la atención de un boxeador de marca mayor. Y, qué decir, lo logran. Muchos caen en la trampa. No hay pez que no muerda el anzuelo traicionado por su propio ego (esto vale para todos nosotros). También se puede decir que escribir esta carta es una forma de ceder a la tentación. Muy cierto también.

Pero, asimismo, hay que ser justos: la crítica Donald Trump tiene varios goles anotados a su favor. Give credit where credit is due. No como crítica literaria, sino más bien como una fuerza cultural que ha logrado imponer su machete justiciero en un país cuyo desierto cultural se hunde en los pantanos del aburrimiento. No se puede negar que las reseñas a las cuales estamos tan acostumbrados logran interesar de vez en cuando, y hasta entretener, porque en todo este problema hay mucho de espectáculo y frivolidad. Funciona como la pornomiseria, por sobreexposición. Sin embargo, no importa lo que se diga o argumente, uno siempre está equivocado, sangra por la herida, no entiende de qué va, etc. La crítica Donald Trump parece no aceptar la crítica. Paradójico, ¿no? Una crítica acrítica.

Ahora bien, no quiero quedarme sólo en la radiografía. Me parece necesario explicitar que esta carta expresa (o quiere expresar) la molestia generalizada que existe —y que he podido comprobar personalmente— en muchos escritores, editores, periodistas culturales, profesores de literatura y hasta en un número importante de buenos lectores, quienes sienten que a la crítica Donald Trump se le pasa la mano (como siempre sucede con el mismo magnate norteamericano). Pasa del texto al autor como si no existieran diferencias. Y las hay, esto se aprende en cualquier curso universitario de teoría literaria. Lo personal es su marca de fuego. Por otro lado, es fácil jugar con los extremos y las generalizaciones cuando el formato con el cual se trabaja es tan breve. Más duele un aforismo que un artículo académico. Otro gol de la crítica Donald Trump: la favorece el formato. Como ves, vamos perdiendo: a nosotros nos toca escribir más largo. O, al menos, a mí.

Por eso me parece que la molestia sigue siendo válida. Aún así, habría que aceptar que también es válida la opción de tratar de cuestionar la producción literaria de alguien a quien crees un mal escritor. Y hacerlo con firmeza y sin transacciones ni compromisos. Nos puede molestar “la manera honesta de trabajar de ciertos críticos”, pero eso no significa que uno tenga la razón. Entonces, ¿cuál es el problema? ¿No será uno el equivocado y simplemente es incapaz de aceptar la crítica cuando no es favorable? Quizás, ¿por qué no? Sabemos de sobra que en la entrada a la ciudad de las letras se lee: “Lasciate ogni speranza, voi che entrate”.

¿Cuál es, entonces, el origen de esta molestia?, insisto. Una respuesta posible la encuentro en tu carta. Con esto no quiero pasarte la posta irresponsablemente, sin embargo, encuentro en un párrafo de tu carta una pista iluminadora, es la cita de Juan Emar. Cito: “cada señor crítico escribirá única y exclusivamente […] sobre aquellas obras que le hayan entusiasmado, locamente entusiasmado, o bien le hayan horripilado hasta las náuseas. Y silencio sobre todo lo demás”. Hasta ahí Emar. Después agregas algo fundamental: “Ese silencio al que refiere el autor es, en términos prácticos, bastante productivo y honesto, aunque prefiero la parte del entusiasmo más que la de las náuseas”. El entusiasmo, Luis —y hasta me atrevería a decir la alegría que la lectura de ciertas obras producen—, es algo que, al parecer, está fuera de la ecuación de la crítica literaria. ¡Qué acierto fue traer a la discusión el valor del entusiasmo! Y vale la pena preguntarse entonces si hay algo más allá de este entusiasmo al que Borges llamaba felicidad.

Pero, sigamos, pues hay otros elementos en tu respuesta que creo pertinente citar en esta discusión. Al comienzo de tu respuesta me dices que no sabes qué hace a un buen crítico literario. Te creo. Es más, me gustó ese punto de partida, porque demuestra una capacidad para hablar desde la perplejidad, desde cierto espacio donde las autopistas de las respuestas prefabricadas se van deshaciendo para configurar un espacio borroso, difuso, el espacio de la duda, el de las puertas abiertas por donde puede entrar tanto el sol como un desagradable aguacero. Más adelante agregas: “Cada libro con la importancia que se merece y silencio sobre todo lo demás”. ¿Y no es esta, me pregunto, una posible forma de acercarse al fenómeno literario? Lo mismo se puede reformular como pregunta: ¿Vale la pena criticar malos libros? Estoy a punto de decir que no vale la pena, pero me rectifico: al menos, no siempre. Una pregunta, sin embargo, sigue dando vuelta: ¿No hay otra forma de hablar de los malos libros que maltratando a sus autores? ¿Es esta carta una defensa a los autores y, de paso, a los lectores chilenos? Puede que sí, aunque sea una carta innecesaria. La literatura chilena no necesita defensa. ¿O sí?

Otra razón para persistir en esta empresa es más de fondo y abarca una dimensión ética del problema si se quiere. Te cito: “No disfruto viendo cómo se destruye o ridiculiza la figura de un autor sólo porque escribió una obra desafortunada”. Este es, al final, el corazón del problema. Yo tampoco lo disfruto y conozco mucha gente que comparte este punto de vista. No me produce placer ver cómo le pegan a alguien en el suelo. Y no es exageración: la crítica, cuando pega, pega en serio y sin sentido del humor ni de la ironía. La literatura no es un conjunto de obras exclusivamente afortunadas, sino una mezcla de obras afortunadas y desafortunadas. Tampoco me parece legítimo hacer carrera de crítico sin ofrecer más ayuda que destacar lo negativo. Quizás eso sea todo lo que me lleva a escribir estas cartas: extenderle la mano al apaleado, para que se levante del suelo porque yo, como muchos otros escritores, también he recibido lo mío.

Sin embargo, quiero ser claro en un punto: no estoy afirmando que la crítica Donald Trump no deba existir. Ni siquiera veo esta carta como un ataque velado a ciertos críticos (aunque tiene todos los visos, ¿no?), sino como una reflexión crítica al ejercicio de un oficio que yo también práctico y por el cual siento un enorme respeto. Sería improcedente y antidemocrático negarle espacio a ciertos críticos simplemente porque no me gustan. Lo que sí estoy sugiriendo es que a este tipo de crítica le falta mirarse a sí misma de vez en cuando para tratar de entender que la molestia de la gente del mundo de la literatura no proviene simplemente del hecho de recibir malas reseñas, sino de todo lo que encubre esa supuesta honestidad profesional y los indisimulados coqueteos con el otro poder de la literatura, el que da el prestigio de ser el crítico más temido de la aldea, es decir, de todos los elementos extraliterarios que lo rodean. No nos veamos la suerte entre gitanos; esto es, probablemente, el punto más evidente de todos. Aquí hay una tarea pendiente, aunque mi confianza es escasa. O nula. Cuando Trump pierde, sus ataques se multiplican, como sucederá seguramente con este intercambio de ideas entre tú y yo. Aquí no hay más que un llamado a reflexionar sobre un oficio que en Chile necesita una seria revisión.

Un abrazo,

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