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Dios versus Ciencia

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Álvaro Fischer

Ingeniero matemático

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Rafael Vicuña

Bioquímico. Profesor titular, Universidad Católica

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Carta de Álvaro Fischer

26 junio 2015

Estimado Rafael:

Desde que aparecieron las religiones, incluso antes de que fueran monoteístas, se basaron en la creencia en seres sobrenaturales: una montaña que hace llover, un espíritu que castiga, y así sucesivamente. Luego, las religiones monoteístas incorporaron a un único Dios creador de todo, al que le adscribieron, además, la capacidad para interferir en el curso de los acontecimientos humanos.

En contraste con ello, la ciencia se basa en la creencia de que el mundo que nos rodea funciona sobre la base de ciertas regularidades —que no tienen un propósito definido— y que pueden ser descritas mediante lo que se ha dado en llamar “leyes de la naturaleza”. Esas leyes son válidas para todas las partículas, en cualquier lugar del espacio y en cualquier instante del tiempo, y es un supuesto implícito que utiliza la ciencia para desarrollar la agenda de encontrar dichas regularidades. Sin embargo, tales leyes sólo son válidas si no entran en contradicción con la evidencia empírica.

De ahí que la relatividad de Einstein cobró validez cuando fue capaz de explicar fenómenos que contradecían la mecánica clásica de Newton. Por eso la ciencia es siempre tentativa: propone regularidades, que son válidas mientras la evidencia empírica no las falsee. Para proponer esas leyes, se requiere de un “marco conceptual”, es decir, de un conjunto de conceptos con los que se describe esa realidad. La historia de la ciencia es la historia de esos marcos conceptuales. Con todo, la ciencia no describe cómo las cosas “son”, sino sólo indica que funcionan “como si” fueran de la manera que ese marco conceptual indica. Por ejemplo, las partículas elementales, con las que se describe toda la materia en física, es el mejor marco conceptual que se ha encontrado, aunque diste de ser suficiente para explicar todos los fenómenos que se conocen.

La pregunta que surge entonces, a partir de estas dos concepciones, es si es compatible la ciencia con la religión o, dicho de otro modo, si se puede creer en Dios y en lo que plantea la ciencia.

Al respecto, yo diría que si quienes creen en Dios, piensan que ese Dios interviene en los asuntos humanos —la llamada postura “teísta”—, entonces ambas cosas (ciencia y religión) son incompatibles. No es posible sostener que el mundo en el que vivimos se rige según las leyes que la ciencia ha logrado desentrañar y, simultáneamente, creer que Dios puede modificar esas leyes a su arbitrio. Porque, qué es lo que busca un “teísta”, por ejemplo, cuando reza para que un pariente se recupere de un cáncer, sino que ese Dios modifique el curso de acción de la enfermedad más allá del esfuerzo médico que el conocimiento científico adquirido les permite desplegar. Si, por otra parte, Dios lograra torcer dicho curso, entonces la ciencia no tendría universalidad (parte esencial de su razón de ser), sino que estaría sometida a la discrecionalidad de Dios.

Sin embargo, hay un modo de compatibilizar la ciencia con las creencias religiosas, aunque este espacio de coexistencia es reducido. Se trata de la versión “deísta” de la creencia en Dios. En dicha versión, Dios creó el universo y sus leyes, y luego dejó que el universo evolucionara de acuerdo a las mismas leyes que la ciencia ha ido acumulando. El problema que subsiste en esta concepción es que si Dios se introduce como factor sólo para explicar la aparición del universo, entonces se hace necesario introducir un factor que haya creado a ese Dios, y el argumento se puede repetir ad infinitum hacia atrás, sin llegar jamás al origen. Además, en la versión “deísta”, las leyes del universo que la ciencia descubre o propone son las mismas que ese Dios habría creado, por lo que los conceptos de Dios y universo tienden a confundirse, tal como lo concebía el gran filósofo Baruch Spinoza.

En resumen, en la versión “teísta”, Dios y ciencia no son compatibles; y en la versión “deísta”, Dios es casi superfluo. Entonces, Rafael, ¿cómo lo haces tú, un científico, para creer en Dios y, simultáneamente, buscar la verdad mediante la ciencia, sin sentir esa contradicción interior?

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Carta de Rafael Vicuña

28 junio 2015

Estimado Álvaro:

Inicio mi respuesta a tu carta con un postulado en el que estoy seguro estamos de acuerdo: el objetivo de la ciencia es comprender la lógica con que funciona la naturaleza a partir de fenómenos observables. Creo que estamos también de acuerdo en que la correcta aplicación del método científico conduce al enunciado de leyes cuya vigencia está sujeta a un permanente escrutinio.

Una primera reflexión que me nace como persona es que resulta notable que existan regularidades que nos permiten enunciar leyes. Este solo hecho invita a pensar en un diseño superior. El universo bien podría ser un permanente caos y, sin embargo, es un cosmos. Por otra parte, afirmas en tu carta que el mundo que nos rodea funciona sin un propósito. Esto podrá ser aparentemente así en el caso de la materia inerte. Pero en el caso de los seres vivos se da una finalidad intrínseca que ha intrigado a muchos científicos y filósofos de las más diversas creencias. Esta cualidad fue precisamente la que llevó a Kant a afirmar que la vida no se puede entender con la sola aplicación de las herramientas de la ciencia, lo que fue posteriormente refrendado por Niels Bohr y varios otros destacados pensadores.

Hay todavía un asunto no menor, que es fundamental respecto a los alcances de la ciencia, sobre el cual no estoy seguro que vayamos a concordar. Este tiene que ver con el hecho de que la ciencia natural estudia lo que es medible, en circunstancias que la realidad trasciende a este ámbito. Así, por ejemplo, siguiendo a Kant, si queremos entender verdaderamente lo que es la vida, tenemos que recurrir a los argumentos que nos ofrece la filosofía. Más específicamente, aunque comprendiésemos muy bien a nivel molecular cómo es que ocurre la división celular, no podemos dejar de preguntarnos de dónde surge el impulso de la vida para reproducirse. En términos generales, la filosofía de la naturaleza y aún la metafísica resultan de extraordinaria ayuda para una adecuada comprensión de la realidad por parte de cualquier persona pensante, tenga o no inquietudes religiosas.

Quiero ahora referirme a la cuestión de fondo que planteas en tu carta, es decir, la compatibilidad de un Dios creador de un universo diseñado con un objetivo y el libre cumplimiento de las leyes de la naturaleza. Cabría preguntarse: ¿Qué validez tendrían dichas leyes si existe un ser sobrenatural que puede interferirlas, aunque sea transitoriamente? Pues bien, quienes creemos que existe un Dios creador con dichos poderes tenemos también muy presente que él dotó a la naturaleza de su propia autonomía. De este modo, la creación es un proceso continuo que acaece de acuerdo a las leyes que descubre la ciencia y en el cual el azar y la libertad tienen un rol que jugar. El azar y el arte humano y divino no suprimen las leyes, cuentan con ellas. Es en virtud de esta autonomía que ocurren desastres naturales que pueden derivar en muchas muertes humanas. Sin duda que este tipo de evento es de difícil comprensión para quienes creemos en un Dios bueno y misericordioso, pero son las consecuencias que acarrea la libertad. ¿Qué sentido hubiese tenido que Dios creara un universo absolutamente determinista, como lo sostuvieron en el pasado diversas doctrinas mecanicistas?

Respecto a las intervenciones de Dios en los asuntos humanos, los que estimas serían incompatibles con la ciencia, es necesario hacer algunas distinciones. En primer lugar, la visión teísta sostiene que la agencia divina opera en forma permanente, aunque de un modo distinto a la causalidad que tiene lugar en los fenómenos naturales. Al mismo tiempo, admite que Dios puede intervenir directamente en nuestra realidad, y la propia Revelación da cuenta de numerosos episodios que manifiestan este hecho. Sin embargo, entre ellos habría que considerar acontecimientos realmente milagrosos (resurrección de Lázaro y el propio Jesús, multiplicación de panes) y otros que probablemente ocurrieron de acuerdo a leyes naturales (destrucción de Sodoma y Gomorra, separación de las aguas del Mar Rojo, curación de enfermos). La doctrina teísta sostiene además que hay instancias excepcionales en las que se manifiesta la intervención de Dios en el mundo, como son la creación de un alma espiritual para cada nuevo ser humano y la transustanciación eucarística. Claro que éstas son materia de fe y, por lo tanto, trascienden a la ciencia. El teísmo también concuerda con la oración para solicitar la ocurrencia de un particular evento, pero eso no significa necesariamente que ello vaya a implicar una supresión de las leyes naturales.

De todos modos, para el científico creyente no deja de ser una materia de permanente razonamiento la compatibilización entre el devenir de una naturaleza autónoma y el cumplimiento de un plan divino. En otras palabras, cómo es que se ejerce la acción de Dios en un mundo en permanente creación. Se han escrito muchos libros sobre este tema. Pero en fin, eso podemos abordarlo en una futura ocasión.

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Carta de Álvaro Fischer

01 julio 2015

Estimado Rafael:

Me refiero a tu respuesta. Por supuesto que concordamos en que el objetivo de la ciencia es describir las regularidades de los fenómenos naturales. Ahora bien, comprendo que el supuesto de la existencia de regularidades en el que implícitamente se apoya la ciencia, y que utiliza cuando propone hipótesis explicativas de los fenómenos que nos rodean, como si éstos siguieran ciertas leyes universales, y que luego somete al test de la evidencia empírica, te sugiera a ti la existencia de un diseño superior, algo que haya diseñado dichas leyes.

Te recuerdo, sin embargo, que tenemos innumerables ejemplos de diseño sin la necesidad de un diseñador. Todo el diseño que observamos en los organismos vivos —las formas de las flores, los colores de las mariposas, el ojo humano— es el resultado de la permanente aplicación del mecanismo de selección natural a moléculas que tienen la capacidad de replicarse sin necesidad de utilizar ningún elemento externo, más allá de las leyes de la física. Eso es precisamente lo extraordinario del descubrimiento de Darwin: la existencia de un mecanismo que produce y acumula diseño sin la necesidad de un diseñador. Por eso no es necesario recurrir a elementos externos a los conocidos por la ciencia para entender el fenómeno de la vida y su impulso a reproducirse, que tú mencionas en tu respuesta. La vida ya no es el misterio envuelto en un enigma que era antaño, sino tan sólo una forma de organización extraordinariamente compleja —complejidad alcanzada mediante fenómenos naturales—, que mediante procesos evolutivos naturales, y apoyada en los “trucos” que la naturaleza fue encontrando por ensayo y error a través del tiempo y reteniendo posteriormente, acumula complejidad en la forma de las características particulares de los distintos organismos vivos; algunas de ellas muy elaboradas, como el sistema nervioso central de los humanos.

Lo que sí nos podría llamar la atención es la “existencia” de regularidades, que es similar a la pregunta de por qué hay algo en vez de nada. Esa es la pregunta por el origen de todo. Dejemos esa pregunta de lado por un instante y volvamos a tu respuesta. Tú me dices que el Dios creador interviene en los asuntos humanos, incluso das ejemplos de “milagros” que estarían permanentemente ocurriendo, como la aparición de un “alma” cada vez que nace un ser humano, y la transustanciación eucarística, entre otros, aparte de aquéllos que han ocurrido de manera esporádica. Es precisamente esa contradicción —la oposición entre un mundo que funciona de acuerdo a regularidades, cuya búsqueda es la que realizan los científicos en su quehacer, y un mundo que opera de acuerdo a la discrecionalidad de un Dios, que introduce fenómenos supranaturales cada vez que lo estima conveniente— por la que te pregunto: ¿Cómo se logra compatibilizar ambas visiones? ¿Qué sentido tiene pensar que el mundo funciona de acuerdo a leyes permanentes, si en verdad en lo que se cree es en un mundo operado por Dios a su arbitrio? Me parece que no has respondido con claridad a ese problema.

Volvamos ahora al tema de fondo que dejé planteado al iniciar el párrafo anterior. ¿Cómo es que hay algo en vez de nada? ¿Cómo se creó todo? ¿Tiene la ciencia una respuesta para ello? Lo que la ciencia tiene por ahora son hipótesis, cuyo detalle no interesa para esta discusión. El punto de vista que los científicos adoptan frente a ese problema es suponer que hay una explicación consistente con las leyes de la física, y luego procuran buscarla. Las que encuentren, tendrán que ser consistentes con la evidencia empírica. Si la explicación fuese la de un Dios creador, entonces tendría que haber una manera de darle validez a esa hipótesis, consistente con todo el cuerpo de conocimientos científicos acumulado, lo que hasta ahora no ha ocurrido.

Por eso, el único espacio de compatibilidad que queda para la ciencia y Dios, creo yo, es la postura deísta que, de acuerdo a tu respuesta, no es la tuya.

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Carta de Rafael Vicuña

03 julio 2015

Estimado Álvaro:

Sostienes en tu segunda carta que no te respondí con claridad la cuestión de la compatibilidad de un mundo que funciona de acuerdo a leyes permanentes con uno operado por Dios, quien según tus palabras, actúa a su arbitrio o discrecionalidad. La verdad es que pensé que lo había hecho, pero lo intentaré nuevamente.

Si bien asistimos en estos días a un discusión respecto a si la teoría sintética de la evolución debiera o no ser revisada, considero que en su forma actual ésta ofrece argumentos suficientes para explicar en el orden natural el aparente diseño que observamos en los organismos vivos. Más aún, creo que el origen de la vida en la Tierra, evento que desconocemos totalmente, debe haber ocurrido sin ninguna contradicción a las leyes de la físicoquímica. Estoy consciente de que hay quienes piensan que el origen de la vida no podrá ser nunca explicado por la ciencia. Entre ellos, algunos eminentes filósofos que estiman que debe haber proporcionalidad entre los efectos y sus causas. Respecto al mundo inanimado, creo también que su desenvolvimiento (expansión del universo, creación de galaxias y de sistemas planetarios, explosiones de supernovas, etc.) también ocurre de acuerdo a las leyes de la física.

Seguro que conoces el libro El regalo de Darwin a la ciencia y la religión, escrito por el célebre biólogo Francisco Ayala. Según el autor, el gran regalo de Darwin fue haber propuesto un mecanismo evolutivo como explicación de la diversidad de los seres vivos, haciendo innecesario recurrir para este fin a eventos milagrosos o sobrenaturales. Agrega este respetado autor en el prólogo que el darwinismo es compatible con una visión religiosa del mundo. Estoy de acuerdo con esta opinión por la simple razón de que el modo de actuar de Dios es diferente al de las causas que miden las ciencias naturales. En otras palabras, la ciencia nunca va a permitir confirmar o descartar la existencia de Dios.

En un debate que tuvimos hace un tiempo y en el que afirmé esto mismo, me dijiste: “Si estás de acuerdo con que hay una explicación científica para lo que observamos en la realidad, ¿para qué quieres más?”. Bueno, lo que pasa es que no puedo evitar buscar el sentido de lo que observo. Este ejercicio me lleva a pensar, como persona y como científico, que detrás de todo hay un plan divino establecido por un Dios creador. El hecho de que las maravillas de la naturaleza, tanto animada como inerte, me evoquen la existencia de un diseño sobrenatural, no tiene nada de original. Corresponde al conocido argumento teleológico o físicoteológico, uno de los caminos que ofrece la filosofía para llegar a la convicción de la existencia de Dios mediante el uso de la razón. Por cierto, este es un ejercicio de pensamiento que conduce a conclusiones que no son demostrables experimentalmente, de modo que las personas pueden tener distintas apreciaciones respecto a la validez de su alcance.

Por otra parte, reitero lo expresado en mi carta anterior en cuanto a que Dios dotó a la naturaleza con autonomía, dándose en ella procesos evolutivos permanentes en los cuales tanto el azar como la necesidad cumplen un rol. No estoy de acuerdo, por lo tanto, con tu afirmación que Dios interviene en el orden natural con arbitrariedad o discrecionalidad. Acepto, eso sí, que muy ocasionalmente puede haberlo hecho con discrecionalidad, porque así está revelado en las Sagradas Escrituras, en las cuales creo por fe. La creación de nuevas almas o el milagro eucarístico mencionados en mi carta anterior también escapan al ámbito de la ciencia y, en consecuencia, no interfieren en absoluto con las leyes de la física y de la química.

Planteas en tu segunda carta dos nuevas preguntas de hondo contenido filosófico: ¿Cómo es que hay algo en vez de nada? ¿Cómo se creó todo? Agregas que por el momento la ciencia tiene hipótesis para responderlas y que los científicos debiéramos esperar hacerlo con leyes de la física. A mi entender, es imposible que la ciencia las responda (sobre todo la primera). No tiene las herramientas para hacerlo y, por lo tanto, trascienden a su alcance. Esta es una clara prueba de que el método científico, por poderoso que sea, no agota nuestras posibilidades de conocer la realidad.

Termino, del mismo modo que en mi carta anterior, afirmando que para el científico creyente no deja de ser una materia de continua reflexión el cómo conciliar adecuadamente el devenir de una naturaleza tal como la conciben los modelos explicativos de las ciencias experimentales, con el cumplimiento de un plan divino.

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Carta de Álvaro Fischer

10 julio 2015

Estimado Rafael:

Creo que, aparte de concordar ambos en que las explicaciones científicas que tenemos respecto del funcionamiento del universo, e incluso del origen de la vida, son relativamente completas, robustas y suficientes para entender las regularidades de los fenómenos que nos rodean —sin perjuicio de los temas aún no resueltos, como la incompatibilidad entre la relatividad general y la mecánica cuántica, la materia y la energía oscura, el comienzo de todo, entre otros—, nuestras diferencias tienen un origen distinto. Son de tipo epistemológico, por las distintas maneras con que construimos nuestras convicciones respecto de nuestras creencias.

Para quienes creemos que la ciencia nos provee el camino para hacerlo —y ese camino consiste en proponer hipótesis explicativas, someterlas al test de la evidencia empírica y al escrutinio de los pares, y mantenerlas como válidas mientras no hayan sido contradichas por esa evidencia— las explicaciones sobrenaturales no nos generan convicción. Las explicaciones sobrenaturales no tienen correlato en la evidencia empírica, nunca han podido replicarse y, por lo tanto, se sustentan en ese estado “neuronal-emocional” que llamamos convicción, que para el caso religioso se denomina “fe”.

Los razonamientos metafísicos que conducen a la convicción religiosa tampoco son suficientes para el mundo científico. Esos razonamientos no generan existencia de nada; son más bien una cuidadosa especulación intelectual. Los razonamientos que producen teoremas matemáticos a partir de conceptos abstractos que no existen como objetos en el mundo perceptible, no son un contraejemplo de lo anterior, pues los conceptos matemáticos abstractos sí pueden producir descripciones verificables empíricamente de la realidad. Por ejemplo, la teoría de grupos en física de partículas.

El afán de encontrarle sentido al universo, así como la necesidad de tener convicción respecto de nuestras creencias, son todas características de nuestro sistema nervioso central, moldeadas por selección natural a través del proceso evolutivo. Esa es una afirmación de carácter científico, que puede ser sometida al test de la evidencia empírica. En particular, hay gente que tiene una convicción absoluta respecto de sus creencias sobre la base de “corazonadas”; hay otras que las tienen por la confianza que les produce lo que otras personas les digan; está la convicción que produce la fe y también la que genera la evidencia empírica apoyada en una teoría explicativa, que es lo que sostiene las creencias de los científicos.

Si alguien se siente cómodo basando sus creencias en la capacidad de la ciencia para establecerlas, y simultáneamente sostiene que un Dios creador puede modificar el curso de las leyes que la ciencia ha establecido, sin encontrar que haya una contradicción entre ambas cosas, está en su perfecto derecho. Yo me sentiría muy incómodo en esa postura.

De modo que, estimado Rafael, en el tema de Dios y Ciencia no me queda más que afirmar, utilizando una célebre frase en inglés, “Let’s agree to disagree”.

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Carta de Rafael Vicuña

13 julio 2015

Estimado Álvaro:

Al responder tu tercera carta, seguiré el mismo orden, es decir, me referiré primero a nuestros acuerdos y luego a aquellos aspectos en los que tenemos discrepancias.

Nadie podría discutir que el método científico es la herramienta más poderosa que ha desarrollado el hombre para generar nuevo conocimiento. Si bien algunos han sostenido que debido a la enorme efectividad de este método la ciencia agotará algún día su objeto de estudio, la experiencia ha demostrado que los hallazgos siempre abren nuevos horizontes.

Un asunto fundamental que atañe a nuestro debate es definir el alcance de la ciencia. Ésta se desenvuelve en el ámbito de lo que es medible, única manera de contrastar las hipótesis. Pero aún en el mundo material se presentan situaciones que buscamos explicar mediante la ciencia a pesar de que las hipótesis planteadas nunca las vamos a poder validar empíricamente. Por ejemplo, en el origen de la vida en la Tierra se da un componente histórico que resulta irreproducible, de modo que la robustez de las hipótesis que se planteen al respecto (hoy hay varias) puede variar en el tiempo.

Sin perjuicio de este tipo de limitación, la pregunta es si la realidad se agota en lo que es verificable experimentalmente. Yo pienso que no, y es quizás aquí donde se inicia nuestro desacuerdo. En consecuencia, estimo que si se busca alcanzar una mejor comprensión de dicha realidad, es necesario recurrir a otras vías de conocimiento, complementarias a las que ofrece la ciencia. Una de ellas es la filosofía, con sus diversas ramas. Otra es la revelación, válida para aquellos que opten por creer en ella. Viene al caso citar el inicio de la notable encíclica Fides et Ratio, de SS Juan Pablo II: “La fe y la razón son como las dos alas con las cuales el espíritu humano se eleva hacia la contemplación de la verdad”. Incluso al sentido común le asigno un rol en este intento de búsqueda, aunque sabemos que en ocasiones éste es contradicho por la evidencia experimental. Por cierto que no todos podrán estar de acuerdo con el grado de validez de estas vías de conocimiento adicionales a la ciencia, pero muchos hombres llevan milenios utilizándolas.

Me refiero ahora a las explicaciones sobrenaturales, puesto que las mencionas nuevamente en tu tercera carta. Desde luego, no me parece epistemológicamente válido recurrir a ellas como causa directa de eventos que ocurren en la naturaleza. En este error tropiezan los seguidores de la denominada doctrina del Dios tapa agujeros, la que trágicamente se va debilitando en la medida que la ciencia va copando los espacios de la ignorancia. Notables pensadores, entre ellos Isaac Newton, han adherido a esta doctrina. En nuestros días está representada por el movimiento denominado “diseño inteligente”, con numerosos seguidores en los EE.UU. y en el Reino Unido. Ello no obsta a que muy ocasionalmente puedan haberse dado intervenciones de Dios en el orden natural. Como lo expresé en mis cartas anteriores, éstas han sido situaciones excepcionales en las cuales se cree por fe y que no han tenido el propósito de suplir limitaciones de las leyes naturales.

En contraste con lo anterior, tener una cosmovisión que comprenda la existencia de un Dios creador del universo y de las leyes que lo rigen no entraña ningún error epistemológico, sobre todo porque, como bien recuerdas en tu carta, aún está pendiente la respuesta sobre el origen del todo. Esta actitud se puede ver reforzada por el asombro que despiertan los hallazgos de la ciencia, aunque ésta en ningún caso pueda refutarla porque carece de las herramientas para hacerlo. Ello no impide que para quienes adherimos a esta posición nos represente un desafío compatibilizar el cumplimiento de un plan divino con los múltiples eventos cuánticos, contingentes y azarosos que se dan de continuo en la naturaleza. Pero aun así optamos racionalmente por seguir creyendo y la imposibilidad de confirmar empíricamente nuestras creencias no les resta coherencia. A esto es lo que llamamos fe. Por lo tanto, estimado Álvaro, adhiero decididamente a la frase con la que terminas tu última carta: “Let’s agree to disagree”. No deja de ser significativo que concluyamos el debate con este noble acuerdo.

21 Comentarios

  1. Fischer dice: “ciencia y religión son incompatibles. No es posible que el mundo se rige según las leyes de la ciencia, y simultáneamente Dios puede modificar esas leyes. Si Dios lograra torcer dicho curso, entonces la ciencia no tendría universalidad (parte esencial de su razón de ser), sino que estaría sometida a la discrecionalidad de Dios”. Lo que según Fischer es incompatible, ocurre todos los días y en muchas partes y tienen un nombre: MILAGRO. ¿Cuántas veces ha ocurrido que una persona sana de una grave enfermedad, sin explicación de la ciencia? Existe evidencia de hechos que superan los leyes de la ciencia, pero aun así, ocurren.

  2. En la cadena trófica el hombre es un consumidor que no tiene competidores. El único que puede depredar al hombre es el propio hombre. Y esto simplemte significa que los poderosos depredan y someten a los débiles. De ahí la necesaria existencia de preceptos que encadenen a los unos y liberen a los otros. Leyes que deben ser acatadas por todos y que están por encima de todos. Estas leyes sobrenaturales no deben estar sometidas al arbitrio ni de poderosos ni de mayorías circunstanciales. La religión existe para proteger a los débiles de todo de lo que se valen los poderosos para someterlos. En este escenario la ciencia puede ser un instrumento liberador o esclavizador del propio hombre.

  3. Jaime León: La religión es apenas un conjunto de creencias que no han sido jamas probadas de manera alguna. En otras palabras, la religión existe solo para quien quiere creer a ciegas, la ciencia en cambio es un conjunto de explicaciones absolutamente probadas de manera racional. No puede haber un versus entre lo real y lo ficticio.

    1. José Rizo Massu: Jaime, esa postura se acerca peligrosamente al Círculo de Viena. Desde Khun en los años 60 que esa “limpieza” en la obtención de información se cuestiona.
      No obstante, religión y ciencia son 2 formas de conocer que corren paralelos. Nótese que no hago juicio de valor, simplemente no pueden operar de la mano. Y eso queda muy en evidencia con el “cambio de switch” que tienen que hacer científicos creyentes dependiendo el tema que traten (lo mismo para religiosos con vocación científica).

    2. Me interesa el tema de comparación entre la fe y la ciencia. Por un lado, se dice que la existencia de Dios, o un ser superior bueno, creador de todo, no ha podido ser comprobada usando el método científico. El problema es que hay una confusión: son 2 realidades distintas, unas están en el plano de lo material y, por tanto, deben cumplir con leyes científicas exactas (temperatura de ebullición, evaporación y congelamiento, etc.); y otras realidades están en un plano distinto. Al mismo tiempo, la ciencia no puede, por así decirlo, “medir” el pensamiento de una persona.

  4. Sucede que la concepción de Dios ha cambiado hacia formas menos gregarias, más personales. Pero a despecho del reclamo de Nietzsche de un Dios muerto; el sentimiento religioso se ha ido ensanchando y cultivando en nuevas formas de adoración, a un Dios o a dioses cada vez más elusivos. Se dice que avanzamos al galope hacia nuevas formas de panteísmo. Afirmación opuesta a un Dios en retirada debido al progreso en el conocimiento. Y es que el sentimiento religioso es vivido intensamente por muchas personas, en expresiones diversas y extendidas. Piénsese, por ejemplo, en la inmolación y exaltación a su Dios de los fundamentalistas islámicos el 11/9, en las inmolaciones de monjes tibetanos, o en el éxito multitudinario y en el rating de cualquier visita papal a un país pobre. ¿Qué hará la ciencia con estos fenómenos, en principio inexplicables? Si los ignora, menos tendrá algo que decir sobre la existencia o no existencia de Dios. “Dios existe” es una proposición tan válida como la de que “la ciencia existe”. Es evidente que ambas son experiencias existentes y, en cuanto tales, no pueden ser contradictorias. Entiendo que el dilema planteado por el Sr. Fischer es la incompatibilidad entre la realidad de la existencia de la ciencia con la realidad de la existencia de Dios. Se trata, más formalmente, de la coherencia del conocimiento de las últimas verdades (Dios) con el conocimiento de las leyes verdaderas que rigen las sensaciones (Ciencia). El Sr. Fischer demanda una explicación al Sr. Vicuña por tal conexión.

    Es útil y necesario el éxito operacional de la ciencia en el mundo del fenómeno, pero cuando el científico pierde la cabeza y se da arrestos metafísicos para explicar, cuando no de negar, los hechos más íntimos de los personas, debe confesar su impotencia. Más aun, ¿cómo es que la ciencia puede explicar el hecho mismo de la ciencia?, ¿cuál es la hipótesis que la hace posible?, ¿cómo es que existen las cosas vinculadas en leyes naturales?, ¿qué es el cambio?, ¿qué es la causa? Por todo esto considero la demanda del Sr. Fischer improcedente, pues ciencia y religión son dominios de la experiencia vinculados reservadamente al interior del espíritu de cada cual. Y así, considerándome un ateo con fundamento, mi voto favorable es para el Sr. Vicuña.

  5. En mi humilde opinión creo que religión y ciencia se unen en el origen del tiempo y en el devenir de las cosas. Ya tenemos algunas coincidencias, de que el origen de la vida no está asociado al evento Adán y Eva, sino que al origen del tiempo, más conocido como Big Bang, pero el devenir no lo tenemos lo suficientemente claro, es por ello que la religión nace o incide en el hombre frente a la incertidumbre de lo que sucederá. Desde ya, la ciencia ha entregado algunas respuestas más o menos concretas, pero la religión está al debe en este sentido.

  6. Finalmente, tanto la ciencia como la religión son un acto de fe: la religión cree en Dios, y la ciencia cree que la experimentación trae la certeza. La única diferencia es que la ciencia ha servido útilmente a nuestra civilización, y por eso confiamos en ella. La religión últimamente nos ha fallado.
    Por otro lado, la discusión de qué es lo valido: la experimentación o la religión es inútil, porque ambos preceptos se basan en supuestos axiomáticos, es decir, que no son autodemostrables. Lo que extraña es que una persona pueda ser al mismo tiempo científico y religioso, porque, sin duda, ambas actividades se basan en axiomas contradictorios entre sí. Por otro lado, quiénes somos para juzgar, todos cargamos con contradicciones (incluso las partículas subatómicas).

  7. Jose Rizo Massu: La religión ofrece algo que la ciencia no puede: un mundo de certeza y seguridad ante los eventos. Que esté basado en ficciones o no, es irrelevante. En cambio la ciencia, por su propia forma de operar, sólo hace una labor descriptiva en un mundo incierto.
    Hay gente que simplemente necesita la primera forma para operar en el mundo. Los dioses pueden o no ser falsos, pero para muchos son necesarios.

    1. Alejandro VP: Creo que el error está en afirmar, de manera previa al discurso racional, tanto la existencia como la no existencia de ese algo como ser necesario, sin antes haber realizado un proceso de construcción argumentativo que permita llegar a una conclusión como inferencia a la mejor explicación, y siempre en términos de probabilidad, no de certeza absoluta (ese es el estatus epistemológico que corresponde a las distintas tesis en el debate racional, en especial en el debate sobre la existencia de Dios). Con respecto al artículo, creo que la ciencia es neutral (o debería serlo), y nada tiene que decir sobre la existencia de un Dios. El problema creo que se encuentra en las cosmovisiones, teísmo Vs. naturalismo, o teísmo Vs. ateísmo (ambas pertenecen al ámbito de la fe y la voluntad). Sin embargo, también en la ciencia uno puede ir descubriendo implicaciones para su cosmovisión. Por último, no pienso que la ciencia esté o deba estar peleada con el teísmo, de ser así, sería imposible la existencia de creyentes científicos y el desarrollo de la ciencia por parte de estos (la historia de la ciencia nos da bastantes ejemplos de científicos creyentes, basta con mencionar a Newton y Lemaítre).

  8. Francisco Ignacio Castillo: Tanto la ciencia como dios son manifestaciones culturales creadas por los humanos. La diferencia radica en que la ciencia tiene bases epistemológicas mucho más fuertes que la fe pura y ciega.

  9. Francisco Contreras: Lo importante es que el ser humano evoluciona a través de pruebas que se ejecutan por un porque, mientras que la religión se basa en mentiras que ni siquiera son capaces de interpretar.

  10. Hay algunas ideas distintas a las descritas, principios distintos a los teísta/deísta y al antropocentrismo. Restringir la discusión a dualidades como religión versus ciencia, el mundo como objeto de estudio, y según la perspectiva que se sigue, las ideas a las que me sumo, podría dejarnos en uno u otro lado.
    Por ejemplo, el principio biocéntrico nos señala que la vida es el principio rector del universo, es decir, el universo se organiza y evoluciona en torno a la vida. La vida, según este principio, no es resultado del azar o de un principio omnipresente.
    Evitando las decisiones y definiciones de qué se entiende por ciencia y religión, los análisis descritos corresponden a interpretaciones literales. De esta forma, las revisiones podrían realizarse también desde visiones técnicas literarias, normalmente considerando revisiones de gramáticas, histórica, lingüísticas (distintos “idiomas” y traducciones a idiomas “actuales”), contexto y estructuras literarias, entre otros ámbitos. Esta perspectiva al parecer no se utiliza habitualmente, pero también nos ayuda en estos debates.
    Todo lo anterior busca describir que para diversas preguntas/respuestas en torno a estos temas, podría ayudar la búsqueda de revisiones técnicas literarias, incluso con estudios comparados, con varios ejemplos entretenidos. En suma, por ejemplo, sería como leer el Quijote en su versión original, “inentendible” hoy, o confiar en alguna “buena” traducción, actualización y selección, para disfrutar de sus historias, como la de Roque Esteban Scarpa, muy buena versión local de este clásico literario.

  11. Todos estos comentarios vistos desde el lado positivo; por el lado negativo, los mayores crímenes contra la humanidad han sido cometidos en nombre de dios y la patria.
    Todas las religiones monoteístas te prometen el castigo si durante “esta vida” no cumples con sus mandatos, o el Cielo y el Paraíso serán tu recompensa si te comportas según las reglas establecidas por la religión, obviamente después de tu muerte.
    Es claro que evidencia empírica o científica no existe sobre el Cielo o el Infierno. Más aún, cuántos han sido llevados a los cielos siendo criminales de tomo y lomo, y para esto sí hay evidencia histórica.
    Yo le digo a los papás: si no enseñan a sus hijos a pensar, la religión les enseñará a no pensar. ¿Quién cree que descendemos de Adan o Eva, desde hace solo 5000 años? El argumento es realmente pueril.

    1. “Los mayores crímenes contra la humanidad han sido cometidos en nombre de dios y la patria.”
      No es así:
      http://www.huffingtonpost.com/ambassador-muhamed-sacirbey/religion-cause-for-war_b_4063856.html
      http://www.jonsorensen.net/2012/09/18/is-religion-really-the-number-one-cause-of-war/
      En nombre de la patria, podría decirse que sí.

      “Yo le digo a los papás: si no enseñan a sus hijos a pensar, la religión les enseñará a no pensar”.
      Si la religión impide pensar, explique cómo sólo el 15% de los mejores científicos ven un conflicto entre la religión y la ciencia. Si es un tema tan obvio y general, ¿porqué la minoría lo cree así, incluyendo a Álvaro Fischer?:
      http://www.sciencedaily.com/releases/2011/09/110921115923.htm
      Más aún, no podemos otorgarle el origen de las religiones a la ignorancia:
      http://www.sciencedaily.com/releases/2014/01/140117153635.htm

      “¿Quién cree que descendemos de Adan o Eva, desde hace solo 5000 años?”.
      Un simple muñeco de paja. La gran mayoría de la gente cree en la evolución, y no por ser creyente se cree en Adán y Eva. La metáforas tienen su utilidad en la historia del hombre, y son simplemente para enseñar, no para creer que son cuentos literales.

      Usted tiene demasiados prejuicios con los creyentes, debe de darles las gracias por toda la ciencia que las principales religiones han desarrollado:
      http://blogs.nature.com/soapboxscience/2011/05/18/science-owes-much-to-both-christianity-and-the-middle-ages

    1. ¿Y meditar?:
      http://www.scientificamerican.com/espanol/noticias/reuters/asocian-la-meditacion-prolongada-con-una-menor-reduccion-del-volumen-cerebral/

      Y la espititualidad, sin importar de qué religión, correlaciona con una mejor salud mental:
      http://medicalxpress.com/news/2012-08-spirituality-mental-health-religion.html

      Aunque en lo obvio, la oración no proporciona cura real, sí podemos hallar beneficios médicos. No menosprecie la religión.

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