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Delincuentes

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Paulina Soto R

Doctora en Estudios Latinomericanos, Universidad Libre de Berlín

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Giorgio Jackson

Diputado por Santiago Centro. Dirigente Revolución Democrática

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Carta de Paulina Soto R

31 mayo 2016

“Son delincuentes y punto”; usted lo dijo, señor diputado.

Señor Giorgio Jackson

Diputado por Santiago Centro

Dirigente Revolución Democrática

Sí, son delincuentes todos ellos, no cabe duda. Fueron delincuentes antes de cometer un acto homicida. Varios tenían  menos de 18 años pero ese es un dato de la causa. Un dato similar al que carezcan de rostro, de identidad u origen. De seguro, no son buenos estudiantes. Fue suya la responsabilidad de desviarse hacia la senda fácil. El arduo camino de los liceos en Chile los amedrentó. Prefirieron la vida rápida: el robo. Usted los vio hurtar. Y quizás también los vio destrozar la mercancía. Para aprovecharla, destrozaron computadores, celulares… Picaron la piedra -los nudillos emblanquecidos-  y tiraron la bomba molotov hacia dentro del edificio. Sabían donde iba esa bomba: que nadie se confunda. Sabían que un señor de 70 años, llamado Eduardo Lara, custodiaba el edificio a esa hora. Son tal como el hampa de delincuentes felices que a portonazos asaltan la ciudad para luego lucirse  en sus barrios.

“Son delincuentes y punto”; usted lo dijo, señor diputado.

Porque en Chile ese epíteto engloba la desigualdad social estructural, la patología de menores, el vandalismo y el hurto, entre otros. Es el nombre del mal. La nuestra es una sociedad sana. Usted confía en la república, lo sé. Usted confía en el legado de Salvador Allende. Ese que se encuentra en el ADN de los estudiantes que marchan como corresponde. Los terroristas están en otras zonas, lejanas. Estos jóvenes que no tienen casta, no tienen clase, ni siquiera portan emblema. Forman parte de la raza más nefasta en Chile. Aquella que no calza dentro de la sociedad arribista en la que vivimos. Forman parte de aquel grupo que sólo acceden a una voz destruyendo.

Quizás, entonces, es por mera corrección léxica que le pregunto, si en sus rostros delincuentes  usted no vio la expresión vacía, la cruda pulsión por destruir, por hacer daño; sin más deseo o aspiración que la mediara. Si acaso usted no vio que quizás por pura vergüenza disfrazada de valentía, encapuchan su rostro. Devastando para así ganar la única garantía que los lleve a vivir.  Para tener un rostro por lo menos en su muerte. Quizás usted no vio la dimensión de su marginalidad, o tal vez se trata de un error mío. Pocos meses  atrás, fui a un evento de Revolución Democrática como espectadora. Un amigo me mostró un tríptico sobre la visión del partido. Con él discutí el hecho de que no se mencionara la palabra ‘clase’ en ningún momento. Eran muchos los problemas atingentes, ese no es el más relevante, observó. Es que al parecer me he vuelto ciega a las nuevas formas en que se invisibilizan en la sociedad los semblantes más importantes de la discriminación.

Paulina Soto Riveros, Doctora en Estudios Latinoamericanos, Universidad Libre de Berlín

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