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Delincuencia: ¿Aumento o sensación?

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Pedro Valdivia Castillo

Coronel (R) de Carabineros. Asesor de seguridad

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Danilo Billiard

Periodista. Licenciado en Comunicación Social, Universidad de Playa Ancha

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Carta de Pedro Valdivia Castillo

20 agosto 2015

La conclusión de la cumbre antidelincuencia de hace unas semanas fue crear una comisión para visualizar en treinta días dónde está el problema de la delincuencia que afecta a nuestro país. No nos da muchas esperanzas aquello, porque ¿quién en este país no tiene claro lo que nos afecta cada día?

Los carabineros detuvieron a 15 mil delincuentes por robo hasta la fecha, de los cuales 7.800 son autores de más de cinco hechos similares. Estos policías entregan todo lo que tienen, hasta sus propias vidas, como el subteniente Óscar Muñoz, pero su labor está limitada al punto de no poder identificar a una persona porque algunos piensan que es un atentado a los derechos humanos. Y eso no es todo: deben quedarse viendo cómo aquellos que detuvieron en la mañana, en la tarde quedan libres y se les ríen en sus propias caras mientras van en camino de una nueva víctima.

El sistema judicial, por su parte, es garantista y se dedica a plantar la semilla para una impunidad que vemos todos en todas partes. Un ejemplo: un simple análisis del control de detención de la Fiscalía Santiago Oriente, del jueves 23 de julio pasado, arroja el resultado de 40 bandidos, 37 de ellos menores. ¿Cuáles son las consecuencias y “penas” de dicho control? Tres de los bandidos con privación de libertad, ocho firmando, otros tantos “no se pueden acercar a sus víctimas” y la guinda del postre: un menor que sólo tuvo que acreditar que va a su colegio. Para qué recordar a aquel delincuente arrepentido que se fue a entregar y no lo recibieron porque no llevaba su carnet. Para qué hablar de Hualpén: un menor detenido junto con su hermano mayor como autores de un asalto a un Servipag, donde quemaron a un inocente empleado que trató de impedir el asalto a su fuente de trabajo. La consecuencia de su “libertad” es que, al día siguiente, es nuevamente detenido cometiendo otro asalto mientras Carolina Peña, la esposa de esta nueva víctima, siente en carne propia el dolor de esta nueva injusticia.

Las autoridades sólo piensan en todo aquello que a la mayoría de los chilenos no les interesa, hasta tal punto que cuando a la Presidente alguien le grita que enfrente el problema, su respuesta es: “A mi hija también le paso”.

Los parlamentarios viven preocupados durante ocho meses en las mil y una maneras de cómo salir de Penta, SQM, Caval, las boletas ideológicamente falsas, los dobles viáticos, etc. y tratando de justificar lo injustificable sin ponerse rosados, mientras la “Agenda corta antidelincuencia” es cada día más larga y la ley de seguridad privada va derecho a cumplir sus nueve años en el palacete de Valparaíso.

A las víctimas les queda el costo directo de las pérdidas de vidas, lesiones y bienes, y aquel indirecto, que es más perverso aún, como la sensación de impunidad, de injusticia, de burla, de impotencia creciente cada día.

El resto de nosotros parece que tendremos que quedarnos con el sonido de las cacerolas, las comunidades organizadas por WhatsApp y con el mensaje de Juan Luis Guerra en “Las avispas” cuando nos canta que “Jesús me dijo que me riera si el enemigo nos ataca y nos mortifica en la carrera, porque será él quien enviará las avispas para que los piquen, porque de quienes tienen que hacerlo poco o nada ya nos queda seguir esperando…”.

Hablar del aumento o disminución de los delitos según los números entregados por cualquier gobierno nunca será hacerlo con la verdad, porque sólo son un referente del 54% de lo que ocurre en las denuncias y en la victimización, que es ligeramente más objetiva. Tampoco es la verdad absoluta, porque dependerá de dónde y cómo se recaben esos números. Por ello, es innegable que la sensación de inseguridad es inmensamente superior a lo denunciado y se basa fundadamente en la increíble sensación de impunidad, generada exclusivamente por un sistema garantista que a esta sociedad le quedó demasiado grande.

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Carta de Danilo Billiard

20 agosto 2015

Resulta un hecho inobjetable que la delincuencia es un problema para la sociedad chilena. Las voces autorizadas en el tema confrontan sus posiciones desde una dimensión binaria: el aumento de los delitos para unos y la disminución de estos para otros, en base a cifras y estudios sobre la seguridad pública. Sin embargo, todo esto ha contribuido más a cuestionar la labor de los gobiernos en esta materia, de las policías y del Ministerio Público, que a reducir la sensación de inseguridad y temor en las personas frente a estos hechos que, lamentablemente, se han vuelto cotidianos.

Aludir al rol de los medios de comunicación en tanto la responsabilidad que les compete en relación a la percepción social sobre la delincuencia, cuya sensación es que esta ha aumentado, no es un subterfugio para eludir la realidad. La amplia cobertura que otorgan los noticieros a los robos, concentrando un gran porcentaje de estos en unos minutos de programación, despierta el temor y la reacción de millones de personas, sintiéndose indefensas ante “la vorágine delictual que los asecha al abrir las puertas de sus casas”. Asimismo, aporta a validar el discurso de la puerta giratoria (que no encaja a partir de los índices de sobrepoblación penal), que ha sido la plataforma de oportunismo para algunos sectores políticos que posteriormente obtienen sendos réditos electorales gracias a las promesas de más cárceles y más policías (escenificadas masivamente por televisión) para, supuestamente, resolver los problemas de la gente.

Por lo demás, reconozcamos que aunque los delitos se hubiesen incrementado (y que la sensación sea justificada), los instrumentos públicos con que se cuenta para combatir la delincuencia son insuficientes y no han dado los resultados esperados.

Expertos aseguran que las cárceles chilenas estimulan el contacto entre pares criminógenos y que, por este motivo, se han convertido en verdaderas escuelas del delito. Tal como en una población periférica, en las cárceles se reproducen las propias condiciones de la sociedad, por tanto, la respuesta al problema de la delincuencia se debe encontrar en sus causas, que al menos son cuatro: la desigualdad social, la ausencia de referentes ideológicos, la deslegitimación del trabajo y el consumo problemático de drogas duras.

En todo caso, y a propósito de esto, es necesario hacerse una pregunta: ¿No sería más factible un trabajo sistemático en las poblaciones con niños y jóvenes, concientizándolos acerca de la importancia del trabajo como medio de subsistencia y productor de toda la riqueza, en vez de encerrarlos —cuando el daño ya está hecho— y en ese contexto brindarles orientación y herramientas laborales para su desarrollo y reinserción? La respuesta, hasta ahora, no tiene candidatos.

Son las expectativas generadas por el modo de producción que rige los destinos de las sociedades, sumado a los valores sociales que le son propios, como el individualismo, la competencia interpersonal y la búsqueda de estatus socioeconómico —que dota de identidad— mediante la obtención de bienes (mayoritariamente suntuarios) en el mercado de consumo, algunos de los fundamentos para ahondar en los orígenes de la delincuencia tal cual como la conocemos hoy en día.

Una sociedad sin referentes que propugnen conductas solidarias (y que se posicionen por fuera del interés publicitario y comercial); que no estimula la organización entre pares por objetivos comunes, sino que el individualismo; que valora el conocimiento como un instrumento financiero de ascenso social (el cual es medido de acuerdo a la capacidad individual de consumo) y no como una herramienta para desarrollar bienestar colectivo, promover la cultura y la empatía; donde existe un sector minoritario de la población que goza de lujos y privilegios mientras la gran mayoría convive con el fantasma del desempleo, la precariedad material y la insatisfacción emocional, no tiene ninguna posibilidad de hacerse cargo del problema de la delincuencia, como percepción y como realidad.

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