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Cuando pinto, pinto descalzo

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Salvador Dalí

Pintor catalán

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Federico García Lorca

Poeta español

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Carta de Salvador Dalí

15 diciembre 2017

[Cadaqués, finales de julio – principios de agosto de 1925]

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Querido amigo:

Tu carta me causó gran alegría.

«La mariposa de hierro» creo que sintetiza maravillosamente todo el pensamiento de la pintura moderna, todo ha de tener la misma consistencia, eternidad (no la misma calidad).

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Después del fauvismo, las figuras que se mantienen en pie, y nada tan maravilloso como los pies apretados a la tierra bajo el «peso» del cuerpo, mejor que en el Poussin, en Egipto encontraremos los dos pies bajo el suelo; Xénius comprendió, pero desde Egipto al Mediterráneo Policleto añadió «la gracia» de la pierna libre, por eso la Bien Plantada cuando está en reposo se apoya sobre un solo pie.

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Cuando pinto, pinto descalzo, me gusta sentir la tierra bien cerca de mis «dos» pies.

Estoy intentando unos ensayos con el fin de construir la atmósfera, mejor dicho, la construcción del vacío; la plasticidad de los huecos creo que es de un gran interés, pero no ha preocupado a nadie, puesto que esta plasticidad resulta casi siempre de las de los macizos.

Ya te iré comunicando los resultados de estos ensayos.

Eespero tus poemas, que te agradezco muchísimo.
Muchos recuerdos a tu hermano.
Recibe un abrazo,

SALVADOR

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Carta de Federico García Lorca

15 diciembre 2017

[Granada, julio-agosto de 1925]

El Paseo de Buster Keaton

Gallo. Kikirikí
(Sal Buster Keaton con sus cuatro hijos de la mano)
Buster K. ¡Pobre hijitos míos!
(Saca un puñal de madera y los mata.)
Gallo. Kikirikí
Buster K. (contando los cuerpos en tierra.) Uno, dos, tres y cuatro.
(Coge una bicicleta y se va. Entre las viejas llantas de goma y bidones de gasolina, un negro come su sombrero de paja.)
Buster K. ¡Qué hermosa tarde!
(Un loro revolotea en el cielo neutro).
Buster K. Da gusto pasear en bicicleta.
El Búho. Chirrrrrrrrrr.
Buster K. Es emocionante. (Pausa).
(Buster Keaton cruza inefable los juncos y el campillo de centeno. El paisaje se achica entre las ruedas de la máquina. La bicicleta tiene una sola dimensión. Puede entrar en los libros y tenderse en el horno del pan. La bicicleta de Buster Keaton no tiene el sillón de caramelo, ni los pedales de azúcar, como quisieran los hombres malos. Es una bicicleta como todas, pero la única empapada de inocencia. Adán y Eva correrían asustados si vieran un vaso lleno de agua, y acariciarían en cambio la bicicleta de Keaton.)
Buster K. ¡Ay amor, amor!
(Buster Keaton cae al suelo. La bicicleta se le escapa. Corre detrás de dos grandes mariposas grises. Va como loca, a medio milímetro del sueño.)
Buster K. (Levantándose.) No quiero decir nada. ¿Qué voy a decir?
Una Voz. Tonto.
Buster K. Bueno. (Sigue andando.)
(Sus ojos infinitos y tristes como los de una bestia recién nacida, sueñan lirios, ángeles y cinturones de seda. Sus ojos que son de culo de vaso. Sus ojos de niño tonto. Que son feísimos. Que son bellísimos. Sus ojos de avestruz. Sus ojos humanos en el equilibro seguro de la melancolía. A lo lejos se ve Filadelfia. Los habitantes de esta urbe ya saben que el viejo poema de la máquina Singer puede circular entre las grandes rosas de los invernaderos, aunque no podrán comprender nunca qué sutilísima diferencia poética existe entre una taza de té caliente y otra taza de té frío. A lo lejos, brilla Filadelfia.)
Buster K. Esto es un jardín.
(Una Americana con los ojos de celuloide viene por la hierba.)
Americana. Buenas tardes.
(Buster Keaton sonríe y mira en gros plan los zapatos de la dama ¡Oh qué zapatos! No debemos admitir esos zapatos. Se necesitan las pieles de tres cocodrilos para hacerlos.)
Buster K. Yo quisiera…
Americana. ¿Tiene usted una espada adornada con hoja de mirto?
(Buster Keaton se encoge de hombros y levanta el pie derecho.)
Americana. ¿Tiene usted un anillo con la piedra envenenada?
(Buster Keaton cierra lentamente los ojos y levanta el pie izquierdo.)
Americana. ¿Pues entonces…?
(Cuatro serafines con las alas de gasa celeste bailan entre las flores. Las señoritas de la ciudad tocan el piano como si montaran en bicicleta. El vals, la luna y las canoas, estremecen el precioso corazón de nuestro amigo. Con gran sorpresa de todos el otoño ha invadido el jardín, como el agua al geométrico terrón de azúcar.)
Buster K. (Suspirando.) Quisiera ser un cisne. Pero no puedo aunque quisiera. Porque ¿dónde dejaría mi sombrero? ¿dónde mi cuello de pajaritas y mi corbata de moaré? ¡Qué desgracia!
(Una joven, cintura de avispa y alto cucuné, viene montada en bicicleta. Tiene cabeza de ruiseñor.)
Joven. ¿A quién tengo el honor de saludar?
Buster K. (Con una reverencia.) A Buster Keaton.
(La joven se desmaya y cae de la bicicleta. Sus piernas a listas tiemblan en el césped como dos cebras agonizantes. Un gramófono decía en mil espectáculos a la vez «En América, no hay ruiseñores».)
Buster K. (Arrodillándose.) Señorita Eleonora, ¡perdóneme que yo no he sido! ¡Señorita! (Bajo.) ¡Señorita! (Más bajo.) ¡Señorita! (La besa.)
(En el horizonte de Filadelfia luce la estrella rutilante de los policías.)

FIN

Adiós Dalilaitita
Daliminita
Dalipiruta
Dametira
Demeter
Dalí

Este diálogo conseguido con tan pobres elementos me da una preciosa impresión de Buster Kiton.
¿Y a ti? Hijito.
Escríbeme enseguida
Enseguida
Enseguida
Enseguidita.

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Carta de Salvador Dalí

15 diciembre 2017

[Cadaqués, verano de 1925]

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Querido Federico,

Yo no puedo venir. No puedo dejar unos cuadros empezados. Ven tú.
Dime cuándo llegas.
Publicaremos tus libros en Barcelona.

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*    *

Grosz (alemán) y Pascin (francés) han pretendido ya dibujar la putrefacción; pero han pintado, por ejemplo, al señor tonto con odio, con saña, con rabia, en un sentido (social). Por lo tanto han llegado nada más a la primera capa, a lo más superficial del f; a la primera reacción del que empieza nada más a distinguir el señor tonto del que no lo es tanto. Nosotros, todo al contrario, hemos elevado al señor tonto; la idiotez, a categoría lírica. Hemos llegado a la lírica de la estupidez humana; pero con un cariño y una ternura tan sincera hacia esa estupidez casi franciscana.

La Diferencia

El señor tonto de Grosz nos repugna, lo odiamos.
A nuestro señor tonto lo adoramos enternecidos con las lágrimas en los ojos (y lo besaríamos). No es nuestra obsesión, es nuestra alegría.
En resumen, otra vez nuestro mar Mediterráneo…
Recuerdos a los tuyos y tú un gran abrazo de tu

DALÍ

¡Hasta pronto!
¡Cuándo podré conocer entera tu Oda! ¡No hay derecho a dármela con cuentagotas!

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