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Criminalidad y enfermedad mental

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Ramón Florenzano

Profesor titular de Psiquiatría, Universidades de Chile y de Los Andes

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Andrei Tchernitchin

Jefe de Laboratorio de Endocrinología Experimental y Patología Ambiental, Universidad de Chile

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Carta de Ramón Florenzano

09 julio 2015

Estimado Dr. Tchernitchin:

Los recientes sucesos en Valparaíso, donde dos universitarios fueron asesinados por un joven que mantenía armas y cocaína en la habitación donde vivía aislado, vuelve a plantear el antiguo tema de la causalidad de los homicidios: ¿es individual o social?, ¿cuál es el rol de la psicosis en la violencia homicida?

Tradicionalmente, el público teme a los locos por presumirlos peligrosos. Eventos como el de Valparaíso se repiten en Chile o en el mundo: recordemos al esquizofrénico que asesinó a un sacerdote en la catedral metropolitana de Santiago, o casos de magnicidio, como el asesinato del archiduque Francisco Fernando por Gabrilo Prinzip en Sarajevo, o los atentados al presidente Reagan o a Juan Pablo II, o el piloto con alucinaciones auditivas que estrelló una aeronave comercial en la bahía de Tokio. Esta violencia de los psicóticos, en el imaginario público, es más temida por su incomprensibilidad. La relación violencia-enfermedad mental sigue siendo debatida. Muchos profesionales de salud mental han señalado que los pacientes mentales no son peligrosos, y que son más bien víctimas que victimarios de homicidios. Por períodos largos, los enfermos mentales en Occidente fueron recluidos en instituciones para ellos y separados de la sociedad. Esto cambió en Europa y Norteamérica con la política de desinstitucionalización de 1960, y desde entonces los estudios muestran un progresivo aumento de los arrestos de ex pacientes hospitalizados (1).

El aumento del consumo de sustancias químicas que desinhiben los centros cerebrales que controlan la agresividad, sería otro elemento que aumenta la peligrosidad de las patologias duales (que combinan cuadros psiquiátricos con consumo excesivo de alcohol o drogas). A partir de estudios transversales, como los de los ECA en los Estados Unidos, donde Swanson encontró que los actos violentos eran cinco veces más frecuentes entre personas de la comunidad con un diagnóstico de enfermedad mental severa que entre la población general. Excluyendo factores tales como sexo masculino, nivel socio-económico o educacional, vecindarios vulnerables, la única variable significativa restante fue la severidad de los síntomas psicóticos; entre los elementos ambientales que tenían alguna relevancia estaba presente la polución ambiental (niveles de plomo).

Vemos conductas malvadas a diario en la prensa visual o escrita, donde rápidamente se atribuye la causalidad a complots de unos grupos en contra de otros, sean políticos, bandas de drogadictos, o inmigrantes recientes. Simon Baron-Cohen, de la Universidad de Oxford, ha planteado (2) que más que la psicopatología psiquiátrica clásica, como la esquizofrenia, o las farmacodependencias, las de estos sujetos son personalidades antes llamadas psicopáticas y ahora antisociales, limítrofes o narcisistas. Baron-Cohen focaliza el tema en personalidades que no son capaces de relacionarse empáticamente y tratan al otro como a un objeto. Las bases neurobiológicas de los “malvados” se emplazarían en las fallas del desarrollo cerebral temprano, secundarias a la falta de empatía, desapego, y a negligencias parentales. Baron-Cohen señala cómo las alteraciones anteriores pueden ser reconceptualizadas en dos ejes, el de la empatía (E) y el de la sistematización (S). Así, cruza la falta de empatía de los psicópatas clásicos, de los limítrofes y de los narcisistas con la excesiva sistematización de los obsesivos y de los trastornos del desarrollo tipo Asperger.

Como todo problema social complejo, la respuesta es multisectorial. El debate debiera centrarse en qué medidas preventivas eficaces podemos aplicar hoy en Chile: desde la crianza en familias estables y con tiempo de calidad para ofrecer a sus hijos, pasando por la prevención del uso dañino de alcohol o drogas y las políticas públicas inclusivas de minorías étnicas o con puntos de vista diversos, hasta el control de la combinación ambiental.

Es este último punto el que quisiera debatir con usted, doctor Tchernitchin, pues entre los factores que pueden ligarse al incremento de estos hechos violentos de los enfermos mentales, sean psicóticos, psicópatas o drogadictos, está el aumento de la contaminación ambiental. Investigadores como usted, han estudiado el rol de la contaminación del aire y del agua en la Quinta Región, así como en el norte de Chile. Seria interesante conocer su punto de vista acerca del rol de los ecosistemas contaminados en estos actos violentos.

 

(1) Marzuk, E. “Violence, Crime and Mental Illness: How Strong a Link?”, en Arch Gen Psychiatry, 1996, 53:481-486.
(2) Baron-Cohen S. The Science of Evil: on Empathy and the Origins of Cruelty, Basic Books, 2011.

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Carta de Andrei Tchernitchin

13 julio 2015

Estimado doctor Florenzano:

Tiene usted toda la razón al mencionar que las causales de la criminalidad son multifactoriales, entre ellas enfermedades mentales y condiciones ambientales, estas últimas pueden a su vez condicionar también el desarrollo de enfermedades mentales.

En de mi ámbito de experticia se estudian los efectos en la salud de variados contaminantes ambientales. Los más adversos son causados por la exposición prenatal (últimos 3 meses de la gestación) e infantil temprana (primeros años de vida). Durante este período ocurre la última programación de las diversas células del organismo, mediante la cual se determinan la calidad y cantidad de receptores de diversas hormonas y neurotransmisores que regularán sus funciones durante toda la vida. El mecanismo es denominado “imprinting epigenético”. Esta exposición a diversos agentes químicos determina cambios irreversibles en la calidad o cantidad de dichos receptores o neurotransmisores, predisponiendo al sujeto al desarrollo de diversas enfermedades orgánicas o mentales en algún momento de su vida. Esto ocurre durante las “ventanas de susceptibilidad”, que pueden ser de muy corta duración y son diferentes para cada tipo celular y para cada hormona cuyos receptores se están programando.

En nuestro laboratorio de la Universidad de Chile hemos demostrado que la exposición prenatal de ratas de laboratorio al plomo afecta varias respuestas uterinas a los estrógenos durante la edad peripubertal, lo que es causado por una alteración del número de receptores de estrógenos en dichas células (1). Otros autores han demostrado que la exposición prenatal al plomo determina alteraciones irreversibles en receptores opiáceos y de anfetaminas en algunos núcleos cerebrales, lo cual nos permitió proponer en 1992 la hipótesis que en humanos dicha exposición facilita la adicción a drogas de abuso (opiáceas y estimulantes), si las personas expuestas acceden durante su vida a dichas drogas (2). Esta hipótesis fue posteriormente corroborada por otros autores en animales de experimentación (3). En cuanto a la relación entre exposición perinatal al plomo y delincuencia, Needleman encontró una relación entre niveles de plomo en la tibia, hueso que se osifica alrededor del nacimiento (reflejando niveles de plomo ambientales en esa época), y conductas antisociales y delictivas posteriores. Otros autores hallaron, para diversos países, una relación entre las toneladas de plomo adicionadas a la bencina y las tasas de diversos delitos; el desfase que mejor relacionaba ambos era diecinueve años, en EEUU (alta tasa de criminalidad), Finlandia (muy baja tasa de criminalidad) y muchos más países. En otras palabras, en forma independiente, si en un país la tasa era alta o baja, la mejor correlación entre ambos valores era con un desfase de diecinueve años (3).

En un estudio realizado en Antofagasta (4) hemos demostrado alteraciones neurológicas y conductuales (incluyendo agresividad) en niños residentes cerca de acopios de minerales con alto contenido de plomo, lo cual apoya la hipótesis de un efecto directo sobre los neurotransmisores que inhiben respuestas agresivas. El incremento de la delincuencia puede también estar relacionado con un aumento de adicciones a drogas de abuso, lo que también está relacionado con conductas delictivas.

 

(1) Tchernitchin, A.N., Gaete, L., Bustamante, R., Báez, A. ISRN Obstet Gynecol 2011: Article ID 329692, 8 p., 2011.
(2) Tchernitchin, A.N., Tchernitchin, N. Med Sci Res 20: 391-397, 1992.
(3) Ver revisión en: Tchernitchin, A.N., Gaete, L., Bustamante, R., Sorokin, Y.A., en “Protein Purification and Analysis I. Methods and Applications”, iConcept Press, Hong Kong (2013), pp. 217-258.
(4) Tchernitchin, A.N., Lapin, N., Molina, L., Molina, G., Tchernitchin, N.A., Acevedo, C., Alonso, P. Rev Environ Contam Toxicol 185: 93-139, 2005.

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Carta de Ramón Florenzano

21 julio 2015

Estimado profesor Tchernitchin:

Sus estudios acerca del rol de las sustancias químicas, sean oligoelementos como el plomo u hormonas, en la predisposición a la psicosis son valiosos en la controversia acerca del rol del medio externo material en las conductas violentas de pacientes psicóticos. De partida, concuerdo con los resultados de sus investigaciones de resonancia internacional, y usted también señaló que el tema es complejo y multifactorial. No se puede desconocer el rol de la herencia en los procesos esquizofrénicos o bipolares: son cuadros en los que la agregación familiar ha sido demostrada ampliamente. Ya hace más de cien años, Sigmund Freud habló de “series complementarias”: hay personas en las que predomina el elemento genético, y el rol del medio, sea químico, sea psicológico, es menor. Existen casos en los que hay elementos en el desarrollo temprano tan intensos que con pocos elementos constitucionales la enfermedad surge tarde o temprano.

Estudios recientes han profundizado en las bases moleculares de las psicosis, mostrando que la distinción clásica entre psicosis esquizofrénicas y bipolares no es tan nítida: se hereda un endofenotipo que predispone a ciertas reacciones, como el presentar alucinaciones o delirios, o que predispone a la intro o a la extroversión. En ese sentido, la criminalidad no es un síntoma de la psicosis: aparece en sujetos que, bajo tensión emocional, reaccionan interpretando mal al otro, y actúan agrediéndolo irreflexivamente. La intoxicación por plomo, magnesio o la contaminación del medio ambiente activan una predisposición programada en el “imprinting epigenético” por usted mencionado.

La toxicidad puede ser también emocional. El exceso de emociones tóxicas en la familia es un elemento que predispone a la psicosis y a la violencia. Los estudios de Brown y Harris sobre la alta expresividad emocional, en familias donde la intemperancia verbal o física es frecuente, es mayor no solo en las psicosis, sino en las depresiones. La programación de una regulación emocional adecuada requiere de insumos químicos, hormonales, pero también afectivos. El tener una “madre lo suficientemente buena” contrarresta noxas físicas. A veces, el problema no es la toxicidad, sino la falta de suministros emocionales: la carencia de cercanía de uno de los padres produce frustraciones que, a su vez, generan agresión. El apego entre madre e hijo es importante para la posterior modulación emocional, pues muchos de los casos publicitados de criminalidad con alteraciones mentales ilustran cómo la falta de un apego seguro en la niñez se liga a conductas violentas adultas.

No solo los elementos químicos mencionados se ligan a la violencia. Como usted señala, hemos visto nuevamente cómo el exceso de alcohol o de otras sustancias químicas llevan a accidentes de tránsito o violencia en los estadios. La rapidez de reflejos y velocidad de toma de decisiones, que son una ventaja en la cancha de fútbol, así como el desarrollo de musculatura potente, paradojalmente tienen un correlato negativo cuando se liberan bajo los efectos del alcohol, conduciendo un vehículo en forma imprudente o queriendo imponerse sobre un rival fuera del campo deportivo. El desarrollo de un cerebro y sistema nervioso bien modulados requiere de un entrenamiento largo, en una familia con tiempo para dedicar a los hijos, en un ambiente emocional estable. Si esto no existe, la predisposición a la violencia no es solo un síntoma de una psicosis u otra condición psicopatológica, sino el producto de una falta de autocontrol en un desarrollo con exceso de impulsividad y extroversión. Si no existe autocontrol, la sociedad tiene que buscar los medios para controlar externamente a las personas que agreden irreflexivamente. La idea hobbesiana del homo homini lupus (“el hombre es el lobo del hombre”) ha llevado a las teorías de control social que pretenden regular la violencia de la especie mediante controles externos. Si volvemos a Freud, este siempre fue escéptico acerca de la posibilidad de solucionar así las pulsiones biológicas, tanto sexuales como agresivas.

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Carta de Andrei Tchernitchin

27 julio 2015

Estimado doctor Florenzano:

Estoy de acuerdo con que el origen de la delincuencia es multifactorial. Además de la predisposición genética y del ambiente químico durante la vida fetal tardía o infantil temprana, están el ambiente afectivo, los traumas psicológicos, la educación que permite fortalecer el autocontrol, el ambiente endocrino, y los tipos de personalidad —extrovertida o introvertida—. Todos ellos determinan el grado de respuesta de los adultos a los diversos eventos y situaciones que deben afrontar durante la vida, y que pueden facilitar el desarrollo de patologías psiquiátricas o, simplemente, alterar la forma de respuesta frente a situaciones particulares.

En cuanto a las clases de personalidad —extrovertidas o introvertidas—, pueden ser determinadas o modificadas por exposición prenatal a hormonas sexuales mediante el mecanismo del “imprinting epigenético”. Se ha demostrado que la exposición prenatal a estrógenos sintéticos determina, durante la edad adulta, una personalidad más extrovertida y más orientada a conformar grupos y a sentirse dependiente de ellos, menos individualista y más conscientemente identificada con su grupo o ambiente social. Por el contrario, la exposición prenatal a gestágenos sintéticos determina más tarde una personalidad más introvertida, más independiente, autosuficiente, más individualista y menos preocupada de su entorno social (1). La exposición perinatal a niveles más altos de esteroides sexuales sintéticos, o de agonistas estrogénicos no esteroidales (dietilestilbestrol) determina más tarde alteraciones en la conducta sexual dimórfica, diferencias temperamentales y de orientación sexual, entre ellas, alteraciones en los parámetros de masculinidad o feminidad del juego infantil ligado a sexo, y disminución de la orientación maternal en mujeres adultas. También se han descrito alteraciones de las dimensiones de personalidad, autoestima y actitudes hacia el trabajo y la familia (2). En criminales con historia de asesinatos o violaciones extremadamente violentas, se han descrito muy altas concentraciones de andrógenos en sangre (3).

También estoy de acuerdo en que el exceso de emociones tóxicas en la familia es un elemento que predispone a la psicosis y a la violencia. Se ha mencionado que, en el animal de experimentación, el estrés prenatal altera la analgesia inducida por morfina y por estrés en ratas de ambos sexos (4). Esto se explicó por una disminución persistente de receptores µ-opiáceos en el striatum, pero no en otras regiones del cerebro de ratas adultas prenatalmente expuestas (5). En ratas, el estrés prenatal feminiza y desmasculiniza la conducta sexual masculina (6). En humanos, hay evidencias de que el estrés prenatal intenso aumenta la homosexualidad masculina (7).

La adicción a drogas de abuso, que puede contribuir a la decisión de cometer conductas delictivas o criminales, también es una patología que parece ser favorecida por la exposición prenatal a agentes químicos, entre ellos la exposición prenatal al plomo, el plaguicida malatión y el bisfenol, y a varias drogas de abuso, como los opioides, el etanol, los cannabinoides, determinando todos ellos cambios persistentes que favorecen el desarrollo de adicciones a drogas de abuso durante la vida (8).

Se propuso para la especie humana y se demostró en animales de laboratorio que la exposición perinatal al plomo favorece la adicción a drogas de abuso (9). Esto sugiere que, para lograr una disminución de la incidencia de enfermedades psiquiátricas, de delitos de diversa índole y de adicciones a drogas de abuso, no solo hay que considerar las condiciones genéticas y el ambiente social y educacional de un país, también se debe controlar la contaminación ambiental del aire, agua y alimentos y evitar la exposición a diversos químicos durante la vida pre y perinatal.

 

(1) Reinish, J.M., Nature 266: 561-562, 1977.
(2) Tchernitchin, A.N. y Tchernitchin, N., Med Sci Res 20: 391-397, 1992.
(3) Rubin, R.T. et al., Science 211: 1318-1324, 1981.
(4) Kinsley, C.H. et al., Pharmacol Biochem Behav 30: 123-128, 1988.
(5) Insel, T.R. et al., Brain Res 511: 93-97, 1990.
(6) Ward, I.L., Science 175: 82-84, 1972.
(7) Dörner, G. et al., Exp Clin Endocrinol 81: 83-87, 1983.
(8) Tchernitchin, A.N. et al., Cuad Méd Soc (Chile) 49: 254-265, 2009.
(9) Tchernitchin, A.N. et al., en “Protein Purification and Analysis I. Methods and Applications”, Hong Kong: iConcept Press, 2013, pp. 217-258.

1 Comentario

  1. Vicente Villacura: Dos cosas agregaría al articulo, ya que al final habla de cuestiones sociales: una es el sistemático ataque psicológico del Transantiago a cientos de miles de santiaguinos, que los vuelve agresivos y depresivos, al mismo tiempo o indistintamente; y otro que al Estado jamás le ha interesado el tema de los trastornos mentales de los que están presos. No hay estudios ni seguimientos, los psiquiatras que operan en las unidades penales solo drogan a los internos, el promedio de atención por interno es de cinco minutos, hay un psiquiatra para toda la población penal de la RM.

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