1

Como un dolor de muelas…

Foto de perfil Nathalie Moreno

Nathalie Moreno

Escritora

cargando votos....
Foto de perfil Esteban Salinero

Esteban Salinero

Periodista @esalinero

cargando votos....

Carta de Nathalie Moreno

01 septiembre 2016

Amigo mío, no me abra los ojos así. Sé que estará extrañado de mi repentina aparición después de tanta ausencia, pero no necesito explicarle lo complicado que es vivir hoy en día: mil urgencias nos atrapan y nada más nos libramos de una, para que aparezca otra, como tentáculo, a tomarnos por el cuello nuevamente. Pero a pesar del tiempo sin vernos, lo tengo presente, no imagina cuánto. Converso con usted, aunque usted ni se entere. Y es que así son los amigos: una vez que anidan en el corazón, se quedan a vivir en él. Y ya que tan difícil es verlo, pensé ¿Por qué no acercarlo un poquito enviándole estas palabras que, aunque escritas, las mueve el mismo aliento?

Le cuento: me duelen los dientes- “¿Y, a mí, qué me importa?”, dirá usted. Y tiene razón. Salvo a mi marido –al que libro de la tortura del rechinar de mi mandíbula yéndome a dormir noche por medio a mi escritorio- a nadie más compete mi bruxismo inveterado. Disculpe la digresión, pero me acabo de acordar de esa canción de Joaquín Sabina ¿Se acuerda?

Como si llegaran a buen puerto mis ansias,
como si hubiera donde hacerse fuerte,
como si hubiera por fin destino para mis pasos,
como si encontrara mi verdad primera,

como traerse al hoy cada mañana,
como un suspiro profundo y quedo,
como un dolor de muelas aliviado…

¿Sabía usted que la letra de esa canción la escribió el Subcomandante Marcos? Ese lunático que sueña imposibles para los más postergados, ése que todavía las emprende contra el universo por la sola existencia de un niño vulnerado. Sepa usted que ese loco lindo escribió la letra y Sabina –otro loco- le puso la melodía. ¿Qué bonito, no?

Los gestos de este par, me recuerdan a esas fiestas de amigos de antaño, cuando no se necesitaba invitación para asistir, donde todos eran bienvenidos y cada uno llevaba lo que tenía…

En fin, ¿adónde voy con todo esto? La verdad, no lo sé. Y sólo por ser usted quien es, se lo confieso. Ah, y no se preocupe, ríase no más, que yo también me estoy riendo. ¿No es eso, acaso, lo que significa ser amigos?: no tener que cuidarse ni medirse, simplemente, pensar en voz alta. Y como no entiendo lo que me pasa, he pensado que usted podría ayudarme y darme la claridad que busco. Le cuento, pero antes, siéntese a mi lado, hombro con hombro, y así le muestro las postales de lo que he visto y me ha confundido y… conmovido.

Ha de saber –si no ha descubierto ya- que yo siempre he llegado tarde a todas partes; he sido una experta en no encontrar nunca el momento justo y adecuado para nada, ni siquiera para nacer. Así es que no se extrañe de lo que voy a decirle: acabo de descubrir el futbol. Le parecerá una tontería. Pero me explico: yo sabía del futbol –como de tantos otros deportes- y más de una vez me he emocionado con un partido electrizante (para absoluto terror de mi marido que en tales ocasiones, me mira con cara de “¿En qué minuto me casé con esta loca?”). Y bueno, todo habría seguido igual, si no fuera porque me crucé con alguien que hizo que me fijara en un detalle que cambió por completo mi perspectiva. El punto es que con este amigo fanático del balompié, compartimos varios café (ambos), una impensable cantidad de cigarrillos (yo) y un mar de anécdotas futboleras (él). Y entre otras, me comentó aquel partido del año 2005, en que por primera vez Costa de Marfil clasificaba a un Mundial. Un partido que puede sonar como cualquiera, si no fuera por el hecho de que ese partido de futbol… detuvo una guerra. Sé que usted lo sabía y seguramente medio planeta. Pero yo no. Entonces fue cuando se me dio vuelta el corazón. El horror, la hambruna, las familias desgarradas, los hermanos asesinándose, los niños mutilados, ese infierno estremecedor se detuvo por un partido de futbol. ¿Se da cuenta? Lo que no pudo la razón ni los argumentos, ni la palabra ni la sensatez, lo logró –misteriosa y mágicamente- la posibilidad de 11 hombres corriendo detrás de una pelota. Desde que lo supe, no pude dormir y mi bruxismo está de fiesta, desvelándome al alba como infatigable despertador.

Amigo, usted que ha recorrido tanto, que ha visto tanto, explíqueme por favor lo que yo no logro hilar. Lo único que tengo claro es que el futbol, no puede ser un deporte más, si es capaz de detener el espanto. Entonces, ¿qué lo hace diferente? Si lograra hacérmelo entender, le estaríamos muy agradecidos mis dientes y yo.

2

Carta de Esteban Salinero

05 septiembre 2016

Nathalie:

Estoy ligado al fútbol desde la cuna. Mis más inolvidables regalos de niñez fueron una camiseta de la Unión Española y unos zapatos de fútbol, sin olvidar una pelota Adidas Tango (sede Córdoba) del Mundial de Argentina 1978, que colgaba en la vitrina de una tienda en San Fernando, que me hizo cambio de luces por años y que mi padre terminó regalándome. Creo que aún anda por ahí ese balón, ya sin cuero, ya sin forma, al que por respeto nadie en la casa familiar ha tirado a la basura.

Con el tiempo he tenido la ocasión de trabajar en torno a él, de concurrir a mundiales de fútbol como periodista. Usted ya imaginará lo que es eso para cualquier reportero.

Podría decir muchísimas cosas acerca del balompié, que es el deporte rey, el deporte de masas, el deporte que mueve más dinero en el mundo, que es un imperio en sí mismo, que gasta millones cuando muchos mueren de hambre y que, finalmente o no tan finalmente, promueve y fundamenta pasiones estúpidas.

El fútbol es tan sencillo, tan armoniosamente básico, minimalista incluso, que hay gentes que se atreven a calificarlo como “un deporte de 22 tontitos corriendo detrás de una pelota”. Y así de pequeño y simple es.

Los intelectuales lo han mirado por encima del hombro, con desdén, como si fuera un pecado venial su gusto y tabú hablarlo en ciertos círculos. Borges, Jorge Luis, decía “el fútbol es popular, porque la estupidez es popular”, y agregaba en torno a la cultura balompédica joyas tales como: “Jamás he visto en mi vida un partido. Primero porque soy casi ciego, segundo porque es parte del tedio, y además porque la gente que asiste a esos partidos no va por el fútbol en sí mismo, como deporte, sino exclusivamente para ver ganar a su equipo”.

Manteniendo el respeto y la distancia, no puedo concordar con Borges, porque el fútbol no es popular a punta de estupidez, sino porque reivindica un asunto del colectivo, del cuerpo social, de la necesidad gregaria vinculada a la catarsis del coliseo o de la comedia- tragedia griega. Todo en el ADN e inconsciente colectivo del homo sapiens y de su variante hallada en el homo ludens.

En un fragmento del poema “Los Profesores” en Hojas de Parra, Nicanor Parra describe de forma maravillosa lo que despierta la pelotita en la niñez, lea: “La verdadera verdad de las cosas / es que nosotros éramos gente de acción / a nuestros ojos el mundo se reducía / al tamaño de una pelota de fútbol / y patearla era nuestro delirio / nuestra razón de ser adolescentes / hubo campeonatos que se prolongaron hasta la noche / todavía me veo persiguiendo / la pelota invisible en la oscuridad / había que ser buho o murciélago / para no chocar con los muros de adobe / ése era nuestro mundo / las preguntas de nuestros profesores / pasaban gloriosamente por nuestras orejas “.

El pensador y zoólogo inglés Desmond Morris, autor de The soccer tribe (pésimamente titulado en español  como “El deporte rey”) lo califica como una cacería, una droga colectiva y representación teatral. Lea ese libro, tendrá allí muchas respuestas, certeras, objetivas, empíricas, cuantitativas y cualitativamente comprobables. Aprenderá, incluso, de tácticas, de formaciones de guerra en la Antigüedad, de acecho a la presa, de cacería y, finalmente, de fútbol.

Es cierto, agota. Cansa su omnipresencia mediática y ambiental, su analogía permanente con la realidad, su uso y abuso como cualquier droga, pero créame que una de las cosas que hay que permitirse en la vida y buscar con ahínco es el festejo y celebración de un gol propio. Al plantar un árbol, escribir un libro y tener un hijo que todo hombre o mujer deben cumplir -según cierto patrón que alguien de forma caprichosa estableció para la evaluación de una buena vida o trascendencia- yo agregaría el festejo de un gol propio.

Para el director de cine italiano, Pier Paolo Pasolini, hincha del Bolonia y jugador de partido semanal, “el goleador de la liga siempre será el mejor poeta del año”. Cerquita andaba, rozando el palo en esa certeza. Dígame si no hay belleza en eso, en el gol, a los tumbos, a los tropiezos, de chilena, de cabeza, desde fuera del área.

Por lo demás el fútbol da de comer y cuando da, da a mano abierta. En torno al fúbol, fulbo, furbo,  jurgol, al balompié amateur, usted encontrará desde antes del pitazo inicial de cualquier encuentro, un virtuoso ciclo y chorreo económico (Chicago Boys abstenerse a fin de que no nos quiten también este privilegio, aunque como están las cosas acá en Chile ya hace rato lo están fagocitando) que va desde el tipo que trabaja en la industria química del betún de calzado o farmacéutica que elabora el Calorub, hasta quien que lo lleva en la micro al estadio o a la cancha, pasando por el botillero, el sanguchero, el carnicero, el verdulero, la sopaipillera, el acomodador de autos y así un sinfín de actividades legales y no tanto. No me olvido eso sí, de la esclavitud que también genera, sobre todo en la industria de la confección de indumentaria deportiva, donde miles de niños son utilizados en tierras lejanas, y quizás no tanto, en la elaboración de la camiseta que quizás su hijo con el nombre de Vidal en la espalda se pondrá como regalo para la próxima Navidad.

Finalmente, querida amiga, el fútbol es también épica y lírica. De William Shakespeare a Nicanor Parra, de Albert Camus a Jorge Teillier,  todos sucumbieron de algún modo al ¡Toque toque!, ¡Lleve lleve!, ¡No le crea no le crea!, ¡Vuelva vuelva! como parte de sus obras y nadie quizás lo expresó mejor que Albert Camus: “Todo lo que sé con mayor certeza en torno a la moral y a las obligaciones de los hombres, se lo debo al fútbol”, dijo el argelino, que alguna vez prometió como arquero y a quien la tuberculosis truncó su carrera para ubicarlo, curiosamente, en la delantera de las letras.

Espero que con esto se anime a vestir de corto algún día, pruebe la sensación de marcar en el arco rival y festeje como quiera, sin discreción ni freno. Así podrá entenderlo a cabalidad.

Ojalá su dolor de muelas haya pasado.

1 Comentario

Para poder comentar en este debate, debes ingresar con tu cuenta.