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Comisión Engel: Reciprocidad y corrupción

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Nolberto Salinas

Abogado, filósofo de las Ciencias y escritor

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José Murillo

Presidente, Fundación para la Confianza

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Carta de Nolberto Salinas

25 mayo 2015

Estimado señor Murillo:

Reza un viejo adagio popular: “Hay cosas que por sabidas se callan, y por calladas… se olvidan”. Desde la sabiduría que envuelve este refrán, quiero hacer un recuerdo de estos principios olvidados por nuestros actuales paradigmas ideológicos en políticas públicas sobre el tema.

Esta es una mirada diferente. Nace del pensamiento crítico y, particularmente, desde el “pensamiento razonado”, un concepto de mi propio cuño, para denotar la frustrada esperanza en que se convirtió el Racionalismo del siglo XVIII, cuando se comprobó, en las centurias siguientes, que la razón in abstracto no fue la panacea para mejorar nuestra sociedad. Los atavismos irracionales, biológico-evolutivos, tenían mucho que decir… Por ello, trabajar con un modelo ficticio de ser humano y con regulaciones basadas en principios que no responden a nuestra psicobiología, son palabras vacías que se llevará el viento.

Primer principio: La reciprocidad (“Hoy por ti mañana por mí”)

Este principio es tan vital como desconocido. Esta impronta psicológica humana es la más atentatoria contra la probidad y hace caer cualquiera política que no la considere.

Todos los funcionarios o servidores públicos son corruptos por predilección, o bien, son potencialmente corruptos”.

Esto, prima facie, suena escandaloso y hasta ofensivo, pero tras un análisis sereno y razonado, la afirmación sobre la connotación “potencial” es lógicamente correcta. Nadie sabe lo que ocurrirá en el devenir… Lo anticipó, hace siglos, el filósofo David Hume con su famoso problema de la inducción: “Con datos del pasado no podemos construir una certeza lógica de lo que depara el futuro”.

¿Por qué el principio de reciprocidad afirma que todos somos potencialmente corruptos?

Porque su fuerza radica en que, curiosamente, es una característica positiva. Tan positiva es, que si no hubiese sido por la consciencia de reciprocidad desarrollada por el homo sapiens a niveles excelsos, tal vez, nuestra especie se habría extinguido en los duros trances de nuestro decurso evolutivo. La sociabilidad compleja y admirable que hemos logrado los seres humanos supone un fuerte desarrollo del sentido de la reciprocidad.

Por ello, permítanme hacer una afirmación drástica: “La reciprocidad pesa mucho más que la consciencia de lo que es lícito o ilícito”.

La reciprocidad es algo que se encuentra inscrito en nuestros genes. En cambio, el acatamiento a las normas jurídicas o reglamentarias es un constructo social mudable y relativo. Entonces, se puede entender por qué es tan fácil incurrir en situaciones irregulares cuando está envuelta de por medio la reciprocidad.

Por ejemplo, no debiera extrañar a nadie que, tras ganar una elección, la facción triunfante conciba al Estado como un botín. Los partidos políticos en la actualidad —da lo mismo el color o la ideología—, ante la ausencia de utopías globales, son verdaderas “agencias de empleos”. Proliferan los puestos de confianza, los contratos a honorarios, la contratación de servicios, el otorgamiento de concesiones o de suministros a personas o empresas vinculadas al partido o al grupo de referencia. Se suele olvidar la característica básica de un partido político: “Una organización de personas concertadas para obtener el poder para el beneficio de sus integrantes”. El “bien común” es posterior y secundario. Entonces, los partidos políticos no son más que complejas estructuras para el fomento de la reciprocidad.

Lo sorprendente no es que esto ocurra con absoluta frecuencia y continuidad. Lo verdaderamente sorprendente —y donde radica su fuerza— es que no consideramos que ser recíproco en toda circunstancia sea algo malo. Lo vemos como lo más cotidiano, solidario, edificante y retributivo del mundo.

Esto jamás lo vamos a cambiar. Es un fenómeno universal, porque se trata de una pugna entre principios racionales generados in abstracto bajo el concepto de una sociedad y de un ser humano idealizado e irreal, contra nuestro poderoso y genético sentido de la reciprocidad.

Señor Murillo: ¿Incluyeron el principio de reciprocidad en las propuestas del comité en el que usted participó?

Situaciones como el nepotismo, el tráfico de influencias, el pago de favores políticos, las boletas de Penta o Soquimich, jamás serán extirpadas si no evitamos que se generen situaciones de reciprocidad, porque los seres humanos consideramos que ayudar a los miembros de nuestro grupo de referencia es mucho más importante y compulsivo que respetar normas abstractas, creadas de manera contingente por un poder que nos es ajeno (y hasta hostil) y que al no poseer raigambre en nuestro instintos de solidaridad y reciprocidad más atávicos, siempre serán sobrepasadas y dejadas en desuso por falta de asentimiento real.

Atacar efectivamente la corrupción es, en primer lugar, evitar que opere la reciprocidad. Toda otra propuesta de solución que no la considere, será letra muerta.

Un nuevo principio de probidad pública

Gracias a mi conocimiento del sector público, he definido un principio que sería muy conveniente lo incorporaran los profesores y teóricos que ejercen cátedras sobre políticas públicas: “En la administración del Estado el que tiene el poder para pagar, nunca debe tener el poder de decidir”.

Todo ministro, subsecretario, alcalde, concejal, jefe de Servicio, jefe de Departamento, en suma, todo funcionario con facultades para pagar por contrataciones, obras, servicios o suministros, no puede, además, tener la facultad de decidir respecto de a quién o con quién contrata.

Si se les da esa posibilidad, la reciprocidad indefectiblemente operará. Y ningún sistema de compras públicas o de alta dirección pública lo ha evitado, ni lo evitará. Como ya señalé, no hay norma ni amenaza de sanción, ni principio ético teórico que refrene la reciprocidad, porque corresponde a una característica positiva de sobrevivencia, muy valorada por los homo sapiens, porque gracias a ella lograron ganar la lucha por la existencia.

Todos los bullados casos de irregularidades, conocidos recientemente, son producto del ejercicio de la reciprocidad, ya sea ex ante o ex post.

Espero, señor Murillo, se genere un intercambio fluido sobre este tema para que la iniciativa de la presidenta de la República rinda frutos y no se transforme en otro esfuerzo pirotécnico sin destino.

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Carta de José Murillo

26 mayo 2015

Estimado señor Salinas:

Agradezco su carta y el doble desafío que se me presenta: participar en el proyecto e-pístolas y entrar en diálogo con usted.

Quisiera comenzar intentando explicitar la premisa sobre la que construye su argumento y así poder responderle más adecuadamente.

Su premisa parece estar condensada en la universalidad de lo que usted llama muy acertadamente el “principio de reciprocidad”. Esto significa que todo comportamiento social humano debe ser comprendido en la lógica do ut des, es decir, todo acto es motivado por una potencial retribución personal o grupal. Según su argumento, este principio de reciprocidad estaría inscrito en los genes del ser humano y sería imposible cambiarlo. La única manera de luchar contra este impulso es a través del control, el castigo y la prohibición. Cualquier propuesta que no incluya este principio sería ingenua y letra muerta.

Lo más peligroso de su argumento es que funciona. Es una explicación razonable y omnicomprensiva del comportamiento humano. Funciona tanto como la física newtoniana, es decir, puede explicarlo todo a partir de un pequeño conjunto de leyes naturales bien comprensibles. Para la ciencia moderna, la de Galileo y Newton, el universo se explicaba como un mecanismo racional, movido (motivado) por ese conjunto de leyes que Newton resumió en la dinámica y la gravitación universal (1). Todo lo que ocurre está motivado por una ley física natural de la que no se puede escapar. Lo mismo el comportamiento humano. En el origen del pensamiento moderno, Hobbes daba también una explicación omnicomprensiva para este comportamiento, la dinámica social se mueve por el miedo, la competencia, desconfianza y la búsqueda de gloria, pero sobre todo por el miedo. Lo que he odiado siempre en Hobbes es que también funciona. Es decir, es posible explicar toda la realidad desde el miedo, la desconfianza, la competencia y, por lo tanto, elevar el principio de seguridad a ley universal. Miedo y seguridad serían los patrones de la humanidad desde donde sería necesario construir el Estado a lo Leviatán. La libertad misma debiera subordinarse a la seguridad porque nadie está libre de la pasión fundamental de la naturaleza humana: el miedo.

Durante el siglo XIX se pensó que, en física, con Newton ya estaba todo dicho. Felizmente, la naturaleza guardaba sus secretos y complejidades. Tenían que venir al menos la teoría de la relatividad para descuadrar la seguridad newtoniana y la teoría cuántica para darlo vuelta todo.
La filosofía también cuestionó el mecanicismo social hobbesiano, que es lo que leo tras lo que usted llama principio de reciprocidad. Desde Rousseau, Hegel, pero luego también la fenomenología y el pensamiento crítico ofrecieron, a mi entender, visiones más complejas y que contrastaban con el determinismo mecanicista de la realidad social humana.

La teoría del reconocimiento, que en sus versiones contemporáneas están recogidas sobre todo en Honneth o en Ricœur constituye, por ejemplo, una alternativa al principio de reciprocidad.

Yo no creo que un partido político sea “una organización de personas concertadas para obtener el poder para el beneficio de sus integrantes”, según los términos de su carta. Tampoco que el principio de reciprocidad sea la dinámica espiritual universal de la interacción humana. Aceptarlo sería, para mí, un nihilismo dogmático sin salida. Es cierto que muchas veces, tal vez demasiadas, el ser humano se mueve por el principio de reciprocidad, y que los partidos políticos parecen grupos concertados para el beneficio de sí mismos. Pero no es cierto que sea la única manera de concebirlos ni la única manera en que actúan. Las distinciones entre lo privado y lo público, lo económico y lo político, la seguridad y la libertad, pueden ayudar en este sentido. Si lo político es comprendido en consonancia con el mundo público y la libertad como lo propone Hannah Arendt, en contraste con el mundo privado y la lógica de la seguridad, entonces ahí está en juego algo mucho mayor que cualquier interés privado/privativo. Lo que está en juego en lo político es incluso la posibilidad de un interés cualquiera. Por eso debiéramos definir la política como la creación y defensa constantes de un mundo compartido, un mundo común (Etienne Tassin) cuyo sentido se juega en que siga siendo mundo y que siga siendo compartido. Sabido o no, es lo que la mayoría de nosotros hace cuando reconoce la legitimidad y dignidad de aquellos que no pertenecen a nuestro grupo, familia, partido, empresa, tribu, equipo, religión. Y cuando queremos eliminar a uno de ellos, porque nos parece amenazante, comenzamos a eliminar el espacio de aparición de todos, incluso el nuestro.

Ahora, respondiendo a su interpelación: ¿incluimos el principio de reciprocidad en el Informe de la Comisión Presidencial? La respuesta es sí. En muchas de las propuestas está la conciencia de este peligro. Pero lo más importante para mí, y que está en otro registro que el principio de reciprocidad, apunta a la educación. Nuestra propuesta consiste en que esté sostenida en los tres pilares que hacen posible el mundo político: la formación ciudadana, el pensamiento crítico y la ética (pp. 89-91). Lamentablemente no hay espacio en este momento para profundizar en cada uno de estos ejes.

(1) Pienso sobre todo en los ya clásicos análisis de I. Prigogine e I. Stengers en La nouvelle alliance. Métamorphose de la science, Gallimard, París, 1979.

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Carta de Nolberto Salinas

11 junio 2015

Estimado José:

Debo iniciar esta segunda epístola señalando que, lamentablemente, interpretó erróneamente mi propuesta.

En efecto, cito de su exposición: “… Según su argumento, este principio de reciprocidad estaría inscrito en los genes del ser humano y sería imposible cambiarlo. La única manera de luchar contra este impulso es a través del control, el castigo y la prohibición”.

Producto de esa mala comprensión se afecta todo el resto de su exposición y no sería justo de mi parte proseguir el intercambio sin aclararle antes su error interpretativo.

Lo que en realidad señalaba es que la naturaleza inherente en los seres humanos del principio de reciprocidad hace que su incidencia sea más fuerte que cualquiera imposición normativa.

Luego, sostengo todo lo contrario a lo que usted entendió: las amenazas de nuevas sanciones no son eficientes, y aumentar las penas, tampoco. No lo han sido ni lo serán (a menos que pongamos un fiscalizador 24 horas al día detrás del sillón de cada jefe de Servicio).

Dado esto, no hay que sumar cada vez más normativas draconianas, las más de las veces, pirotécnicas e inaplicables, sino que desmontar el contexto que permite la reciprocidad. Para ello, le señalé una propuesta de solución mediante un nuevo principio de probidad pública:

En la administración del Estado el que tiene el poder para pagar, nunca debe tener el poder de decidir”.

Como la reciprocidad es evaluada por los individuos como intrínsecamente buena, aunque se encuentre en pugna con normativas que velan por la transparencia y la probidad, siempre cederán las segundas a favor de la primera. Por ello, debemos desmontar su principal mecanismo: no permitir que un individuo con ciertos poderes pueda ser recíproco respecto de aquellos a quienes debe favores o a quienes se los hacen para constituir un crédito de reciprocidad futura.

Y la forma cómo se interrumpe este círculo vicioso es separando las facultades de pagar de las facultades de contratar.
Las normativas de Mercado Publico o de Alta Dirección Pública son, en la mayoría de los casos, ineficientes e inútiles para la finalidad buscada. Estas farragosas normativas lo que más hacen es causar un grave problema de eficiencia y oportunidad en las contrataciones del Estado, y ni siquiera cumplen a cabalidad lo principal que ofrecen: evitar las irregularidades. Es más, pueden llegar a servir para mejor ocultarlas mediante un barniz formal de legalidad.

Respecto de los partidos políticos, no se engañe José, lo que hice fue un juicio de realidad habiendo militado en ellos por más de veinte años.

Ahora, no encuentro negativo, en principio, que los partidos sean en la práctica agencias de empleos y generadores de relaciones sociales e influencias (como actividad principal en la práctica), ya que son uno de los pocos mecanismos que permiten el ascenso social en un país altamente estratificado como Chile.

Me parece muy loable el deber ser que propone respecto de los partidos políticos, pero debemos partir de lo que realmente son y hacen en la actualidad.

Atentamente,

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Carta de José Murillo

17 junio 2015

El Sr. Murillo desistió de continuar participando en el presente debate, el que se da por concluido.

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