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Clase medianera constituyente

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Paulina Soto R

Doctora en Estudios Latinomericanos, Universidad Libre de Berlín

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Fernando Balcells

Director Chile Ciudadano

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Carta de Paulina Soto R

22 junio 2016

“Bachelet representó la vindicación de una nueva era. Formaba parte de una clase distinta de políticos, de un grupo  más humilde. El acento de su voz sonaba casi familiar.”

Estimado Señor Fernando Balcells
Director Chile Ciudadano

Antes no lo vimos, pero entre las esquinas de Chile, se ocultan invisibles ghettos de riquezas inversas. El país –en su pasado- fue uno democrático o en desarrollo. Un país sin clases o casi. Ese debate marxista –ese mismo, el de “clases”- es uno pasado de moda. La vergüenza de aquellos militantes viejos y derrotados. Pero Bachelet representó la vindicación de una nueva era. Formaba parte de una clase distinta de políticos, de un grupo más humilde. El acento de su voz sonaba casi familiar. Estaba lejos de ser una excelsa oradora, a veces caía en muletillas. Era el poder quien la detentaba a ella y no al revés. Su misión -la misión a la que fue convocada- no era política. Lo sabíamos: pero todavía resonaban los ecos del país que portó un arcoíris como lema y como enemigo íntimo a la dictadura.

Lo primordial era argüir por la justicia y los derechos humanos. Qué duda cabía. Nosotros sí que debatíamos. Nuestra percepción del mundo se agrandaba cada vez más. Visitamos tierras vecinas para imaginar en Chile, otros paisajes. Fuimos ciudadanos y lo marcamos en cada uno de nuestros votos. También fuimos críticos, nuestro liberalismo se asentó en nuestros cuerpos cómodos frente a los noticiarios de TV. Éramos casi los únicos que detestaban así, con ortodoxia, el neoliberalismo dominante. Los otros estaban acostumbrados. Nuestros padres se habituaron al “estado de sitio” y la olla dictaba la suerte. Aunque sí estábamos cómodos. La corrupción y la delincuencia, por supuesto, no constituían problemática acuciantes. Años pasaron de gobiernos, y se podría decir que fue ingenuidad. Nos faltó agudeza crítica, una mirada más lúcida. Porque de pronto nos descubrimos, operación tras operación, saqueados en nuestra cara por las corruptas elites políticas. Esas elites que antes no eran tan distintas a nosotros. Esas que ahora nos dejaban sin patrimonio; sólo con nuestras fuentes naturales contaminadas. Denostamos a manojos de desprecio a los políticos, tal como si fuéramos encapuchados iracundos.

Los privilegios de los políticos no eran como los nuestros, como los que habíamos disfrutado. Sus regalías eran más embusteras que las propias de nuestra inocua clase media. Ellos no podían –como en ocasiones nosotros mismos lo hacíamos- pactar con el empresariado. Después de todo, ellos eran quienes nos legitimaban. Tal como ellos, nosotros jamás lucrábamos ni discriminábamos. Era una cosa de principios, no de apariencias. Porque en Chile no tenemos ni origen, ni color de piel, ni apellido, ni género.

No somos una comunidad que debe disfrazarse con pequeños afeites para cubrir los estigmas de su casta bastarda. Si no vemos los ghettos de Chile, es porque para nosotros -aunque no las traspasemos- esas fronteras no importan. No existe un ‘otro’ diverso en Chile, no existe esa “otredad” que dicen que habita en cada persona.

Usted lo sabe Señor Balcells, hace tiempo dejamos de ser “nosotros los chilenos y chilenas”. Pero yo, como usted, también sueño con su Carta Magna –esa que plasmará nuestros sueños- y por ello le pregunto: ¿Cuál es el principal principio que debemos consignar en ésta para representar lo más irrepresentable en nuestra patria, a nosotros, a nuestras diferencias?

Paulina Soto Riveros, Doctora en Estudios Latinoamericanos

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Carta de Fernando Balcells

23 junio 2016

“No creo que haya nada más importante y estratégico que darnos la posibilidad de revocar autoridades y de generar leyes mediante plebiscito.” 

 

Estimada Paulina:

Hay ecos de un humor algo triste pero combativo en tu escritura. El recorrido que traza tu carta es, paso a paso, el de la lentitud exhausta de nuestra historia. Sin embargo, aquí estamos tu y yo escribiendo trabajosas notas para que alguien pueda abrirse caminos con un roce de palabras.

A mi edad se presenta el momento propicio para hacer los últimos descartes y arrojarse a los amores más radicales. Tarde, la vida reúne lo debido con lo querido sin que nada los perturbe. Ya no me hago cargo de una racionalidad mítica del Estado ni obedezco a sus exigencias. Me interesa un trabajo en que el deber de verdad es inferior al deber político emanado de las necesidades de la convivencia. La política es la manera de cambiar velocidades y apurar los procesos sociales e institucionales apremiantes. Es probable que me equivoque, pero no insistir en la política es conceder el poder a lo establecido.

Me interesé en el arte cuando se me hizo patente que bajo el concepto de representación nos pasaban copias de dudosa calidad y usurpaciones inaceptables. Y en esa época a todo lo que podíamos aspirar era a restablecer la representación política. Concedimos la representación y en cambio nos borraron como pueblo y ciudadanía. Mi empeño es la recuperación de esas dos dimensiones de la convivencia sin las cuales no hay literatura que podamos compartir.

No creo que haya nada más importante y estratégico que darnos la posibilidad de revocar autoridades y de generar leyes mediante plebiscito.

Creo que la manera de escribir la Constitución debe reflejar a la gente y no a los especialistas. Creo que la Constitución es una declaración de lo que Nosotros los Chilenos estamos dispuestos a darnos en la convivencia. Espero que una definición a favor de la soberanía popular y una ampliación decisiva de la ciudadanía nos abra camino a otras reformas democráticas impostergables.

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Carta de Paulina Soto R

30 junio 2016

La bandera es un calmante

 

“Ocurre que, en realidad, sólo esperamos que el estado se comporte como una empresa afinada, pero piadosa. Nada más que eso. Y peor aún: no esperamos nada más de nosotros. Los límites de nuestra participación, de nuestra colaboración, son demandar, aprobar o denostar. No somos ciudadanos, ni siquiera somos co-habitantes de un régimen de bienestar que se precie. No somos una comunidad.”

 

 

Estimado Fernando,

 

Por mi parte, yo oigo certeza y presiento futuro en sus palabras. Comparto su convicción. En mi carta, intenté entablar una mirada general  de una generación que vive su juventud temprana en dictadura. Retratar lo que ha implicado vivir en un “estado de sitio” por décadas. El valor de la vida despojado de sentido político o de sentido de colectividad, ya sea vecinal, comunal… Nuestro individualismo, nuestro miedo a la alteridad -aunque muchos piensen lo contario- no es achacable sólo al gobierno. Nos fuimos apoyando en su sistema de seguridad. Nos convertimos en ciegos. El tabú de nuestro civilizado país se ha fundado en neutralizar nuestra heterogeneidad. El progreso de la metrópoli -y luego, casi por chorreo, regional- se ha vuelto índice de desarrollo social. La batalla por la igualdad es sustituida por el sacrificio -casi redentor- de los ‘pobres’ que logran traspasar esferas sociales. Nuestro mismo nacionalismo lo avala. Por ejemplo, se aplaude el índice de figuración internacional en ranking económicos o eventos deportivos. Entonces, bajo las luces de éxitos pasajeros, somos colectividad.

 

En contraste, las reformas de nuestros postergados derechos básicos, hoy son rechazados por una gran parte de la población. Claro, probablemente es efectivo que ha habido un desorden en las reformas del gobierno. La forma en que se establece el ataque es lo elocuente: La administración de nuestros derechos ha sido muy improvisada. Y esa improvisación parece más fatal que todos los regímenes economicistas anteriores. Ocurre que, en realidad, sólo esperamos que el estado se comporte como una empresa afinada, pero piadosa. Nada más que eso. Y peor aún: no esperamos nada más de nosotros. Los límites de nuestra participación, de nuestra colaboración, son demandar, aprobar o denostar. No somos ciudadanos, ni siquiera somos co-habitantes de un régimen de bienestar que se precie. No somos una comunidad.

 

Re-configurar ciudadanía, en este contexto, es una tarea mayor. Usted, me habla del principio constituyente de la soberanía nacional y comparto su ímpetu democrático. El problema es que no me parece que modifique el status quo.  Suena similar al estado de asuntos actual, cuando la población decide aprobar o hacer declinar autoridades bajo liderazgos despóticos. Probablemente es la yuxtaposición de términos o la historia del concepto, pero hoy la ecuación es compleja. Soberanía y nación –en la historia cultural de Chile que he comentado- no son sólo conceptos opuestos, sino que contradictorios. Nuestra participación democrática es neutralizada por los idearios patrios.

 

Para pensar en nuestra constitución, tenemos que volver a reflexionar sobre nuestra idea de comunidad patria y los límites de sus fronteras ideológicas. Y sobre todo, enfrentarnos a nuestra opacidad épica, a nuestras discriminaciones. Este principio ético básico -el reconocimiento de nuestra diferencia- es el que constituye ciudadanía. Lástima que es un principio vapuleado, neutralizado y herido, una cicatriz que portamos como estigma idealista de la historia reciente. Cantarle a nuestra colectividad, implica ser valientes de frente a nuestro dolor y su memoria persistente. De hecho, siempre implica arrojo desafiar las hegemonías, pero la diferencia es que hoy podemos ampliar la vista a las múltiples culturas que recorren al país, las culturas migrantes que nos enriquecen, la multiplicidad de singularidades e identidades que brotan de suelo fértil y que poseen otras ideas de soberanía que compartir, otras ideas de política para dialogar.

 

 

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