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Asamblea Constituyente: La educación cívica en la mira

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Luis Vicencio Ortiz

Concejal por Santiago

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Francisco Belmar Orrego

Investigador, Fundación para el Progreso

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Carta de Luis Vicencio Ortiz

01 septiembre 2015

La presidenta Michelle Bachelet anunció que en septiembre se dará inicio al proceso para elaborar una nueva Constitución, comenzando por una etapa de educación cívica cuyo objetivo es que todos los ciudadanos cuenten con las herramientas mínimas para participar en lo que vendrá, gran incógnita que, pese a tratarse de uno de los tres pilares del programa de la Nueva Mayoría, aún en lo fundamental se mantiene en suspenso.

De momento, lo único claro es que luego se dará paso a una serie de “cabildos y asambleas”, en el marco de un proceso participativo “amplio, democrático e institucional”. En cuanto a cómo sus conclusiones se traducirán en la elaboración misma de la nueva Carta Magna, el Gobierno se ha cuidado de caracterizar esos espacios sólo como “incidentes”.

Si bien entre quienes creemos que la mejor opción es la asamblea constituyente lo anterior ha sido recibido con cierta desconfianza, es entendible que mientras no haya un anuncio del Ejecutivo sobre la definición del mecanismo no puede catalogarse el proceso como “vinculante”, dado que, de lo contrario, en la práctica, ya se estaría adelantando el método a utilizar: una “asamblea” de ciudadanos, en que se proyecte una nueva Constitución de manera vinculante, no es otra cosa que una asamblea constituyente.

En su última declaración sobre el tema, la Presidenta dijo que de poco valía hablar sobre el mecanismo si la gente “no sabe lo que es una Constitución ni por qué necesitamos una nueva”, de lo que se desprende que este mecanismo sólo se decidirá una vez avanzada la primera etapa de educación cívica y participación.

El tema es que en esos espacios participarán ciudadanos con interés en estar ahí, y más allá de que tengan distinto “nivel” de información y conocimiento sobre la materia, la mayoría ya tendrá posiciones políticas, más o menos elaboradas, sobre forma y fondo. Los que somos educadores sabemos que la información, el conocimiento y el aprendizaje colectivo van de la mano con la opinión y la toma de posturas; mientras más se sabe de algo más se quiere manifestar una opinión, más se quiere ser escuchado, más se quiere “incidir”, y más herramientas se posee para hacerlo.

Por tanto, lo que hasta ahora ha anunciado el Ejecutivo en materia constituyente, por poco que sea, es una oportunidad para los que sostenemos que la nueva Constitución debe ser elaborada por los propios ciudadanos de la manera más directa y democrática posible, posición que, como sabemos, no es la única entre los chilenos, por lo que debería someterse junto a las otras a un plebiscito.

El cuadro es el siguiente: al ser la educación y la participación dos caras de una misma moneda, la demanda porque esta última sea de la mayor profundidad se dará inmediatamente iniciado el proceso anunciado por Bachelet, y al ser imposible abordar la forma y el fondo de manera independiente, la idea de que los ciudadanos sean convocados a las urnas para decidir el mecanismo se proyectará con fuerza por un cauce institucional.

Si ocurre un macizo debate democrático, en cada comuna y en cada barrio, y en este se alza como mayoritaria la opción del plebiscito, el poder político tendrá que recoger el guante y hacer las reformas legales para su concreción. Todo esto, en el entendido de que estaremos en presencia de un ejercicio realmente incidente y no ante un amago de participación, lo que sería un golpe final en la espiral de desconfianza del pueblo con las instituciones.

Cabe entonces prepararnos para exponer de la mejor manera nuestras ideas en el proceso propuesto, estar dispuestos a aprender y autoformarnos dentro y fuera de éste, convocar a toda la ciudadanía y a sus organizaciones a participar de forma activa, y seguir impulsando en todos los espacios la necesidad de que la nueva Constitución sea el resultado de la más amplia participación social.

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Carta de Francisco Belmar Orrego

01 septiembre 2015

No cabe duda que el misterioso “proceso constituyente”, que comienza este mes, implica desafíos complejos. Uno de ellos es, precisamente, el cómo abordar un proceso de esta relevancia en un país donde no solo nadie ha leído la Constitución, sino donde además nadie entiende lo que lee y, peor aún, donde no se lee. Es un poco paradójico que se nos refuerce tanto la convicción sobre nuestra ignorancia y sobre la relación entre ella y la mala calidad de la política, al mismo tiempo que se valoriza la participación ciudadana en la creación de una nueva Constitución. Todo esto es más confuso en la medida en que el proceso no tiene, valga la redundancia, un proceso claro y establecido.

Un paso, casi en falso, se dio hace unos meses cuando se nombró una comisión especial para tratar el tema de la probidad. Se fijó una agenda, que ahí luce medio abandonada, y se resaltó en ella los valores de imponer estrictos estándares éticos tanto para el mundo público como privado. La educación cívica, nuevamente, pasó a ser como el Santo Grial: la solución a los problemas de probidad pasaría por educar al pueblo, pero sobre todo a los estudiantes susceptibles de rendirse frente al ídolo de la codicia. El relato que subyacía es que los Ponce Lerou o los Choclo Délano eran fruto de un país sin educación cívica y eso era algo que remediar.

Lo cierto es que eso nunca fue así. Es muy probable que tanto Ponce Lerou como Délano, Hugo Bravo y quién sabe cuánta gente más, sea lo suficientemente adulta como para haber tenido clases de educación cívica en el colegio. Por lo demás, la asignatura en cuestión jamás desapareció, por lo que hasta hoy los graduados de nuestras escuelas cuentan con una preparación formal al respecto. Que hasta el día de hoy haya gente que pida a gritos un ramo de educación cívica parece un tanto vulgar, y quizás ignorante, respecto de los programas que el sabio patrono del saber humano —el Estado— nos permite revisar en la página web del Ministerio de Educación.

Pero no seamos injustos; quizás esa petición no sea tan absurda. Si se cree que la asignatura debe tener un objetivo distinto al de la materia ya enseñada, obviamente sería necesaria su inclusión. Lo que esconde esa demanda es, por lo menos, tenebroso. Ello porque se estaría diciendo que el conocimiento enseñado ya en las escuelas sería insulso, objetivista y poco intuitivo. En fin, que no le dice al estudiante cuáles son los valores de la política y, por ende, cómo debe votar. Si a esto se le suma al padre Estado, la petición se vuelve más extraña.

La creencia de que el Estado somos todos ha surgido precisamente desde el Estado. A cada instante, se nos ha borrado de nuestro capital cultural la idea de la emancipación y se nos ha hecho creer que solo por medio de la intervención gubernamental podemos ser libres. ¿Cómo se llegó a eso? Fácil, a través de la educación. No es una cosa de odios o de indignación. Por sus características, el Estado es un ente homogeneizador. Es demasiado grande para entender las diferencias entre los individuos y no los valoriza como fines, sino como medios. La educación bajo su mando uniformiza, no distingue. Teme a la rebeldía y a la diferencia.

Entonces, ¿qué podemos esperar de un Gobierno que anuncia de forma paralela educación cívica y proceso constituyente? Nada bueno. Nuevamente, una visión pesará sobre las demás y conocimientos ad hoc, proporcionados por el propio Gobierno, darán las pautas del saber verdadero. Las visiones políticas son tan variadas y las minorías tan sensibles, que es imposible que se le dé cabida a todas en lo que sea que se esté planeando. La educación es una herramienta de disciplinamiento. A través de ella se establece lo que es correcto e incorrecto para un determinado contexto. Mientras más atomizado el origen de aquella formación, más diversidad habrá y, por ende, más discusión y más justicia. Mientras más centralizado, más homogeneidad y menos debate crítico. ¿Cuál situación, cree usted, es la que más le gusta al poder político?

1 Comentario

  1. Lamentablemente, Felipe, discrepo. Tuve clases de educación cívica durante la dictadura y solo puedo señalarte que era lo mismo que hacían en filosofía con el manual de Bruno Rychlowsky. La impartí como docente de Historia y Geografía y eran más de lo mismo. Hoy, la propuesta de Formación Ciudadana acerca a futuros ciudadanos a integrarse a la sociedad contextualizados a través del empoderamiento y de las acciones en sus espacios de participación: Centros de Estudiantes, Parlamento Juvenil y las múltiples iniciativas que están disponibles para que nuestros jóvenes se inicien en el ejercicio de la participación, por tanto, deje atrás el temor, viene un espacio publico real.

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