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Apocalipsis Now

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Jaime Collyer

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Carta de Marcelo Rioseco

28 julio 2015

Jaime:

Te escribo desde Oklahoma donde, para mi asombro, me descubro pensando en Chile. Por lo mismo, me he estado acordando de tanta conversación que hemos tenido respecto de nuestro extraño país. Y qué mejor manera de recordar el país de uno que leer noticias por Internet. En eso estaba el otro día, googleando por aquí y por allá, cuando me topé con la edición electrónica de The Clinic (“Firme junto al pueblo”, dizque dicen) donde aparecía una entrevista al poeta Raúl Zurita. Allí le preguntaban lo siguiente (te lo cito literalmente): “Si te dejaran escribir un poema o un grafiti gigante en la torre del Costanera Center, ¿qué pondrías ahí?”. La respuesta del poeta es simple, pero contundente: “Apocalipsis Now”. Sí, así como suena, el día del juicio final, la hora cero.

¿Apocalipsis Now? Pero, ¿cómo así? Eso es lo que quería preguntarte. ¿De dónde viene esa sensación de descalabro de la que habla Zurita? Porque de que la sensación existe, existe. Ya no vivo en Chile, pero a mí todo esto me suena a cosa conocida. ¿Será por los innumerables casos de las boletas truchas? ¿La crisis de credibilidad del actual Gobierno? ¿Los múltiples paros y protestas? ¿Qué piensas, Jaime? A mí, como que no me convence esa teoría, pues las malas prácticas políticas en Chile vienen ocurriendo hace años. No más que ahora los agarraron in fraganti y resultó que el plato de donde comían todos se preparaba en la misma cocina. ¿Sorpresa? No, ninguna. Entonces, pensé: “Esto del apocalipsis tiene que ser otra cosa. Pero, ¿qué?”.

“¿Por qué tanta preocupación?”, me preguntarás. Bueno, Apocalipsis + Now = Chile, es como para preocuparse. ¿O no?

Jaime, ¿de verdad que vivir en Chile produce una sensación de apocalipsis? Aceptemos por un momento esta imagen como metáfora. Después de todo, los poetas ven hasta por debajo de las piedras. Recuerdo que en los 90 tenía un amigo que insistía en hablarme del “Chile profundo” y yo creía que este amigo se enrollaba demasiado con la poesía esotérica de Chile, pero ahora me vengo dando cuenta de que tal vez sí hay un Chile profundo y que cada cierto tiempo emerge para ponernos una sombra en el alma que es más espesa que la capa de smog de Santiago. Por ahí se habla del peso de la noche. Supongo que debe ser lo mismo. Una sensación de que el aire de Chile es irrespirable, de opresión, de estar lejos del mundo, de que el país al final no funciona, de que no la llevamos. Leo encuestas y descubro que dos de cada tres chilenos viven agobiados, estresados, ni qué decir de la cantidad de licencias de trabajo por razones de salud mental (léase depresión, ataques de pánico y quién sabe qué otra enfermedad más). Y ni me meto en la vida sexual del país, excelente indicador social por lo demás, pues tú, como has escrito sobre el tema, sabes mucho más de eso que yo. Sumo y sigo y me siguen saliendo números rojos. ¿Qué será la cosa, entonces?

Mira, una intuición. Aquí te cito un ejemplo literario de mis ejercicios de sumas y restas con números rojos: el escritor colombiano Fernando Vallejo, un francotirador como pocos. Vallejo no ha dejado títere con cabeza en Colombia. Toda su literatura gira en torno a Colombia, pero para mal. Para mal de Colombia, digo, que de tanto en tanto este escritor de Medellín lanza una andanada de insultos, injurias y maldiciones bíblicas contra su país natal. Y leyendo a Vallejo, ¿con qué me encuentro? Con que don Fernando en un discurso preparado para el Primer Congreso de Escritores de Colombia afirma: “En medio de su dolor y su tragedia, Colombia es alucinante, deslumbrante, única. Por ella existo, por ella soy escritor. Porque Colombia, con sus ambiciones, sus ilusiones, con sus sueños, con sus locuras, con sus desmesuras, me encendió el alma y me empujó a escribir”. ¿Qué tal? Es aquí donde uno se sienta, respira profundo y trata de ver más claro, porque a mí Chile no me enciende el alma (no como a Vallejo, al menos), y menos me empuja a escribir. Bueno, en ciertos momento sí, pero no siempre. Ya quisiera yo poder escribir esas mismas frases para describir a mi propio país. Sí, ya sé qué me dirás: que Vallejo es un hiperbólico, que se contradice, que así como ama, odia. Pero al menos no vive bajo el peso de la noche. A pesar de todo, es echao pa’ delante, como dicen los mismos colombianos. Sé que no se pueden comparar ambos países, pero no deja de intrigarme que los colombianos, a pesar de todos sus problemas, sean finalmente más optimistas que nosotros.

Ahora que lo pienso, quizás nuestro problema no se trata realmente de la actual crisis política, sino de algo más silencioso y subterráneo: quizás se trata de la opaca sobriedad chilena convertida en cualidad política, la falta de desmesura, la presencia de un resentimiento siempre latente. Es como si nos arrastrara por la historia una fuerza negativa, una inexplicable amargura. ¿Somos realmente un país alegre? ¿Estaré exagerando? No lo sé, te escribo sin tener respuestas, tanteando, un poco a ciegas, y no para hablar contra Chile, sino para entender, para partir de algún lado. Porque a mí me parece que los chilenos estamos como necesitando partir de nuevo, de cero, como que sería bueno comenzar a mirarnos y tratarnos de otra manera.

Mándame señales, mi viejo amigo, a ver si entre los dos comenzamos a desenredar esta madeja de hilos cruzados a la que llamamos a veces “nuestro país”.

Un abrazo,

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Carta de Jaime Collyer

30 julio 2015

Querido Marcelo:

Es cierto, llevamos algún tiempo hablando de esto, y de Chile, y del malestar en apariencia crónico de estas latitudes. Tienes la ventaja (no te imaginas cuánta) de vivir a distancia y eso, creo, ayuda a enfocar mejor la mira y percibir cuestiones que aquí dentro, en la jaula de los monos, empiezan a pasarle a uno reprochablemente inadvertidas. A mí en lo personal me ocurrió, eso de lograr reenfocar las cosas, al irme de Chile en el 81 y quedarme, con intervalos varios, unos doce años afuera.

Vamos al grano: mis hipótesis, mis eventuales respuestas a la reflexión que planteas, pasan por varias conclusiones que saqué en aquella fase en que viví fuera y lejos, hipótesis que tal vez pervivan en su valía y que el retorno a esta larga y angosta faja de miserias (y de grandezas ocasionales, como el rescate de los 33 mineros, por ejemplo) no hizo más que reafirmar. Procedo a enunciártelas en dos puntos, para que quede todo más ordenado y útil.

El malestar no es reciente, en esto concuerdo contigo. No es un asunto de las últimas décadas, sino quizá endémico y originario, y acaso tenga relación con la violencia en que germinó la nación criolla, en esa guerra prolongada durante casi tres siglos entre el invasor europeo y el aborigen enquistado en su tierra, al sur del Biobío, el único que resolvió resistir con dientes y uñas a esa invasión. Con las consecuencias por todos sabidas: la derrota bélica, el despojo de las tierras, el genocidio ocasional (si cabe hablar de que un genocidio pueda ser ocasional), la transculturación, la humillación definitiva de la etnia originaria en el seno de la sociedad huinca. Esa violencia en que fue parido y amamantado el mestizo chileno (es decir, casi todos los que componemos esta nación) es, con seguridad, una huella ancestral en nuestro paleo-córtex, una memoria histórica conflictiva y dolorida que no cesa en sus efectos. Y quizá sí sus mayores síntomas sean, hasta hoy, el rencor en los sectores llamados “populares” y el desdén de casi todo en la burguesía económica o intelectual.

Más allá de esas condicionantes fundacionales, pienso que el último medio siglo de nuestra historia, incluyendo desde luego los casi dos decenios de la destrucción pinochetista, han exacerbado singularmente esos malestares originarios. Ahora que me gano la vida haciendo traducciones, me hallo trabajando en un libro excepcional, cuyo título mejor me reservo, en el cual se desmenuzan de manera exhaustiva no solo el caos que sembraron los norteamericanos en Iraq durante esa posguerra que no habían planificado antes de la invasión, sino además la condición de endémica perplejidad, apatía, miedo crónico y paranoia, decepción, estrés postraumático, deterioro de la autoimagen y otros males que afectaban, y aún afectan, al ciudadano medio iraquí luego de vivir sometido durante treinta y siete años a un régimen totalitario y oprobioso como fue el de Saddam Hussein en su fase última. Algo parecido a la enfermedad colectiva que subsistía en el pueblo alemán tras la derrota del nazismo, ese estupor de una sociedad que precisaba no solo ser “desnazificada”, sino tratada en el diván de la historia para asumir sus yerros y sus culpas. Los alemanes lo hicieron finalmente, en esa vena próxima a lo autoflagelante que persiste hasta hoy. Los iraquíes han persistido en sus males acuñados durante décadas y hoy pareciera que, en lugar de acceder a una sociedad de mayor tolerancia y mayor cuota de civismo, se han afincado en una violencia endémica e irremediable y un caos que los visita a diario, en los cuales la desidia norteamericana postinvasión tuvo mucho que ver. El caso de Chile es, al parecer, distinto a esos dos y casi peor: no ha habido el autoexamen obsesivo y autocrítico de los alemanes, ni tampoco el caos iraquí. En lugar de ello, se ha afianzado una comunidad desigual y adormecida, mustia y apática, sumida en la búsqueda de símbolos de estatus y el consumo superfluo, imitativa y a la vez renegada (que reniega de los modelos que busca imitar), contaminada del conservadurismo y el autoritarismo legados por la dictadura y prolongado por sus herederos concertacionistas, que han cosmetizado esa herencia durante años para finalmente revelarse tan pringados con sus beneficios bajo cuerda como pudo estarlo el yerno de Pinochet. No ha habido ni un psicoanálisis colectivo (como en Alemania) ni un reventón abocado a desterrar el sistema o sembrar el caos (como en Iraq), un caso del cual en ocasiones surge la renovación política. Ha habido, a cambio de eso, silencio, complicidad, resignación, aquiescencia, arribismo, vulgaridad, autocomplacencia, delirio patriotero, culto a la ignorancia. Todos males reforzados y heredados del período autoritario, que los ciudadanos del presente absorbimos sin saber cómo, ni pararnos a pensar si queríamos absorberlos. La historia nos ocurre hoy como una tragicomedia que acatamos porque creemos merecérnosla. El resultado es la inelegancia y la estulticia, la ostentación y falta de refinamiento, una falta endémica de grandeza en los juicios respecto a lo nuestro y lo de otros. El deporte es, en este sentido, un buen indicador de esa propensión enfermiza: pareciera, en efecto, haberse incrementado la cuota de logros en ese terreno, pero el discurso que acompaña a ese incremento no ha variado un ápice en relación a la época de los triunfos morales: sigue siendo un alarde nacionalista y llorón, un torbellino irracional cultivado en los medios de comunicación y hasta en las altas esferas gubernamentales, y desde luego en esa institución sacrosanta que es la familia criolla. Podemos obtener la Copa América y eso es de agradecer, para celebrarlo y alegrarse, pero en algún sentido seguimos siendo los “pungas” y resentidos que le enrostran el triunfo coyuntural, y el complejo nacional, a los vecinos que nos acomplejan, una lástima.

Bueno, esto para comenzar, querido amigo, y asumir un poco a la ligera el guante que me tiendes desde Oklahoma. Un abrazo,

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Carta de Marcelo Rioseco

06 agosto 2015

Hola Jaime:

Chile, cómo nos jode, ¿no?

Y ni siquiera es un país muy grande, es una cosa ahí, toda larga, media pantanosa, casi como una playa interminable con un parque de entretenciones medio vacío. Pensamos, hablamos, escribimos sobre Chile. ¿Y hacia dónde nos lleva toda esta pensadera? Ni idea. A veces, me parece que a ninguna parte; como en el juego Monopolio, después de un rato a cada jugador le toca volver al punto de partida.

Cara pierde, sello también. Entonces, ¿qué?

Partir por el principio. La radiografía está clara. También está claro que analizar Chile no cambiará nada. Recuerdo hace muchos años, cuando trabajaba en la Universidad del Bío-Bío, invitamos a Tomás Moulian a presentar su libro Chile actual. Anatomía de un mito. Era, si no me equivoco, uno de los primeros libros donde se analizaba Chile después de la dictadura. Esa noche, la sala estaba llena y, después de hablar, Moulian ofreció la palabra. La gente estaba de acuerdo con el análisis y le pidió respuestas: qué había que hacer, cuál era la solución. Por supuesto, Moulian no tenía respuestas, su libro no se trataba de eso. Pero las exigencias de la audiencia eran legítimas; desde el momento en que uno saca una radiografía, de inmediato se necesita el diagnóstico y, por supuesto, el tratamiento. Ese es el problema con hablar de Chile, rápidamente aparece la pregunta: ¿y, qué hacemos ahora? O sea, ¿sirve saber que somos pungas, resentidos, incultos, arribistas, poco elegantes, etc.? Yo creo que sirve. El primer paso sería aceptarlo como problema social. Ahí coincido con la falta de autoanálisis de la cual hablabas en tu carta. El segundo paso podría ser (todo esto es muy aventurado) reconocer si acaso el problema de fondo, desde un ángulo más afectivo, es que al fin y al cabo a uno le duele el país. Y es por esa razón que hablamos tanto de Chile y nos damos vueltas y vueltas tratando de descifrar el enigma de la identidad nacional. Nos buscamos en el espejo vacío de la identidad y lo que vemos no nos gusta nada. Pero nos buscamos con la esperanza de encontrar algo.

Y puesto que tu carta comenzaba citando tu experiencia fuera de Chile, me gustaría añadir lo siguiente. Curiosamente, he vivido en Estados Unidos la misma cantidad de años que tú viviste en España. Mi experiencia acá, sin embargo, ha sido diferente, no sólo por la lengua o la cultura (que es lo obvio), sino fundamentalmente debido al hecho de que uno acá termina por encontrarse frente a frente con una especie de síntesis de la cultura latinoamericana. Eso no sucede en ningún país latinoamericano. Una experiencia impagable, por lo demás; “el sueño de Bolívar”, como diría Jorge Volpi. Esta experiencia es de cierta manera brutal, porque te obliga a redimensionarte, a mirarte a través de los ojos de otros latinoamericanos. Y te das cuenta de lo que en verdad pesa Chile en el concierto internacional. No es gran cosa, pero se hace respetar, a pesar de todo. Qué contradicción. Bajos índices de corrupción (junto con Uruguay) ubican a Chile entre los dos países menos corruptos de América Latina. Pero los chilenos vivimos la corrupción como un mal único e irreversible. Pero ojo, como dice un comentarista de este foro, reducir el tema a la corrupción puede ser una simplificación del análisis. Buen punto. Sin embargo, como sea, Chile tiene buen lejos. Y eso es un punto a favor.

En este sentido, vivir por fuera me hizo darme cuenta de que Chile es también latinoamericano, no es un país aparte, no pertenece a la historia europea por mucha inmigración que hayamos tenido, no comparte realmente ningún punto en común con Estados Unidos. Nos gustaría estar entre los grandes, pero no estamos allí. Nuestros vecinos del barrio son Perú, Bolivia y Argentina y de ahí todo el resto del continente latinoamericano. ¿Es tan difícil aceptar este simple hecho geográfico, histórico y cultural? Porque aceptar este hecho me parece decisivo. De otra manera, el análisis adolece de un error de perspectiva.

Dentro de este contexto me atrevería a contextualizar “el apocalipsis chileno”. Pregunto, ¿podemos comparar los escándalos de Penta, SQM y Caval con el escándalo de Petrobras en Brasil? ¿Cómo anda la inflación nacional con respecto a los tres dígitos de Venezuela? ¿Los años de la Concertación fueron mucho peores que los de Chávez o los del corralito en Argentina? Y qué decir de Colombia, un país que ha sobrevivido a casi sesenta años de violencia, combatiendo a la guerrilla, los paramilitares y los carteles de la droga, todo al mismo tiempo. ¿Son nuestros males peores que los que ha atravesado Colombia o los que actualmente atraviesa México? ¿Y las traumáticas secuelas de las revoluciones y guerras civiles en algunos países de Centroamérica? ¿Mucha delincuencia en Santiago? No será peor que en Ciudad de México o Caracas, ¿o sí? En fin, ya se sabe que mal de muchos, consuelo de tontos, pero ese —y no otro— es nuestro barrio. Y puesto en contexto y visto en perspectiva, no estamos tan mal. Ahí veo un primer paso.

Pero la sensación de apocalipsis sigue ahí. Tu carta me hizo pensar en esto: quizás el apocalipsis de Chile es realmente la falta de apocalipsis. O sea, se vive en el Purgatorio que —para el filósofo rumano Emil Cioran— era incluso peor que el Infierno. Es como tener un cáncer con metástasis detenida. O sea, el paciente no termina de morir nunca, es pura agonía. Y, con el tiempo, la agonía se transforma en algo peor que la enfermedad. Con todo, tratamos de ganar y, a veces, ganamos, como sucedió con el rescate de los 33 mineros y la Copa América. Y ahí nos sale lo patriotero, como dices, pero tal vez por falta de una verdadera identidad. Nos agarramos a lo que sea con tal de poder decir: “¡Esto somos!”. Es lógico. ¿Y qué es lo que somos? Todavía no lo sabemos. Aventuro una respuesta: somos, para bien y para mal, un país latinoamericano. ¿Será mucho decir?

Abrazos,

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Carta de Jaime Collyer

12 agosto 2015

Mi muy querido Marcelo:

Es bueno esto de debatir en torno al terruño, como que le gatilla a uno una retahíla de ideas y asociaciones. Es lo que me ocurre con tu respuesta a mi respuesta y, como soy un poco o un mucho esquemático, me veo de nuevo en la necesidad de ordenarlo por puntos, o por acápites, que queda más fino.

Lo que más me resuena de tu carta (esta nueva carta) es esa suerte de ambigüedad que todos experimentamos, en efecto, respecto a Chile. Como que lo detestamos cordialmente todos los días: nos avergonzamos de él, pero a la vez nos duele que alguien intente humillarlo en lugar de nosotros mismos. Nos envanecemos de su eficacia presunta, a pesar de lo poco que tiene y los recursos escasos de siempre, pero también de su cualidad improvisadora, de sus timideces, que son las de todos. Pienso que esto, la ambigüedad, la ambivalencia afectiva, no es nuestro privilegio exclusivo y que le ocurre a un sinfín de otras comunidades. Y la literatura, o esa figura rimbombante que suelen ser los “hombres de letras”, dan buena cuenta de ello, son un ejemplo que abunda respecto a esa ambigüedad. Joyce detestaba como pocos a Irlanda, pero toda su obra es una suerte de ombliguismo patriótico y un poco obsesivo en torno a Irlanda, y dos de sus libros primordiales (por no decir que todos sus libros) hacen una loa retorcida a Dublín y sus arquetipos un poco deleznables. Habitante de ese momento dramático en que el nacionalismo irlandés convocaba a sus intelectuales a dar la vida por la causa patriota, a morir por Irlanda, preguntó un día en voz alta: “¿Y estará Irlanda dispuesta a morir por mí?”.

En el mundo hispánico y latinoamericano hay otros muchos ejemplos parecidos, pero baste aquí, para no farsantear en exceso, con mencionar a Azorín en sus Confesiones de un pequeño filósofo, ese diario de viajes por la península ibérica en uno de cuyos pasajes hay un grupo de españoles a bordo de un tren, vituperando y denostando a España con el exceso que únicamente los propios españoles saben hacerlo, hasta que un jovencito de otro país europeo se inmiscuye en los denuestos y cuela una frase mínima, un reproche insustancial al modo de ser de los españoles. A lo que el grupo reacciona con un silencio sepulcral y torvo, hasta que alguien le aclara al jovencito que “cuando se está con españoles, no se habla mal de España”.

Me queda la sensación de que a nosotros nos ocurre igual, y quizá no sea un sentimiento ineludible que nos aflora cuando alguien se caga en nuestro nido, sino que el nido, como bien dices, no es nunca tan malo ni tan irremediable, que siempre tiene su lado bueno o al menos digno de compasión, de solidaridad espontánea con sus yerros.

A los chilenos, como a otros habitantes del mundo, nos ocurre que nos vamos de aquí pero volvemos cada tanto inevitablemente, como si volver tuviera la misma gracia que pasear por los Campos Elíseos o estudiar un posgrado en Harvard. Debe ser, entonces, que algo, una orientación centrípeta, un tropismo endogámico, nos trae de vuelta, si no de manera definitiva, al menos cada cierto tiempo, como para que no nos olvidemos de estos aires un poco rancios, gastados, impuros como el esmog santiaguino o temucano. Hace un tiempo escuché una anécdota alusiva a un ciudadano chino, experto en acupuntura, que residía y trabajaba desde hacía años aquí en Chile, aplicando sus artes de acupuntor a los males locales, al cual le preguntaron una vez cuál era, en su opinión, el origen de cierto malestar psicológico endémico de los chilenos. El acupuntor meditó unos segundos y dijo: “Mucho magnetismo. Polo Sur muy cerca”. Quería decir, me imagino, algo como que las ingentes cantidades de hierro y metales varios del Polo Sur y el macizo andino operan sobre nosotros como una suerte de gran imán que nos trae de vuelta. O nos lleva a vivir “ladeados” cuando estamos afuera, como doblados y atraídos hacia aquí abajo por un gran imán natural.

Una segunda idea que me convoca muchísimo de tu carta es esa del espejo carente de identidad en el cual nos miramos. Es algo que comparto a fondo y pienso que tiene cierto fundamento en lo antropológico. Sin ánimo de seguir alardeando con citas, vale la pena una última a este respecto y es la taxonomía de los pueblos latinoamericanos que proponía el antropólogo brasileño Darcy Ribeiro (que fue profesor mío en Madrid, dicho sea de paso). Decía él que hay en el mundo de las tres Américas (no sólo en Sudamérica), tres tipos de comunidades o pueblos: los pueblos testimoniales, con un alto componente indígena y un alto grado civilizatorio en los orígenes (son países como Paraguay, Bolivia, Perú, México o Guatemala); los pueblos trasplantados, que arrasaron a la escasa población indígena que encontraron e impusieron su propia cultura transferida al nuevo territorio americano (países como Estados Unidos, Canadá, Argentina, Uruguay); y por último los pueblos nuevos, que son, como su nombre lo indica, mestizos en propiedad, un híbrido genético-cultural que hasta hace cuatrocientos años no existía sobre la faz de la Tierra (países como Venezuela, Colombia y, last but not least, Chile). Pienso que Ribeiro acierta de lleno en esta diferenciación y en su idea de la heterogeneidad latinoamericana, o americana en un sentido amplio: no somos todos lo mismo, en la gran sopa bolivariana, y nunca podremos serlo, y a mucha honra por ello. Y si aceptamos que Chile es un pueblo nuevo, un híbrido surgido recién hace un par de siglos de su matriz, un conglomerado extraviado al sur del mundo en un páramo inestable y carente, sin una gran tradición civilizatoria detrás (una tradición con gran desarrollo en lo arquitectónico, lo mítico o los sistemas de regadío, por ejemplo) ni un sistema cultural trasplantado de Europa, o incluso de África, podemos entender, quizá, esa suerte de vacío, ese desconcierto a ratos agradable en que vivimos sumidos los chilenos y otros contingentes “nuevos” de por aquí. No es tan malo ser un híbrido sin una tradición originaria (como los pueblos testimoniales) o un refinamiento traído a cuestas (como los trasplantados), porque esa carencia por sí sola implica una mayor porosidad, una cualidad permeable y experimental, una apertura curiosa a la experiencia que otros pueblos un poco esclerosados por sus tradiciones no tienen. Es jodido, como bien dices, pero tiene a la vez su gracia.

Algo que sí me queda como un cabo suelto y una interrogante respecto a lo latinoamericano (entendiendo ahora sí el término en un sentido amplio y englobador de todas sus comunidades componentes): es la ecuación precisa que hay entre sus bondades presuntas, las cualidades destacables de lo latinoamericano —la vitalidad, la ingenuidad, la inventiva— y sus desventajas —la pillería, la informalidad, el engaño como un modus vivendi—. Pero esto ya es materia de otra carta, creo, y sólo me interesa dejártelo planteado como una de las aristas a considerar. Un fuerte abrazo y feliz tú, que ahora deambulas por las calles de Puebla.

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Carta de Marcelo Rioseco

24 agosto 2015

Querido Jaime:

Esta es la última carta y quizás, por lo mismo, sería bueno cerrar este intercambio con algunas conclusiones provisionales (no me imagino que haya otra posibilidad) para sugerir algunos caminos con los cuales seguir pensando el tema. O, más bien, directamente, pensándonos a través del tema.

Sigo tus pasos y me ordeno de manera esquemática de la siguiente manera:

Una primera conclusión sería paradójica. Y se me ocurre después de escribir apenas dos cartas sobre Chile y su problemática identidad. El tema es banal, no tiene solución, acusa un ombliguismo injustificado y, no importando cómo lo abordemos, la radiografía de Chile y el ser nacional es inequívoca y fatalmente negativa. ¿No hemos escuchado todos frases fatalistas como “somos así”, “es que somos chilenitos”, “es la raza”, “esto no pasa en ningún otro país del mundo”, etc.? Todo lo cual me recuerda un ensayo de Octavio Paz donde define la identidad a partir de la carencia de algo, por lo que no se ha tenido; esto es, parafraseando, “somos como somos porque no tuvimos Edad Media”, “no conocimos el Renacimiento” y un largo etcétera. A los profesores de estudios culturales les gusta hablar de la modernidad incompleta. Y tienen razón, vivimos en una especie de primer y tercer mundo simultáneamente. Otra vez, la radiografía es evidente, y no podemos sino mostrar una ambigua relación con el paciente: lo detestamos, pero ¡ay de quién lo quiera vilipendiar! En eso estoy completamente de acuerdo contigo.

Otra opción sería aceptarnos como somos, lo cual me parece casi imposible, porque todo apunta a que somos una sociedad que se define por su incapacidad para aceptarse. Pero, ¿no hay en esta neurótica incapacidad, en esa compulsiva crítica hacia casi todos los aspectos del país, un deseo (a veces ni siquiera tan escondido) de que las cosas sean mejores? A veces sospecho que los chilenos vivimos con una especie de depresión causada por la incapacidad para alcanzar algo que probablemente se sospecha plenamente alcanzable si no fuera por el simple hecho de que… somos chilenos. Esto es hasta divertido.

La opción latinoamericana no me parece mala. No es la mejor porque, como dices, ni somos iguales ni lo seremos nunca. Sin embargo, nos parecemos más a otros países latinoamericanos que a los países europeos. Y no porque vengamos de “la gran sopa bolivariana”, sino porque hay en la fundación de las naciones latinoamericanas características estructurales que han terminado por definir nuestras sociedades individuales a partir de muchos rasgos compartidos. Una de ellas es el problema de la identidad nacional, esa duda epistemológica que todos los países latinoamericanos de alguna manera arrastran. Me interesa esta opción porque veo en lo latinoamericano algo que podría ser entendido como “somos así, todos cojos, mal entrenados, sin disciplina, pillos, ladinos, pero, a pesar de todo, logramos que muchas cosas funcionen, y en algunos casos, somos realmente muy buenos”. ¿Muy positivo? Tal vez, pero es que lo latinoamericano hay que verlo desde Latinoamérica, no desde Chile, desde donde casi no tiene sentido. Incluso peor, lo latinoamericano puede ser considerado un insulto. De todos modos, no hay que ser ciegos: hoy, en la era de la completa globalización, quizás vivimos más desconectados afectivamente con lo que pasa con América Latina de lo que estaba Bolívar cuando escribió la famosa “Carta de Jamaica”. Un ejemplo es el dramático caso de Venezuela, el cual pasa frente a los ojos de todos nosotros bajo la más completa y vergonzosa indiferencia.

Y a pesar de todas estas reflexiones, escribo esta página, sin embargo, sin demasiado convencimiento. El tema de la identidad (o la falta de ella) me sigue pareciendo un camino sin salida. Hay algo esencialista en toda esa discusión. Me pregunto qué tan importante es saber cómo somos y, peor aún, por qué tenemos que ser como se supone que son los chilenos. Recuerdo una anécdota que contaba Roberto Bolaño acerca de su relación con Chile. Decía que él estaba acostumbrado a ser “el único chileno” en España, porque donde vivía no había más chilenos. Así es que la primera vez que regresó a Chile una de las cosas que más le sorprendió fue darse cuenta de que el país estaba “lleno de chilenos”. Es una experiencia muy potente, muy reveladora y hasta terapéutica. Básicamente, se trata de olvidarse de ser chileno. ¿No te pasó algo parecido en España? ¿No hay como un alivio en dejar esa carga a un lado cuando se está fuera del terruño, pues, dicho sea de paso, realmente esa carga no sirve sino para prolongar esa dolorosa agonía de ser y sentirse otro en una tierra extranjera?

Y ya que hablamos de escritores, volvamos entonces a Latinoamérica a través de la literatura. Recuerdo que tanto Vargas Llosa como Jorge Volpi han escrito de cómo sus experiencias en el extranjero (fundamentalmente en Europa) les han servido para descubrir Latinoamérica fuera de Latinoamérica. Una experiencia que en palabras de ellos los ha enriquecido enormemente, proporcionándoles una visión más equilibrada de la realidad de nuestro continente. Entiendo que se trata de una experiencia selectiva y que no sirve sino para ilustrar algunos casos, pero me parece que hay ahí unas señales muy interesantes: quizás haya que alejarse para ver lo propio. Y en nuestro caso, insisto, Chile tiene buen lejos. ¿Cuál es la explicación? Bueno, toca viajar para descubrirla.

Estas experiencias me tocan en lo personal porque, en mi caso, vivir en Estados Unidos me ha hecho coincidir con las conclusiones de más arriba. Allá, como se sabe, la presencia latinoamericana es muy fuerte. Sin embargo, de todos los países que circulan en el imaginario de los norteamericanos, Chile rara vez es uno de ellos. Recuerdo que en Cincinnati, la palabra Chile se asociaba con una sopa un poco picosa que se llama “Skyline Chili”. Era casi una metáfora. Un país picante, finalmente una sopa. En fin, nada demasiado grave tampoco. Lo cierto es que por años he vivido con esa carga que es provenir de un país que poca gente entiende qué es y que menos gente sabe dónde está. Ya sea debido a la ignorancia del ciudadano promedio, al ombliguismo propio de un país como Estados Unidos, o por la razón que sea, Chile en mi vida práctica pocas veces me ha servido como referente, “no me explica”. No se si entiendes lo que te quiero decir. Y lo digo sin ninguna pretensión, sólo como un hecho que constato con cierta resignación. Después de muchos años creo saber (más o menos) cómo son los chilenos, algo entiendo de cómo va el país; tengo con Chile, como muchos, esa relación de amor y de odio, no me parece para nada el peor país del mundo y me gusta mucho volver de vez en cuando. Lo único que me gustaría es que fuera un poco distinto, menos tóxico, más liviano, más alegre, qué se yo, un poquito mejor.

Llego al fin de esta carta con un sentimiento de culpabilidad. Me hubiera gustado escribirte una carta más académica, haber proporcionado al debate datos, cifras, reflexiones autorizadas y, sin embargo, he caído penosamente en la confesión. Intentaré justificarme diciendo que este es un foro entre dos escritores, pero no es cierto: llego a esta conclusión porque al final de este intercambio me pareció que Chile es, al fin y al cabo, un problema personal. No tengo respuestas ni soluciones inmediatas. Por ahora me parece que una solución facilista, pero efectiva frente a la pregunta sobre Chile, sería Let it go! Tampoco es para tanto, It´s just Chile. There are better things to do. ¿No crees?

Un fuerte abrazo poblano,

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Carta de Jaime Collyer

15 septiembre 2015

Querido amigo:

Me he demorado lastimosa, vergonzosamente en responderte, no por falta de cariño o interés en nuestro tema, sino carencia de tiempo (debía cerrar una traducción y enviarla en estos días).

Tu tercera carta me suscita la misma panoplia de sensaciones y sentimientos que las dos anteriores, con el agravante (o atenuante, quizá) de que son nuestras últimas cartas a este respecto —el caso de Chile— y que toca, por ende, extraer algunas conclusiones, tal vez personales, por qué no, como tan bien haces en esa tercera carta.

Me sorprende ahora, como siempre me sorprende cuando vienes por aquí y hablamos de este mismo tema, esa idea paradójica que enuncias: nuestra conclusión, de todos, en nuestra percepción de Chile, es casi invariablemente negativa, al final valemos callampa, según nosotros mismos. Pese a lo cual, y esta es la paradoja, sentimos un afecto irracional por esta larga y angosta faja de tonterías al sur del Pacífico. Nos debatimos entre la sensación extrema de haber nacido en el país equivocado y la otra, también extrema, del patrioterismo desaforado. En esto concuerdo a mi vez contigo, y en que el tema de la identidad es, en alguna medida, un callejón inconducente o una vía sin salida, quizá porque resulta demasiado abstracto, una serie de matrices que intentamos aplicar infructuosamente a las diversas comunidades de Latinoamérica. En la vida diaria, esa diversidad deriva a una sensación compartida y colectiva de ser parte de un mismo todo, un mismo gran continente, una tierra agreste y contradictoria; no en vano, cuando estamos fuera del país, tendemos singularmente a la compañía de otros latinoamericanos, así, en general, sin importarnos mucho si son compatriotas o no. En rigor, se diría que solemos todos rehuir la compañía de los compatriotas, y otros latinoamericanos también lo hacen, quizá porque esos compatriotas nos resultan a todos demasiado vistos, gastados y odiosos de puro escucharlos a diario, redundantes. Pero el resto sí nos convoca y mucho, y entre ellos nos sentimos invariablemente un “nosotros”: frente a los norteamericanos y europeos, un todo un poco inexpugnable.

Entonces es que cobra todo su sentido esa sensación de ser latinoamericano que mencionas. Es esa condición transversal, “bolivariana” (ya que estamos), la que nos identifica cuando andamos lejos, y a mucha honra, nos gusta que se nos considere parte de ese mundo agreste, presuntamente más sexualizado que otros, espontaneísta y naif, como supuestamente es el universo latinoamericano, aunque sea en respuesta a los estereotipos que otros han construido de él y que nosotros mismos no desmentimos, al contrario: los enarbolamos con arrogancia. Piensa nada más en el estereotipo del latin lover, y en la absoluta identificación que todos buscamos con él, más allá de que seamos o no unas bestias sexuales en la intimidad (las más de las veces porque no lo somos, con seguridad).

Esta sensación colectiva sí es relevante y hasta nos libera un poco de las múltiples patrias con las que debemos coexistir a regañadientes. Recuerdo que en España, en los 80, se solía rotular a los latinoamericanos como “sudacas” y el término tenía una connotación despectiva. Eso no fue obstáculo para que la “sudacada” en Madrid, entre la cual me incluía por entonces, adoptara alegremente el término y lo hiciera suyo, como un signo inequívoco de su identidad un poco al margen, reveladora de un origen híbrido y desconcertante, y así hasta hoy, en que los “sudacas” de todo el mundo hablan a veces de su condición de tales y con ese término.

Me ocurre como a ti que esa condición inequívoca sí me identifica y me agrada y, cuando voy por el mundo, la enarbolo con alegría y hasta con altivez. Debe ser que hay entre nosotros denominadores comunes anteriores y posteriores a estos compartimientos estancos y desafortunados en que nos agruparon el criollaje y los caudillos independentistas. Así que, en buena medida, comparto tu conclusión más amplia y coincido en eso de que “lo latinoamericano” es la categoría quizá más recomendable para situar a la chilenidad. Quizá ocurra, en efecto, que la misma chilenidad no sea nada sin ese otro cajón más vasto en que puede incluírsela, por más que le pese a ella misma y sus arribismos geopolíticos.

Una última cosa me queda rebotando y está también aludida al pasar en tu carta: la cuestión del universo globalizado en que hoy vivimos. Ese día eterno en las pantallas (Paul Virilio dixit) amenaza, creo, con terminar diluyendo incluso categorías más amplias, como la de “lo latinoamericano”, y uniformizando el habla colectiva universal en una jerga elemental y poco articulada, desmañada, irrespetuosa de los formalismos al uso hace apenas una década. Una vez uniformizado el habla, una vez colectivizado nuestro tiempo frente a los monitores, hay la probabilidad de que también nuestra certidumbre subjetiva de quienes somos termine, en última instancia, diluyéndose en una gran mazamorra tecnotrónica regida por la vanidad un poco (o un mucho) tontorrona del Facebook y otras instancias parecidas. Es un punto a considerar, creo, pero ciertamente materia eventual de otros debates.

Un fuerte abrazo, camarada, y sigamos en contacto.

7 Comentarios

  1. • Lo particular en Chile es que las “malas prácticas” políticas, empresariales, de las FF.AA., iglesias, son cada vez más parte de la conciencia ciudadana.
    • Se sobrevalora la bipolaridad propia de la construcción de identidades colectivas: verse como la última cola del mundo con la sobrevaloración de lo nuestro. Esto se ve como propio del ser chileno. Esto es parte de cualquier país o comunidad. En parte esto se reconoce, pero opera como autorreferencia de los autores.
    • Aflora una perspectiva muy pesimista sobre Chile.
    • No se valora la presencia de Chile en el mundo -para bien y para mal- desde la mitad del siglo pasado: los procesos de Frei, la UP, la dictadura, la Concertación y Mov. Est.

  2. Temerario de parte de Rioseco hacer esa comparación en cuanto a corrupción (Chile vs. Brasil) y “los años de la Concertación vs. los años de Chávez”. En primer lugar, ahora en 2015 recién se empieza a destapar un poquito más la olla de la corrupción sistemática, estructural, masiva y descarada de la oligarquía chilena. A nivel local y comunal es lo mismo, pero en los medios oficiales rara vez existe cobertura. Por otra parte, compara la gestión de una coalición traidora que desde 1990 se ha dedicado a exacerbar la herencia pinochetista con un gobierno (Chávez) que, a pesar de sus muchos errores, trabajó por recuperar la soberanía económica, distribuir mejor la riqueza y garantizar derechos.

  3. A parte de los argumentos esgrimidos por el señor Collyer, yo creo que la sociedad chilena es temerosa, tiende a sobreponer el estado de complacencia por sobre la iniquidades que le golpean en sus narices. Esto último exacerbado por mantener una estabilidad económica y por los residuos de opresión dejados por la dictadura.

  4. Y esa información se ha metido en el insconciente de la mayoría de los chilenos, el sistema no puede erradicar la corrupción para mejorarlo, estamos cada vez peor y se sabe que vamos para peor aun más, y la sensación de ser corderos camino al matadero es cada vez mas profunda, y el sistema como “democracia protegida” nos lleva a una monarquía absolutista con príncipes, princesas, duques, archiduques y todos los demás son plebeyos con alma de cordero.

  5. Un poco de aire fresco es este espacio de e-pístolas, y mejor si podemos agregar comentarios, pero esto del apocalipsis se podría graficar algo, si comparamos los países con un computador funcionando con sus programas. Como cualquier computador, cual más cual menos, sufren los ataques de todo tipo de virus, malware etc. El tema es a qué nivel llega la infección, hay computadores que con una pasada del antivirus o algún programa especial solucionan el problema de inmediato o en una o dos pasadas. Por el contrario, existen computadores que aunque los formateen, la infección continúa porque esta en el kernel del sistema, ese es el problema de Chile, la corrupción está en el kernel del sistema.

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