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Aborto: La libertad de elegir

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Joaquín Arduengo

Filósofo. Vicepresidente, Partido Humanista

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Constanza Saavedra

Médico. Editora de "Testimonios por la vida"

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Carta de Joaquín Arduengo

26 agosto 2015

La presidenta de la República, Michelle Bachelet, respecto del aborto, afirma que en Chile “la gente que tiene recursos lo hace en buenas condiciones”, y el senador Andrés Zaldívar le responde que no está de acuerdo. Ambas posiciones son correctas, sólo que por motivos muy distintos.

La Presidenta dice algo que todos sabemos hace ya más de cincuenta años. Sólo que, antes y ahora, para los pobres se trata de lugares sombríos y clandestinos. Lugares al que son arrojados esos accidentes amargos, que quedarán marcados en la biografía, porque no se esperaba como una violación que pudiera llegar un día inesperado; o a un hijo, que ha sido concebido, como proyecto de vida, por quienes se aman o se han amado y que extraños extravíos biológicos avisan que nacerá sin vida, sin cerebro o con la vida de la mujer amenazada. En síntesis, historias de dolor y sufrimiento.

Por otra parte, hay historias de quienes pueden pagar, pero esas historias son tan breves como este párrafo. Efímeras, fáciles y, sobre todo, “quirúrgicamente limpias”, en buenas clínicas anónimas donde se ingresa por otras dolencias, o mediante un viaje a Buenos Aires o a Miami, con el tiempo suficiente para pensar en aquel error o meditar con tranquilidad en la decisión a tomar.

A esas mujeres el senador Zaldívar no las conoce. Las primeras no están en su paisaje: él vive en los salones, comparte con banqueros, políticos y empresarios cuyas preocupaciones están lejos del dolor y el sufrimiento de las mujeres de Chile. A las segundas, tampoco las conoce, porque no está en edad de conocerlas y, a lo más, alguna historia ajena, en su largo pasado, rozó de manera casual alguna conversación del tipo “supiste que…”. Él tiene sus razones bien amparadas en un contexto donde la culpa es la rectora, y el castigo, la mano fría de la indiferencia. Él representa a todos los escuderos de la intolerancia que constantemente nos recuerdan que los dolores y sufrimientos constituyen un destino de salvación.

Por supuesto, ellos, los predicadores, viven ya salvados, en medio de la comodidad y la negación del mundo, atribuyéndose por vía directa una potestad inmaculada acerca de lo que es la vida y cómo se ha de vivir en ella, negando de paso, irresponsable y cruelmente, la posibilidad de que toda mujer tenga el derecho a decidir sobre su propia intimidad.

¿Qué diferencia hay con los castigos crueles de otras religiones? Ambas posturas tienen el sello de la violencia, porque pretenden imponer a otras y otros la negación de la libertad sobre los propios pensamientos, sentimientos y acciones. Hay una raíz vital que no quieren que se exprese, porque se sienten llamados a regir los destinos de otros seres humanos, y ese solo hecho los invalida para hablar de lo que es la vida.

A estas alturas, probablemente, un lector desprevenido debe estar pensando: “Este está de acuerdo con el aborto”. Afirmación nacida de la falsedad de la pregunta de si uno está o no de acuerdo con eso. La pregunta tiene implícita una trampa bien urdida, propia de los sostenedores del poder. Esto es así por la sencilla razón de que está formulada desde la negación u omisión de la situación en que se encuentra cada mujer al momento de enfrentarse a un embarazo no deseado. Es esa mujer la que deberá decidir en el momento en que tenga la imperiosa necesidad de hacerlo. Es en esa instancia en que tendrá que cotejar sus creencias con su momento de vida y decidir de acuerdo a ellas. El momento en que la intimidad se expresa de una manera determinante con sus preguntas verdaderas y críticas: ¿Qué piensas?, ¿qué sientes?, ¿qué harás? Cuando se está en tal situación es muy difícil unir en una misma dirección todas las respuestas. Es entonces cuando la pregunta de si se está de acuerdo o no muestra su carencia de significado. Es en ese “ahí” que hay necesidad de las propias respuestas y no de las de otros. Menos aún si ese otro es un hombre que levanta su dedo inquisidor y utiliza como armas la culpa y la amenaza.

La cuestión de fondo es, entonces, que allí estarán en juego las propias creencias para que se pueda elegir libremente, y la fe tendrá o no su correlato para que esa elección sea correcta, dentro de condiciones que no han sido elegidas. Porque en ninguna mujer está la voluntad de un embarazo no deseado, ni la de un hijo cuya vida no será, ni la de una violación. Ni siquiera la imprevisión admite ajenas y totalitarias respuestas.

Es una cuestión de respeto profundo por las mujeres. Ellas son las llamadas a decidir acerca de sí mismas. Por ello, cualquier creencia que se pretenda imponer a otros mediante la ley y el castigo, muestra sólo el rostro de los negadores de la vida plena y necesaria para que todas y todos puedan transitarla sin dolor, sin sufrimiento y, sobre todo, sin culpa. Así que las razones lejanas para ejercer el derecho a decidir por un aborto no son otra cosa que un disimulo, una distracción, para sostener un sistema alejado de la necesidad y el derecho de toda mujer, para construir su vida de acuerdo a sus particulares resoluciones, y su elección será siempre un derecho que no se puede impedir.

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Carta de Constanza Saavedra

26 agosto 2015

Para hablar de libertad tenemos que estar informados. Partamos, entonces, por aclarar un punto: en Chile se presentó un proyecto de legalización del aborto, no de despenalización.

Creo que hablo por la gran mayoría de las personas cuando digo que en lo único en que todos coincidimos es en que nadie quiere ver presa a una mujer que pensó que abortar era su única solución. Por eso es que en Chile no hay mujeres presas por abortar. Se entiende que son situaciones dramáticas. Pero el proyecto presentado va mucho más allá de eso: es derechamente legalizar. Es decir, no sólo se pretende que quienes aborten no tengan pena, sino que se convierta el aborto en un derecho. Y ante la exigencia de un derecho, el deber del Estado es invertir los medios necesarios para que ese derecho sea ejercido. Así es: el Estado hoy quiere invertir miles de millones, que saldrán de nuestros bolsillos, para preparar una infraestructura y capacitar al personal que elimine a nuestros hijos.

Sigamos hablando de libertar informada, porque esa es la única libertad real. Lo demás, cuando se oculta información, se llama engaño.

El Gobierno y distintos grupos, supuestamente feministas, tienen un discurso claro. Un discurso que dice que la mujer es libre de decidir sobre su cuerpo, que el aborto es un derecho y que le hará bien, porque traduce dignidad y avance en la igualdad de género. Lo que no dicen es que están convirtiendo a nuestros hijos en cosas, y si sólo llevamos cosas, nos convierten en un envase. Fruto de un distorsionado y enfermizo feminismo nos quieren hacer creer que para lograr la igualdad de derechos con el hombre la mujer debe parecerse al hombre, debe ocultar su maternidad e ir contra su propia naturaleza, que debe esconder y evitar los cambios que en su vida puede traer aparejado el tener un hijo. No dicen que esa libertad pasa por sobre un derecho aún más básico y que todo ser humano tiene: el derecho a vivir. Que esa libertad no es tal si a esa mujer no se le ofrecen alternativas ante la desesperante situación que la lleva a pensar en un aborto. Si no se le explican los riesgos de un aborto y todas las complicaciones futuras. Si se la engaña, evitando usar las palabras hijo, bebé, ser humano, dolor, y sólo se le habla de producto, tejido, motón de células, coágulo —un embrión o feto es tan montón de células como cualquier otro ser humano, sólo que más pequeño—. Esa libertad es una burla cuando se la engaña haciéndole creer que un hijo no deseado es un estorbo o impedimento para seguir con su vida o ser exitosa, plena y libre.

¿Dónde está la libertad de una joven mujer cuando la alternativa, si no aborta, es quedarse sola, maltratada y humillada; cuando, si no aborta, se le despoja de apoyo, cariño, casa y comida; cuando se la obliga a tomar pastillas o hierbas que la harán abortar o es llevada a algún lugar para hacerle una intervención clandestina, a veces sin siquiera preguntarle su opinión? Esa mujer estará absolutamente coercionada, aterradas y privada de su capacidad de elegir. ¿Dónde está la libertad para elegir cuando, si “elige mal”, es recibida con violencia en consultorios u hospitales por ser muy joven, madre soltera, pobre o madre de un niño con alguna grave enfermedad y osó rechazar un caritativo ofrecimiento de aborto? Esa es una mujer bajo una opresión globalizada. Y, sin embargo, cree que tuvo una opción, que pudo elegir. Sólo cuando se logra dar cuenta de que todos los que la “ayudaron” con un aborto después la dejan sola, es cuando descubre que no conoce el modo de salir de esa sensación de soledad, manipulación y de traición más absoluta.

Libres son esas valientes madres que pese a toda presión tienen a sus hijos y lo hacen con orgullo y confianza; que se han autovalidado como mujeres y caminan con la frente en alto; porque así, con toda su femeneidad y naturaleza que le son propias, siendo tan distintas a los hombres, son iguales en valor y en derecho, gozando de una maternidad orgullosa y apoyada. Esa es la dignidad a la que debemos aspirar.

Nos quieren hacer creer que la libertad viene en un paquete llamado aborto. No están pasando gato por liebre.

6 Comentarios

  1. Me queda la sensación de que Constanza no sabe realmente qué es la igualdad de género ni el feminismo. No queremos anular nuestras particularidades para ser “masculinas”, queremos poder existir en la mayor cantidad de formas e identidades posibles sin ser perseguidas, ni ser obligadas a actuar como mártires, y sin ser maltradadas, ser obligadas a cargar un hijo producto de un acto tan horroroso como una violación es violento. El aborto es un derecho, se debe ejercer con apoyo e información, nadie va a abortar cada tres meses, ni va a preferir un aborto a una pastilla del día después, es una medida extrema muchas veces necesaria, nos corresponde a nosotras juzgarlo individualmente.

  2. O sea, ¿la ciencia y la sociedad no tienen nada que decir? Y si la mujer cree que la vida empieza con la autonomía o la conciencia de sí mismo, estaría bien para ella el infanticidio, como se ha propuesto en otros países. Lo llaman aborto postnatal.

  3. Pingback: Joaquín Arduengo
  4. El tema de la libertad lo entiendo así: Si una mujer cree que la vida comienza con la fecundación del óvulo, entonces para ella hacerse un aborto a partir de ahí sería un crimen. Si una mujer cree que la vida humana comienza con el parto, entonces todo atentado contra esa vida a partir de ese momento constituye un crimen. En cualquiera de los dos casos, ellas deben tener la libertad de optar según sus creencias y por ningún motivo imponer su visión sobre la otra persona. Todo lo demás (causales, etc.) son arreglines políticos que no hacen a la esencia del tema.

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