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Tres días para invadir Polonia

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Édouard Daladier

Político francés

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Adolf Hitler

Dictador alemán

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Carta de Édouard Daladier

26 agosto 1939

París, 26 de agosto de 1939

Señor Canciller:

El embajador de Francia en Berlín me ha informado de su comunicación personal. En el momento en que usted habla de la gravísima responsabilidad que dos jefes de Gobierno puedan tomar sobre ellos, es decir, la de verter sangre de los pueblos que no tienen más deseo que la paz y el trabajo, tengo el deber para con usted y para con nuestras dos naciones de decirle que el destino de la paz se encuentra todavía en sus manos. Usted no puede dudar ni de mis sentimientos respecto a Alemania, ni de los sentimientos pacíficos de Francia respecto a su nación. No existe ningún francés que hubiese hecho más que yo para reforzar entre nuestros dos pueblos no sólo la paz, sino también una colaboración leal en su propio interés y en el interés de Europa y del mundo.

A menos que usted crea que el pueblo de Francia no posee una elevada concepción, tan alta del honor, como el alemán, no puede dudar usted de que Francia respete fielmente los compromisos contraídos con otros países, como por ejemplo Polonia, que quieren vivir en paz con Alemania. No existe nada que pueda impedir una solución pacífica de la crisis, con honor y dignidad para todos, si existe voluntad de paz. Proclamo la buena voluntad de Francia y de sus aliados. Asumo la misma garantía por lo que se refiere a la buena voluntad que manifestó siempre Polonia para la aplicación del procedimiento de libre acuerdo, como corresponde entre naciones soberanas.

Con toda conciencia puedo asegurarle que entre las divergencias existentes entre Alemania y Polonia sobre Danzig, no existe ninguna que no pueda ser sometida a tal procedimiento para una solución equitativa y pacífica. Puedo afirmar, por mi honor, que no existe nada en la solidaridad clara y sincera de Francia con Polonia que pueda influenciar los sentimientos pacíficos de Francia. La solidaridad no nos impidió jamás ni nos impide tener confianza en los sentimientos pacíficos. En unos momentos tan graves como los actuales, creo sinceramente que ningún hombre de honor puede comprender que se pueda empezar la guerra sin que se haya efectuado una última tentativa para una solución pacífica.

Ciertamente, su voluntad de paz puede intervenir sin mermar en nada el honor alemán. Como jefe del Gobierno francés, que desea la buena armonía entre Francia y Alemania y que está unido por lazos de amistad y de palabra empeñada con Polonia, estoy dispuesto a hacer todos los esfuerzos posibles para llevar a buen fin la tentativa. Usted es un ex combatiente como yo, y sabe lo que las devastaciones dejaron en horror y condenación en la conciencia de todos. La idea de que puedo secundarle en una actuación suya para la paz, me conduce a pedirle una respuesta. Si la sangre francesa y la sangre alemana se vierten en una guerra más larga y más cruenta, entonces cada uno luchará confiando en su propia victoria; pero lo único cierto es que triunfarán la devastación y la barbarie.

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Carta de Adolf Hitler

27 agosto 1939

Berlín, 27 de agosto de 1939

Señor Presidente del Consejo:

Comprendo las dudas que usted acaba de expresar. Yo tampoco olvidé nunca la gran responsabilidad que pesa sobre los que disponen del destino de las naciones. Como ex combatiente conozco, como usted, los horrores de la guerra. Por estos sentimientos y con estos conocimientos me he esforzado sinceramente en alejar todas las cuestiones litigiosas existentes entre nuestros dos pueblos.

Un día aseguré francamente al pueblo francés que el retorno del Sarre se efectuaría con esta condición. Cuando el Sarre fue reintegrado, inmediata y solemnemente confirmé mi renuncia a cualesquiera otras reivindicaciones relativas a Francia. El pueblo alemán aprobó mi actitud, como usted mismo pudo haberlo comprobado durante su última estancia en Alemania. El pueblo alemán, consciente de su propia mentalidad, no experimenta ningún rencor ni ningún odio para con su valiente adversaria de otro tiempo. Al contrario, la modificación habida en nuestra frontera del oeste causó una creciente simpatía, que se manifestó de muy diversas maneras en diferentes ocasiones. La construcción de las grandes fortificaciones del oeste, que costaron, y cuestan aún, miles y miles de millones, demuestran al mismo tiempo que Alemania ha aceptado y fijado definitivamente la frontera del Reich.

De esta manera el pueblo alemán ha renunciado a dos provincias que en otro tiempo pertenecieron al Reich alemán, que fueron conquistadas más tarde a costa de mucha sangre, y que por último fueron defendidas con mucha más sangre aún.

Como S.E. deberá reconocer, esta renuncia no constituye una actitud táctica ni es superficial, sino que es una decisión que ha sido confirmada por todas nuestras disposiciones. No me podrá nombrar usted, señor Presidente del Consejo, ni un solo caso en que yo haya manifestado duda, sobre esta fijación definitiva de la frontera occidental del Reich, en ningún punto de mis discursos.

Yo creí que con esta renuncia y esta actitud eliminaría toda materia posible de conflicto entre nuestros dos pueblos susceptible de renovar la tragedia de 1914-1918. Pero esta limitación voluntaria de las aspiraciones vitales alemanas en el oeste no debe ser considerada como la aceptación del Dictado de Versalles en todos los demás aspectos. En verdad, he intentado año tras año obtener por medio de negociaciones la revisión, por lo menos, de las estipulaciones más imposibles y más intolerables de dicho Dictado. Fue imposible. Que la revisión tenía que llegar algún día lo reconocieron siempre muchos hombres clarividentes de todas las naciones. Dígase lo que se quiera de mi método, no se podrá negar que he logrado, sin verter sangre, hallar soluciones que en muchos casos no fueron satisfactorias, no solamente para Alemania, sino incluso para otros pueblos.

Al mismo tiempo, he librado, por la forma de mi método, a los hombres de Estado de otros pueblos del deber, a menudo imposible, de justificar esa revisión ante sus pueblos.

Como S.E. deberá comprender, la revisión tenía que llegar. El Dictado de Versalles era intolerable. Ningún francés con honor, ni usted mismo, señor Daladier, habría dejado de actuar de manera semejante de estar en mi lugar. En este sentido, intenté entonces eliminar la cláusula menos razonable del Dictado de Versalles. Hice al Gobierno polaco una proposición. Nadie más que yo habría podido hacer pública tal proposición y, por ello, sólo puede ser hecha una sola vez. Estoy totalmente convencido de que si —especialmente por el lado inglés— en lugar de desencadenar en la prensa una campaña encarnizada contra Alemania, y en lugar de poner en circulación rumores sobre movilizaciones alemanas, se hubiese aconsejado a Polonia que fuese razonable, Europa podría gozar hoy, y por espacio de 25 años, de la más absoluta paz. Pero, al contrario, se dio inicio a la mentira de la agresión alemana excitando a la opinión pública de Polonia, haciéndosele difícil al Gobierno polaco tomar las claras decisiones necesarias, y especialmente con la promesa de una garantía se enturbió la clara visión de los límites de las posibilidades reales. A causa de ello, el Gobierno polaco rechazó las proposiciones. La opinión pública polaca, convencida al fin de que Inglaterra y Francia se batirán por Polonia, comenzó a formular reivindicaciones, que se podrían calificar de locuras ridículas si no fuesen tan excesivamente peligrosas. Entonces se procedió al terror intolerable. Una vejación física y económica de los alemanes residentes en los territorios cedidos por el Reich, cuyo número se eleva a un millón y medio. No quiero hablar de las atrocidades cometidas. Además, se ha demostrado en Danzig, por los excesos cometidos por las autoridades polacas, que dicha ciudad está abandonada, sin esperanza al parecer, al poder arbitrario de una potencia extraña a su carácter nacional y al de su población.

Permítame, señor Daladier, que le pregunte: ¿cómo actuaría usted en su calidad de francés, si por algún resultado de una lucha heroica, una de sus provincias fuese separada de la patria por un corredor ocupado por una potencia extranjera, y una gran ciudad (supongamos Marsella) se viese impedida de declararse a favor de Francia y que los franceses residentes en aquel territorio se viesen perseguidos, maltratados y asesinados brutalmente? Usted es francés, señor Daladier, y sé, pues, lo que usted haría. Yo soy alemán, señor Daladier. No dude de mi honor y de mi sentimiento del deber: yo obraría de manera análoga a usted. Si usted sufriera la misma desgracia que estamos sufriendo nosotros, ¿comprendería, señor Daladier, que Alemania insistiera sin ninguna razón para que se mantuviera el corredor a través de Francia, para que las regiones robadas no le fueran devueltas, y para que se prohibiera el retorno de Marsella a Francia? En todos los casos, no puedo imaginar que Alemania quisiera luchar contra ustedes por esta razón, porque yo y todos nosotros renunciamos a Alsacia y Lorena para evitar que se volviera a verter sangre. Mucho menos lucharíamos para mantener una injusticia intolerable para ustedes, aun sin importancia para nosotros.

Todo lo que dice en su carta, señor Daladier, lo siento perfectamente como usted. Es muy posible que nosotros como ex combatientes que somos podamos entendernos perfectamente en muchos aspectos, pero le ruego que comprenda bien esto: es imposible a una nación consciente de su honor que renuncie a casi dos millones de compatriotas, a los que ve maltratados al pie mismo de sus fronteras. Por ello fue que yo concreté una reivindicación clara: Danzig y el corredor deberán ser reincorporados al Reich.

Yo no veo ninguna posibilidad de convencer a Polonia a que acceda a una solución pacífica, porque se considera inatacable, con la coraza de las garantías de que disfruta. Pero yo desesperaría del porvenir de mi nación si no estuviésemos decididos en estas circunstancias a resolver la cuestión de una manera u otra. Si el destino obliga entonces a nuestros dos pueblos a batirse, habrá, por lo menos, una diferencia en los motivos. Yo lucharé entonces, señor Daladier, con mi pueblo para la reparación de una injusticia, mientras que los demás se batirán para mantenerla. Esto es tanto más trágico cuanto muchos hombres importantes, también pertenecientes a su nación, han reconocido lo absurdo de la solución de entonces y la imposibilidad de mantenerla a la larga.

Me doy cuenta de las graves consecuencias de este conflicto. Pero creo que será Polonia quien sufrirá las más graves consecuencias, porque termine como termine una guerra por esta cuestión, desaparecerá el Estado polaco de hoy. Que para esto tengan que lanzarse nuestros dos pueblos a una guerra aniquiladora es, señor Daladier, no solamente aflictivo para usted, sino también para mí.

Pero, en fin, como acabo de decir, no veo, desde nuestro punto de vista, ninguna otra posibilidad de poder influir en un sentido razonable en Polonia a fin de que corrija una situación intolerable para el pueblo alemán y para el Reich.

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