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Un amante que se deja

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George Sand

Escritora francesa

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Alfred de Musset

Escritor y dramaturgo francés

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Carta de George Sand

15 abril 1834

Venecia, 15 de abril de 1834

Estaba atrozmente inquieta, ángel querido. No he recibido ninguna carta de Antonio. Había estado en Vicenza con el único fin de saber cómo habías pasado esa primera noche. Tan sólo supe que habías atravesado la ciudad por la mañana. Tenía, pues, por toda noticia tuya, las dos líneas que me escribiste desde Padua, y no sabía qué pensar. Pagello me decía que, sin duda, en caso de que te encontraras enfermo, Antonio nos hubiera escrito. Pero sé que en este país las cartas se pierden o tardan seis semanas en llegar. Estaba desesperada. Por fin recibo tu carta de Ginebra. ¡Oh, te la agradezco, hijo mío! ¡Cuán buena es tu carta y cuánto bien me ha hecho! ¿No me engañas al decirme que no estás enfermo, que estás fuerte, que no sufres? Temo siempre que, por afecto, exageres esa buena salud. ¡Oh, que Dios te la dé y te la conserve, mi pequeño adorado! Tu salud, desde ahora, es tan necesaria para mi vida como tu amistad. Sin la una y sin la otra, se acabaron para mí los días hermosos. No creas, no creas, Alfred, que pueda ser feliz con la idea de haber perdido tu corazón. Que haya sido tu amante, o tu madre, poco importa; que te haya inspirado amor o amistad, que haya sido dichosa o desgraciada contigo, todo eso no cambia en nada mi actual estado de ánimo. Sé que te amo, y eso es todo… Velar por ti, preservarte de todo mal, de toda contrariedad, rodearte de distracciones y de placeres: he ahí la necesidad y el pesar que siento desde que te he perdido. ¿Por qué razón esta tarea tan dulce, y que cumpliría con tanto gozo, se ha tornado poco a poco en algo tan amargo y, súbitamente, imposible? ¿Qué fatalidad ha convertido en veneno los remedios que te ofrecía? ¿Por qué yo, que habría dado toda mi sangre para procurarte una noche de sueño y de calma, me he convertido para ti en un tormento, en un flagelo, en un espectro? Cuando esos recuerdos atroces me asedian (¿y a qué hora me dejan en paz?), por poco enloquezco. Cubro mi almohada de lágrimas, escucho tu voz que me llama en el silencio de la noche. Actualmente ¿quién me llamará? ¿Quién tendrá necesidad de mis vigilias? ¿En qué emplearé la energía que he acumulado para ti y que ahora se vuelve contra mí? ¡Oh hijo mío, hijo mío, cuánto necesito tu ternura y tu perdón! No me hables de mi perdón, no me hables de tus culpas. ¿Es que algo sé de todo eso? Sólo recuerdo que hemos sido muy infelices y que nos hemos separado; pero sé, siento que nos amaremos toda la vida con el corazón, con la inteligencia, que trataremos, por un santo afecto, de curarnos mutuamente del mal que hemos sufrido el uno por el otro. ¡Ay, no! No fue culpa nuestra; seguimos nuestro destino, y nuestros caracteres, más ásperos, más violentos que los caracteres de las demás personas, nos impidieron aceptar la vida de los amantes comunes. Pero hemos nacido para conocernos y para amarnos, no te quepa duda. Sin tu juventud y tus lágrimas, que me hicieron ceder una mañana, habríamos continuado siendo hermanos.

Sabíamos que no era conveniente, nos pronosticamos los males que nos ocurrirían. Y bien, ¿qué importa, después de todo? Pasamos por un ingrato sendero, pero al fin alcanzamos esa altura en donde debíamos descansar juntos. Hemos sido amantes, nos hemos conocido hasta el fondo del alma, tanto mejor. ¡Oh, peor para nosotros si nos hubiéramos separado en un día de rabia, sin comprendernos, sin explicarnos! En ese caso, un pensamiento odioso habría envenenado nuestra vida entera y no habríamos creído nunca en nada; pero ¿hubiéramos podido separarnos así? ¿No lo habíamos intentado en vano muchas veces? Nuestros corazones, encendidos de orgullo y de resentimiento, ¿no se quebraban, acaso, de dolor y de remordimiento cada vez que nos encontrábamos solos? No, eso no podía ser. Debíamos, al renunciar a un vínculo que se había tornado imposible, permanecer unidos para la eternidad. Tienes razón, nuestro abrazo era incestuoso, pero no lo sabíamos; inocentemente, y sinceramente, nos echábamos uno contra el pecho del otro. Y bien, de todas esas uniones, ¿conservamos un solo recuerdo que no sea casto y santo? Me has reprochado, en un día de fiebre y de delirio, no haber sabido nunca darte los placeres del amor. Lloré por ello entonces, y ahora estoy satisfecha de que haya algo de verdad en ese reproche, estoy satisfecha de que esos placeres hayan sido más austeros, más velados que los que tú encontrarás en otras partes. Al menos no te acordarás de mi cuando estés en los brazos de otras mujeres. Pero cuando estés solo, cuando necesites rezar y llorar, y pensarás en tu George, en tu verdadero camarada, en tu enfermera, en tu amigo, en algo mejor que todo eso; porque el sentimiento que nos une está formado de tantas cosas, que no puede compararse con ninguno. El mundo no lo comprenderá jamás. Tanto mejor, nos amaremos y nos burlaremos de él.

A propósito de eso te escribo una larga carta sobre mi viaje por los Alpes, que tengo intención de publicar en la Revue, si no te contraría. Te la enviaré, y si nada desapruebas en ella, la entregarás a Buloz. Si quieres, puedes hacerle correcciones y supresiones, no necesito decirte que tienes derecho de vida y muerte sobre todos mis manuscritos pasados, presentes y futuros. En fin, si la encuentras enteramente impublicable, échala al fuego o guárdala en tu cartera, ad libitum. Adjunta va una carta de tu madre que he recibido en estos días, además de los versos que olvidaste en mi cartapacio y que he copiado de nuevo para que ocupen menos sitio.

¿Qué podría decirte de mi posición? Aún estoy a la expectativa y no sé precisamente lo que sucederá. Aún estoy en Venecia, aguardando el dinero y la libertad necesaria para ir a Constantinopla. Pero antes quisiera cumplir mis compromisos con Buloz. Por eso trabajo de la mañana a la noche. Pero todavía no he proseguido André, pues hace muy pocos días que tengo fuerzas para trabajar y esos días los he empleado en escribir la carta sobre los Alpes. Tengo muchas ganas de volver allí, pero entonces ¿cuándo terminará André? Ese Tirol me llena la cabeza de ideas tan diferentes. Iré, sin duda, para componer el plan de Jacques (Dile a Buloz que ya lo he comenzado). Mientras, nuevamente trato de tomarle gusto al trabajo, fumo pipas de 78 metros de largo; tomo café a razón de veinticinco mil francos diarios. Vivo casi sola. Rebizzo viene a verme media hora por la mañana. Pagello viene a cenar conmigo y me abandona a las ocho. En este momento está muy ocupado con sus enfermos; y su antigua querida, que siente de nuevo una pasión feroz desde que lo cree infiel, lo hace verdaderamente desgraciado. Es tan bueno y tan dulce, que no tiene valor para decirle que ya no la quiere, y verdaderamente debería hacerlo, porque esa mujer es una furia y, por añadidura, lo engaña, pero no seré yo quien le aconseje que se muestre más riguroso. La mujer acaba de pedirme que los reconcilie y no puedo negarme, aunque comprenda que a uno y a otro les hago un flaco servicio. Pagello es un ángel de virtud y merecería ser feliz; por eso yo no debería reconciliarlo con su Arpalice, pero también por eso me iré de Venecia.

Entre tanto, paso con él los momentos más dulces del día hablando de ti. ¡Es un hombre tan sensible y tan bueno! ¡Comprende tan bien mi tristeza, la respeta tan religiosamente! ¡Es un mudo que se haría cortar la cabeza por mí! Me rodea de cuidados y atenciones que nunca imaginé. Sin darme tiempo a formular un deseo, adivina todas las cosas materiales que pueden servir para mejorar mi vida…

Necesito sostener una especie de sitio contra todos los curiosos que ya se agrupan en torno a mi celda. No sé por qué sucede siempre lo mismo cuando uno quiere vivir solo. Pero ya los importunos golpean a la puerta. No sé qué pécoras han leído mis novelas y han descubierto que estoy en Venecia. Quieren verme e invitarme a sus conversaciones yo no quiero saber nada. Me encierro en mi cuarto y, como una divinidad en su nube, me envuelvo en el humo de mi pipa. Tengo un amigo íntimo que hace mis delicias y que tú amarías locamente. Es un estornino que Pagello sacó una mañana del bolsillo y puso sobre mi hombro. Imagínate el ser más insolente, más haragán, más travieso, más goloso, más extravagante. Creo que el alma de Jean Kreyssler se ha pasado al cuerpo de este animal. Bebe tinta, come el tabaco de mi pipa encendida; el humo lo regocija y, mientras yo fumo, se para en el largo tubo de mi pipa e inclina amorosamente la cabeza sobre el horno humeante. Cuando trabajo, se me posa en la rodilla o en el pie; me arranca de las manos todo lo que como, tiene diarreas sobre el bel vestito de Pagello. En fin, es un animal encantador. Hablará pronto; ya empieza a ensayar el nombre de George.

Adiós, adiós, hijito querido. ¡Escríbeme pronto, te lo suplico! ¡Oh, cómo desearía saberte en París y saberte bien de salud! Recuerda que me has prometido cuidarte. Adiós, Alfredo mío, ama a tu George.

Te ruego que pases por casa y busques un ejemplar de Indiana, otro de Valentine y otro de Lelia. Creo que de Lelia quedan dos, uno de ellos en papel vitela y que te ruego no enviarme, porque puede perderse. Agrega a ese paquete los Contes d’Espagne, Spectacle, Rolla y los números de la Revue donde aparecen Marianne, Andrea, Fantasio, en fin, todo lo que has escrito. Pero busca ejemplares no encuadernados y no expongas a los azares del viaje los que tengo en mi pequeña colección. Ten el paquete listo en tu casa con mi dirección: San Putin, casa Mezzani, corte Minelli. Lo irán a buscar con una carta mía o de Pagello. Aquí desean traducir mis obras y las reclaman a gritos.

Envíame con tu próxima carta todos los versos que has hecho para mí, desde los primeros hasta los últimos. Encontrarás los primeros en mi cuaderno de cuero de Rusia. Si no quieres ir a casa, hazme enviar todo eso por Boucoiran. Más tarde me enviarás por diligencia muchos pequeños objetos que te pediré, pero que no deben ir junto con los libros.

Pagello quiere escribirte, pero hoy está demasiado ocupado y me encarga que te abrace en su nombre y que te recomiende que cuides a su enfermo.

 

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Carta de Alfred de Musset

30 abril 1834

Sello de salida de París: 1° de mayo
Sello de llegada a Venecia: 10 de mayo

30 de abril

No es sueño entonces, mi hermana querida. Esa amistad que sobrevive al amor, de la que se burla la gente, de la que me he burlado yo mismo, esa amistad existe. Entonces es cierto, tú me lo dices y yo lo creo, lo siento: me amas. ¿Qué me pasa, amiga mía? Veo la mano de la Providencia como veo el sol. Se acabó para siempre, he renunciado, no a mis amigos, sino a la vida que he llevado con ellos. Es imposible empezar de nuevo, estoy seguro; ¡cuánto me alegro haberlo ensayado! Puedes estar orgullosa, mi grande y valiente George: has convertido en hombre al niño. ¡Que seas feliz, que seas amada, bendita seas, descansa, perdóname! ¿Qué era yo sin ti, amor mío? Recuerda nuestras conversaciones en tu celda; mira dónde me tomaste y dónde me has dejado. Sigue tu paso por mi vida; mira cómo todo es palpable, evidente; qué claramente me dijiste: no es ése tu camino; cómo me tomaste de la mano para llevarme a mi senda. Siéntate a la vera de ese humilde sendero, hija mía; estabas muy cansada para recorrerlo conmigo, un largo trecho. Pero yo seguiré andando. Tienes que escribirme mucho, y permitirme que te cuente mí vida a medida que vaya viviéndola. Piensa que no tengo más que a ti, que lo he negado todo, que de todo he blasfemado, de todo he dudado, salvo de ti. Dime, ¿tendrás ese valor? Siempre que levante mi cabeza en la tormenta como un piloto asustado, ¿encontrará mi estrella, la estrella única de mi noche? lnterrógate. ¿Esas tres líneas que he recibido, son el último apretón de manos de la amante que me deja, o el primero de la amiga que me queda? Pero déjame, olvídame, qué importa. ¿No te he tenido acaso? Sí, te he tenido y abrazado con estos brazos. ¿Sabes por qué no quiero más que a ti? ¿Sabes por qué, cuando estoy entre gente, miro de lado como un caballo asustadizo? No me engaño sobre ninguno de tus defectos; tú no mientes, por eso te amo. Me acuerdo bien de esa noche de la carta. Pero, dime, ¿aunque todas mis sospechas fueran fundadas, en que me engañabas? ¿Me decías que me amabas? ¿No estaba prevenido? ¿Tenía algún derecho? ¡Oh!, mi niño querido, cuando me amabas, ¿me has engañado alguna vez? ¿Qué reproche he podido hacerte en los siete meses durante los cuales te he visto día a día? ¿Quién es el cobarde miserable que llama pérfida a la mujer que lo estima lo bastante para advertirle que ha llegado su hora? La mentira es lo que aborrezco, es lo que me hace el más desconfiado de los hombres, quizá el más desgraciado. Pero tú eres noble y orgullosa. Por eso creo en ti y te defenderé contra el mundo entero hasta que reviente. Ahora podrán engañarme, maltratarme y destrozarme, puedo soportarlo, sé que tú existes. Si algo bueno hay en mí, si alguna vez hago algo grande con mis manos o con mi pluma, sabes muy bien de dónde viene; sí, George, hay en mí algo que vale más de lo que yo creía; cuando vi a ese buen Pagello, reconocí lo bueno que hay en mí, puro, exento de las manchas irreparables que me envenenan. Por eso comprendí que era necesario partir. No lamentes, mi hermana querida, haber sido mi amante. Era necesario para que yo te conociese…, pero olvida para siempre una palabra que te dije sin motivo, y que me recuerdas en tu última carta. Los goces que he conocido entre tus brazos eran más castos, es cierto, pero no me digas que eran menos grandes que en otros brazos. Hay que conocerme como me conozco yo mismo, para saberlo. Recuerda una estrofa de Namuna. He vivido un momento entre tus brazos, cuyo recuerdo me ha impedido hasta hoy, y me impedirá por largo tiempo aún, acercarme a otra mujer.

Tendré, sin embargo, otras amantes; los árboles ahora se cubren de verdor y llega en ráfagas hasta mí el perfume de las lilas; todo renace, y el corazón se estremece a pesar de tu recuerdo. Soy joven aún, la primera mujer que posea será joven también, no podría tener confianza alguna en una mujer hecha. El que te haya encontrado, es una razón para no querer buscar.

Te he escrito tristemente la última vez; quizá cobardemente, no lo recuerdo; venia del Quai Malaquais, y confieso que no lo soporto todavía. No he estado más que tres veces y siempre he vuelto como atontado, sin poder decir ni una palabra a nadie. He encontrado los cigarrillos que había hecho antes de nuestra partida y que habían quedado en el cenicero. Los he fumado con una rara mezcla de tristeza y felicidad. He robado, además, una peinetita medio rota, en el tocador, y la llevo en el bolsillo a todas partes. Ya ves que te cuento todas mis tonterías; pero ¿a qué hacerme pasar por más heroico de lo que soy? Tú ayudarás a tu camarada a consolar a tu amante. ¿Sabes una cosa que me ha encantado en tu carta? La manera con que me hablas de Pagello, de los cuidados que te prodiga, de tu afecto por él, y la franqueza con que me dejas leer en tu corazón. Trátame siempre así. Me enorgullezco. Amiga mía, la mujer que habla así de su nuevo amante al amante que deja y que la ama todavía, le da la prueba de amistad más grande que un hombre pueda recibir de una mujer.

Voy a escribir una novela. Tengo ganas de escribir nuestra historia. Me parece que eso me curaría y me fortalecería el corazón. Quisiera levantarte un altar, aunque fuera con mis huesos, pero esperaré tu permiso formal. Te diré que se comenta mi regreso. Lo que me resulta incomprensible, es que quince días antes de mi llegada, todo el mundo sabía que nos habíamos separado. Decían que te habían visto en París, hasta se decía que habían hablado contigo en el baile del Hôtel de Ville. Quizás en un mal momento, has escrito a Buloz algo de esta triste separación. Sea lo que fuere, temo que se crea que he querido defenderme del ridículo, defendiéndote de la culpa. Quisiera, sin embargo, escribir; el público no comprendería nada, pero algunos adivinarían que entre tantas calumnias estúpidas hay una voz a tu favor, que es la del hombre que te ha amado durante todo un año, precisamente la de un hombre que tú has dejado. Me es indiferente que se rían de mí, pero me es odioso que te acusen con toda esa historia de enfermedad.

He recibido tu carta de Trévise; ¡qué bueno, que excelente corazón tienes, hija mía! Sí, volveremos a vernos. Como aquí me muero de aburrimiento, iré a Aix en el mes de julio. Si vienes a París para las vacaciones, escríbemelo. Aunque estuviera por la loma del diablo, volveré.

No sé por qué se me ha metido en la cabeza que moriré sin volver a verte. Otra tontería. La verdad es que estaré aquí antes que tú. Regresaré a fines de agosto. Tu cuento del estornino me encanta. Es de él de quien estoy celoso; baila sobre tus rodillas, el canalla. ¿Sabes lo que haré? Compraré uno yo también, y caramba, tendrá la bondad de beber tinta, le guste o no, y gritará: George, George, el día entero; pero no bailará sobre mis rodillas por respeto a mis pantalones.

Dile a Pagello que le agradezco que te quiera y te cuide como lo hace. ¿Este sentimiento no es la cosa más ridícula del mundo? Yo quiero a ese muchacho casi tanto como a ti; piensa lo que te parezca. Él es el culpable de que yo haya perdido toda la riqueza de mi vida, y lo quiero como si me la hubiera dado. No quisiera verlos juntos, y soy feliz pensando que están juntos. ¡Oh, ángel mío!, sé feliz y también lo seré yo. No necesito decirte que ya he cumplido tus encargos. Aún no he podido decidirme a ir a ver a Maurice. Es otra cobardía de la que me acuso; pero hay un par de ojos negros que no podré ver sin dolor, lo confieso. Hija mía, tengo otra cosa que pedirte: que me permitas hacerte rapsodias de sonetos como si todavía fueras mi amante. ¿Y no lo eres ya, mi amor querido? Lo serás siempre, aunque estés en el fin del mundo. Te desafío a que me impidas amarte. Francamente, tendré que hacer esa novela. ¡Qué estúpido soy de preocuparme de los tontos y de hablarte de ellos! Tengo que hacerla o ahogarme. Ya ves, George, la vena está abierta, la sangre debe correr. ¡Te he amado tan mal! Tengo que decirte lo que me pesa sobre el alma.

Adiós, mi hermana, mi ángel, mi pájaro, mi adorada, adiós todo lo que amo bajo este cielo triste, todo lo que he encontrado en esta pobre tierra. ¿Cantas alguna vez todavía nuestras viejas romanzas españolas? ¿Piensas alguna vez en Romeo moribundo?

Adiós, mi Julieta. Ramenta il nostr’amor.

Sainte-Beuve me pide te estreche la mano en su nombre.

2 Comentarios

  1. ¡Qué días aquellos! ¡Qué libertad la de aquellas mujeres y la de aquellos hombres para volcar en palabras unos sentimientos tan admirablemente trasgresores y tan ajenos a las convenciones que enmarcaban el rebaño decimonónico y aun el de nuestros días!

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