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Reflexiones sobre las cartas

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Mario Valdovinos

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Carta de Mario Valdovinos

18 junio 2015

Recordada señora:

Se me ocurrió escribirle una carta, sólo que, paradojalmente, usaré este medio electrónico, el e-mail, que ha venido a reemplazar a las cartas que descansan en papeles, volviéndose con el tiempo amarillas y anacrónicas. El cartero de mi barrio dice que sólo lleva a los domicilios avisos y amenazas de multitiendas y de compañías que proporcionan Internet y comunicación por teléfonos celulares. Estos pensamientos azarosos me llevan a interrogaciones: ¿quedará alguna adolescente romántica que aguarde todavía una carta de amor? ¿O espera con mayor ansiedad que aparezca en la pantalla de su smartphone el aviso de un mail y con su dedo índice raudamente presiona un ícono y lo despliega ante sus ojos enamorados? Se me ocurrió también recordarle el caso de escritores que amarraron sus vidas a la escritura de epístolas, suena bien esta palabra: “epístolas”, desde las que escribían los apóstoles hasta las de poetas locos de pasión porque sus musas respondieran a sus requerimientos a través de una carta. Recuerdo a Jorge Luis Borges y su famosa cita: “No le di mi dirección para no pasar por la angustia de esperar una carta”; a Neruda cuando era cónsul en Birmania y esperaba las cartas de Albertina Azócar, la inspiradora de varios de los Veinte poemas de amor; a Franz Kafka, empedernido redactor de cartas, a veces cuatro en el día, ya que se enviaban por mano, con un mensajero, a sus amadas Felice Bauer, la berlinesa, con quien rompe dos veces un compromiso matrimonial propuesto por él, y a Milena Jesenská, la periodista checa, casada y golpeada por su marido que, además, le era infiel cien veces al año. Kafka prevenía a sus amadas sobre la tópica de la conclusión en sus cartas, vale decir, el modo de terminarlas y de despedirse. No le gustaba que le enviaran besos porque se los beben por el camino los fantasmas. Y, cómo no, a Gabriela Mistral, que redactó miles con letra escarpada y lápiz grafito, lápiz de mina, sin duda, a presidentes, autoridades y a novios platónicos y remotos, como el caso de Manuel Magallanes Moure, un poeta neorromántico y modernista, agricultor y alcalde de San Bernardo, casado y con hijas, con quien consumó un afiebrado idilio epistolar. Leer hoy esas “misivas”, otra palabra bella, es pensar al instante en ríos de erotismo, sensualidades y acuartelamientos de la pareja en habitaciones de hoteles cómplices, donde la luz crepuscular se filtraba como un ángel hasta las sábanas adúlteras y borrascosas. Citas urgentes para destruirse a embestidas y a besos, para pulverizarse y resucitar de las cenizas. La verdad es que se vieron apenas dos veces y la distancia que cubría cada carta es la de Chile a Europa, miles de kilómetros. Aguardar una respuesta, que tardaba más de un mes, enfriaba los ímpetus del más paciente. El placer de asomarnos hoy, con ojos indiscretos, a tan íntima correspondencia se lo debemos a la avidez del gran coleccionista de cartas Sergio Fernández Larraín, quien las compró y publicó, cuando los protagonistas estaban muertos y eran polvo, pero polvo enamorado. Se dice que logró comprar las que le mandó Adán a Eva, escritas en hojas de una planta llamada Manto de Eva.

La Maga, protagonista de la novela Rayuela, de Julio Cortázar (1963), de nombre civil Lucía, joven uruguaya exiliada en París, madre soltera de Rocamadour, su bebé, le escribe una emocionada carta a su hijo que aún no sabe leer. En ella, le cuenta y advierte sobre la vida que lleva, de vagabunda, de clochard sin destino ni trabajo, pero profundamente hermosa y enamorada. “Algún día buscarás lo que busca Horacio”, le escribe, “porque serás un hombre y también buscarás como un gran tonto”. La Maga, amiga y amante de Horacio, de cintura delgada y rostro fino de translúcida piel, autora de una carta inolvidable. Rocamadour murió en la infancia y nunca pudo leer la carta de su madre.

Distinguida señora: ¿Posibilita el e-mail todas estas emociones, que el papel de una carta recibe tan bien?

Se despide con un beso en su sombra,

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Carta de Nathalie Moreno

22 junio 2015

Mi estimado:

No sabe con cuánta sorpresa he recibido su carta. No puede saber lo que ha sido para mí, ni sospechar qué maquinaria ha puesto a funcionar al echar esa moneda que ahora tengo en mis manos (me cansa los ojos y el alma leer en una pantalla, así es que imprimo lo que vale la pena —los defensores de los árboles pueden estar tranquilos: lo que cae en esa categoría es poquísimo—).

Regularmente uno recibe mensajes en la casilla de correo virtual. Invento que, por lo demás, me parece magnífico. Sé que le dan escalofríos cada vez que defiendo los avances tecnológicos, pero le recuerdo la graciosa máxima: “la culpa no es del chancho, sino del que le da el afrecho”. Y con ello respondo una de sus preguntas: Obvio que hay una y mil muchachas que esperan una carta; y la profesora solterona y la promotora de supermercado; y los jubilados y oficinistas; el joven temerario del skate y el que pide plata en los semáforos. Todos quieren recibir una carta. No importa cómo llegue. Lo que define a una carta no es el papel, como tampoco define a un poema el que se escriba hacia abajo.

Una carta. Una epístola. Una misiva. ¡Qué bellas palabras, Dios mío! (Ja, ja, no hay caso: yo, atea rematada, veo infiltrarse a Dios al primer descuido. Debe ser la vejez). Yo creo que todos ansían una carta porque es un paréntesis; una pausa refrescante y tónica, donde “alguien nos ha pensado” y nos ha hablado desde la serenidad del silencio. Ése es el regalo: la carta nos permite constatar que existimos para alguien. Por eso los litros de tinta y toneladas de papel que nuestros antepasados (grandes y famosos, anónimos y humildes) han gastado en escribir cartas. Más aún si son de amor. De hecho, a algunos sólo el amor les da el coraje que se requiere para hacerlo, pues escribir es comprometerse. Y vale la pena, aunque sea inútil o ridículo (no me desvío ahora respecto de la importancia de las actividades inútiles, tema sabrosísimo, ¿no le parece?). Como decía el poeta Álvaro de Campos:

Todas las cartas de amor son
ridículas.
No serían cartas de amor si no fuesen
ridículas.
Las cartas de amor, si hay amor,
tienen que ser
ridículas.
Pero, al fin y al cabo,
sólo las criaturas que nunca escribieron cartas de amor
sí que son ridículas.

Por si fuera poco, al escribir cartas ocurre algo más. La página en blanco que aguarda hace que seamos reposados a la hora de escoger las palabras, buscando las precisas. Y con ello, muy frecuentemente nos sorprendemos. Le doy un ejemplo. Usted mismo decía en su carta, refiriéndose a los amores prohibidos: “Citas urgentes para destruirse a embestidas y a besos, para pulverizarse y resucitar de las cenizas”. Si hubiéramos estado conversando en el café, como hacíamos en la época del Pleistoceno, usted jamás habría usado esa bella y conmovedora expresión. Sólo porque tuvo que escribirla, es que existe. No sé qué piense usted, pero yo agradezco la distancia que la hizo posible. Es más, dice en el encabezado de su misiva: “Se me ocurrió escribirle una carta”. Esa afirmación que suena livianita como un suspiro, es un ejemplo del camino que, con gran esfuerzo, se abre el alma para decir “aquí estoy” y acaso preguntar al infinito, “¿hay alguien más?”.

Un señor de nombre musical y envidiable como André Compte-Sponville se hizo una pregunta parecida a la suya: “¿Por qué escribir una carta?”. Su respuesta tan enorme como breve fue: “Porque no se puede ni hablar ni callar”. ¡Nunca mejor dicho! El encuentro cara a cara tantas veces desencuentra y el silencio puede volverse una cárcel. Escribir da el tiempo de “encontrarte contigo y con el otro”. El mismo al que le envidio el nombre lo dice mejor: “[escribimos cartas] para participar un suceso o un pensamiento, una emoción o una sonrisa, a menudo casi nada; para compartir esta pobreza que somos, que nos hace y deshace, antes de que la muerte nos coja, para no renunciar, mientras respiremos y sean cuantos sean los kilómetros que nos separan de la dulzura de compartir”.

A diferencia de Borges, yo no le temo a la angustia de esperar una carta.

Aquí estoy. Siempre.

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Carta de Mario Valdovinos

24 junio 2015

Recordada señora:

Allá en el fondo está la muerte, usted lo sabe, ¿a qué consultarla con tanta insistencia? Es lo que me pregunto cuando veo gente mirando sus teléfonos móviles con esa porfía de estar siempre ubicables. Tiempos de obsesiva presencia de aparatos electrónicos en las llamadas relaciones humanas. Al respecto recuerdo una cita del escritor y humorista Mark Twain. Decía el autor de la novela Las aventuras de Tom Sawyer: “Cuando me presentan a una persona me da lo mismo si es negra o blanca, religiosa o atea, europea o asiática. Me basta y me sobra con que sea un ser humano. Peor cosa no podría ser”. Los teléfonos designados por la publicidad como “inteligentes” mediatizan al parecer todo contacto entre los seres. Siendo la vida social compleja parecían destinados a facilitarla, a prevenir azares, accidentes, a mejorar la formalidad en las citas y reuniones. En el metro se ven personas que tocan obsesivamente con el pulgar y el índice los íconos de las aplicaciones que los transportan a universos fascinantes. Es extraño encontrar gente dormida o con un libro entre sus manos. La semana pasada vi a una señora tejiendo a palillo y sentí ganas de abrazarla. Quizás era un chaleco para su nieta. Muchos de estos ¿puedo decirles zombis virtuales?, caminan hasta la entrada del vagón sin despegar la vista del aparatito cuya pantalla cuadrada y luminosa parece hechizarlos. Le cuento que el poeta Gonzalo Rojas creó su maravillosa obra poética a mano, en papeles que recibían emocionados sus versos y pasándolos, sin apuro, a una máquina de escribir. Él llamaba a este delirio posmoderno: ¡La tecnolatría! Sin embargo, cuando ya contaba más de 90 años, le escribió a su amada, la señora Oriana, a quien le dedicó además el poema “La desabrida”, de quince páginas, esta fugaz hermosura llamada “Celular 09-2119000”:

Una cosa le pido, sea todo lo cruel
pero no me diga: cuídese,
el gesto es feo, en una despiadada como usted
ese gesto es feo, se nota el cuchillo
en lo taimado del teléfono
Además, ¿de qué voy a cuidarme sino de usted?,
arrivederla, corto.

Cuando le preguntaban cómo había logrado publicar tantos libros del género mayor, la lírica, en un país donde la poesía es un atentado a la prisa de sus habitantes, una nación que antes de nacer fue el sueño de un conquistador y poeta llamado Alonso de Ercilla, quien nos inventó como país en las torrenciales octavas reales de su poema La Araucana, digo, cuando le preguntaban cómo lo había hecho, respondía: “De-mo-rán-do-me”, y marcaba las sílabas con su voz de alerce e hijo de minero del carbón, nacido en Lebu.

¿Puede una lágrima derramada por la lejanía de alguien mojar la pantalla de un Galaxy? Nos puede traer al instante fotos, palabras, pero da la impresión de ser un simulacro de las personas. Un zumbido remoto, sombras nada más. De esas siluetas que se esfuman con un soplido. ¿Es que las fotos depositadas en rectángulos emulsionados, en blanco y negro o color, eran la realidad misma y no, también, una ilusión de proximidad? Solían depositarse en álbumes que veíamos años después para no reconocernos, apagábamos velitas en una torta de cumpleaños, o mirábamos la imagen de esa novia que nos regaló el resplandor de su cuerpo en noches de delirio, pero con la que en definitiva no hubo bodas, aunque sí dudas. Ahí estamos, como remedos de nosotros mismos, con más pelo, más delgados, con ropa pasada de moda, sonrientes para no llorar por la mirada de soslayo que les daríamos a las imágenes en el futuro.

¿Se acuerda de los teléfonos con fichas, después con monedas? ¿De los telegramas? Una biografía de Violeta Parra cuenta que, antes del terremoto de 1960, en Valdivia, estaba muy deprimida y, en horas previas al cataclismo, se dirigió a la oficina de Correos y Telégrafos de una ciudad del área siniestrada para enviarle un telegrama a Dios, en el que estampó: “Señor Dios, mándame un terremoto”.

El poder de las palabras impresas en papel, mi querida señora.

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Carta de Nathalie Moreno

25 junio 2015

Amigo mío:

Leo su carta una y otra vez, y lo primero que viene a mi cabeza decirle es que no permita que la nostalgia lo cubra con su pesado manto. No le niego que se entibia mi corazón al recordar los teléfonos que se discaban (de hecho, tengo un bello ejemplar en mi escritorio, al que saludo cada día con una reverencia). También añoro las cenas románticas donde las luces tenues provenían de las velas y no de las pantallas de los teléfonos. Pero, a pesar de ello, y como dicen los cubanos, “¿Pa’ atrás? ¡Ni pa’ coger impulso!”. Ya le digo por qué. Antes, sólo quiero contarle una historia. Dicen que una tarde un indio chéroqui conversaba con su nieto. El anciano le decía: “Me siento como si tuviera dos lobos peleando en mi corazón. Uno de los dos es un lobo enojado, violento y vengador. El otro está lleno de amor y compasión”. Entonces, el nieto preguntó: “Abuelo, dime, ¿cuál de los dos ganará la pelea?”. Y el abuelo contestó: “Aquel que yo alimente”.

Dicho lo anterior, prepárese que aquí voy: Le encuentro toda la razón (¡!). Aunque no se alegre tanto, pues no es tan claro que haya ganado este asalto. Recuerde que también se puede ganar por puntos. Y estos son los míos.

Sí, puede decirse que la gente “anda pegada” a sus teléfonos portátiles. Pero el alcance que quiero hacerle es el siguiente: no lo hacen para evadirse —no todos, al menos— sino que, contrario a lo que usted piensa, para comunicarse. De hecho, y sin ir más lejos, si no fuera por mi celular, yo no podría estar respondiéndole su carta, pues estoy a varios kilómetros de usted, en la plaza de un pueblo inverosímil, acompañada por un quiltro lleno de pulgas pero de lo más cariñoso y un borracho que dos bancos más allá eructa tanto como se ríe. Usted comprenderá que entre ambos animales, me quedo con el peludo. O sea, no me interesa en lo más mínimo mi vecino cuyo aliento es capaz de matar los gérmenes varias cuadras a la redonda. ¿Alcanza a ver lo que le quiero mostrar? Es gracias a mi celular que estoy deliberadamente lejos de mi vecino… y cerca de usted.

Claro, como ocurre con todos los inventos, con ellos pueden hacerse maravillas o basura. Como dice ese pícaro cantante francés, Georges Brassens, en una de sus canciones: “El que es huevón de chico, será huevón de grande”. ¿A qué voy con esto? A que estas herramientas tecnológicas en manos de las personas reflejarán lo que esas personas sean. Las tonterías y vulgaridad quedan rápidamente a la vista (dese una vuelta por Facebook y sabrá a qué me refiero). Quienes no aportan son multitud, pero hay excepciones y, por fortuna, no son pocas. Eso es lo que quiero rescatar. Dice usted: “[En el metro] Es extraño encontrar gente dormida o con un libro entre sus manos”. ¿Gente dormida? Lo veo difícil, considerando que corren el riesgo de morir aplastados. Ahora, respecto de los libros, es discutible. Lo más probable es que no sean los textos de nuestros tiempos, sino que aquellos que se descargan en el teléfono inteligente. De hecho, yo, dinosauria y todo, también leo así (adivina bien: se lo debo a mis hijos, desafiantes compañeros de ruta, que evitan que se llenen de polvo mis neuronas).

Quizás nuestro pecado es el de Pigmalión y nos ocurra como a él, enamorarnos de nuestras creaciones. Pero es que es tan entendible ¡Las Tic’s (en español antiguo quiere decir Tecnologías de la Información y la Comunicación) son maravillosas!…Y poderosas. ¿Por qué cree que los regímenes totalitarios, antiguos y actuales, es con lo primero que se ensañan? Le cuento que los “zombis virtuales”, como usted los llama, pueden en este preciso momento estar desenmascarando al estafador de turno o ayudando a otro “zombi” (podría darle mil ejemplos de gestos generosos y nobles).

Cierto, es inexcusable perderse una puesta de sol por estar mirando el celular o dejar de escuchar a un músico por grabar el espectáculo. Probablemente, ése sea el desafío: aprender a ser amos —y no esclavos— de la herramienta. Habilidad que, como todas, mejora con la práctica.

Le dejo un abrazo y la recomendación de cuidar a qué lobo alimenta.

Con el cariño de siempre,

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Carta de Mario Valdovinos

28 junio 2015

Añorada señora:

Me preocupa el tema de los ex, y si alguien supo de ex parejas en su vida esa fue Gabriela Mistral. Su concepto del amor era tan absoluto, tan excluyente de cualquier situación que lo envolviera, que resultaba difícil, cuando no imposible, seguirla en tamaño desvarío. “Papá” Freud decía que el enamoramiento es un tipo de sicosis transitoria, por suerte puedo añadir yo, que le escribo esta carta asegurándole que en el río de mis azares la tengo muy próxima, no otra causa tienen estas epístolas, ya que en estas áreas sentimentales hay menos razones que causas —no causas limeñas—, más desastres que construcciones, más descalabros que eternidades. Cuando aún era Lucila Godoy, brillante maestra rural, se enamoró perdidamente, como era su costumbre, de un hombre mayor, ella tenía 17 años y el hacendado elquino Alfredo Videla Pineda, 40. Eran noviazgos epistolares, amarrados por papeles escritos con lapicera de tinta, con caligrafía rotunda, explícita. Se hacían afirmaciones para la eternidad, debían ser imborrables, el papel secante las adhería a las hojas y allí quedaban por años, hasta que algún intruso las descubría y las botaba, las lanzaba a la chimenea o sentía en sus manos el ardor que aún las preservaba del olvido.

María Luisa Bombal no fue menor en vehemencia, en dejar regueros de cadáveres tras sus relaciones desaforadas. Ella concebía el amor a la mexicana, y cuando algún enamorado se transformaba en un ex se iba, pero baleado. Lo hizo con el gran amor de su vida, el empresario y donjuán Eulogio Sánchez, a quien, cuando a él le brotó del corazón la ausencia y se encabritó por otra amada, con la que se casó, ella le descargó cinco tiros, con pésima puntería porque Eulogio se salvó y retiró los cargos contra la tempestuosa y dinamitera María Luisa. Qué decir de Teresa Wilms Montt. Se contaban por enjambres los adoradores que celebraban su belleza mitológica, sus ojos soñadores de un verde turquesa, su voz de sonidos sutiles como los del oboe, su cintura de cigüeña, sus rizos de muñeca. Casada por deber, porque a las mujeres se las educaba para el hogar y los hijos, la obediencia ciega al marido y la imperecedera dicha conyugal, se enamoró de un primo de su esposo y fue infiel, adúltera, candidata a ser lapidada. El castigo fue embodegarla, encerrarla en el convento de la Preciosa Sangre e impedirle ver, por loca, a sus hijas.

No hay idilio, amistad amorosa, amigos con ventaja, o “con raspe” se les llama ahora, que no incluya en su entusiasta o desolada dinámica interior el germen de su final, una granada que echa a correr la cuenta regresiva antes de saltar en esquirlas que dañarán a culpables e inocentes, a observadores y a protagonistas. Siempre perdemos en esa apuesta. ¿Qué se ama cuando se ama? El soplo es como la poesía, algo difícil de definir, pero se la reconoce cuando está y también se advierte su ausencia. Hay quienes cargan decenas de ex, con una, con dos o con tres x, de acuerdo a la intensidad de la pasión erótica; otros los botan sin remordimientos y con sorprendente facilidad, como palitos de fósforos quemados, un par de sacudones para apagar la lumbre y al suelo. Se puede ser monógamo(a) sucesivo(a) o simultáneo, pasando a otra serie, la de los polígamos, amantes furtivos que se enmascaran, se despiden y caminan en direcciones opuestas para juntarse, en otra esquina, lejos de las miradas de ancianos escrutadores, más allá de todo. Los ex reaparecen en momentos inesperados o buscados, de melancolía, de recuerdo imparable, con una copa de vino bebida en el rincón de la nostalgia, que se acumula en cada casa, con música incidental, con la luz del invierno; regresan, sin envejecer, con las gotas de las primeras lluvias; después son aventados por la brisa del otoño y retornan sin equipaje con un sabor, un aroma, un film, un ruido, un tacto. ¿Para qué cresta regresarán?, digo yo, si el presente de soledades y quebrantos nos hace tan bien.

El discreto encanto de la tristeza, mi dilecta señora.

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Carta de Nathalie Moreno

30 junio 2015

Mi estimado:

Vaya tema que agita sus aguas por estos días. Si me pidiera la receta de mi magnífica mermelada de naranja, se la daría en un dos por tres (como ve, soy una cocinera generosa y muy humilde, ja, ja). ¿Pero recetas para sobrellevar antiguos amores? Ni siquiera creo que existan. Quizás le convendría hablar con alguno de los gurúes de turno que hablan del amor con una soltura envidiable, que opinan y juzgan como si hablaran de cuál es la mejor manteca. Amigo mío, prefiero decepcionarlo: del amor no sé nada. Ahora bien, si acepta eso, entonces podemos conversar. Nos sentamos codo a codo y compartimos lo que creemos. ¿Ya tiene usted su copa de vino en la mano? Deme cinco minutos, que voy por la mía.

Creo yo (ahora, con mis 47 primaveras a cuestas. No puedo dar fe que siga pensando lo mismo mañana. ¡No pongo las manos al fuego ni por mí!); creo, le decía yo, que el amor no se entiende, sólo se padece. Cuando intentamos comprenderlo, me acuerdo de la historia de los ciegos describiendo un elefante. Cada uno de ellos toca una parte distinta. Luego, comparan sus hallazgos y constatan que no coinciden en nada. Yo creo que nos pasa lo mismo. El amor es un misterio. Como bien insinúa usted en su carta, a Gonzalo Rojas la misma espina le clavaba la carne.

¿Qué se ama cuando se ama, mi Dios: la luz terrible de la vida
o la luz de la muerte? ¿Qué se busca, qué se halla, qué es eso: amor?
¿Quién es? ¿La mujer con su hondura, sus rosas, sus volcanes,
o este sol colorado que es mi sangre furiosa
cuando entro en ella hasta las últimas raíces?

¿Y por qué alguien particular llega a arrebatarnos el corazón?, más misterioso aún. “Son tus mordiscos los que cierran las heridas”, dice Alfonso Alcalde que dijo Robert Gance. ¿Será por eso que nos volvemos locos? ¿Porque, por un eterno segundo (perdóneme el oxímoron), las heridas dejan de doler, y se vuelve leve el peso de vivir? “Hoy que te amo, dejará de ser la libertad una palabra escrita en la pared”. Qué bonito y simple lo dice Aute, ¿no le parece? ¿Y qué tal esta otra?

Ay, si pudiera ser… invisible, invisible amor.
Si me tomara la mezcla de Griffin y me esfumara para no volver,
sólo lo haría para liberarme de mi biografía sin dejar de ser.
E intentaría que mi transparencia fundiese con tu anatomía,
y ya entrados en herejías, tu concupiscencia…
me reencarnaría…

Ay, si pudiera ser… invisible, invisible amor.
Si fuera el gato burlón de Cheshire haría un trato con mi creador;
no sonreiría jamás si consigue que Alicia sonría entre tanto horror.
Entregaría al rey mi cabeza, incluso mi cuerpo invisible…
Si a cambio no fuera posible jamás tu tristeza…
tu melancolía…

Buscamos a los poetas por eso, porque blandiendo palabras intentan cazar enigmas. Nunca lo logran, claro está, y lúcidos como son, lo saben. Pero se acercan, vaya que sí. Entonces subrayamos un verso en un libro, revelándonos a nosotros mismos, o tarareamos insistentes una canción porque diciendo lo que no supimos decir, se nos eriza la piel. “Tus piernas de tres a seis de la tarde en la memoria de pronto me arden” (Silvio, ¿quién más?).

Y, como si no bastara, el amor nos transforma. La triste Violeta lo sabía (cada célula de su cuerpo lo sabía).

Volver a los diecisiete
después de vivir un siglo
es como descifrar signos
sin ser sabio competente.
Volver a ser de repente
tan frágil como un segundo,
volver a sentir profundo
como un niño frente a Dios,
eso es lo que siento yo
en este instante fecundo.

El amor es torbellino
de pureza original;
hasta el feroz animal
susurra su dulce trino,
retiene a los peregrinos,
libera a los prisioneros;
el amor con sus esmeros,
al viejo lo vuelve niño
y al malo solo el cariño
lo vuelve puro y sincero.

Entonces, si fuimos ángeles por un momento; si abrazados a otro, nos sentimos morir y renacer, ¿cómo no nos va a doler ser desterrados del Paraíso? Pobres Adanes y Evas que buscan alivio. Algunos lo hallan en la resignación, otros en el despecho. Herimos y nos hieren sin querer; a veces, queriendo.

¡Salud, amigo mío! ¡Salud —y vida para gozarla—!, como decimos en el campo.

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